YO SOY OMER IPLIKCI CAPITULO 1

¿A Omer Iplikci, le gustaba el sexo? Claro que sí. ¿A quién no le gusta? pensaba él.

¿A qué hombre no le gusta mirar a los ojos a la mujer que, llenos de lujuria, de deseo, y con las pupilas dilatadas, se entregaba por completo al placer? Y es, aún más satisfactorio, mirarla cuando explotaba, tras un gran orgasmo, que claro, era gracias a la experticia de él.

¿Cómo no disfrutar al desenvolver muy suavemente, y con cuidado, el precioso regalo del cuerpo de una nueva mujer? ¿Y cuando ya, al tenerla completamente desnuda, observarla por largos minutos, deleitándose con cada curva de ese delicioso cuerpo, imaginándose que haría a continuación, y de qué manera iba a disfrutar al estar dentro de ella?

Pero, como todo en su vida, en el sexo, también tenía reglas. Como, por ejemplo, así como le gustaba desnudar a sus compañeras en el sexo, él, y solo él, era quien desnudaba su propio cuerpo. Nunca permitía que alguna de sus mujeres, lo ayudara a quitarse la ropa.

Siempre mantenía su vida profesional, alejada de la sexual, por lo que, nunca, jamás, había tenido amantes en el trabajo.

La siguiente regla era, nunca, pero nunca, tener una tercera cita con la misma mujer. Porque ellas, tienen por costumbre creer, que serán, las que domarán al potro salvaje que habitaba en él. Claro que, más de una, estaba segura de ser la afortunada de llegar a la tercera cita, pero hasta ahora, eso no había sucedido, y Omer se aseguraría de que ninguna cumpliera esa meta.

Y la más importante regla de todas, él siempre tenía el control, él decía cuándo, cómo, y dónde.

 Volviendo al encuentro de esa noche con una exquisita rubia que conoció en el bar, mientras tomaba una copa de vino. Tras desnudarla, la recostó sobre la cama, y comenzó a recorrer su cuerpo con la lengua, comenzando por el cuello, deslizándose hasta llegar al lugar donde se encontraba el centro del placer femenino.

Cómo le gustaba el olor de la mujer excitada, era impresionante como llenaba sus sentidos. En el proceso, él también se excitaba a más no poder. Después de haber llevado a la mujer a varios orgasmos con su lengua, levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

Lo que descubrió, fue que sus ojos estaban rodados hacia atrás en su cabeza, y todavía estaba en un estado de éxtasis. Se arrastró por su cuerpo, tomó su cabeza entre sus manos, la besó larga y duramente. Le preguntó si estaba lista para recibirlo. Y sonrió al ver que todo lo que pudo hacer ella, fue asentir con la cabeza, un, sí.

Le dijo que se relajara, y se metió entre sus piernas. Tomó su mano, y la hizo ayudar a guiar su erecto pene, hasta su entrada de mujer. Juntos colocaron la cabeza de su miembro en su abertura. Él, la miró a los ojos, que estaban abiertos, y observándolo.

Comenzó a entrar lentamente, pero ella no quería que fuera cuidadoso, lo tomó por las nalgas, tirando de él, mientras se levantaba y golpeaba su pene con fuerza y ​​rapidez. Ella gritó, pidiendo más, y él comenzó el movimiento de entrada y salida con más dureza. La mujer envolvió sus piernas alrededor de su espalda, dándole un ángulo de entrada diferente. Continuaron así durante unos 15 minutos, antes de que él sintiera que ella estaba al límite.

Siguió con las embestidas con mayor velocidad, y dureza, hasta que, tras un agónico grito, la mujer llegó al orgasmo, y sus piernas cayeron sobre la cama. Luego de aquello, fue su turno, y con un gruñido se dejó llevar, hasta alcanzar su propio placer. Luego se dejó caer sobre la cama, murmuró un: meta cumplida.

Cerró el grifo de la ducha, salió a una lujosa alfombra de baño de hotel, y tomó una toalla más lujosa todavía. Ahora venía la peor parte de todo este juego, debía despedirse de la rubia.

Tanto como le gustaba el sexo, detestaba lo que venía después, todo lo que las mujeres amaban. Aquello de abrazarse, la conversación post coito, decir lo bueno que estuvo, no iba con él. Sabía de sobra cuando el sexo era bueno, cuanto, y con que, disfrutó la mujer en cuestión. Tenía experiencia suficiente para llevar a su compañera a la mejor experiencia sexual de su vida. Para ser el mejor diseñador de zapatos de mujer, debió aprender a conocerlas muy bien.

Sonrió al pensar en Sinan, su amigo, y casi hermano. Fue él quien le enseñó que tenía que vivir la vida a tope. Eso, traducido para ellos, significaba que iban a acostarse con cualquier chica atractiva que los mirara de reojo, y lo habían hecho, con creces, mientras estuvieron en Italia.

Sin embargo, cuando se graduaron y pasaron a la vida real, se habían hecho más selectivos. Al menos Omer prefería a las mujeres que ofrecían algo más que su cuerpo, mujeres con profesiones, clase, y conversación, lo suficiente como para no aburrirse durante la cena pre coito. Mujeres que, algunas veces, eran mayores que él, al contrario que las de Sinan, que las prefería más jóvenes.

–Las jóvenes no se quejan, ni critican, ni se pegan como una lapa, como las mayores –le comentó un día –. Tampoco quieren que me case con ellas.

Omer era contrario al matrimonio, pero no por principio, por sí mismo. Él no era escéptico, sus padres habían disfrutado de un matrimonio feliz.

Omer se había convertido en un playboy consumado, y sus… amigas, entraban y salían a una velocidad de vértigo. Nadie se aburría antes de una chica que él, pero siempre había otra dispuesta a ocupar el sitio de la anterior. La fortuna, el atractivo, y el encanto, conseguían que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. Naturalmente, también se enamoraban de él, un sentimiento que nunca era correspondido. Omer no se enamoraba, pero si dejaba un reguero de corazones rotos.

-Bueno. – se dijo una vez que estuvo vestido. – Al mal paso darle prisa.

Salió del baño, y encontró a la rubia aún desnuda en la cama.

-¿Te vas? – le preguntó sorprendida al verlo completamente vestido.

-Debo hacerlo. Tengo que levantarme muy temprano mañana

-Pero…

-Llámame. – le dijo interrumpiéndola. Era lo que siempre decía, ya se conocía el repertorio de memoria.

-¿Pero, si no me has dado tu número de teléfono?

-Yo no uso teléfono personal, pero te daré el número de mi oficina. Me llamas y nos ponemos de acuerdo para salir a cenar. ¿Te parece?

Debía recordar darle el nombre de la rubia a su eficiente asistente. Ella era la encargada de deshacerse de las mujeres pegajosas. Pobre Defne, la verdad es que no sabría que hacer sin ella.

Defne Topal, suspiró al ver vacía la oficina de su jefe, aun no llegaba, y no era común en él.

Fue a la sala común, y preparó el hervidor de agua para hacerle la taza de café, se lo pedía enseguida que llegaba a su oficina. Seguramente, también lo pediría hoy. Ese hombre era adicto al café.

Le extrañó no verlo en su oficina. Como era adicto al café, lo era también al trabajo. Desde que comenzó a trabajar para él, nunca había dejado de venir a la oficina. Era el primero en llegar, y era el último en irse.

-En mi opinión, las mujeres no están aquí para ser entendidas. – lo escuchó decir una vez. – si no, para ser amadas.

Y vaya que él, las amaba. ¿Cuántas mujeres habrían desfilado por su oficina? Rubias, morenas, pelirrojas, castañas, su jefe no discriminaba color de pelo, o de piel, lo importante eso sí, era que debían ser profesionales, y hermosas.

Pero así con la rapidez que aparecían, desaparecían. Cada semana, ella, como su asistente debía deshacerse de alguna ex, ya sea por teléfono, o en persona. Aunque a decir la verdad, ninguna de esas mujeres se podría siquiera llamar ex, porque ninguna pasaba de la segunda cita. Con el tiempo aprendió que su jefe nunca había tenido una tercera cita. Por esa razón a ella le tocaba cada semana enviar regalos a la mujer que sería su próxima víctima.

Esa semana cumplía un año desde que comenzó a trabajar para el gran Omer Iplikci, el empresario diseñador de zapatos para mujeres. Y era inevitable volver a recordar aquel primer día.

Cuando la llamaron para trabajar como su asistente fue una completa sorpresa, y claro que se sintió halagada, que entre todas las postulantes la hayan elegido a ella. Por esa razón, aquel primer día se vistió con lo que creyó, sería la ropa adecuada para una asistente.

Aquella mañana llegó hasta la casa del que sería su jefe. Se Encontró la puerta abierta, y cuadrándose de hombros, entró a la casa, y se dirigió de inmediato a la cocina. Ya le habían dicho cuáles eran sus tareas como asistente, así que se dispuso a preparar el desayuno.

Mientras, nerviosa, corría de un lado a otro, tratando de no olvidar algo que fuera importante, y no causar una mala impresión a su jefe. Recordó que la noche anterior le había ganado la curiosidad, y lo buscó en el internet.

-Buenos días. – escucha decir.

Inmediatamente levanta la cabeza, y mira hacia el lugar de donde provenía la voz.

Por lo que había visto en revistas, tenía bastante idea del hombre con el que se iba a encontrar, pero había subestimado el impacto que le produciría de cerca.

El hombre estaba prácticamente desnudo, bueno, en realidad, solo el torso. Un muy moreno, y desnudo torso.

El fuego que la atravesó, se debía sin duda al nerviosismo de verlo por primera vez. Se vio a sí misma con la boca abierta, y si no la hubiera cerrado, era seguro que hubiera salivado, pero se logró controlar a tiempo.

–¿Señor Iplikci? – le dijo intentando sonreír.

Pero la sonrisa se le congeló de inmediato en los labios. Incluso a dos, o tres metros de distancia, sentía el calor que emanaba de ese cuerpo.

Él, la miró de arriba abajo, e inmediatamente ella se sonrojó. No estaba acostumbrada a ser evaluada con tanta intimidad. Sabía que estaba más que atractiva con la falda, y la blusa que había elegido. El color de labios era suave, y ni un solo cabello estaba fuera de su sitio.

–Señor Iplikci, soy Defne Topal.

Los pantalones del hombre, dejaban ver parte de su ropa interior. ¿Calzoncillos o bóxer? Ni siquiera debería preguntárselo, pero no podía dejar de mirar. No había ni un gramo de grasa en ese cuerpo, y los músculos se marcaban a su paso. Con gran esfuerzo, consiguió deslizar la mirada un poco más arriba, clavándola en los anchos hombros. Los fuertes músculos se le marcaban en los brazos. Todo el torso estaba cubierto de sudor, haciendo brillar la bronceada piel.

Defne se descubrió respirando entrecortadamente, al igual que él, aunque lo suyo era debido al ejercicio, supuso. La mirada se escapó de nuevo hacia abajo.

Su jefe dio dos pasos más hacia ella, quien, sobresaltada, lo miró a los ojos. Sus miradas se fundieron, y cuando estuvo seguro de tener su atención plena, recorrió el femenino cuerpo, palmo a palmo, con la mirada. Ella redobló los esfuerzos para evitar sonrojarse.

Se lo merecía. A fin de cuentas, él estaba haciendo lo mismo que acababa de hacerle ella, aunque no tan provocativamente. Lo que no sabía, era cuánto tiempo lo había estado admirando, pues el cerebro se le había parado sin su permiso, mientras sus ojos se deleitaban con la visión. Sin embargo, la manera de mirarla de ese hombre era un acto puramente sexual. Defne sintió que se le encogían los dedos de los pies.

–¿A qué debo el placer de tu compañía esta mañana Defne Topal? – dijo él. – ¿Teníamos una cita que olvidé?

-Señor Iplikci, soy su nueva asistente.

La actitud del hombre cambió de inmediato.

-¿Tú… eres mi nueva asistente? – carraspea aclarándose la voz, y luego añade. – Discúlpame. Voy a vestirme, y regreso enseguida.

Para cuando estuvo de vuelta, ella lo esperaba con el desayuno servido en la mesa, y él, nunca volvió a mirarla como aquella primera vez.

-Defne. ¿Tienes mi café? – escucha decir a su jefe, volviéndola al presente.

-Si señor. Se lo llevo enseguida a su oficina.

CONTINUARÁ

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