
– ¿Así que me amas? – le pregunta Omer con ella aun entre sus brazos.
Ella esconde la cara en su pecho. ¿Cómo es posible que se sintiera como una adolescente tímida entre los brazos de su primer amor?, se preguntó, mientras sentía que su cara se cubría de rubor.
Sin levantar la cabeza, la movió afirmativamente.
– ¿Desde cuándo? – le pregunta, mientras ella fascinada escuchaba los latidos del corazón del hombre al que acababa de declararse.
-Desde hace meses – le dice sin atreverse a mirarlo aún.
-¿Por qué no me lo dijiste antes?
Al escucharlo decir aquella frase, ella se apartó de él, levantó la cabeza y lo miró sorprendida.
-Porque me dijiste que debía dejar mis sentimientos de lado
-Pero, eso lo dije, porque no quería que siguieras pensando en el hombre que te tenía abrazada cuando entré a esta oficina.
-¿Lo… dijiste por Can?
-Por supuesto que sí. Me molestaba cuando hablabas de él. Cuando te veía pensativa, me moría de celos, no soportaba que él ocupara una parte de tu mente, o, corazón.
-¿Estabas celoso?, pero, ¿Por qué?
– ¿Es que acaso no lo adivinas?
-No. – dice ella esperanzada.
-Me enamoré de ti desde el día en que me hablaste en el taxi. Defne de las piernas lindas, esa noche me robaste el corazón.
-No lo puedo creer.
-Es solo la verdad. Nunca conocí a una mujer como tú, eras tan natural, tan llena de vida.
-Entonces. ¿Me amas?
-Eso es lo que te acabo de decir – responde sonriendo.
-No lo puedo creer – repitió.
– ¿Quizás esto te ayude a creerlo?
A continuación, inclinó la cabeza, y la apretó contra su cuerpo, buscando su suave, y delicada boca.
En ocasiones, sentía que se volvía literalmente loco por el deseo de besarla, de tocarla. Ahora que sabía que su amor era correspondido, no tenía que reprimirse, y podía dejarse caer, rendido ante el hechizo, de su Defne, piernas lindas.
Ella se sentía también bajo un hechizo. Él era el hombre que amaba, y ahora que la besaba, y ella le correspondía, la hacía sentirse tan… tan… ¿tan qué? No podía pensar, ni moverse. Nunca había experimentado tal tumulto de sentimientos.
-He deseado tanto tiempo poder hacer esto. – susurró con voz ronca él, contra sus labios.
A Defne le fallaron las piernas al escuchar su voz profunda, hasta tal punto que pensó que, si Omer no la sujetara, se caería de bruces.
–Abre la boca. Quiero probarte – le pidió él.
Su voz estaba llena de una feroz sensualidad, y ella se quedó sin aliento, mientras él, abrió sus labios con la lengua. Cerró los ojos, y se rindió a la emoción que la recorría.
Omer la besó, la devoró, como si su boca fuera un melocotón, al mismo tiempo, ella no pudo evitar devorarlo a él. La situación era demasiado sensual, demasiado voluptuosa. Entonces, se percató de que él tenía una gran erección. Y ella era la causa.
Cuando Omer la soltó, se sintió tan desorientada, tan débil, que cayó sentada sobre el escritorio.
–No puedo creer esto –dijo, llevándose las manos a las sienes
-Créelo, mi amor, porque lo que tú sientes, lo siento yo en igual intensidad.
– ¿Tú… tú… sientes lo mismo? – preguntó ella.
-Desde el mismo instante en que me mostraste tus piernas, Defne de las piernas lindas – recibe como respuesta.
-Oh Dios. Creo que me voy a desmayar, son muchas emociones juntas.
-Cariño. Tranquila. ¿Quieres que te traiga algo…?
-No. – dice ella enseguida. – ahora lo único que necesito, es que me demuestres que esto no es solo un sueño. Que tú me amas, que esto es real.
Con suavidad, él le acarició la barbilla, haciendo que ella levantara la cara.
–Te amo –murmuró él.
Defne intentó hablar, sin conseguirlo.
–Dime que no es un sueño. – pidió ella. – Dime que no estoy loca.
–Si tú estás loca, yo lo estoy igual, y desde hace mucho tiempo. – respondió, y muy despacio, puso su boca sobre la de ella.
El deseo se apoderó de apodero de ambos. No podían resistirse, él la besó una y otra vez. Y ella se dejó. Solo cuando sintió que él abrió sus piernas, y se acomodaba entre ellas, Defne recobró la conciencia de lo que comenzaba a suceder entre ellos.
–Omer, debemos parar. Esto no es posible… no aquí.
-Tienes razón – dice él aun manteniéndola muy cerca.
-Tengo… tengo que irme – dice ella.
No sabía si reír, o, llorar, se sentía tan confundida, pero al mismo tiempo tan llena de vida. Se sentía tan feliz, que tenía miedo que todo fuera parte de un sueño, una ilusión.
-Deja que te lleve – se ofrece Omer.
-Creo que será lo mejor. Porque, así como me siento no creo poder llegar al departamento.
-Defne, ¿Cómo te sientes?
-Si te digo que siento como que estoy borracha, ¿me creerías?
-Pero, ¿Por qué?, ¿quieres que te lleve al hospital?
-No tonto – dice ella riendo – creo que a esto es lo que llaman verdadera felicidad.
-Por favor Defne, sé siempre así. Eres maravillosa – dice él tomándola por la cintura y llevándola de esa forma hasta el ascensor, para bajar al estacionamiento.
Cuando llegaron al auto, Omer la ayudó a sentar, luego le acomodó el cinturón de seguridad, finalmente le dio un beso en los labios, dejándola sin aliento, aquello no ayudó mucho a la sensación de embriaguez que tenía ella.
-¿Me vas a invitar a subir? – le preguntó él una vez que detuvo el auto afuera del edificio donde estaba el departamento de Defne.
-¿Quieres un café? – le dice ella con los ojos brillantes.
-Si eso es lo que me quieres ofrecer.
-Claro que sí – responde ella.
Defne se bajó del auto antes de que Omer llegara a su lado, caminó hacia el interior del edificio, cuando estaban cerca del ascensor, ella se giró, y se chocó con él, que la seguía de cerca.
–Cielos, Defne –murmuró, tomándola entre sus brazos, y llevándola rápidamente al interior del ascensor.
Una vez que se cerraron las puertas, él la besó inmediatamente. Ante su lengua, la boca de ella se abrió como una rosa. No quería pensar. Sólo quería sentir. Había estado esperando ese momento desde…. siempre.
Las palabras no eran necesarias, y la intimidad física entre los dos crecía a pasos agigantados, tomando vida propia, quemándolos en su fuego. Omer le recorrió con la mano el cuello, y los hombros, hasta llegar a uno de los pechos. Ella se apretó aún más contra él, disfrutando de sus hermosas manos. Se estremeció cuando comenzó a acariciarle el tenso pezón con el dedo pulgar.
Sintió una sobrecogedora marea de pasión, y se dejó llevar por su dulzura. Moviéndose con excitante lentitud, y sin dejar de besarla, Omer la llevó hasta su departamento, ella buscó en su bolso la llave de acceso, abrió la puerta y enseguida él, la llevó en brazos a la habitación, la recostó sobre la cama, y se quedó parado junto a la cama, mirándola.
–Quiero tenerte así siempre –murmuró él, poniéndose sobre ella– ¿quieres hacer el amor conmigo?
–¿Tengo que responde a esa pregunta? – él sonrió complacido como si frente a él tuviera el regalo que siempre deseo, y por fin era suyo.
Ella no podía dejar de mirar a sus ojos negros en ningún momento. Él era el hombre que amaba, y estaba en su destino enamorarse de él.
En algún momento hipnotizada por esos ojos, la habitación pareció desvanecerse a su alrededor. Estaban sólo ellos dos, nadie más. Aun se sentía borracha, pero de amor. Un amor tan poderoso que podía ser considerado como rendición.
-¿Estas segura que quieres hacer esto? – le preguntó él
–¿Y tú? –preguntó ella.
–¿Cómo puedes preguntarme eso? Claro que quiero.
-¿Entonces, por qué lo preguntas?
Omer la miró con ternura y le tomó las manos.
–Si hacemos el amor, no habrá marcha atrás – le dice -no me querré apartar de ti, aunque me lo pidas.
-Nunca te lo pediré. Seré toda tuya, como tú serás mío, ¿cierto?
–Defne de las piernas lindas. Te estoy entregando todo lo que tengo, todo lo que soy, todo lo que espero ser.
Ella se quedó anonadada por cómo la miraba, por el tono de su voz, suave y amable… Sintió que su corazón, y su vida entera, estaban en manos de su amor.
–Me perteneces –dijo él– Yo te pertenezco. Desde este momento y para siempre.
¿Podría haber mejor promesa?, se dijo ella, y se recostó en los almohadones, colocándose las manos detrás de la cabeza, en una pose inconscientemente erótica, y suspiró, cerrando los ojos.
-Quiero quitarte la ropa –susurró él, con voz sensual
–Por favor – respondió ella, sin aliento, sintiendo cómo se sonrojaba.
De inmediato, él la besó con ansiedad, disolviendo todas las barreras que pudieran quedar entre ellos.
–Me siento temerosa como si…– dijo ella, derritiéndose entre sus brazos.
-¿Cómo si qué…?
-¿Cómo si fuera mi primera vez?
-Cariño, es tu primera vez, es mi primera vez, nuestra primera vez.
-Entonces está bien que me sienta temerosa
-Mi amor hermoso, puedes sentirte temerosa, pero estás más segura, y eres más libre conmigo de lo que podrías ser con ningún hombre –dice él con caballerosidad, – Lo único que quiero es hacerte el amor como te mereces. Así que dime, ¿por dónde empezamos? Por la blusa, creo yo. Odio estos pequeños botones.
–No la rasgues –dijo ella, temblando, intentando hacer una broma–. Es una blusa muy cara.
–Eso parece. Me encanta cómo te vistes. Me encanta tu cabello, tus ojos, la manera en la que miras en este momento. Me encanta tu voz. Estoy constantemente encantado contigo.
Con cuidado, le quitó la blusa, y la lanzó a un sillón.
–Bonito –dijo él, tocando el sujetador de seda–. Seguro que llevas a juego el resto de la ropa interior.
–Me gusta la buena lencería –dijo ella, con la respiración entrecortada– la compré en Italia.
-Pensaste en mí cuando lo compraste.
-Si.
-¿Te imaginaste así conmigo?
-Si. – volvió a decir ella
–Cariño me muero de ganas de hacerte el amor.
–Bésame –pidió ella, atrayéndolo a su boca– Bésame –repitió, sintiéndose fuerte al tomar el control.
–Voy a cubrirte de besos, empezando por los dedos de los pies –rugió él, feliz– Pero, primero, voy a terminar de quitarte la ropa.
Pero no obedeció a sus palabras, porque se inclinó hacia ella y la besó suavemente en el cuello. El gesto resultó tan inesperado y delicioso que ella no pudo reprimir un gemido. A ese beso le siguieron más, trazando una línea descendente hasta el pecho.
A ella se le tensaron los pezones. El olor de Omer era deliciosamente masculino, y los ardientes labios encendían pequeñas hogueras sobre su piel. A pesar de que apenas podía respirar, luchó por retener cierto control.
El brillo de los ojos negros se volvió penetrantemente sensual, y ella contuvo la respiración, el corazón latiendo alocado, antes de que él tomara nuevamente sus labios. Tras la inicial colisión, tomó, primero el labio superior entre los suyos, y luego el inferior, deslizándolos delicadamente entre los dientes. Qué sexy resultaba.
Sus pechos se inundaron de calor, los pezones, y demás zonas erógenas, se inflamaron hasta alcanzar una húmeda excitación, encendiendo pequeñas serpentinas de fuego que se abrieron paso hasta el torrente sanguíneo para invadirle todo el cuerpo.
Defne se tomó con fuerza a Omer, y él aumentó la intensidad del beso.
Cuando deslizó una mano y le acarició un pecho a través del tejido del sujetador, ella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Tenía que quitarse el sujetador. Lo necesitaba. Debía liberar sus pechos para que las expertas manos de Omer tuvieran libre acceso a ellos. Pero la mayor urgencia se estaba desatando más abajo. Entre los muslos. Y justo cuando estaba a punto de consumirse en el fuego de la pasión, él se apartó de ella.
Omer aún estaba vestido, y ella vio tenía el cuello de la camisa desabrochado, dejando expuesto un triángulo de piel desnuda en la base del cuello. A Defne se le hizo la boca agua. Sin darle la oportunidad de protestar, apoyó las manos en sus hombros y se levantó para besar aquel triángulo. Omer respondió con un estremecimiento que la llenó de satisfacción.
Sus pechos se movían al ritmo de la jadeante respiración, y en un momento en aquel delirio le había desabrochado todos los botones de la camisa. Al mirar el hermoso, y bronceado torso, se vio asaltada por una punzada de sensualidad. Sin pensárselo dos veces, presionó los labios contra esa piel ardiente, y dibujó con la lengua un camino ascendente hasta el cuello, obteniendo como respuesta un nuevo estremecimiento. Pero él le sujetó los brazos, y la apartó ligeramente para terminar de desvestirse, mas ella aún no había saciado su hambre. En realidad, había aumentado. No podía contenerse. Tenía que hacerlo. Acercándose de nuevo a él, presionó la boca contra sus labios, sintiendo de inmediato su respuesta, saboreando y explorando con la lengua hasta sentirse en llamas.
Y llegó el turno de Omer, que exploró su cuerpo con expertas manos, siendo imitado por Defne, mientras ambos gemían descontrolados. Sin darse cuenta, se encontró recostada de espaldas y con Omer encima.
Sus cuerpos se acoplaron, y acompasaron hasta encontrar el modo de volver a besarse apasionadamente. Para su mayor delicia, ese hombre era un experto en dar placer con las manos. Ella no supo exactamente cuándo se deshizo por completo la camisa, pero a medida que los hábiles dedos lo acariciaban, el beso se volvía más, y más apasionado.
Él interrumpió el beso, y para su sorpresa, se agachó y empezó a chuparle los pezones a través de la tela del sujetador. Qué delicia. La suave fricción sobre la tela y la boca de Omer en los pezones resultaba de lo más excitante.
Con dedos temblorosos, se aferró a los anchos hombros antes de hundir las manos entre los negros cabellos mientras gritaba de placer. Y justo cuando estaba a punto de derretirse, se apartó y se sentó. Jadeando, ella lo miró con expresión hambrienta. Lejos de sentirse satisfecha, su apetito por los besos parecía haber escalado hasta convertirse en una endemoniada obsesión.
–Ven aquí –le ordenó ella con voz ronca, sorprendida ante su propia osadía.
–No te muevas –Omer la sujetó posando una mano firme en su pecho.
Él se aseguró de que estuviera cómoda, levantándole los pies hasta apoyarlos sobre sus muslos, mientras un salvaje y delicioso suspenso revoloteaba dentro de ella.
–Qué hermosas piernas –él deslizó una mano desde un pie hasta la rodilla.
Aquello resultaba tan halagador, que ella dobló las rodillas para que pudiera besárselas. Pero la segunda vez que lo hizo fue más arriba, en la cara interna del muslo. Siguió acariciándole las piernas con creciente sensualidad. ¿Hasta dónde se atrevería a llegar? De repente las manos se deslizaron debajo la falda, y ascendieron lentamente hasta la sedosa piel al final del muslo. Muy, muy cerca del lugar más íntimo.
Aquello resultaba muy peligroso, apenas un beso, pero tan excitante que ella no pudo hacer más que entregarse al voluptuoso disfrute.
Cubierto únicamente por el delicado algodón de las braguitas, su núcleo más secreto ardía por ser incluido en la orgía. Lo cierto era que, cuanto más se acercaban los dedos a la zona prohibida, más se moría por ser tocada allí.
Las manos se acercaron un poco más, ella se tensó y un gemido gutural escapó de sus labios. Ah. La acariciaba con tal delicadeza que parecía pura magia. Defne jadeaba y gemía, apenas capaz de controlarse, cuando él la despojó de las braguitas, dejándola desnuda del todo.
Durante un instante ella lo miró espantada antes de sonreír y separar las piernas para que él agachara la cabeza entre ellas. Omer le acarició con la lengua los más secretos y ocultos pliegues hasta conectar con la dolorida protuberancia y chuparla. Defne estalló en una oleada de éxtasis de líquido y ardiente placer. Sin embargo, eso no fue todo, a medida que el placer aumentaba, también lo hacía su hambre. Y justo cuando estaba a punto de gritar, Omer hundió la lengua en su interior, y la deslizó por los tejidos más sensibles de su cuerpo. El salvaje placer estalló en una exquisita liberación.
CONTINUARÁ.

Márta köszönöm szépen gyönyörű fejezet beteljesedett az elfojtott szerelmük❤️
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