ERASE UNA VEZ CAPITULO FINAL.

CAPITULO 11

El pequeño Mert estaba profundamente dormido, y Ada, recostada en su cama, querría poder dormirse también, pero no dejaba de pensar en las pequeñas que quedaron en el hospital, no podía sacarlas de su mente ni dejar de preguntarse si estarían bien.

Ya había pasado una semana desde que ella había dejado el hospital, era sagrado que diariamente acudieran con Mert a ver a sus hijas, aunque les hubiese gustado pasar más tiempo con ellas, las visitas estaban restringidas a un par de horas.

Las pequeñas estaban una al lado de la otra, en diferentes incubadoras.

-Hola pequeñas – las saludaba.

Ese día ocurrió un nuevo milagro, Asya los compensó con una leve mueca en su rostro.

-Parece como si sonriera – dijo Mert al verla.

-También lo pensé – responde ella emocionada – son tan dulces.

Lo malo no era el estar solo un par de horas con sus hijas, lo malo era no poder tocarlas, solo se les permitía mirarlas y acariciarles la mano.

Recién al cumplir las 28 semanas, se encontraron con la sorpresa de que las pequeñas ya no necesitaban del ventilador para respirar.

-Las hemos cambiado a naricera de alto flujo – le explicó el doctor

-¿Eso es bueno? – preguntó Mert algo nervioso.

-Es muy bueno, eso quiere decir que, está más cerca de llevarlas a su casa.

También ese día se les permitió tomarlas en brazos, eran tan pequeñas, se veían tan frágiles, que ambos sintieron como que se fragmentarían, por lo que las tomaban con mucho cuidado.

-El primer abrazo de mamá – dijo la enfermera mientras acomodaba a la pequeña en el pecho de Ada.

Luego hizo lo mismo con la otra pequeña

-Ahora le toca al papá – y acomodó en el pecho de Mert a su hija.

-Es tan pequeña, y tan agradable sentirla así junto a mí – dijo Ada, dándole un beso en su pequeña cabecita.

-Esa es mi pequeña – le susurró Mert a su hija, mientras ella, comenzaba a moverse en su pecho – eres una bebé muy valiente

Debió aspirar mucho aire, para no derramar las lágrimas que estaban inundando sus ojos, pero ni eso le sirvió, porque al final le ganó la emoción y comenzó a llorar, el tener a ese ser tan pequeño entre sus manos, lo sobrepasó, él, que estaba acostumbrado a tener el control de todo, solucionar, no solo sus problemas, sino la de los demás, no podía hacer nada por sus hijas, frente a lo que estaban viviendo se sentía impotente, porque sabía que en esta lucha, solo las podía acompañar y animar, como padre, sentía que las estaba defraudando, pero no podía hacer nada para cambiar la situación.

Jan, a quien él tenía en brazos, al parecer sintió su frustración, porque al igual que su hermana, hizo una mueca en su carita, algo parecido a una sonrisa.

Las amaba, de eso no cabía duda en su corazón, y una vez que ellas ganaran esta batalla, él se encargaría de cuidarlas, protegerlas y que, si dependía de él, no las vería sufrir nunca más.

Luego de unos minutos intercambiaron de hijas, y así se quedaron hasta que se terminó la hora de la visita.

Dos días después, las pequeñas se graduaron, y pasaron de incubadora a cuna, para ese entonces solo necesitaban oxígeno en pequeñas cantidades, por lo que los médicos decidieron comenzar a prepararlas para que respiraran solas.

A ellos les costó ver como sus hijas se esforzaban por tomar el oxígeno del ambiente y comenzar a usar los músculos del tórax para procesarlo en su cuerpecito, y así comenzar a respirar sin ningún tipo de ayuda.

-Vamos hijas – las animaban ellos – ustedes son valientes, pueden hacerlo

Y pudieron hacerlo, a la semana cinco de estar hospitalizadas fueron dadas de alta.

Mert cambio su descapotable por un vehículo familiar, donde cabían los tres asientos para bebés y el coche para trillizos que también había comprado él.

Por fin la familia estaba reunida en su casa, los pequeños estaban ya en sus respectivas cunas y dormían bajo la atenta mirada de sus padres.

-Estoy tan emocionado – dice Mert mientras mantiene abrazada a Ada – estoy intentando mantener las lágrimas, pero últimamente he perdido esas batallas.

-Gracias – le dice Ada

-Gracias ¿por qué?

-Por haber estado conmigo, durante todo este tiempo, por ayudarme a ser fuerte, por amar a mis hijos.

-Creo que soy yo quien debe agradecer, Ada me has dado los más grandes regalos que he recibido en toda mi vida, gracias a ti soy papá de tres hermosos niños, y por supuesto que los amo, si son parte tuya y parte mía.

Cinco meses le tomó a Ada volver un poco a la normalidad, cinco meses donde se tuvieron que acostumbrar al horario de sus hijos, donde tanto ella como Mert cuidaron de sus pequeños, turnándose, para darles de comer, bañarlos, cambiarles los pañales, y hacerlos dormir.

Aun cuando cada niño tenía una niñera, ambos preferían pasar esos momentos con sus hijos.

Por las noches dormían juntos, pero no habían vuelto a hacer el amor, cuando Mert se ponía cariñoso, ella lo detenía con cualquier excusa, y él parecía entenderla, porque no la presionaba.

Ada odiaba su cuerpo, odiaba verse desnuda. Lo odiaba.

Durante el embarazo le había encantado ver los cambios que se habían ido produciendo en su cuerpo. Incluso en las últimas semanas, cuando había tenido todo el tiempo los pies y los tobillos hinchados, lo había visto como parte de los gajes del embarazo, algo por lo que tenía que pasar antes de que nacieran sus hijos.

Pero desde el parto, cada vez que se miraba al espejo, para ella era una tortura, ver su vientre con estrías, además de la panza postparto, le daba vergüenza que Mert la viera así, no quería que la viera así, desnuda.

-¿Qué te parece? —le preguntó ella, la primera vez que se atrevía a un vestido, sintiéndose aún insegura.

—¿Que qué me parece? —repitió él con un brillo travieso en los ojos—. Estás increíble.

—¿El vestido me queda muy apretado?

—No sé, yo creo que así estás muy sexy.

Ella se mordió el labio

—¿Te parece que el vestido me hace ver más gorda? – le pregunto frustrada.

Mert inspiró, resopló y, colocándose detrás de ella le puso las manos en los hombros y la empujó hasta el espejo.

—¿Qué haces? —protestó ella.

—Quiero que te mires —contestó él, señalando el espejo con la cabeza.

—No me hace falta —protestó, cerrando los ojos con fuerza y cruzándose de brazos— ya sé qué aspecto tengo.

—¿Seguro? Porque yo creo que no. Por favor, abre los ojos y mira.

Con un suspiro, ella obedeció.

—Ya está, ya estoy mirando, aunque no me gusta la imagen que veo, ya no soy la misma, mi cuerpo no es el mismo.

Él apoyó la barbilla en su cabeza y bajó las manos de sus hombros a sus brazos.

—¿Sabes lo que veo yo? —le preguntó en un murmullo.

Al ver la intensa expresión en sus ojos, ella sacudió la cabeza.

—Veo a una mujer preciosa, eso es lo que veo — mientras con una mano le acarició el cabello, que le caía sobre los hombros—. Una mujer con un pelo que parece de seda —deslizó el pulgar por la curva de su cuello—. Una mujer con una piel que parece de terciopelo.

Las manos de Mert descendieron lentamente, deslizándose por la curva de sus senos y tomó uno en cada palma, apretándolos suavemente con los dedos.

Un gemido ahogado escapó de los labios de Ada.

—Veo a una mujer cuyos pechos siguen siendo tan hermosos como lo eran la noche en que concebimos a nuestros hijos.

Luego bajó las manos a su vientre y le susurró al oído:

—Una mujer que llevó en su vientre a nuestros hijos.

Ada notó que tomaba entre sus dedos el vestido y que estaba levantándoselo. Dios, tenía que pararlo…, pero al ver la sensual mirada reflejada en el espejo se le cortó el aliento.

—Mírate —le susurró él.

Una de las manos de Mert descansaba contra su pubis y la otra sostenía la falda a la altura de la cadera, dejando su vientre al descubierto.

—Veo a una mujer sexy, preciosa, femenina y voluptuosa que me ha dado el mayor regalo que podría recibir ningún hombre —continuó él, mirándola a los ojos en el espejo—. Luce tus curvas con orgullo.

Los dedos de Mert se introdujeron muy despacio dentro de sus braguitas y a ella le flaquearon las rodillas. Su respiración se tornó entrecortada cuando notó que se introducían entre sus pliegues, y se le escapó un gemido cuando notó que estaba presionándole suavemente el clítoris con el pulgar.

Poco a poco sintió que estaba perdiendo el control. Se aferró con ambas manos a las caderas de Mert, echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su pecho, cerró los ojos y se dejó llevar.

Comenzó a mover la pelvis al ritmo que marcaban los dedos, mientras entraban y salían de ella. El placer que estaba sintiendo era imposible de contener, y explotó en lascivos gemidos mientras se frotaba contra él hasta que por fin alcanzó el clímax con un grito de placer.

—Ada —le susurró él

Ella inspiró profundamente, abrió los ojos y se encontró con los de él.

—Tú si sabes cómo subir en ego de una mujer —murmuró, medio sonriendo.

Él sonrió también y se rio suavemente antes de girarla y agachar la cabeza para besarla, esta vez de un modo ardiente, con un ansia posesiva.

Después le tendió la mano y ella, entrelazó sus dedos con los de él y dejó que la sentara en el borde de la cama.

Mert se desabrochó la camisa sin apartar los ojos de ella, para luego dejarla caer, ella lo devoró con la mirada sin el menor pudor y cuando él bajó las manos al cinturón del pantalón y vio lo excitado que estaba. Su propio sexo palpitó de deseo, y alargó una mano para palpar su erección a través de la tela.

Mert tragó saliva, y ella se deleitó un momento con el fuego que refulgía en sus ojos antes de desabrocharle los pantalones. Con la mandíbula apretada, él se los quitó junto con los bóxeres, y su miembro erecto, quedó libre.

Él se arrodilló frente a ella, le subió la falda y enganchó los pulgares en el elástico de sus braguitas.

Con el corazón martilleándole contra las costillas y la respiración entrecortada, ella levantó las caderas para que le fuera más fácil quitárselas.

Mert se deshizo también de las sandalias y luego inclinó la cabeza para besarle el empeine. Después imprimió otro suave beso en el tobillo y sus labios fueron subiendo poco a poco por la pierna, dejando a su paso un rastro ardiente.

Ada se dejó caer hacia atrás con un gemido cuando la lengua de él encontró el clítoris. El placer que sentía iba aumentando a medida que él aumentada el ritmo de su lengua, alzándose como una ola, pero cuando le parecía que iba a alcanzar las estrellas él levantó la cabeza y se puso a subirle más el vestido para quitárselo.

Ella, ansiosa por volver a sentir el tacto de su piel contra la suya, se incorporó para desabrochar el cierre que el vestido tenía en el cuello y lo ayudó a sacárselo por la cabeza, Mert comenzó a trazar círculos con la lengua en torno a los pezones, a lamerlos y succionarlos entre ávidos gruñidos.

Ella dejó caer de nuevo la cabeza hacia atrás, embriagada por las deliciosas sensaciones que Mert era capaz de despertar en ella con la boca y también con las manos, que en ese momento estaban recorriendo los contornos de su cuerpo desnudo.

Cuando se incorporó y la miró en silencio, Ada vio reflejados en sus ojos negros la pasión que ardía en ella. Le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí para besarlo, él respondió al beso con un hambre voraz. Con las lenguas de ambos enroscándose la una con la otra Ada le rodeó la cintura con las piernas y se arqueó hacia él en el mismo momento en que él se hundió en ella.

Y la sensación de tenerlo al fin dentro de sí era tan increíble… Mert se quedó quieto un momento y levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

Luego la besó y empezó a moverse. Cada sacudida de sus caderas la llevaba más cerca del cielo, cada vez más cerca… hasta que él la tomó por las nalgas, apretándola contra sí, y Ada sintió cómo estallaba el orgasmo en su interior, entre espasmos, jadeó su nombre, y él, que también había llegado al clímax, gritó una y otra vez el de ella, que sonó como un eco distante.

Lenta, muy lentamente, dejó atrás las estrellas y regresó a la tierra, Mert se había derrumbado sobre ella y respiraba pesadamente contra su cuerpo.

Pensó en su primera vez juntos, pero sin duda esta fue aún mejor, le había hecho el amor con tanta ternura que la había embargado la emoción y como buena escultura, la comparación que hizo fue que, se había sentido como maleable arcilla entre sus manos.

No fue necesaria una boda para que ellos se sintieran como marido y mujer, o como una familia, porque sabían ya, que no podrían vivir el uno sin el otro, y por supuesto con sus hijos.

Tiempo mientras abrazados veían a sus hijos correr por el patio de la casa. Mert le hizo la pregunta que había sido recurrente.

-¿Eres feliz?

Y su respuesta era siempre la misma.

-Si lo soy

-Te prometo que haré de mi tarea diaria el que sigas siéndolo – le dice él

-Lo has conseguido Mert, espero que tú seas tan feliz como lo soy yo.

-Lo soy, nunca pensé que podría ser tan feliz, tengo a mi lado a mejor mujer del mundo, unos maravillosos hijos, mi vida es perfecta, y me siento pleno.

– Y yo me siento como si estuviera en mi propio cuento de hadas.

-Ah, algo así como… Erase una vez Ada y Mert…

-No, en la parte donde dicen… y fueron felices por siempre…

FIN

8 comentarios sobre “ERASE UNA VEZ CAPITULO FINAL.

  1. Marta ez egyszerüen gyönyörü befejezése voltva történetnek.Az érzelmeket ahogy leirod olyan mintha ott lennénk .Nagyon boldog perceket élek àt az iràsaiddal akàr Defne Ömer vagy Ada Mert.Kérlek nehagyd abba kívànok hozzà egészséget és boldogsàgot❤️

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  2. Martha precioso final, una historia intensa y maravillosa, me encanta. Y deseando empezar a leer tus próximas novelas. Muchas gracias cariño por hacernos partícipes de éste sueño que vivimos con nuestros chicos. Un abrazo 🤗.

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  3. Querida Marta, que puedo decir, hermosa historia de amor, muy bien relatada, con todos los detalles, se siente tan real, que seguimos amando a estos chicos, felicitaciones por todas tus creaciones, nos leemos en nuevos proyectos tuyos. Un abrazo

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