EL COLOR DEL AMOR CAPITULO 2

CAPITULO 2

Cuando comenzó a sospechar o mejor dicho cuando le abrieron los ojos al comportamiento de su novia, rogaba para que nada de eso fuera verdad.

La conoció cuando eran jóvenes, prácticamente niños, se hicieron amigos y luego de algunos años, entablaron una relación sentimental, hasta que, por fin, luego de cinco años, él le pidió matrimonio.

Preparó algo romántico como se merecía la mujer que, sería su compañera de por vida, cuando ella dijo que si, él le dio el anillo que le perteneció a su madre, ahora tendría que buscar la forma de que se lo devolviera.

Su tío y su abuelo siempre habían dicho que él, era un hombre muy estratégico y que esa era una de las razones para que le fuera tan bien en el negocio, nunca se le escapaba ningún detalle, e irónicamente pensaba lo mismo de sí.

Todo eso no le sirvió de nada, porque no vio lo que pasaba frente a sus narices.

Cuando su secretaria de siempre, le insinuó que antes de casarse lo pensara bien y que tal vez no estaba viendo todo el panorama, él no dijo nada, pero si hizo algo, contrató a un detective para que siguiera a su novia por lo menos por un mes, y así lo hizo, luego de ese tiempo, le mostró fotos y videos de todas sus infidelidades.

Se guardó esa información por dos semanas, actuó lo más normal posible, mientras preparaba la sorpresa que le acababa de dar frente a todos quienes la consideraban la mujer perfecta, incluida su propia familia, no le importó si en el proceso quedaba como el pobre hombre engañado.

Lo que no pensó fue que, eso no bastaría para deshacerse de la rabia, por esa razón no se subió al auto que lo esperaba afuera del lugar donde se suponía harían el intercambio de argollas, necesitaba caminar para relajarse antes de enfrentarse a su familia que, seguramente irían a su casa luego de lo que había hecho en la ceremonia.

Cuando entró al hotel, no tenía ninguna intensión más que tomarse un trago y mirar a las pobres almas perdidas esperando encontrar a su alma gemela, tal como él pensaba antes.

Se detuvo un momento en lo más alto de la escalera y suspiró, comenzó a bajar lentamente, cuando iba a la mitad del camino, vio a la mujer pelirroja que estaba de pie en la parte baja de la escalera, acariciando el borde de la copa con sus delicados dedos, mientras sus labios rojos esbozaban una invitadora sonrisa y sus ojos le gritaban que lo deseaba.

Era bella, destilaba sensualidad, pero nada era grotesco, todo muy sutil y refinado en ella.

¿Podría tenerla?, fue lo primero que pensó.

Aquella era una fiesta exclusiva y privada y todos los invitados habían sido seleccionados cuidadosamente. No había prensa ni buscavidas con oscuras intenciones. Podría tenerla sin consecuencias.

A ella no le importaría la alianza que llevaba en el dedo.

No estaba seguro de por qué seguía importándole a él, ya no había nada que lo uniera a esa mujer.

Que tonto había sido al creer que ella se guardaba para su noche de boda, tal como hacia él, lo más gracioso es que fue idea de ella, y él como un idiota la había complacido, ni siquiera miraba a otras mujeres, mientras ella tenía sexo hasta con el chofer.

¿La vida sería más sencilla si pudiese tener a la pelirroja esa noche y olvidarse de la realidad?, porque ella lo deseaba y él a ella, la verdad era tan clara como el agua.

Pero cuando pensaba que había encontrado a la mujer con la que se desquitaría esa noche, ella simplemente dejó de mirarlo y se fue a… comer

Su cuerpo quería a la pelirroja, ella era la única que atizaba sus fantasías, la única que inflamaba su imaginación, por lo menos por esa noche.

Se encaminó hacia ella y sin decir ninguna palabra le ofreció la mano, entendía muy bien que la invitación no solo era a bailar, era una invitación al placer carnal.

Pero si creía que solo verla encendió su deseo, tocarla fue su perdición, el animal que llevaba en su interior, ese que había mantenido encerrado por años, se abrió paso y tomó control de todo lo que sucedió a continuación, él, la sacó de la pista de baile y la llevó hacia una oscura esquina en el pasillo.

Con su dedo trazó la comisura de los labios de la pelirroja, y luego le deslizó el dedo por el cuello hasta el nacimiento de sus pechos.

La rozó lo más suave que le permitía lo que estaba sintiendo, metió una mano en su vestido y comenzó a levantarlo, descubriendo sus muslos, y la rozó entre las piernas con un dedo, un roce breve.

Luego, con la otra mano, tiró hacia abajo del escote del vestido para descubrir sus pechos, deslizó el pulgar sobre un sensible pezón y luego pellizcó la tierna carne entre el pulgar y el índice.

Ella se arqueó hacia él cuando apretó sus pechos con las dos manos y suspiró de gozo cuando deslizó los dedos entre sus muslos, bajo las bragas, tocándola íntimamente.

Nunca había experimentado un placer así. Era como estar en el centro de una tormenta sensual.

Defne sentía las caricias del hombre por todas partes, llevándola hacia el borde del precipicio.

Sin pensar, levantó las manos para desabrochar los botones de su camisa y contuvo el aliento al rozar el duro torso masculino. El calor de su piel era tan sorprendente, tan sexy, que se le doblaron las piernas. Pero eso no podía ser porque entonces él se daría cuenta de su inexperiencia y la dejaría allí plantada e insatisfecha.

Y era demasiado perfecto, una tentación de la que no quería alejarse.

Se inclinó hacia delante para besar su cuello. Sus labios estaban cubiertos por la máscara, pero no su cuello, que quedó marcado de carmín rojo. Le gustaba, quería dejarle una marca porque ella quedaría marcada para siempre.

Acariciar el duro torso era una sensación totalmente nueva para ella, y tocarlo así enviaba un estremecimiento de deseo directamente a su pelvis… un estremecimiento que se convirtió en un incendio cuando la empujó contra la pared y bajó las manos hacia la cremallera del pantalón.

Un segundo después estaba apretado contra ella, con su erección, dura y ardiente, rozando la entrada de su húmeda cueva.

El desconocido levantó una de sus piernas para enredarla en su cintura y movió las caderas hacia delante, empujando contra los empapados pliegues… y ella echó la cabeza hacia atrás mientras un gemido de dolor escapaba de sus labios.

Sabía que perder la virginidad dolía, pero no se había imaginado que fuera así.

Él no pareció darse cuenta porque se apartó despacio antes de volver a penetrarla. En esa ocasión no le dolió tanto y con cada embestida dolía menos, hasta que, poco a poco, el placer regresó.

Un placer que se convertía en una profunda desazón, en un ansia ardiente, frenética, se apretó contra él, sujetándose a sus hombros y hundiendo la cara en su cuello cuando un orgasmo interminable la dejó agotada y sin aliento.

El desconocido empujó por última vez, sujetándose a la pared mientras se dejaba ir con un gemido ronco.

Por un momento, el mundo pareció dar vueltas a toda velocidad. Estaba mareada de placer, de deseo. Y se sentía profundamente conectada con aquel hombre al que no conocía.

Él se apartó entonces para abrocharse la camisa, sin dejar de mirarla. Era oscuro y misterioso y lo había sido desde el momento en que puso los ojos en él. Si no fuera por la mancha de carmín rojo en su cuello, era como si nunca se hubiesen tocado.

Pero la prueba estaba allí. Si la sensación eléctrica en todo su cuerpo y el latido entre sus piernas no fueran prueba suficiente, eso serviría.

Él la miró un momento, se ajustó la ropa y se dio la vuelta para entrar de nuevo en el salón, dejándola ahí sola, pero totalmente satisfecha.

Mientras lo veía desaparecer, no sabía si sentirse desolada, o aliviada al pensar que nunca volvería a verlo.

Omer salió del hotel, tomó el primer taxi que encontró, y se fue a su casa, con el firme propósito de olvidar lo que sucedió esa noche.

Pasaron los días y aún mantenía vivas las emociones vividas con la pelirroja, no dejaba de recordar aquella figura hermosa, tan estrecha, su húmedo calor. Era algo que no se había permitido a sí mismo en años.

El encuentro lo perseguía en sueños, los recuerdos eran tan eróticos que se despertaba a punto del orgasmo cada noche, durante toda una semana.

Al llegar a su casa, aquella noche, se sirvió un trago y lo primero que notó fue que, en algún momento durante el tiempo que estuvo dentro de esa mujer, desapareció toda la ira y el deseo de venganza, fue como si la pelirroja y tener sexo con ella lo tranquilizara, pero esa tranquilidad desaparecía con cada día que pasaba, y estaba seguro de que no volvería a menos que encontrara y estuviera nuevamente dentro de la pelirroja.

CONTINUARÁ

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