EL AMOR ES UNA LECCIÓN APARTE CAPÍTULO 5 Y FINAL.

Omer y Defne, estaban en un punto sin retorno.

Ella lo supo en el mismo instante en el que se encontró ante su puerta. Y él la estaba esperando. Los dos tenían claro lo que iba a suceder.

¿Y acaso no era esto lo que yo quería?, se preguntó, ella.

Desde el momento que la boca de Omer se inclinó sobre la suya, Defne sintió que el deseo se apoderaba de ella.

Omer la besó por el pelo, en la frente, en la nariz y en las mejillas, ella echó la cabeza hacia atrás para que pudiera besarla por el cuello, lo que él hizo gustoso antes de volver a posar sus labios sobre su boca.

 Con Omer no tenía que fingir nada, nada era mecánico, él había encendido la luz de su pasión interna. Pura pasión. ¿Cuántas veces en la vida se encuentra una con un hombre con el que se siente así?

Defne lo dejó hacer, permitió que él le quitara el camisón, dejándola cubierta solamente con el perfume que se puso antes de venir a su encuentro.

Ella se sentía nerviosa, y tal parece que él algo de eso notó.

–No te haría daño por nada del mundo –murmuró mirándola con fuego en los ojos–. Solo quiero amarte, darte placer, no temas, si sientes que estoy yendo demasiado rápido, solo tienes que pedirme que pare y pararé. Quiero hacerte el amor con total naturalidad –añadió con ternura.

Defne sentía un sinfín de sensaciones por todo el cuerpo y cerró los ojos para disfrutarlas. Sentía calor en el sexo, pero sabía que no era el momento para un encuentro.

–Contigo, todo es natural –le aseguró mientras Omer le besaba la cara interna de la muñeca.

–Como debe ser –contestó él tomándole el rostro entre las manos y besándola.

Omer estaba loco de deseo, pero quería seducirla. El afecto y la ternura que sentía por ella eran iguales o más fuertes que el deseo que Defne le inspiraba, así que dejó de besarla para empezar a controlarse, pero sus manos todavía no habían recibido el mensaje y, con vida propia, comenzaron a recorrer su cuerpo, su cintura, sus caderas, sus muslos, sus piernas.

–Eres perfecta –murmuró.

El aroma sensual que desprendía el cuerpo de ella fue más que suficiente para hacer que el sexo de Omer se endureciera. No pudo hacer nada para impedirlo.

Defne sentía las manos de Omer por el cuerpo, sobre sus pechos, bajo su vientre, lo que se le antojaba de un erotismo sin precedentes en su nula experiencia. Hacer el amor con Omer era una experiencia hechizante.

 Ella oía sus propios gemidos. Lo único que existía en el mundo era el deseo, el deseo de Defne hacia Omer, el deseo de Omer hacia Defne. Permaneció con los ojos cerrados, perdida en un mundo de sensaciones exquisitas, se encontró de pronto aferrándose a la espalda desnuda de él, deseosa de darle tanto placer como él le estaba entregando a ella. Hacía ya un rato que Omer se había quitado el pantalón del pijama y que sus cuerpos yacían entrelazados, revolcándose en la misma cama, buscando el placer juntos. Dos cuerpos al rojo vivo, implorando.

Omer quería conocer sus lugares más secretos y ella se lo estaba permitiendo.

A Omer no le estaba resultando fácil no dejarse llevar hasta las profundidades de aquel cuerpo adorado, pero seguía dispuesto a hacerlo.

Defne le oyó respirar con más dificultad. A ella también le costaba respirar. Con exquisita suavidad, sintió el dedo índice de Omer deslizarse dentro de ella… estaba lista para recibirle.

–Por favor –sabía que estaba gimiendo. Las contracciones musculares eran tan fuertes que tenía miedo de no poder contener el clímax.

–Espera un poco –murmuró él.

–Estoy a punto de estallar –dijo ella enfebrecida, abriéndose de piernas.

–Espera un poco más –murmuró.

–¡Dios!

Al cabo de unos instantes, eligiendo el momento con suma precisión, paseó la mirada por los senos de ella, con sus crestas de coral, erectas.

Defne se sintió casi mareada cuando él le chupó un pezón y luego el otro.

–Dime que me quieres –murmuró, decidido a causarle tanto placer como ella a él.

 Ella no respondió, estaba demasiado ocupada rodeándole el cuerpo con las piernas en un apretado abrazo. Quería capturarlo, sentir el cuerpo desnudo de él con el suyo.

–Sabes que te quiero –contestó ella, bañada en sudor, envuelta en la exquisita agonía del deseo–. Me has marcado.

–Nos hemos marcado el uno al otro –dijo él –. Dilo, di que me quieres.

–Te quiero –fue apenas un susurro–. Por favor…

Omer bajó la cabeza y después, la besó con pasión.

Necesitaba que la penetrara, y él lo entendió, la tomó y se acomodó, ella estaba tan húmeda que la penetró sin darle siquiera tiempo a respirar, un momento después, dejó escapar una mezcla de gruñido y gemido, oyó como él gruñía a su vez, mientras la tomaba de las caderas, entrando y saliendo de ella, una y otra vez, primero lento, luego fue acrecentando el ritmo hasta que llegó un momento en el que ya no se pudo controlar y sus movimientos fueron furiosos.

Defne disfrutó de cada embestida, hasta que ambos llegaron a la cima.

El grito ahogado de ella provocó el éxtasis de ambos, fundidos en una vorágine de pasión.

Omer llevaba mucho tiempo a la espera, Defne tenía que darse cuenta de que él no se iba a rendir nunca. La espera había acabado. No iba a permitir que nadie se interpusiera entre ellos. Incluida ella misma.

En la habitación solo se escuchaba el ritmo de su respiración entrecortada.

– ¿Estas bien?

-Mejor que bien – fue su respuesta – no me quiero mover.

Aun con él adentro, seguía disfrutando de cada movimiento que hacía, hacer el amor con Omer, había sido agonía y éxtasis todo en uno, un rapto demasiado extravagante para ser descrito. Se había quedado maravillada y agradecida ante la capacidad de control de su amante.

Omer se tumbó boca arriba junto a ella y se quedó mirando el techo.

–Me esperaste – le dijo – supe desde el principio, desde la primera vez que te vi, que eras para mí –murmuró.

–A mí me pasó lo mismo –confesó ella desde el corazón.

El destino había hecho el resto.

Defne sabía que, una vez entregado el corazón, es difícil recuperarlo y ella lo había entregado hacía ya tres años a su profesor de diseño.

La mañana llegó demasiado pronto, pero tal como Omer lo había prometido, le hizo el amor hasta que terminaron agotados, se durmieron abrazados.

-Buenos días – le dice Omer cuando la ve abrir los ojos.

-Buenos días – le responde – debo irme, tengo mucho que hacer hoy.

– ¿Defne?

-Dime

– ¿Quieres que este contigo cuando hables con Pamir?

-No, debo hacerlo sola.

-Estaré atento cuando lo hagas, no quiero que nadie te cause daño.

-Muy bien, cuando todo termine vendré a ti

-Te amo

-Yo también – le dice dándole un beso en los labios.

De lo demás que sucedió ese día muy poco logró recordar o entender.

Pamir la vio salir de la habitación de Omer, sin decir nada se dio media vuelta y salió del hostal, ella se fue a su habitación, se vistió lo más rápido que pudo y salió a buscarlo, pese a todo sabía que él se merecía una explicación de todo lo que sucedía.

Cuando salió del hostal, vio la escena más horrenda, Pamir, frustrado, o con anhelo de venganza, roció su lugar secreto con gasolina y le prendió fuego, ella ni nadie pudo hacer nada, la pequeña habitación ardió como si fuera una caja de fósforos.

Desesperada, trató de entrar para rescatar un poco de su trabajo, pero Omer la tomó impidiéndole cometer esa locura, no pudo hacer nada más que llorar mientras observaba como años de trabajo se consumían bajo la fuerza avasalladora del fuego.

Luego con indolencia y crueldad, se acercó adonde estaba ella con Omer y le dijo.

-Doy por terminada nuestra sociedad y nuestro compromiso, me encargaré de hacerles saber a tu familia la clase de mujer que eres, les contaré como te revolcaste con un hombre al que recién conociste, eres una cual…

No alcanzó a decir la frase, porque Omer lo golpeo de lleno en la mandíbula, dejándole la boca con sangre.

-Jamás te atrevas a ofender a mi mujer, nosotros nos conocemos y nos amamos desde hace ya tres años, lamento que todo haya terminado así, pero creo que ya fue suficiente.

-Para ti lo será, pero para mí esto recién comienza – le dice amenazante y se va del lugar.

Cuando llegó la policía, Defne no quiso levantar cargos en contra de Pamir.

 Omer la convenció para que fuera con él a Estambul, mientras todo se calmaba.

Pasaron los días, las semanas y la vida volvió a su cauce, Pamir solicitó su parte del hostal, por lo que Defne necesitaba encontrar un socio lo antes posible, por Obvio que parezca, Omer terminó siendo ese socio, por lo que el hostal paso a llamarse O&D.

Al final terminaron contratando un administrador para el hostal, porque cuando llegó el momento en el que Defne debía volver a la isla, no se quiso alejar de Omer.

Aunque él no le dijo nada para no presionarla, se sintió inmensamente aliviado cuando ella decidió quedarse a su lado.

Los meses pasaron y estos se transformaron en años.

-Hoy es el día de la ecografía -le dice Defne

–¿Sí?… – dice Omer nervioso – tendré que retrasar una cita con un cliente, pero no tiene importancia.

Ella se emocionó tanto al verlo así, nervioso, que se inclinó sobre él y lo besó, beso que él respondió con muchas ganas.

–Creo que necesitas ropa nueva –afirmó Omer unos segundos después, al mirar su escote–. Estás… creciendo mucho.

–¿Quieres decir que tengo los pechos más grandes? –preguntó con humor.

Él soltó una carcajada.

–Sí, y ya se te nota el vientre más abultado.

–Creo que es por el bebé que crece en él.

 Luego se dirigió a la cocina y Omer la siguió y se apretó contra ella por detrás, cerrando las manos sobre sus senos.

–Sea por el motivo que sea, te queda muy bien –afirmó él con picardía–. ¿Qué te parece si dejamos el desayuno para más tarde?

–¿Por qué? ¿Es que tienes algo en mente?

–Oh, seguro que se me ocurre algo…

Por fin, llegó la hora para la ecografía, el doctor que los estaba esperando, los hizo pasar inmediatamente a la consulta. Siguiendo sus instrucciones, Defne se abrió los pantalones, se los bajó lo necesario y se acostó en una camilla.

El doctor empezó a pasar el ecógrafo por el vientre de Defne. Segundos después, pudieron ver la imagen en una pantalla.

–Aquí está, esa es la cabeza, la columna vertebral… ¿Ven eso que se mueve? Es el corazón, latiendo.

Defne suspiró y Omer le apretó la mano con cariño.

–Tiene buen aspecto –dijo el doctor –¿Quieren una fotografía? –preguntó.

–Sí, por favor –contestaron los dos al unísono.

Cuando terminaron, Defne se levantó de la camilla y se dirigió al cuarto de baño.

Cuando volvió vio a Omer mirando la foto de su hijo.

–¿Y bien? ¿Cómo te sientes? – le preguntó.

–Maravillosamente. No puedo creer que vaya a ser padre.

 –Pues créelo. Antes de que te des cuenta, llegará un domingo por la mañana y verás que un niño encantador se empeña en despertarte para que le leas un cuento.

–¿Es que me quieres deprimir?

–De ninguna manera, disfrútalo…

Mientras la miraba, Omer recordó los años en los que con desesperación la buscó, tantos meses y años de espera valió la pena, el recuerdo de lo ocurrido bastó para que se le empañaran los ojos.

–¿Te encuentras bien?

Omer volvió al presente, al oír la voz de Defne.

–Sí, sí, estoy bien… ¿Y tú? – ella sonrió.

–Nunca he estado mejor. ¿Nos vamos a comer?

–Por supuesto.

Omer estaba con una taza de café en la mano, contemplando las flores que Defne había plantado y al mismo tiempo contemplaba su presente. Su vida había cambiado de forma drástica, estaba con la mujer que amaba, vivían bajo el mismo techo y a eso le sumaba el que pronto tendría un hijo o hija, nunca había sido tan feliz.

Con el transcurso de los días, se había dado cuenta de que estaba profundamente enamorado de Defne Topal, incluso más de lo que creía posible.

Pero aún faltaba algo y no pasaría de esta noche para ponerle fin a ese tema.

-Omer – escucha que le dice Defne – tengo algo que decirte

 -Por supuesto mi amor dime.

-Estaba pensando que, no sé si será correcto que lo haga yo, pero los días pasan, el vientre comenzará a crecer aún más y yo… la verdad, creo que llegó el tiempo en el que debemos.

-Casarnos! – lo dijeron al mismo tiempo.

-Y si pensabas lo mismo, ¿Por qué no me lo habías pedido? – le dijo ella.

-La verdad pensaba hacerte la proposición esta noche, pero mi amada, se me adelantó.

-Lo siento es solo que no quiero que mi hijo nazca sin que sus padres estén casados.

-Yo no pensé en eso, es más el bebé no estaba en mi ecuación, pensaba en que soy tan feliz contigo, para mi eres mi esposa y la mujer que siempre amaré, trato de cada día mostrarte cuanto te amo y eso mismo quiero mostrárselo a todo el mundo.

Ella rompió a llorar y pasó los brazos alrededor de su cuello.

–Oh, … no sabes cuánto te amo, me haces muy feliz.

–Pero yo te amo más, Defne, ¿te quieres casar conmigo?

–Por supuesto que me casaré contigo, ¿Cómo lo puedes dudar?

Él se inclinó, la besó con pasión, una vez que se separó, le preguntó.

– ¿Cuándo nos casaremos?

-Lo antes posible – dijo ella cobijada en sus brazos.

 –Me alegra mucho, porque la idea de ser tu esposo me encanta y no quiero esperar más de lo necesario.

–¿Te parece bien dentro de cuatro semanas?

–Si no hay más remedio… Pero ¿estás segura de que te dará tiempo?

–Claro que sí. He planeado esta boda mil veces –respondió con humor–. Y sé exactamente lo que quiero.

–Entonces, nos aseguraremos de que lo tengas.

Se casaron cinco semanas después, fue un día glorioso. Defne llevó un vestido de encaje, bajo el que mostró orgullosamente su embarazo.

Terminada la ceremonia Omer la miró a la cara y le preguntó

–¿Estás contenta?

–Mucho. ¿Y tú?

Él asintió, acariciándola con la mirada.

–Por supuesto que sí. ¿Cómo no lo voy a estar? Eres la mujer más maravillosa del mundo y vamos a tener un hijo… la vida es perfecta.

Entonces se inclinó y la besó.

Cuatro meses y medio después, a finales de octubre, Defne dio a luz.

La niña nació por la mañana y, por la tarde, ya estaba en casa con ellos.

 Tras amamantar a la pequeña, algo nerviosa por su falta de experiencia, se sentó con la bebé en brazos y Omer se acomodó a su lado.

–¿Te encuentras bien?

–Sí, – fue su respuesta –¿Y cómo la vamos a llamar?

–No lo sé…

Omer le pasó un brazo por encima de los hombros y le dio un beso en los labios.

–Podríamos llamarla Emine. – le dice Defne – como se llamaba su abuela

Omer asiente lentamente.

–Sí, me gusta, también me gusta la idea de ponérselo en su honor, gracias mi amor.

Omer apoyó la mejilla en la frente de su esposa y miró a la pequeña.

–Es preciosa… como su madre –dijo–. ¿Ya te he dicho que te amo?

–No estoy segura. Pero repítemelo, por si acaso.

Él sonrió y la besó una vez más.

–Te amo, te amo, te amo.

-Yo también te amo, mi amado esposo.

FIN.

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