MI DESTINO EN TUS OJOS CAPITULO 2

–Dame tu abrigo –le dijo Omer–. Lo colgaré para que se
seque.
Defne tragó saliva. Era tarde y debería ponerse en camino,
pero para ello necesitaba indicaciones precisas y no se le ocurría mejor manera de conseguirlas. Soltó el bolso en la
silla, dejó un guante en la mesa y empezó a quitarse el otro.
La prenda se había calentado y se aferraba a su piel, y,
mientras se lo quitaba dedo a dedo, descubrió que había
más de una manera de tener el control.
Una cuerda tenía dos extremos, y era Omer quien estaba
siendo arrastrado mientras ella revelaba lentamente su
mano con un tirón involuntariamente provocador.
Dejó el guante junto a su pareja y, sin apartar los ojos de
Omer, empezó a desabrocharse los botones que sujetaban
el abrigo a la cintura. Eran una docena y empezó por el
inferior. Uno, dos, tres…

La mirada de él no vaciló ni un
segundo, hasta que las capas de terciopelo, cachemira y
ante cortadas al bies y curvadas alrededor de las
pantorrillas se abrieron para revelar el minivestido negro
escotado que le llegaba por encima de las rodillas.
Esperó un instante y se giró para dejar que el abrigo se
deslizara por sus hombros y que fuera él quien lo agarrase.
Un arqueo de ceja mientras le daba las gracias debería
dejarle claro que el siguiente paso le correspondía darlo a
él. Defne estaba más que dispuesta para aceptar cualquier
cosa que le ofreciera, pero cuando lo miró por encima del
hombro se olvidó por completo de su plan de seducción.
Estaba tan cerca de ella que sintió el calor de su aliento en
la mejilla. Lo único que se le pasó a Defne por la cabeza fue la fantasía de cubrir la escasa distancia que separaba sus
bocas y atrapar aquel suculento labio inferior entre los
suyos.
El estrépito de los cubiertos procedente de la barra hizo
añicos el momento, y Omer miró el abrigo como si se
preguntara de dónde demonios había salido.
–Lo colgaré junto al radiador para que se seque.
–¿Te has vuelto loco? –le espetó Sude, arrebatándole el
abrigo–. No puedes colgar esto junto al radiador como si
fuera un chubasquero barato. Esta clase de prenda cuesta
un ojo de la cara y hay que tratarla con mucho cuidado –
leyó la etiqueta–. « Angel Defo» –miró a Defne–. ¿Defo? –
repitió con admiración–. ¿Eres tú, Defne?
–¿Qué? Ah, sí –respondió, agradecida por la distracción. Irse
a la cama con un hombre para pasarlo bien era una cosa,
pero perder la cabeza no estaba en sus planes–. Angel Defo
es mi marca.
–¿Eres diseñadora de moda?
–No exactamente. Diseño prendas exclusivas. Estudié arte,
pero me he pasado toda la vida confeccionando ropa y de
alguna manera acabé combinando las dos cosas.
–¿Ropa como arte? –Sude sonrió–. Me gusta.
–Esperemos que no seas la única.–Claro que no. Es fantástico. ¿La gargantilla también es
tuya? Defne se tocó el collar de estilo victoriano de encaje y
azabache.
–La hice con retazos reciclados. El vestido lo elaboré con
algo que encontré en un mercadillo de cosas usadas, y el
abrigo lo confeccioné con retales recogidos a lo largo de los
años.
–Estoy impresionada. Vas a encajar aquí a las mil maravillas.
El upcycling está arrasando en Isola.
–Es uno de los motivos por los que he venido. Quiero
trabajar con personas que hagan lo mismo que yo.
–Y yo que te estaba sugiriendo la posibilidad de trabajar
detrás de la barra… –se lamentó Sude con una mueca–. Si
tienes algo que quieras exponer, seguro que Omer
encontrará espacio para ello –lo miró, pero él no dijo nada–.
Bueno, voy a buscar una percha para esto
–se alejó con el abrigo en alto para que no tocase el suelo,
pero apenas dio un par de pasos se detuvo–. Defne, hay
algo que se mueve en el… ¡Oh, Dios mío! –chilló y soltó el
abrigo, dando un salto hacia atrás–. ¡Es una rata!
Los músicos dejaran de tocar y todo el mundo se giró hacia
ella.
Aterrorizado, el gatito salió corriendo del bolsillo y el bar se
convirtió en un pandemónium. Los hombres se levantaron
de un salto y las mujeres se subieron a las sillas.–¡No pasa nada! –exclamó Defne mientras se agachaba bajo
una mesa para agarrar al gato antes de que algún
desalmado lo pisoteara. El pobre animal estaba tan
asustado que la arañó y le mordió el dedo–
. ¡Es un gato! ¡Un gatito pequeño! –añadió al no provocar el
menor efecto tranquilizador.
Lo sostuvo en alto para que todos pudieran verlo. Se había
secado un poco en el bolsillo, pero no era mucho más
grande que su mano y nadie parecía convencido. Una mujer
soltó un grito de terror y Omer rodeó rápidamente a Defne
por la cintura y los llevó a ella y al gato hacia la parte trasera
del bar.
–¿Cómo se dice «gatito» en italiano? –le preguntó Defne
cuando la puerta se cerró tras ellos.
–Gattino, pero Sude tiene razón: se parece más a una rata.
–Lo siento, pero lo encontré en una puerta, empapado y
muerto de frío. No podía dejarlo allí.
–Puede que no, pero para la salud pública los gatos y las
ratas son lo mismo.
–Lo entiendo. Mis hermanos también se dedican al negocio
alimentario –y en circunstancias similares la habrían
matado–. Solo entré en el bar para preguntar la dirección.
No pretendía quedarme más de un par de minutos.Estaba a punto de repetir la disculpa cuando la puerta se
abrió y apareció Sude, con el abrigo y el bolso de Defne y
arrastrando la maleta.
–¿Has conseguido calmarlos? –le preguntó Omer.
–Nada como ofrecer bebidas gratis para mejorar los ánimos.
He dejado a Bruno en la barra.
Defne soltó un gemido.
–Es culpa mía. Pagaré las bebidas.
–No –rechazaron Sude y Omer a la vez. Lisa siguió
hablando–. La primera regla en este negocio es no chillar si
ves una rata. La segunda
es que, si chillas, no puedes decir la palabra «rata» … Pero
cuando sentí que algo se movía y vi esa bola peluda gris
perdí los nervios por completo… ¡Defne! ¡Estás sangrando!
Defne se miró el hilillo de sangre que le corría por la palma
de la mano.
–No es nada. Al pobrecito le entró el pánico.
–Un pobrecito que vete tú a saber dónde habrá estado y lo
que habrá comido –replicó Sude–. Vamos arriba y te
limpiaré la herida.
–Estoy bien, de verdad –protestó Defne, muerta de
vergüenza–. Es tarde y la señora Franco, mi casera, me
estará esperando con la llave. Tendría que haberla llamado para decirle que mi vuelo llegaba con retraso, pero su inglés
es aún peor que mi italiano.
Miró la hora. Les había prometido a sus hermanas que las
avisaría en cuanto se hubiera instalado en su nuevo
apartamento, y ya eran más de las diez. Si no les escribía un
mensaje en breve se imaginarían lo peor.
–No te preocupes por la señora Franco –dijo Omer.
–Pero…
–Via Pepone está en obras. Van a hacer un bloque de
oficinas y… –la miró con expresión grave–. Quería decírtelo
de un modo más suave, pero me temo que el apartamento
que has alquilado ya no existe.
A Defbe le costó unos segundos asimilar la noticia.
–Pero si hablé con la señora Franco…
–Sude, busca una caja para Rattino antes de que provoque
más daños –Omer agarró el bolso y el abrigo y empujó
suavemente a Defne hacia la escalera, pero ella no se
movió. Tenía que haber un error.
–A lo mejor me equivoqué al apuntar el nombre de la calle…
–Lo primero es limpiarte la herida. ¿Te has vacunado contra
el tétanos?
–¿Qué? Ah, sí… –se mantuvo inmóvil unos segundos más,
pero no podía volver al restaurante con el gato, y tenía que enterarse de lo que había pasado realmente con su
apartamento.
Y Sude tenía razón: no podía arriesgarse a pillar una
infección.
–De verdad que siento mucho lo de la rata –volvió a
disculparse mientras subía la escalera–. Pero el gatito se
habría muerto si no me lo hubiera llevado conmigo.
–¿Y por eso te lo metiste en el bolsillo de tu precioso
abrigo? ¿Es algo que sueles hacer?
–Siempre –admitió ella–. En los bolsillos, en los bolsos, en la
cesta de mi bicicleta… Mis hermanos intentaron quitarme la
costumbre por todos los medios, pero al final desistieron.
–¿Y los animales que recoges siempre se muestran tan
desagradecidos?
Llegaron al rellano y él le agarró la mano para examinarle la
herida. Al sentir el calor de sus dedos Defne se olvidó del
gato, de su apartamento y de todo.
Él alzó la vista al no recibir respuesta y la temperatura
corporal de Defne se disparó al sentir que ardía por dentro.
–Los animales reaccionan con agresividad cuando tienen
miedo
–respondió rápidamente, esperando que abriera una de las
puertas. Pero él, sin soltarle la mano, siguió subiendo por un
segundo tramo de escalones. En el piso superior solo había
una puerta. Omer la soltó, se sacó una llave del bolsillo y
abrió, echándose a un lado para que ella entrase.
Defne no sabía qué esperarse. Había perdido la capacidad
de razonamiento desde que él se giró para mirarla,
abrumada por las reacciones físicas que le provocaba. Tal
vez un almacén… O no. Había un pequeño vestíbulo con
perchas y un zapatero. Omer colgó su abrigo junto a una
chaqueta impermeable y abrió una puerta interior que daba
a un apartamento inconfundiblemente masculino. Había
alfombras tribales norteafricanas sobre un brillante suelo de
madera, coloridas muestras de arte moderno en las paredes
y estanterías llenas de libros. El fuego ardía en una estufa de
leña y un enorme sofá de cuero invitaba a sentarse ante el
acogedor resplandor de las llamas.
–Vives aquí –dijo tontamente.
–Sí –afirmó él con el rostro inexpresivo mientras dejaba el
bolso en el sofá–. Dicen que vivir encima de tu tienda o
negocio es propio de las clases bajas, pero a mí me resulta
muy conveniente.
–Eso son chorradas.
–¿Chorradas? –repitió él, como si nunca hubiera oído
aquella palabra. Pero el significado quedaba claro por el
tono con que la había pronunciado Defne.–Algún día yo también viviré en una casa como esta –giró
sobre sí misma para recorrer la estancia con la mirada–. El
último piso para mí, un taller debajo y una sala de muestras
en la planta baja –se detuvo frente a él–. Mi bisabuelo era el
hijo menor de un conde.
–¿Un conde?
Defne se percató de lo pomposo que sonaba.
–Mi abuela se casó con alguien de clase inferior en contra
de los deseos de su padre, por lo que es normal que no
recibamos ninguna felicitación en Navidad de parte de Su
Señoría… ni él de nosotros – claro.
–¿La desheredaron?
–Al parecer, sus otros hijos fueron más dóciles y obedientes
– nunca había compartido tanta información personal con
nadie, pero no quería que Omer creyera que a su familia le
importaba sus vínculos aristocráticos. Ni siquiera en
circunstancias extremas habían recurrido a sus parientes
ricos en busca de ayuda.
–La familia, con su estrecha privacidad y sus escabrosos
secretos, es la fuente de todas nuestras insatisfacciones–
replicó él, sin duda citando a alguien.
–¿Quién dijo eso?
–Yo lo acabo de decir.–No, me refiero a… –Defne sacudió la cabeza–. Yo tengo
una familia maravillosa –durante muchos años sus dos
hermanos y su abuela, habían estado fuertemente unidas
contra el mundo.
–Eres muy afortunada.
–Sí… –si no contaba el vacío que había dejado su madre, un
padre desconocido.
–El baño está aquí –dijo Omer, abriendo una puerta.
–Il bagno… –tradujo ella animadamente, esforzándose por
pensar en italiano mientras lo seguía.
Un agente inmobiliario habría descrito el baño como
«amplio y de época». En aquella ocasión, Defne no tuvo
ninguna duda de que todos los sanitarios, desde la bañera
con patas y grifos dorados hasta el inodoro con cisterna alta
y el lavabo ancho y profundo, eran auténticos.
–Cerraré la puerta para que puedas dejar el gato –dijo él–.
No puede escapar.
–Yo no estaría tan segura –desenganchó las garras del
animal del vestido y lo dejó en la bañera–. Y como se meta
debajo de la bañera… –dejó que Omer se imaginara lo
divertido que sería intentar sacarlo.
Él miró a la pequeña criatura que intentaba encaramarse a
la pared de la bañera. –Muy inteligente.–Cuando has puesto una habitación patas arriba buscando
un gato que ha conseguido escaparse por una grieta,
aprendes a encerrarlos bien.
–Veo que llevas una vida muy interesante, Defne de
Estambul – le dijo mientras ella intentaba desabrocharse los
botones de la muñeca sin mancharse de sangre el vestido–,
pero permíteme decirte que no vas vestida como una mujer
en busca de tranquilidad.
–Bueno, ya sabes lo que dicen. La vida es corta. No dejes
pasar un día sin un helado.
–¿Quién dice eso? –preguntó él con una sonrisa.
–Rosie, nuestra vieja furgoneta de helados, en su Libro de
los helados. Un sabor para cada ocasión. ¿Chocolate?
¿Cerezas? –no recibió respuesta–. ¿Queso? –sugirió con la
esperanza de hacerlo reír, o al menos sonreír.
–Permesso? –señaló el continuo y vano esfuerzo de sus
temblorosos dedos por desabrocharse los botones.
Ella se rindió y le ofreció la mano.
–Prego.
Él le desabotonó el puño, se lo arremangó y, agarrándola
por la muñeca, le vertió un poco de jabón líquido en la
palma de la mano.
A Defne se le aceleraron los latidos del corazón, que ya
estaba desbocado.–Coraggio –murmuró él, rozándole la palma con el pulgar.
–Umm…
Él se giró para mirarla, quedando su recia mandíbula a un
suspiro de sus labios.
–¿Te escuece?
–No… No me escuece.
No sentía el menor dolor mientras él le enjabonaba
suavemente los dedos, la muñeca y la palma de la mano.
Todas sus sensaciones se concentraban en la parte inferior
de su cuerpo.
–Va bene? –tras enjuagarla, la secó cuidadosamente con
una toalla blanca.
–Va bene –respondió Defne. Molto, molto bene. Omer era
exquisitamente delicado. Y meticuloso.
–Aguanta un poco. Esto sí te escocerá –le advirtió mientras
abría una caja de toallitas antisépticas.
–Intentaré no gritar –dijo ella, pero las rodillas le
flaqueaban tanto que prefirió no arriesgarse y se aferró con
la otra mano al hombro de Omer. No quería hacer el
ridículo desplomándose a sus pies.
El tacto de su hombro era maravillosamente sólido bajo la
camisa. Estaba tan cerca que Defne podía percibir el olor a
café, piel cálida y masculina y champú. La combinación era tan embriagadora que borraba el penetrante olor del
antiséptico.
Omer abrió un apósito y lo aplicó sobre la herida.
–Listo.
–No… –a Defne se le escapó la palabra sin pensar. Omer la
miró con expresión interrogativa.
–¿Algo más?
–Sí… No… –no tenía nada que objetar en lo que a sus
primeros auxilios se refería. Simplemente no quería que se
detuviera–. No es nada.
–Dímelo –la acució, visiblemente preocupado.
¿Qué podía decirle? La respuesta que tenía en la punta de la
lengua era absolutamente indecorosa, pero Omer estaba
esperando y ella se encogió de hombros con la esperanza
de que captara la insinuación.
Nada.
Por el amor de Dios, todo el mundo sabía lo que se hacía
cuando alguien se producía una herida. ¿Acaso tenía que
deletreárselo?
–Un bacio? –sugirió.
–¿Un beso? –repitió él, seguramente preguntándose si ella
tenía la menor idea de lo que estaba diciendo.–Sí… –lo había aprendido en la guía de conversación que su
hermana Sorrel le había comprado. En el capítulo de
Coqueteo, que le había parecido infinitamente más
interesante que el referido a los billetes de tren o de avión.
–¿Es necesario? –preguntó Omer.
La miraba con una expresión tan seria que Defne deseó que
se la tragara la tierra. Pero un atisbo casi imperceptible de
sonrisa lo delató y le hizo ver a Defn que entendía
exactamente lo que quería decirle. Aquel hombre no solo
era enloquecedoramente atractivo, sino que además tenía
sentido del humor.
–No solo es necesario –le aseguró–. Es absolutamente
imprescindible.
–Discúlpame. No debí de estar muy atento cuando se habló
de esto en el curso de primeros auxilios –era evidente que
se esforzaba por no sonreír–. Tendrás que enseñarme tú.
¿Enseñarle? La excitación la invadió al pensarlo. Nunca
había hecho nada tan atrevido, pero una mujer deseosa de
vivir el momento tenía que aprovechar la oportunidad.
«Coraggio, Defne…».
–Es muy fácil, Omer. Solo tienes que juntar los labios… –
¿Así? Defne ahogó un gemido cuando él le levantó la mano y, sin
apartar la mirada de sus ojos, la besó justo debajo del
apósito.
–Exactamente así –consiguió responder a pesar del nudo
que tenía en la garganta–. No sé por qué, funciona…
–Supongo que por la aplicación de calor –su voz era tan
suave como el segundo beso que le dio en la palma. Defne
sintió que sus rodillas se volvían de gelatina y retiró la mano
de su hombro para aferrarle la camisa. Podía sentir los
latidos de su corazón bajo el tejido. Lento y constante, todo
lo contrario que el suyo–. ¿Es suficiente calor?
¿Seguía tomándole el pelo? No sonreía, pero su boca estaba
cada vez más cerca.
–Cuanto más calor, más efectivo –murmuró con una voz
casi inaudible.
–¿Cuánto calor quieres, Defne? –su voz se deslizó por su
piel como una capa de miel, y sus ojos brillaban del mismo
modo que cuando le había guiado la mano sobre el plano.
Chispas doradas destellaban en sus iris, prendiendo la parte
más salvaje de Defne.
–Mucho. Molto, molto caldo… –entrelazó la mano en sus
oscuros y sedosos cabellos y le tocó el labio inferior con la
boca y la lengua, deleitándose con los restos de sabor a
café. No supo si fue por la cafeína o por el roce de las
lenguas, pero cuando cerró los ojos y él intensificó el beso sintió una descarga de calor propagándose por sus venas
como nunca antes había sentido.
–¿Hola? –la voz de Sude atravesó la burbuja dorada que los
envolvía–. ¿Va todo bien? –preguntó desde la puerta del
baño, y, a juzgar por el tono apremiante, Defne sospechó
que no era la primera vez que lo preguntaba.
Defne abrió los ojos al tiempo que Omer levantaba la
cabeza y daba un paso atrás.
–No abras la puerta o se escapará el gato –le advirtió Omer
a
Sude.
–No… Solo quería decirte que hay antisépticos en el
armario.
–Ya los he encontrado –retiró la mano del hombro de Defne
y agarró el pomo de la puerta–. Hemos terminado.
Noooo, gritó ella en silencio, pero Omer ya había salido del
baño y cerrado la puerta tras él. Defne se quedó a solas,
intentando recuperar el aliento y la poca dignidad que le
quedaba tras haberse arrojado en brazos de un
desconocido.
Tal vez estuvieran coqueteando un poco, pero casi todo lo
había hecho ella. Omer, al verla en serios apuros, había
intentado explicarle su situación y ella había respondido con una exhibición de lo más descarada. Primero había sido lo
del guante y después…
¿Cómo había podido hacerlo? Ella no era esa clase de
mujer. Pero prácticamente se había arrojado sobre Omer
cuando él le dijo que había sido víctima de una estafa por
Internet.
¿En qué demonios había estado pensando? ¿Y él?
Obviamente en que ella haría lo que fuera a cambio de un
sitio donde pasar la noche.
La intención de Defne era aprovechar el momento y seguir
la filosofía de su madre, pero era como lanzarse de un avión
sin saber abrir el paracaídas.
Con las mejillas ardiéndole y las piernas temblándole, mojó
el extremo de la toalla con que él le había secado la mano y
se la llevó a la cara. Se sentó en el suelo, con la espalda
pegada a la bañera, y hundió la cara en las rodillas.
–Ayúdame, Allah…
CONTINUARA..

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