
CAPITULO 7
Se quedaron en silencio, abrazados, moviéndose al compás que imponía la música, y entonces, Omer rozó la sien de Defne, con un beso de lo más sutil, pero a ella le ardió la piel. Sentía un cosquilleo por las extremidades e, inconscientemente, arqueó el cuerpo hacia él.
Omer volvió a besarla, esta vez con más firmeza, moviéndose hacia su mejilla, y más abajo. Después se apartó un poco. Le rodeó la nuca con una mano, y le lanzó una mirada llena de preguntas.
Ella asintió a modo de respuesta, y se echó hacia adelante para besarlo en los labios. Qué deleite. Estaba feliz de estar viva, feliz de estar en sus brazos.
-Creo que es hora de irnos. – le dijo él con la voz ronca.
-Estoy de acuerdo. – respondió ella.
Sin despedirse, salieron al exterior, donde en silencio se subieron al auto. Omer condujo por unos diez minutos, y detuvo el auto al costado de la carretera.
Ya no podía esperar más. Inclinó el cuerpo hacia ella y, tomó sus labios. La besó como si se le fuera la vida en ello. Y de algún modo sentía que era así. Fue una sensación maravillosa. Y las chispas que saltaban entre ellos prendieron, provocando un fuego abrasador.
En un primer momento creyó que Defne se apartaría, pero en vez de eso, se derritió contra él. Y cuando ladeó la cabeza para hacer el beso más profundo, ella le rodeó el cuello con los brazos y respondió con entusiasmo, añadiendo más leña al fuego.
Le puso una mano en la nuca, le rodeó la cintura con la otra mano, y la llevó hacia él.
La pasión los recorría, chisporroteando. Defne se apoyó en él, y posó la otra mano en su pecho, sintiendo su fuerza, y el latido de su corazón.
El beso se intensificó, el deseo y la excitación comenzaron a correr por sus venas. A través de la camisa de Omer pudo sentir el calor de su torso, filtrándose en sus pechos. La tomó de las caderas, y tiró de ella sobre el asiento, antes de echarla hacia atrás y tenderse encima. Abandonó sus labios para centrarse en el cuello, cubriendo la delicada piel de besos ardientes.
Ella temblaba, mientras sus labios iban dejando un rastro de excitación hacia su pecho. Defne contuvo el aliento, a la espera de que la acariciara. El vestido era de seda fina, y notó los pezones tensarse contra la tela, esperando desesperados que los tocara. Entonces lo acarició con la boca, humedeciendo la seda, y tomó la dura cúspide. Fue la sensación más erótica que había experimentado nunca y, jadeante, se arqueó hacia él, pidiendo más. Cuando él se detuvo y, se apartó, ella lo rodeó por el cuello, y lo besó intensamente, mientras dejaba volar su imaginación, y veía sus cuerpos juntos, haciendo el amor, completándose.
-Defne. – a ella le pareció como si la voz sonara muy lejana.
-Sí. Sí. – acercó la mano a su bragueta.
-Defne. – repitió Omer.
Le tomó la mano para detenerla, ella lo miró aturdida.
-No estaba pensando bien. – dijo con voz ronca, cerrando los ojos.
– ¿Qué sucede? -le preguntó estupefacta.
Él le apartó la mano de la bragueta.
-No es buena idea. – le dijo.
-No. Es una idea genial. – insistió ella.
– ¿Omer? – le tuvo que preguntar al ver que mantenía los ojos cerrados.
Él la miró.
-Lo siento. – le dijo. – Te quiero. Te quiero mucho. Estoy ardiendo por ti, pero no quiero que nuestra primera vez sea en un auto. Quiero hacerte el amor, y que después nos quedemos abrazados… en mi cama.
Defne se acomodó el vestido, se puso el cinturón, luego le devolvió una sonrisa que prometía todo.
Al llegar a la casa todo estaba en silencio.
-¿Los niños? – preguntó Defne.
Era costumbre que antes de irse a sus respectivas habitaciones, pasaran a ver si los niños estaban bien, y dormidos.
-Los niños pueden esperar. – le dijo él.
Y ella estaba de acuerdo. Todo podía esperar. No había nada más importante en el mundo que hacer el amor con Omer. Enseguida él la tomó por las nalgas, y la levantó. Ella lo rodeó por la cintura con las piernas. La pasión se intensificó a pesar de las capas de ropa que separaban sus pelvis.
Podía sentir su corazón latiendo como loco, igual que el de ella. Al llegar a la habitación, Omer la apoyó suavemente contra la pared.
La mirada de Omer era intensa, ardiente. En el siguiente instante, sus labios se acercaron lentamente, y rozaron su mejilla, luego se posaron sobre los de ella. El beso se volvió profundo, lento, tierno, lleno de deseo. Buscó a tientas el broche del vestido. Sus dedos temblaban levemente, sin lograr abrirlo.
Alzando la vista sus miradas se cruzaron. Él, algo avergonzado, murmuró con un tono suplicante
-Ayúdame.
Y ella comprendió todo. Como para ella, para Omer también era la primera vez.
Ella tomó el broche del vestido, y mientras tenía la atención centrada en él, en sus ojos oscuros, en su atractivo rostro, dejó caer el vestido al suelo. Lo apartó de una patada, aun manteniendo sus ojos puestos en él.
Omer se quitó la chaqueta, la corbata, y la camisa, quedando con el torso desnudo. Defne hizo lo mismo. No tenía ningún sentido esperar. Se desabrochó el sujetador, y lo tiró. Después se acercó a él, y juntando sus torsos, lo rodeó por el cuello, mientras lo besaba en la boca. Sabía que esta vez no se detendrían.
-Oh Dios. – susurró entre besos.
Sus cálidas manos estaban sobre su espalda, rodearon la cintura, pasando a su vientre. Después subieron por su abdomen, hasta sus pechos.
-Sí. – gimió, echando la cabeza atrás.
El deseo la invadía. Omer era pura magia. Con las manos recorrió sus hombros, sus pectorales, y sus abdominales hasta llegar al cinturón del pantalón.
Omer la tendió en la cama. Ella esperó ansiosa, mientras él se quitaba los pantalones. No dejó de mirarla hasta que estuvo desnudo. Después se arrodilló, y muy despacio le bajó las braguitas por los muslos, los gemelos y los tobillos.
Se recostó junto a ella, con todo el cuerpo tenso de deseo. Por fin la tenía entre sus brazos… Por fin…
Y como si fuese el postre, un dulce exquisito del que iba a disfrutar, descendió beso a beso por el cuello de ella. Sus manos se deslizaron por su piel, tomaron posesión de sus senos, y siguieron bajando, e hizo el camino inverso, acariciando su cálida piel desnuda, y deleitándose en su suavidad.
Alcanzó las caderas, después sus senos. Aquel era un banquete que no podía rechazar. Inclinó la cabeza para saborearla, para devorarla, para venerarla. Cuando sus labios se cerraron sobre uno de sus pezones, Defne gimió, y arqueó la espalda.
Omer lamió, y mordisqueó el pezón, mientras jugueteaba con el otro, tocándola como si fuera un instrumento, arrancando de ella las notas que tanto había ansiado escuchar. Los gemidos lo excitaban aún más, y le daban alas.
Bajó por su cuerpo con un nuevo reguero de besos, deteniéndose a lamer el ombligo, para luego continuar su descenso. La mordió suave, pero apasionadamente en la cadera, mientras su mano derecha apretaba la blanda nalga. Se incorporó un poco, y le separó las piernas.
Sin esperar más, se inclinó, y cubrió su monte de Venus con la boca abierta. Succionó suavemente hasta que los tímidos gemidos de Defne comenzaron a subir de intensidad. Puso las perfectas piernas sobre sus hombros, para después deslizar las manos bajo sus nalgas, y llevar la cabeza hacia su calor húmedo. Buscó su clítoris con la lengua y jugueteó con él, tomándose su tiempo para descubrir qué la hacía estremecer, y qué, la hacía gritar de placer, mientras ella se arqueaba, levantando las caderas hacia él. La llevaba hasta el límite, luego paraba, una y otra vez, hasta que ella comenzó a sollozar de frustración, gimiendo su nombre. Solo cuando notó que sus manos le estrujaban desesperadas el cabello, y sus caderas se levantaban impacientes, le preguntó:
– ¿Ahora?
-Sí, sí. Ahora está bien. Ahora.
Empujó su miembro dentro de ella, hasta que notó cierta resistencia. Y entonces, dejándose llevar por los instintos que lo guiaban, se hundió por completo en ella. Defne se estremeció debajo de él, y de su garganta escapó un grito, mezcla de placer, y de dolor.
Finalmente estaba dentro de ella, ya no eran dos, eran uno.
La embestía, a la vez que seguía haciendo magia con las manos, encontrando puntos que ella no sabía que existieran, elevando la pasión a cotas más, y más altas. Le besó el cuello, después los hombros, también los pechos.
Su respiración entrecortada indicaba que él la deseaba tanto como ella a él.
-¿Estás bien? – le preguntó él, con una sonrisa en la voz.
-Genial. Absoluta… mente genial.
-Bien. – dijo con clara satisfacción.
Sus embestidas se volvieron más fuertes, más rápidas, más insistentes. Defne lo tomó por los hombros cuando su cuerpo se tensó en una espiral de placer infinito.
-Omer…
-Defne. – gimió de satisfacción tomándola con fuerza.
Las oleadas de pasión los sacudían una, y otra vez. No querían que esa sensación terminara, pero era una fuerza imparable. Se quedaron ahí arriba, aferrados, hasta el último segundo, cuando gritaron de pasión, entre olas de un incesante placer.
Fueron volviendo poco a poco, mientras Defne sentía el peso de Omer, el calor, y el sudor de su cuerpo.
Omer se apoyó sobre un codo para mirarla.
-Eres increíble. – le dijo.
Defne sonrió de pura felicidad.
-Tú tampoco estás mal.
Al final se acurrucaron sobre las sábanas, y durmieron abrazados, como él quería. Se despertaron ya por la mañana, cuando comenzó la actividad en la gran casa.
CONTINUARÁ.
