ROJO EL COLOR DE LA VENGANZA CAPITULO 13 Y FINAL.

CAPITULO 13

Entonces volvió a besarla, una y otra vez, cada vez con más firmeza, saboreándola. Ella deseaba más, quería saborear más. Le tomó la cara con las manos, y lo acercó más a su cuerpo, deleitándose con lo que él le ofrecía.

Omer la rodeó con sus brazos, ofreciéndole su calor, su sabor, y su cuerpo. No había vecinos que pudieran verlos. No había niños. Sólo existía el presente, los dos. No existía el mundo, sólo su boca, sus manos, sus muslos. Un minuto más y estaría rogando para poseerla allí mismo. Para evitar eso, puso fin al beso, y se apartó.

-Ha sido… – dijo él.

-Sí, lo ha sido.

-Debería dejarte entrar.

-Yo debería entrar.

-Buenas noches.

-De acuerdo. – dijo ella medio embobada. – Sólo uno más.

– Bien. – dijo él, y la tomó entre sus brazos una vez más para besarla.

Fue un beso largo, lento, y profundo, y Defne no quería que terminara. Pero, en esa ocasión, fue ella quien se apartó.

-¿Debería marcharme…? – preguntó él, aún pegado a su boca.

-Deberías. – repitió ella.

-Pero no quiero. No ahora. No después de esto.

-Vete, solo si es lo que quieres. – dijo ella sin saber si su corazón volvería a latir con normalidad.

– ¿Y si no es lo que quiero?

– ¿Qué es lo que quieres, Omer? – dijo ella, mirándolo a los ojos

-Quiero tantas cosas, Defne.  Pero todas depende de lo que tú quieras.

Ella abrió la boca para hablar, pero su garganta se negaba a funcionar. Se la aclaró, y volvió a intentarlo.

– ¿Qué se supone que debo decir ante semejante frase?

Se quedaron mirándose largo rato, y finalmente él habló.

-De acuerdo. Yo hablaré primero.

– Te escucho.

-Vas a obligarme a ser el primero en decirlo, ¿verdad?

– ¿Decir qué?

-Que quiero quedarme, pero quiero que quieras que me quede. Te amo, Defne. Si dices que debo esperar, lo haré. Si dices que debo irme, me iré.  Pero si piensas que…

No terminó la frase porque ella se lanzó a sus brazos.

-Ni te atrevas. – dijo cubriéndole la cara con besos. – Ni te atrevas a marcharte.

-Gracias a Dios. – dijo él cerrando los ojos.

-Te quiero, te amo, quiero que te quedes. – exclamaba ella, mientras besaba su rostro.

-No quería marcharme. – dijo él devolviéndole los besos. – Pero tampoco sabía si podría soportar quedarme si me decías que no me querías.

– ¿Cómo no iba a quererte? Llevo días en los que la cabeza me da vueltas por tu culpa.

– ¿Por mi culpa?

-Si. – le reclamó ella. – me volvía loca el que no mostraras interés en mí, que solo quisieras pasar tiempo con tus hijos.

-Defne, por Dios, no sabes cuanto he deseado acercarme, cuanto deseaba explicarte, pero cuando estabas a solas conmigo, te mostrabas tan fría, tan distante. Tenia miedo de que me rechazaras. Me moría al pensar que todo lo que dije, e hice, hubiera matado tu amor por mí. Porque debes saber que mi amor por ti, nunca murió. De hecho, te amo más ahora que veo como cuidaste de nuestros hijos.

– ¿Ya no estás enojado porque te los oculté?

-Nunca estuve enojado, o por lo menos no contigo. Quizás conmigo, porque todo fue mi culpa. Si yo no hubiera sido tan duro. Si no hubiera puesto mi orgullo por sobre nuestro amor, hubieras podido contarme de tu embarazo, y todo sería distinto.

-No debí aceptar las propuestas de la señora Neriman, es solo que…

-Si lo piensas bien, – la interrumpió Omer. – independiente de que mi tía tendrá que pagar por lo que te hizo, ella fue la responsable de unirnos, dos veces.

-¿De verdad lo crees así?

-Sé que lo que hizo fue incorrecto, y tal vez el destino hubiera buscado la forma de unirnos, pero ella se le adelantó. Conociéndome, y aunque me robaste el corazón desde el minuto en que te besé por primera vez

-Cuando me robaste el beso, querrás decir.

Él se rio.

-Efectivamente, cuando te robé el beso. – volvió a poner seriedad en su rostro. – No te habría buscado. En ese momento estaba encerrado en mi torre de hielo, y me hubiera alejado de todo, y de todos los que pusieran en peligro, lo que consideraba mi seguridad. Después de conocerte, de enamorarme de ti, entendí que lo que consideraba seguridad, no era nada más que soledad.

– ¿Qué te hicieron? – le preguntó ella sorprendida ante sus palabras.

-Me hicieron vivir sin ti, por tres años. Me hicieron ver la vida que podría haber tenido, si no hubiera cambiado el amor por orgullo.

-Todo esto es… demasiado. Siento que mi cabeza va a estallar.

-Eso está muy mal. – le dijo él, sosteniéndola. – Quizás necesites acostarte.  

-Sí. – contestó ella. – Claro que necesito irme a la cama, pero contigo, y no a dormir, precisamente.

Sorprendido, Omer la miró con los ojos muy abiertos, y a medida que iba comprendiendo lo que ella acababa de insinuar, se iban iluminando, llenos de felicidad.  Luego bajó la vista a sus labios, y se apoderó de ellos con un beso ardiente, que volvió a robarle la capacidad de reaccionar.

Los labios de Omer acariciaron los de Defne, lenta, y sensualmente, como si estuviese saboreando un buen vino. Deslizó la lengua por la unión entre ambos, antes de intentar adentrarse en su boca, lo que ella le permitió con mucho placer.

Defne sintió el calor, y un cosquilleo entre los muslos, la prueba física del deseo que estaba apoderándose de ella, y se encontró aferrándose con ambas manos a su camisa cuando despegó sus labios de los de Omer, y levantó la cabeza.

–Odio tener que parar, pero primero debemos lograr que mis hijos… nuestros hijos, se vayan a dormir. –murmuró contra su boca.

Omer se apresuró a bajar las manos, y la miró divertido

-De eso me encargo yo. – dijo.

Separándose de ella enseguida entró a la casa, con ella de la mano.

Al ver que su padre estaba de vuelta, los niños corrieron felices a su encuentro, y se abrazaron a él.

-Esta noche les voy a ayudar a bañar. ¿Qué les parece?

-Sí. – exclamaron ambos al mismo tiempo.

– ¿Y nos leerás un cuento? – le pregunto Mert

-Di que sí. – lo animó Ismail.

-Por supuesto que sí. – respondió él.

Con la ayuda de su padre, los niños se bañaron, y luego de que Omer les leyera un cuento, ambos niños se durmieron.

-Finalmente solos. – le dijo cuando volvió a la sala donde estaba Defne.

Sin esperar respuesta, Omer la levantó, la llevó a la habitación, y la dejó de pie junto a la cama, antes de encender la lámpara de la mesilla de noche.

-Ah, Defne. – le acarició el rostro con ambas manos, y la miró a los ojos. – No sabes cuanto te he extrañado.

– ¿Mucho?

– Mucho, pero nunca más estaremos separados. Si te casas conmigo…

Tras parpadear varias veces para aclarar su visión, Defne le colocó la mano en el corazón, sintió los latidos.

-Necesito estar segura de que todo esto… es solo por mí.  Perdona, pero los niños…

-Es por mí. – la respuesta la dejó descolocada.

-¿Cómo?

-Es por mí, Defne. Omer Iplikci ama a Defne Topal, por supuesto que amo a los niños, son mis hijos, pero Omer Iplikci quiere casarse con Defne Topal, la mujer que ama desde la primera vez que vio. La que lo abofeteó por robarle un beso. La mujer que le enseñó lo que es el amor. – luego casi con inseguridad añadió. –  Siempre y cuando estés segura de que me quieres.

 Defne sonrió, y lo acercó a su cuerpo, presionando las caderas contra él.

-¿Por qué no lo averiguas? – preguntó ella mientras se comenzaba a desabrochar la blusa, pero él la detuvo.

-Déjame a mí. – ella se estremeció.

– ¿Tienes frío?

-Creo que estoy nerviosa.

-Yo también. – dijo él mientras le sacaba la blusa.

Le temblaba la mano cuando la dirigió hacia la cremallera de los pantalones.

-Es mi turno. – dijo ella apartándole la mano, le desabrochó la camisa lentamente.

Terminaron de desnudarse, y Omer la recostó en la cama, situándose sobre ella, y apoyándose con los antebrazos.

-¿Estás segura de que nuestros hijos no nos van a interrumpir?

-Sí. – contestó ella mientras le rodeaba el cuello con los brazos, y lo besaba. – pero si nos tardamos mucho…

Entonces Omer no perdió el tiempo. Sabía dulce. La saboreó con la lengua, y con los labios, dándole todo lo que tenía, todo lo que era, intentando decirle con un beso todo lo que sentía por ella, todo lo que no podía expresar con palabras. Se apartó ligeramente para saborear su cuello, su hombro, su garganta. Besando sus pechos lentamente, pero sin llegar a los pezones, donde ella más quería. Recorrió su estómago con la lengua, y más abajo, por los muslos.

Alguien estaba gimiendo, y Defne se sorprendió al darse cuenta de que era ella. De pronto vio que estaba disfrutando de un gran placer sin dar nada a cambio. Empujó a Omer a un lado, y se sentó a horcajadas sobre sus caderas.

-Es mi turno. – susurró ella.

Entonces lo besó.

Comenzó por su frente, bajando hasta sus mejillas, su nariz, la boca, no quería perderse ni una parte. Quería cubrirlo con besos, hacer que fuera mejor de algún modo.

Omer se quedó tan quieto como pudo, mientras le besaba todo el cuerpo. Defne no sólo la estaba besando, sino que la estaba saboreando con sus labios, y su lengua. Cada gota de sangre de su cuerpo fue a parar a su entrepierna. Defne hundió la lengua en su ombligo. Si bajaba más… No lo hizo. Volvió a recorrer el camino hacia arriba, cubriéndolo de besos. Estaba siendo más generosa con él de lo que él había sido con ella, porque llegó hasta sus pezones, y comenzó a juguetear con ellos. Omer rodó sobre la cama, y la llevó consigo hasta colocarse sobre ella, acomodándose entre sus muslos.

–¿Disfrutas llevando las riendas? –le preguntó.

Por respuesta, Defne le puso una mano en la nuca y lo tomó por el cabello para atraerlo hacia sí. Sus labios se unieron de nuevo en un fogoso beso. Ella abrió la boca, y la lengua de Omer tomó posesión de ella sin piedad, continuaron besándose como animales hambrientos.

Omer recorrió con las manos su deliciosa figura, redescubriendo las curvas que tantas veces había explorado en su imaginación. Tomó sus senos, y frotó los endurecidos pezones con los pulgares. Defne dio un respingo, y gimió contra sus labios.

–Omer… –jadeó cuando separaron sus labios.

Él apoyó su frente en la de ella.

–¿Por qué será que me excita tanto cómo dices mi nombre?

Ella abrió mucho los ojos, y sus mejillas se tiñeron de rubor. Omer se inclinó para besarla de nuevo, y el deseo volvió a estallar entre ellos, con la fuerza de un volcán en erupción.

–Te he imaginado tantas veces así, con tus cabellos rojos desparramada sobre mi almohada, y tu hermoso cuerpo debajo del mío… –murmuró, enredando los dedos en su cabello rizado.

-Y aquí estamos… –dijo ella con la voz entrecortada,

Él sonrió, inclinó la cabeza, y lamió sus dulces pezones, deleitándose con sus gemidos, mientras ella arqueaba la espalda, y le clavaba las uñas en la espalda.

–Omer… –jadeó, más impaciente con cada uno de sus lametones.

Él cerró los ojos, y se centró en los gemidos de ella, y en su aroma. Soltó el pezón que estaba succionando, deslizó la mano por su suave estómago, y siguió bajando. Sus dedos buscaron ansiosos el punto más íntimo de su cuerpo y, en cuanto lo tocó, Defne empezó a arquear las caderas. Ávido de más reacciones desinhibidas como esa, dibujó círculos con el pulgar, haciendo más presión, mientras deslizaba los labios por su vientre.

–Entrégate a mí, cariño… –murmuró contra su piel.

Defne no podía creer que fuera posible experimentar tanto placer sin estallar en llamas. Gritó de placer cuando los dedos de Omer incrementaron la deliciosa presión que estaban haciendo entre sus muslos, y le clavó las uñas en la espalda. Él gimió, murmuró algo incomprensible, al reemplazar sus dedos con la boca

Defne levantó la cabeza de la almohada con las mejillas ardiendo.

–Omer…

Pero él no se detuvo, y la arrolló una ola de placer tras otra con cada lametón de su lengua. Cerró los ojos. Los minutos corrían, y al cabo llegó al orgasmo, que vino acompañado de un estallido de luz bajo sus párpados que se disipó lentamente mientras sus jadeos iban reduciéndose a una respiración entrecortada.

La boca de Omer ascendió, beso a beso por su cuerpo.

–Eres increíble… –murmuró con voz ronca contra la comisura de sus labios.

Defne se estremeció cuando abrió los ojos, y se encontró con Omer. La fiereza de su mirada volvió a robarle el aliento que apenas acababa de recuperar. Omer cerró una mano sobre su pelo, la otra la plantó en su cintura y, sin apartar sus ojos de los de ella, la penetró de una certera embestida.

El grito de placer de Defne se fundió con el ronco gruñido de él. Cuando estuvo enterrado por completo en su interior, los dos se quedaron muy quietos, como si necesitaran un instante para asimilar la trascendencia de ese momento. Luego él comenzó a moverse, e increíbles sensaciones se apoderaron de ella.

Omer masculló algo en italiano, acariciándole el cuello con su cálido aliento mientras seguía moviéndose. Incrementó el ritmo de sus caderas. Defne se aferró a él con el corazón latiéndole con tanta fuerza que parecía que quisiera salírsele del pecho. Y entonces, cuando ya pensaba que aquello no podría ser mejor, Omer deslizó una mano por debajo de ella, levantándole las caderas, y el placer se volvió todavía más intenso.

–Me encanta sentir cómo tiemblas debajo de mí. Eres mía… Toda mía… – le susurró con voz ronca al oído.

Al alcanzar el orgasmo, Defne cayó por el precipicio del éxtasis con un grito que desató también el clímax de él, y un sinfín de oleadas de placer los sacudieron a ambos.

-Aquí es a donde pertenezco. – dijo él, dándole a sus palabras un significado más amplio que solo ese momento. – Justo aquí, contigo.

-Sí. – susurró ella. – Sí, sí, sí.

FIN

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