
CAPITULO 6
-Que susto me habéis dado, cariño. – la voz estridente de una mujer se escuchó. – seguro que te rompías una pierna si llegabas al suelo.
Aun sin soltarla, Omer y Defne, la miraron, era una de las diseñadoras.
-Pero veo que trajiste a tu Superman personal. – la mirada que le lanzó a Omer decía exactamente lo que pensaba de él. – Solo faltó que te elevara, y saliera volando contigo aun abrazada a su hermoso cuerpo.
Defne se apartó de Omer.
-Él… él es…
-Omer Iplikci. – se presentó.
-Un gusto. Pero para mí serás Superman.
Omer le sonrió divertido.
-Nos acompañarás a la celebración. ¿Cierto?
-No creo, él tiene…
-Será un placer. – Omer volvió a terminar la frase por ella.
-Bien. Entonces vamos. No perdamos más tiempo.
Sin poder encontrar una razón lógica para no asistir a la celebración, no le quedó de otra que caminar hasta el salón donde se llevaría a cabo una fiesta post desfile.
En cuanto se abrieron las puertas, de lo que resultó ser un club privado, las copas de champaña volaban por el salón. Defne bebió una, o dos copas, no lo recordaba bien, teniendo todo el tiempo a Omer a su lado, le hacía perder la noción de todo lo que sucedía a su alrededor.
No había bebido mucho, pero se sentía embriagada cuando, sin previo aviso, Omer la tomó por la cintura para llevarla a la pista de baile, y cuando apoyó la cabeza en su torso, pudiendo así, escuchar los latidos de su corazón.
-Estás preciosa. -dijo él.
-Gracias. -susurró ella.
-Eres la mujer más bella que he visto en mi vida. Te convertiste en una mujer exquisita.
-Lo dices como si fueras a comerme.
-Si estuviéramos solos, ten la seguridad que lo haría. Te saborearía lentamente.
Todos pensaban lo mismo, Leyla era sin duda una mujer muy hermosa, y deseable para los hombres, y aunque Defne fuera exactamente igual exteriormente, no todos decían lo mismo de ella.
Nunca en su vida había sentido celos de su hermana, pero en ese momento, cuando escuchó las palabras dichas por Omer, lo sintió. Sintió celos.
Seguramente Omer, al igual que Ayaz, desearía terminar la noche, llevando a la gran modelo, Leyla Topal, a la cama, y terminar la noche haciéndole el amor.
¿Qué estás pensando? se reclamó.
Los viejos recuerdos, los viejos sentimientos, todo eso daba igual. Era triste que Omer pensara que a quien tenía frente a si, era a su hermana. Pero, nació un pensamiento dentro de ella, no sabía si era fruto del alcohol, o aprovechó el alcohol, para pensarlo, pero, ¿por qué no aprovechar la situación?
Empezaría con un beso, y vería dónde la llevaba, porque estaba harta de sentir celos de sí misma. Nunca había sido, en cuanto a hombres, aventurera, pero lo sería esa noche.
Con decisión, pero con delicadeza levantó la cabeza para mirarlo a los ojos. Como llevaba puesto aun los zapatos de tacón alto, solo debió alzarse para alcanzar los labios de Omer. Apretó sus labios con los de él; un roce suave como una pluma y, sin embargo, el roce más íntimo que había experimentado nunca.
Sin decir nada, Omer deslizó un dedo por su barbilla, y su garganta, donde su pulso latía de modo frenético. Lo dejó allí un momento, mirándola con el ceño fruncido.
– ¿Por qué me haces esto? –le preguntó, en un susurro.
Ella no se movió, no apartó la mano. Todo pareció quedar en suspenso. Defne estaba tensa de expectación, e incluso de esperanza, algo que no había sentido en tanto tiempo.
–Cariño. –murmuró finalmente él.
Era a la vez una pregunta, y una respuesta. Ella abrió los labios y, sin esperar más, Omer se inclinó hacia adelante, y la besó.
Él tomó su cara entre las manos, con un gesto tan tierno que le encogió el corazón, y siguieron besándose. Por fin, él se apartó para mirarla a los ojos.
-Defne…
–Deseo esto. –lo interrumpió ella, poniendo una mano en su cara. – Lo deseo tanto…
No tuvo que decirlo dos veces. Omer tomó su mano para llevársela consigo.
Había un auto esperando frente a la puerta del edificio. Omer se sentó detrás del volante, y atravesaron la ciudad. Por un segundo, la mente de Defne procesó algo que le quedó en el subconsciente. ¿Omer la había llamado por su nombre, o fue solo su imaginación?
La inquietud no desapareció, pero decidió no prestarle atención porque él ya había detenido el auto, y abierto la puerta de su lado, y tomándola de la mano la llevó al interior de una hermosa casa.
Ya en el interior, él se volvió para mirarla, y contrario a lo que pensó, no se lanzó sobre ella para quitarle la ropa.
-Ponte cómoda. – le dijo. – volveré enseguida.
Se perdió por unos minutos, los que aprovechó para quitarse los zapatos, y recorrer con la mirada el lugar.
-Ven. – le dijo, cuando volvió con una bandeja, con dos tazas, y una tetera en ella, haciéndole una seña. – Toma el té, mientras está caliente.
Él sirvió el té, y le ofreció una taza, rozando su mano al hacerlo, y provocando una oleada de calor que, Defne estaba segura, no tenía nada que ver con la sencilla infusión.
Sentada al lado de aquel hombre que la miraba con tanta atención, sentía como si aquella fuese la aventura que había soñado, sin saberlo siquiera.
-Te has convertido en una mujer espectacular. – dijo él.
-Ah, ¿sí? Pensé que era corriente.
-¿Cómo puede una mujer como tú pensar que es corriente?
Le quitó la taza de las manos, y la levantó para que quedara frente a él. Cuando se inclinó hacia delante para besarla, no fue como besar a un extraño, porque no eran extraños. Lo conocía.
Omer la besaba como si fuera un sueño, pero era real. Tan real. Cálido y ardiente, haciéndola vibrar. Como si la hubiese llevado a su guarida, pero no para comérsela, como le dijo mientras bailaban, sino para hacerla suya.
Nadie la había besado después de que él se perdiera, porque nunca había confiado en un hombre lo suficiente como para dejar que lo hiciese.
Él deslizó un dedo por su cara, y su cuello, creando una sensación ardiente en su pecho, entre sus piernas, hasta que sintió que estaba ardiendo.
-Omer. – susurró.
Con esos ojos oscuros clavados en ella, Defne entendió por qué el deseo hacía que la gente tomase decisiones irresponsables, y por qué Leyla siempre estaba enamorada de uno, o de otro. Porque en aquel momento todo eso le parecía razonable, aunque sabía que no debería ser así.
Y no solo le parecía razonable, sino necesario, abrir los labios para él, y dejar que deslizase la lengua en el interior de su boca para saborearla como si fuese el más dulce de los postres.
Él tiró de la manga del vestido, y la seda se deslizó por sus hombros, descubriendo sus pechos. Tal vez se habría asustado si no le pareciese algo natural. Si no pareciese precisamente lo que tenía que pasar.
Los ojos oscuros se clavaron en sus pezones endurecidos, y sintió… Ningún hombre la había mirado de ese modo, con esa atención, con ese ardor. Y era todo. Él era todo. Aquel era el momento. Era una certeza, una verdad.
Tal vez era para eso para lo que había nacido, para sentirse hermosa, mientras Omer la acariciaba. Para experimentar el exquisito placer de sus labios deslizándose por su cuello, sus hombros, sus pechos. Para sentir la punta de su lengua rozando un endurecido pezón, antes de meterlo en su boca. Echó la cabeza hacia atrás, y gimió de gozo.
Nunca había entendido el placer hasta ese momento. La excitación, sí, pero aquello era diferente. Él llevaba el control, él le daba placer marcando el ritmo, decidiendo dónde tocarla, dónde saborearla. Era maravilloso. Ella le había dado ese derecho y, por alguna razón, eso la hacía sentir poderosa.
Defne le echó los brazos al cuello y Omer la miró a los ojos antes de apoderarse de sus labios en un beso duro, intenso. Y ella cayó hacia atrás en el sofá, sujeta entre sus fuertes brazos, sintiendo como si estuviera flotando. El beso era devorador, y tuvo que reír porque tal vez él iba a comérsela después de todo. Pero la risa se convirtió en un gemido, cuando él se deshizo por completo del vestido, y clavó los ojos en su parte más íntima. Y luego puso la boca allí.
Defne se arqueó hacia delante. Aquello iba mucho más allá de sus fantasías. Aquello era completamente nuevo. Omer iba a devorarla, suspiró gozosa al entender que había hecho bien al dejar que él fuera el primero. Su lengua y sus dedos eran mágicos, provocando sensaciones nuevas que le robaban el aliento.
Omer puso las manos bajo su trasero, y la levantó, como una ofrenda pagana a punto de ser consumida… y el clímax la envolvió como una ola. Se quedó agotada, sin aliento, intentando asirse a algo, a cualquier cosa que la mantuviese clavada al suelo.
Él era lo único que existía. Omer, que estaba sobre ella, mirándola con sus ojos oscuros. Se dio cuenta entonces de que estaba desnudo, y su precioso cuerpo, iluminado por la suave luz de la habitación, era un despliegue de potencia masculina. Pero no tuvo oportunidad de mirarlo durante mucho tiempo, porque él se colocó entre sus muslos, y entró en ella con una embestida que provocó un gemido de dolor. Él pareció darse cuenta, se detuvo.
-Cariño, yo…
Ella puso un dedo sobre los labios de él, y comenzó a moverse suavemente. El dolor dio paso al mismo placer que había encontrado con su boca, pero diferente al mismo tiempo.
Estaban conectados. Nada podía compararse con aquello. Eran uno solo, y la belleza de ese momento, la increíble intimidad, hacía que sus ojos se llenasen de lágrimas. Era hermoso, mágico. Era el destino.
Cuando empezó a moverse de modo frenético, temblando en su desesperada carrera por llegar a la meta, supo que nunca se había sentido tan completa, tan entera. Como si aquel fuera su sitio en el mundo. El placer se convirtió en algo vivo, en algo que levantaba el vuelo dentro de ella y la enviaba a las estrellas antes de devolverla a los fuertes brazos que la sujetaban, evitando que se rompiese por completo. Cuando por fin él se dejó ir, derramándose dentro de ella, el placer la envió a alturas a las que su propio orgasmo no la había llevado. En ese momento se había sentido más viva que nunca.
Omer era una fantasía, un sueño del que no quería despertar. Pero cuando amaneció, y lo vio dormido a su lado, con una sonrisa de tristeza, se dijo que, los sueños son para eso, para soñarlos. Con mucho cuidado se levantó, se vistió, y salió de la habitación.
Cuando llegó a la sala, y miró el sofá donde hicieron el amor por primera vez, tomó un lápiz, y papel, para dejar una nota.
Cuando Omer abrió los ojos, miró al lado de la cama, creyendo encontrarse con ella, con la mujer con la que hizo el amor, casi toda la noche, pero la cama estaba vacía. Se levantó para ir al baño, pero no estaba allí, salió de la habitación, recorrió la casa, pero estaba vacía.
En la mesa de la sala encontró una hoja de papel con su nombre escrito. Al abrirla, leyó algo que lo dejó por completo descolocado.
-No te preocupes, nunca se lo diré a mi hermana.
-Mujer loca. – exclamó y corrió de vuelta a su habitación.
CONTINUARÁ.
