
Mientras iba en la avioneta podía oír la voz de su amigo, contándole lo que acontecería una vez llegado a Estambul. Cuando lo escuchó decir cárcel, perdió el hilo de la conversación, pero no porque tuviera miedo a estar encerrado, mientras se demostraba su inocencia, sino porque en su mente, volvió a escuchar las palabras de Yan.
-La vida es corta, muchacho, y hoy desperdiciaste una oportunidad única, e irrepetible.
Por eso, en cuanto Defne abrió la puerta de su casa, la decisión de, declarársele, estaba tomada.
En cuanto ella le preguntó.
-¿Cómo te sientes ante la noticia?
Supo que no debía perder el tiempo. Rogando que ella le diera la oportunidad de conocerlo, y tiempo para enamorarla, respondió:
-Solo hay algo que me preocupa.
-Me imagino.
Vio como su rostro se ensombreció.
-No. No creo que te lo imagines. – le dice
-Los abogados dicen que si…
-Defne. – le dijo interrumpiéndola, para comenzar con el discurso que había preparado durante el viaje.
– Después de que todo esto termine. Cuando mi nombre quede limpio. Y ahora qué sabes que no soy solo un limpiador de cerdos. Podrías darme la oportunidad de conocerte.
-No entiendo. – le dijo ella.
-Sé que económicamente soy inferior a ti, porque eres una empresaria con mucho éxito. Solo por eso podrías tener a tu lado al hombre que quieras, pero… si me das la oportunidad de ser ese hombre, prometo amarte siempre, nunca fallarte, serte fiel, estar a tu lado…
-¿Qué me estás diciendo…
Frustrado la volvió a interrumpir.
-Pensé muchas maneras de decirte esto, pero me imagino que solo existe una forma.
Entonces, tomó el rostro de ella entre sus manos.
-Te amo. – le susurró él.
Se quedaron unos minutos en silencio. Y entonces, como si tuvieran voluntad propia, los dedos de Omer se movieron a los labios de ella, acariciándoselos.
Defne entreabrió la boca, dejando escapar un suave gemido. Una señal inconsciente que él interpretó sin dudarlo. La rodeó de la cintura, inclinó la cabeza y poseyó sus labios con una pasión estremecedora.
Dejándose llevar por el instinto, ella le dio la bienvenida con su lengua.
En cuestión de segundos, sus bocas se devoraban con pasión.
Ningún hombre podía convertir un beso en algo tan erótico, pensó ella, sin poder contener un gemido de placer. Con las lenguas entrelazadas, Omer la llevó al sofá.
Ella comenzó a desabrocharse la blusa, dejando expuesto su brasier de encaje negro a la mirada lujuriosa de él. Pero llegado al tercer botón, él puso su mano sobre la de ella, deteniéndola.
-Déjame a mí. – le dijo. – Los regalos más deseados, deben ser desenvueltos lentamente.
Comenzó a desabrochar los botones, con delicadeza, y lentitud. Le sacó la blusa deslizándola por los hombros. Después fue el turno de la falda. Se la bajó tan lentamente, que ella sintió que era un castigo, porque mientras los dedos de Omer rozaban sus piernas, se le erizaba la piel. Una vez que la dejó, solo con el brasier, y las bragas, se deleitó mirándola por unos largos segundos.
Cuando ya estuvo satisfecho de mirar, ansioso, le desabrochó el brasier, y tomó ambos senos con las manos, acariciándole los pezones con los pulgares. El cuerpo de ella se incendió al instante.
Cuando le soltó los senos, se deslizó por su cuerpo, dejando un camino de besos. No se detuvo hasta hundir el rostro en su pubis, e inspirar su femenino aroma.
Defne sabía lo que le esperaba a continuación, y por nada del mundo pensaba detenerlo. Cuando él le lamió a través de la seda de las braguitas, se tomó a sus hombros, retorciéndose de placer.
–Omer –susurró ella, estremeciéndose.
Él se apartó para quitarle las braguitas, apenas capaz de contener su hambre. Sin dejarle tiempo para respirar, le separó los pliegues, y deslizó la lengua dentro de ella.
Buscó su clítoris con la lengua, y jugueteó con él, tomándose su tiempo, para descubrir qué la hacía estremecer, y qué la hacía gritar de placer, mientras ella se arqueaba, levantando las caderas hacia él. La llevaba hasta el límite, y luego paraba, una y otra vez hasta que comenzó a sollozar de frustración, gimiendo su nombre. Solo cuando notó que sus manos le estrujaban desesperadas el cabello, y sus caderas se levantaban impacientes, introdujo un dedo en su sexo, para darle lo que quería.
Defne gimió, y se inclinó hacia delante, llegando al clímax mientras musitaba su nombre como una plegaria. Aun cuando hubo alcanzado el clímax, él siguió dándole placer. Cuando el último espasmo cedió, Omer se echó hacia atrás, para admirar el botín que tenía ante él.
Apenas tardó un momento en volver junto a ella, y los ojos de Defne se encontraron con los suyos. Lo miró maravillada, como si no hubiera creído posible tanto placer.
Al fin, sabía que solo llevaban dos meses conociéndose, pero la espera se le había hecho tan larga, como si hubiera pasado una vida entera.
–Todavía tienes la ropa puesta –susurró ella.
–Pienso remediarlo de inmediato –respondió él, y empezó a quitarse la ropa.
Descansando sobre una de las grandes almohadas, ella lo observó, todavía meciéndose en los brazos del placer.
–Mmm –murmuró ella.
Defne lo miraba con los ojos brillándole más que nunca. Estaba admirada de ver a ese hombre tan masculino. Vio los músculos marcados de su cuerpo. Eso, y la barba frondosa le daba un aspecto de dios griego. Vio también su poderoso miembro, ya casi totalmente erecto.
Tras desnudarse por completo, volvió a su lado, y la besó. Fue un beso húmedo, profundo, de esos que borran todo alrededor. Cuando sus labios se separaron, la quedó mirando, fascinado, como si observara algo divino. Algo de otro mundo.
De inmediato se colocó sobre ella. Acercó la punta de su miembro erecto a su sexo húmedo y ardiente, y casi rugió de gusto.
–Omer… –jadeó ella. – hay algo que debo decirte…
–Puedes decirme lo que quieras. –contestó él, sin apartar los ojos de ella, de su amada–. Lo que quieras…
–Es que… soy virgen –murmuró.
-¿Cómo es posible? – preguntó
-¿Quieres que te lo explique ahora mismo?
Omer trató de procesar lo que acababa de decirle, de encontrarle algún sentido, pero no podía. La miró maravillado. Para él solo había una conclusión posible.
–Lo sabía. Siempre estuviste destinada a ser mía.
Empujó su miembro dentro de ella, hasta que notó cierta resistencia.
Mía…, se dijo para sus adentros, y algo rugió en su interior. Mía… Y entonces, dejándose llevar por los instintos que lo guiaban, se hundió por completo en ella. Al hacerlo, algo estalló dentro de él, fue como una explosión de luz seguida de un eco que se replicaba, como las ondas expandiéndose en la superficie del agua. Parecía no tener fin.
Defne se estremeció debajo de él, y de su garganta escapó un grito, mezcla de placer y de dolor.
Cuando lo tuvo por completo dentro de ella, se dijo que aquello era tan placentero como doloroso, pero poco a poco el dolor remitió, y solo quedó ese extraño placer que la hacía estremecerse por dentro. Se notaba cada vez más excitada y ansiosa.
Lo tenía dentro de ella… El solo pensamiento hizo que sus músculos internos se tensaran, abrazando su duro miembro. Sintió una profunda satisfacción al oírlo aspirar entre dientes, como intentando controlarse.
Él continuó deslizándose dentro de ella, penetrándola con lentas arremetidas.
Ella cerró los ojos, llena de placer. Entonces, él fue cambiando el ritmo, cada vez más deprisa, con más profundidad, mientras le acariciaba los senos. Ella gimió, cada vez más cerca del orgasmo. Sin embargo, quería contenerse, quería hacer que aquello durara más, que no terminara nunca.
–Déjate llevar, cariño –pidió él–. No puedo hacerlo yo hasta que tú termines, y el placer me está matando –susurró.
Defne se dejó llevar. Gritó con toda su alma, entregándose al éxtasis.
Al instante, él la siguió, gritando su nombre. Momentos después, se quedaron quietos, abrazados, sin una gota de energía para moverse.
CONTINUARÁ
