NO JUEGUES CON FUEGO CAPITULO 2

CAPITULO 2

Lo vio sonreír, mientras observaba cómo se acercaba, más, y más a ella. Iba a besarla. Asombrada y confusa, sintió oleadas de calor por el cuerpo. Le sostuvo la mirada ardiente hasta que el calor amenazó con devorarla. Entonces se le cerraron los ojos, y se le separaron ligeramente los labios.

Su boca la sedujo expertamente, provocando una respuesta que nunca había obtenido otro hombre. Incluso aunque su cerebro le recordó aquello, su cuerpo se relajó dócilmente en sus brazos, y sintió alegría en el cuerpo, y en el alma.

Cuando él rompió el beso, ella no era capaz de verlo nítidamente, porque una niebla sensual le había oscurecido la visión, como si fuera una cortina de gasa blanca, por la que se filtraban los rayos del sol.

Allí mismo debió detener todo, detenerlo a él, pero no pudo, y no quiso. No leyó, ni vio la advertencia, solo se dejó llevar por la lujuria, porque eso era lo que sentía por él, lujuria.

–¿En tu habitación, o la mía? – le preguntó en un susurro con voz ronca.

Él la besó de nuevo, y el dulce sabor de sus labios la embriagó.

-Llévame a la tuya. – le respondió él, dejando que ella lo guiara.

Lo llevó hasta su habitación, allí mismo en el hotel, lo hizo entrar, y en cuanto lo hizo, él tomó la mano con fuerza, y la apretó contra su cuerpo para no dejarle lugar a dudas sobre la reacción que le estaba provocando.

-Esto es una locura. – le dijo él. – Pero, te deseo más de lo que nunca he deseado a nadie.

Un débil suspiro escapó de la boca de Defne.

-Yo siento lo mismo por ti.

El hombre sonrió, y acercó lentamente la boca a la suya.

-Espera. – lo interrumpió ella.

-Lo siento, pero si ahora quieres huir, es demasiado tarde.

– No es eso, solo quería saber que sucederá con tu trabajo.

-Terminé mi turno. Desde ahora soy solo tuyo.

-Y se puede saber. ¿Cuál es el nombre del hombre que será solo mío, por esta tarde?

-¿Solo esta tarde? – le preguntó él.

-Eso depende de lo que suceda.

-Entonces tendré que poner todo de mi parte, para que quieras compartir conmigo, más que solo una tarde. – de repente pareció recordar lo que ella le había preguntado. – Me llamo Omer Iplikci. – dijo luego.

-Defne Topal.

-Defne, hermoso nombre, digno de la mujer que tengo frente a mí.

-No tienes que mentir. – aclaró ella, tensándose un poco. – No te voy a pedir que me hagas cumplidos

-Me alegra saberlo… – dijo, antes de besarla. – porque no me gusta mentir. Eres hermosa, Defne Topal.

En el momento en que sus bocas se encontraron, Omer sintió una sacudida. Reaccionó apretando aún más los brazos alrededor de ella, al tiempo que una ola de deseo ardiente calcinaba sus pensamientos. Subió las manos por la espalda de ella, definiendo cada curva. Ella se movía contra él, inquieta, y sus débiles gemidos le decían todo lo que necesitaba saber.

Omer subió su mano por el vientre, hasta acariciarle el pecho. Ni siquiera el bikini impidió que disfrutara del calor que despedía su piel. Intensificó el beso, y saqueó su boca con la lengua, reclamando todo lo que pudiera tener, y exigiendo aún más. Y ella se lo entregó, incondicionalmente, sometida a la pasión que ardía entre ellos. Sus lenguas se entrelazaron, sus respiraciones se fundieron, y sus caricias se intensificaron. Ella se aferró fuertemente a sus hombros, y soltó un acuciante gemido que casi fue la perdición definitiva de Omer. Interrumpió el beso, y la miró a los ojos, llenos del mismo deseo que ardía en los suyos.

-Si no paramos ahora, te subiré a esa mesa …

-La mesa no es tan cómoda como mi cama —dijo ella con voz jadeante.

-¿Es una invitación?

-A mí me lo parece.

-Es todo lo que necesito saber. – murmuró él, y la levantó en sus brazos.

-No tienes que llevarme.

 -Así será más rápido. – echó a andar. – ¿Adónde?

-La puerta de la izquierda.

Omer apenas podía respirar sin que el aire avivara las llamas que lo quemaban por dentro. Llegó a la habitación, y se dirigió directamente hacia la cama. Se detuvo junto a ella y retiró el edredón para soltar a Defne sobre las sábanas blancas. Ella le dedicó una sonrisa, mientras los dos se arrancaban la ropa a toda prisa. En cuestión de segundos, estaban completamente desnudos.

-Maravilloso. – dijo él. – el contraste del blanco, con el suave toque del rojo de tu cabello, es, como un coctel de jade blanco, con cerezas. Tentador, e irresistible

Luego se inclinó sobre ella. Aquella mujer lo provocaba como ninguna otra mujer lo había provocado.

Al principio, ella estaba tan nerviosa, que sus manos, y pies, se sentían rígidos, pero al ver la expresión del hombre en ese momento, toda su ansiedad desapareció. Alargó los brazos, hundió los dedos en sus cabellos negros, y tiró de él, hacia su boca.

El sabor de la mujer era tan embriagador como el resto de ella, y el beso hacía que la sangre le chisporroteara en las venas. Quería poseerla, devorarla, saciar su deseo voraz. Despegó la boca de la suya, y cambió de postura para atrapar uno de sus pezones entre los labios. Se llenó la boca con su seno. Usó sus dientes y lengua para hacerla arquearse y gemir de placer. Podía sentir cada temblor que le sacudía el cuerpo, y oír cada suspiro que se ahogaba en su garganta.

Ella le sujetó la cabeza contra su seno, como si temiera que fuese a parar. Pero él sólo acababa de empezar. Se desplazó al otro seno, y sintió cómo a ella se le aceleraba frenéticamente el pulso, y la respiración.

-Llevo deseando hacer esto desde que te vi… – le dijo, mirándola, lascivo.

-Yo también. -admitió ella, y se lamió el labio de una manera que lo enloqueció.

A continuación, él, con los dedos, empezó a retorcerle suavemente el pezón. Sabía exactamente lo que estaba sintiendo, por los gestos que contraían su rostro. Le encantaba ver los cambios en su expresión, a medida que se entregaba a él, y supo que allí había algo más que deseo. Algo peligroso. Pero por nada del mundo se habría detenido. Sintió una extraña sacudida en su interior, una emoción, intensa, e irreconocible, pero no quiso darle más vueltas. No era el momento para ponerse a analizar nada. Le dio un breve beso en la boca y volvió a sentirlo. Había algo más entre ellos. Una fuerza desconocida vibraba en el fondo de su ser.

Deslizó una mano por el cuerpo de ella, y le acarició el sexo con la punta de los dedos, hasta que le hizo levantar las caderas. Vio la pasión que ardía en sus ojos, aumentó la intensidad, y velocidad de la caricia.

Las convulsiones sacudieron el cuerpo de Defne, y él, sintió su placer, como si fuera el suyo propio. No se cansaba de mirarla a la cara. Su rostro era como un libro abierto que revelaba todo lo que estaba sintiendo.

Omer nunca había estado con una mujer tan sincera y entregada. Sus amantes siempre controlaban u ocultaban sus emociones. Con ella, en cambio, no había reservas ni artificios. Se entregaba por entero, y con ello lo arrastraba a él también.

-Explota para mí… – le susurró.

Volvió a besarla y se deleitó con aquel sabor tan dulce y exquisito.

-Explota. – le ordenó

Ella ahogó una risita, y le echó un brazo alrededor del hombro para frotarse contra su mano. Y cuando él introdujo los dedos en su cálido manantial, ella gimió con fuerza, y arqueó la espalda.

-Dios…

-Quiero verte explotar.

Y ella lo complació. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se estremeció de la cabeza a los pies. Tomó aire, y al soltarlo, gritó para hacerle ver lo que le estaba haciendo. Lo que le hacía sentir. Y el cuerpo de Omer respondió con el mismo estallido de pasión.

Ella se mordió con fuerza el labio, y cabalgó frenéticamente sobre la ola orgásmica que él había desatado. Y él sólo podía pensar que no era suficiente. Tenía que verla retorciéndose de placer, una, y otra vez.

Apenas cesaron los temblores de Defne, cuando Omer se acomodó entre sus muslos, y empezó a frotarle lentamente el sexo.

– Voy a morir de placer… – susurró, más para sí mismo.

La corriente de pasión, fluía ininterrumpidamente entre ellos, y él supo que no podría esperar un instante más, para estar en su interior.

Ella lo aceptó entre sus piernas con un suspiro de gozo, y Omer se estremeció por dentro, al oírlo. No quería que su corazón se implicara en aquello, de modo que ignoró la sensación. Pero cuando se introdujo en su calor y sintió cómo aquel cuerpo lo recibía, y aceptaba, estuvo a punto de perder el control.

Ella se movió de manera instintiva, rodeándolo con las piernas, y tirando de él. Le abrió los brazos, y él la besó en la boca, mientras empezaba a moverse contra ella. Empujando y retrocediendo, deslizándose por aquel túnel mágico, supo que nunca había sentido nada igual.

Ella se incorporó a medias, y le tomó el rostro entre sus manos, para besarlo en la boca. Le pasó la lengua por el labio inferior, y lo llevó al límite de su resistencia.

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