
CAPITULO 7
-¿Dónde estás? – preguntaba en medio de la oscuridad. – ¿Dónde estás? – repitió la pregunta. – ¿Por qué no puedo verte?
-Estoy aquí, cariño. – recibió como respuesta.
-¿Dónde? No puedo verte. – dijo ella con angustia. – ¿Por qué no puedo verte?
La desesperación se adueñó de su voz.
-Cariño, estoy aquí. Abre los ojos, y veme, estoy a tu lado.
Obediente a su voz, ella abrió los ojos, que no había notado que los tenía cerrados. Y allí, frente a ella, estaba su amor, su único amor, y padre de su hija. Quería decirle tantas cosas, pero no pudo, porque él le sonrió, y para ella, todo lo demás perdió importancia.
De pronto, sus bocas y cuerpos gravitaron hacia un encuentro, como por voluntad propia. Fue un misterio para ella cómo llegó a los brazos de él, pero se sintió a gusto allí; su boca era delicada sobre la suya, saboreando la dulzura de sus labios, con una ligera caricia, que la hizo desear aún más. Apenas consciente de lo que hacía, dejó que sus brazos se entrelazaran detrás del cuello masculino, mientras se aproximó más a él, de una manera inconsciente. Una suave inspiración fue la única advertencia; luego la boca masculina se tornó dura y exigente, dominando a la suya con un beso devastador. Cuando él la soltó, apenas podía sostenerse de pie
-Omer… -gimió, incapaz de frenar su propia reacción, mientras él, la volvía a besar, le abría los labios, y comenzaba a besarla con una voracidad asombrosa, igual a la que ella sentía.
Besos prolongados, y embriagadores, que había anhelado por demasiado tiempo. Incapaz de contener el deseo que la dominaba, como no habría sido capaz de dejar de respirar, se dejó llevar por sus instintos.
-Cariño… -le dijo él con un gemido, antes de volver a reclamar sus labios.
Perdida en el éxtasis sensual, se entregó sin desear que parara. Los besos comenzaron a tornarse más apasionados, y el anhelo, insaciable. Se aferró a él, deseando con todo su ser que le diera satisfacción a su deseo.
-Te he extrañado. – le dijo ella.
– Yo también te extrañé, y extrañé saborearte, mi tesoro. -le respondió él.
Cerró los ojos, y disfrutó de la sensación de sus senos contra el pecho masculino, y la cercanía de su entrepierna. Ella lo tomó por los hombros e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
–Lo que has dicho antes, lo de volver a saborearme, ¿lo decías en serio?
–Sí. –murmuró él. – ahora mismo, teniéndote entre mis brazos, lo único que quiero hacer, es saborearte de nuevo. Hacerte el amor
–¿Y qué esperas? –preguntó ella.
Se puso de puntillas, y le ofreció su boca. Sus labios se separaron para recibir su lengua. Al hacerse más intenso el beso, ella gimió tan dispuesta y excitada como aquella noche bajo las estrellas.
Él la tomó de las caderas y la acercó a su miembro. Ella se frotó contra su erección, embriagándola de placer. Estaba a punto de perder la cabeza.
Él deslizó las manos por el contorno de sus senos, y luego los envolvió con ellas. A pesar de las barreras de la blusa y el sujetador, sintió sus pezones erectos.
Ella interrumpió el beso. Con los ojos fijos en los de él y respirando entrecortadamente, se desabrochó la blusa y se la quitó. Aunque no era transparente ni sexy, adivinar sus pezones bajo el algodón resultaba tremendamente erótico. Omer quiso quitarle el sujetador, pero se detuvo con una mirada interrogante.
–Sí. –dijo ella.
Él, asintió, y se lo quitó, dejándolo a un lado. Sus senos eran turgentes, y sus pezones rosados.
–Preciosos. –murmuró.
La hizo sentarse en algún lugar, y él se mantuvo de pie entre sus piernas, tomó un pezón en su boca y lo acarició con la lengua. Ella gimió suavemente. Era mejor que en sus fantasías más salvajes. Mientras le lamía, y le besaba los senos, Defne aferró los muslos a sus caderas. De repente, ella apartó la cabeza.
–Mi turno.
Respirando agitadamente, le intentó quitar la camisa, pero él, la sujetó por las manos y la detuvo.
–No. Déjame darte placer esta noche.
–Eso no es justo –protestó ella, esbozando una sonrisa en sus labios hinchados–. Démonos placer mutuamente.
Él negó con la cabeza.
–No. Apartó las piernas de sus caderas y se retiró.
-No es justo. Parte de mi placer es tocarte, desnudarte. – le dijo ella. – Dame el placer de sentirte, de tocarte, de desnudarte.
Él esbozó una sonrisa coqueta, acercándose a ella nuevamente.
–¿Por dónde íbamos? – le preguntó
–Creo que por aquí. –dijo ella quitándole la camisa, para luego juguetear con el botón de su pantalón, en una dulce tortura–. Y ahora la cremallera. – añadió, deslizando la ropa por las piernas, dejándolo desnudo frente a ella.
Enseguida empezó a acariciar su miembro erecto. A mitad de las caricias, Omer la tomó de la muñeca y le hizo apartar la mano.
-A menos que quieras que acabemos demasiado de prisa, será mejor que vayas más despacio.
Ella obedeció.
Él terminó de quitarse los pantalones, luego el bóxer, y se quedó mirándola. Defne fijó la mirada en la entrepierna de Omer. Estaba bien dotado, y muy excitado.
Omer bajó la vista a sus pechos. Sus dedos temblaron al trazar una línea hasta el pezón. Una oleada de placer la recorrió. Mientras echaba la cabeza hacia atrás, él tomó sus senos entre las manos, y los apretó suavemente. A ella se le humedeció la entrepierna.
–Quítate las bragas –le ordenó él.
Ella obedeció, y se quedó desnuda ante él, que se tomó su tiempo para estudiarla, haciéndola sentir, sexy, y deseada.
–Eres preciosa –dijo al cabo de unos segundos y la atrajo entre sus brazos–. Me gusta abrazarte.
En aquel momento, lo que deseaba era hacer el amor con él. Un intenso deseo ardía en su entrepierna. Levantó la cabeza, y él tomó sus labios. La besó con ansiedad y desesperación, mientras sus manos se movían con avidez por su piel. Defne recibía cada caricia con el mismo entusiasmo, dejándose llevar por las sensaciones de los labios de Omer, por su lengua, y sus manos.
–Creo… que… no puedo… soportar… más. –dijo ella jadeando.
Él tiró de ella hacia la manta, la hizo recostarse de espaldas, y se colocó sobre ella. Luego, le sujetó los brazos por encima de la cabeza.
–Ahora te tengo donde te quería. Y nunca te dejaré ir. – le prometió él. Y ella le creyó.
Después de besarla en la boca, fue bajando por el cuello hasta sus senos. Con la lengua, fue dibujando círculos, cada vez más cercanos al pezón.
–¿Te gusta? –preguntó, y se lo lamió.
Ella jadeó.
–Lo tomaré como un sí.
Hizo lo mismo en el otro seno, y por fin soltó sus muñecas para seguir besándola hasta el ombligo. Defne sintió el calor y la humedad de su aliento en el vientre.
–No te detengas ahí –suplicó impaciente–. Por favor – añadió sacudiendo las caderas.
Él sonrió.
–Me gusta hacerte sufrir.
–Vamos a ver si a ti te gusta –dijo ella incorporándose sobre los codos. Fue a acariciar su pene, pero él se lo impidió.
–Todavía no he terminado.
Omer besó el interior de sus muslos, donde la piel era más suave y sensible. Mientras se acercaba al lugar que tanto deseaba sentir sus caricias, ella se dejó caer sobre la manta, impaciente. Cuánto lo deseaba.
–Ábrete para mí. – le pidió él.
Le separó las piernas, y lamió sus suaves pliegues. Una sensación intensa, que casi resultaba dolorosa, la sacudió. Podía haber llegado al límite, pero no quería hacerlo sin él.
–Quiero sentirte dentro. –dijo ella acariciándole el pene.
–Cariño, es lo que más deseo. –replicó él, con voz suave y seductora.
Luego se colocó sobre ella. Defne cerró los ojos. La penetró rápidamente, haciéndola gemir de placer, mientras ella lo abrazaba.
–Quería ir despacio, pero creo que no puedo. –susurró él entre dientes.
–No quiero ir despacio. –dijo ella levantando las caderas.
Siguió el ritmo de sus embestidas hasta que la tomó de las nalgas y su cuerpo se convulsionó.
–Defne. – gimió, hundiéndose aún más en ella. –Te quiero, y todo su mundo explotó.
Ella dejó escapar un suave gemido. Si aquello no era el paraíso, entonces este no existía. Colocó la cabeza bajo su barbilla y escuchó los latidos de su corazón. Quería permanecer así para siempre.
El suave llanto irrumpió en sus oídos sacándola de las hermosas sensaciones de estar en los brazos de Omer.
-Tranquila hermosa. – escucha decir. – Ya pasó.
Defne abrió los ojos, y vio a Nihan paseando a Marta por la habitación.
-Oh, me quedé dormida. – se disculpa.
-No importa. Está niña hermosa quería que su madrina la paseara en brazos. – le dijo Nihan. – ¿Lograste descansar?
-Me dormí casi en la madrugada.
-Me lo imaginé. Debiste dejar que fuera al restaurant a contarle la verdad a Omer.
-¿Para qué?
-Para que supiera que tiene una hija, y que no se puede casar por esa razón.
-¿Ibas a interrumpir la ceremonia de su compromiso para decirle que tiene una hija?
-Por supuesto. Él debe saber que es padre de esta hermosura. – dice besando la mejilla de la pequeña.
-Lo sabrá, yo misma se lo diré. Ayer no era el momento oportuno.
-¿De verdad lo harás?
-Por supuesto, él tiene derecho a saber que tiene una hija, y Marta debe conocer a su padre.
-¿Y tú?
-¿Yo? Yo tendré que aprender a vivir sabiendo que el hombre que amo, y por el que he esperado tanto tiempo, se olvidó de mí.
CONTINUARÁ
