
CAPITULO 10
En los siguientes días, todo estuvo tranquilo, ya no sentía la necesidad de mirar hacia todos lados con temor a encontrarse con Omer en cualquier momento, o lugar. Mejor dicho, ahora no miraba con temor, porque de igual manera inconscientemente, lo buscaba con la mirada, la diferencia era que lo buscaba con cierto nerviosismo, como con mariposas en el estómago al pensar que, en cualquier momento aparecería frente a ella, siempre con una rosa blanca en sus manos, recordándole que ella era la única, la especial. Él no la volvió a presionar, no le volvió a hablar de sus sentimientos, tampoco volvió a insistir en reanudar su relación. Pareció entender que ella necesitaba espacio, y él estaba dispuesto a dárselo. Pero, como si fuera una sombra, si ella lo buscaba, él siempre estaba allí, con una sonrisa, mirándola, aunque sea de lejos.
Poco a poco su presencia se volvió reconfortante, con el pasar de los días, desapareció el sentimiento de soledad que se había apoderado de ella, desde el mismo día que su padre la cambió por su otra hija. Le comenzó a gustar verlo todos los días.
Desde que su padre los abandonó para irse con su otra familia, y con su otra hija, nació en ella el pensamiento de que nunca fue suficiente para su padre. Ese pensamiento se vio reforzado, al verlo con su otra hija, en los parques de la ciudad, jugando de maneras que nunca hizo con ella.
El saber que se volverían a Estambul, la llenó de tranquilidad, porque eso significaba que no corría el riesgo de ver a su padre nuevamente. Pero todo empeoró meses después, cuando su madre se fue, y se casó lejos de Turquía. Ella, aunque era ya joven, lo tomó como que, su padre, y madre se habían ido, porque ella no fue suficiente para ellos, por eso la abandonaron sin pensar en sus sentimientos, ni en el daño que le podían causar con su decisión.
Se volvió retraída, eso, porque temía que le pudiera pasar lo mismo que le pasó con sus padres, que la abandonaran. Sentía que, si establecía un apego profundo con cualquier persona y, después, este se va también, el dolor podría ser más profundo, y más difícil de superar. Por eso temía darle a Omer acceso de nuevo en su vida. Pero esa capa de temor, día a día, se había ido resquebrajando, con los detalles que él tenía hacia ella.
Desde que comenzaron su nueva relación, notó un patrón en el comportamiento de Omer, y se dejaba ver en los días que ella aceptaba las invitaciones de su compañero, aquel que la invitó a cenar. Si ella salía con su compañero, Omer no aparecía al día siguiente, pero si lo hacía un día después. Nunca conversaron de la razón de su comportamiento, pero ella sabía muy bien porque lo hacía, porque si la situación fuera al revés, haría exactamente lo mismo, o quizás algo peor.
Hacía tres noches que su compañero la había invitado al cine, y ella había aceptado ir con él. Conociendo el comportamiento de Omer, no esperó verlo al día siguiente, pero para su disgusto, no solo no lo vio al día siguiente, ni siquiera al siguiente. Al tercer día su estado de ánimo comenzó a decaer, y los pensamientos negativos comenzaron a llenar su mente. Omer se había cansado, y la había abandonado como todos en su vida. De cierta forma ella ya sabía que de un momento a otro esto sucedería, pero eso no cambiaba el hecho de que la afectara de la forma que lo estaba haciendo.
Pero cuando llegó a la habitación que compartía con tres chicas más, encontró sobre su cama, no una, sino tres rosas blancas.
-Vino un mensajero, trajo esas tres rosas, dijo que eran para ti. – le contó una de ellas con cierto grado de burla en sus palabras.
-Dile a tu novio que no sea tan tacaño. – le recomendó otra de las chicas. – que la próxima vez te compre un ramo de por lo menos doce rosas.
Pero ella entendía muy bien que esas tres rosas tenían un enorme significado. Significaban que él no se había olvidado de ella, era una rosa por cada día sin verse, y eso valía mucho más que un ramo de rosas rojas, por lo menos para ella lo valía.
Se acercó a la cama, y tomó las rosas, adherida al tallo traía una tarjeta, pero no la quiso abrir delante de sus compañeras, así que se metió al baño.
-No me he olvidado de ti. He estado muy complicado con los exámenes. ¿Podemos vernos para almorzar mañana? – venía escrito en la nota, con la característica letra de Omer.
Defne tragó saliva, suspiró de emoción, y finalmente sonrió.
¿Cómo era posible, que el solo saber que Omer no se había olvidado de ella, cambiara todo su día?
Esa noche se durmió feliz, con las rosas en su mesa de noche, por lo que fue lo último en ver antes de caer en el sueño profundo. También fue lo primero que vio al abrir los ojos al día siguiente.
-¿A la una paso por ti? – decía el mensaje de Omer
-Si. – fue la escueta respuesta de ella.
Afortunadamente esa mañana no tenía clases, por lo que tendría el tiempo suficiente para controlar sus emociones, y encapsularlas para que él no las viera, no quería que Omer se sintiera seguro de ella, todavía no por lo menos.
-Hola. – la saluda él, como era su costumbre, puntualmente a la una de la tarde.
-Pero que elegante estás. – responde ella viendo la ropa que él traía, en comparación a la suya.
-Quería estar a la altura del lugar donde te quiero llevar a almorzar.
-Oh. – dijo ella
-¿Qué, oh? – preguntó Omer
-Creí que iríamos al parque, y nos sentaríamos en el pasto a comer algo rápido, como lo hacíamos antes.
-¿Estás con poco tiempo?
-No. No es eso. Es solo que pensé que podíamos recordar los viejos tiempos. De hecho. – le dijo un poco avergonzada. – Compré dolmas para que comiéramos.
-Dolmas. ¿eh? Ninguna comida de ningún restaurant puede competir contra las dolmas. Nos vamos al parque entonces
-Dame un segundo. – dice ella, y entra casi corriendo a su habitación, para regresar un minuto después con un canasto.
-Es para el almuerzo. – le explica.
Omer toma el canasto, y ambos comienzan a caminar hasta el parque que no estaba muy lejos de los dormitorios de la universidad.
-Como extrañaba esto. – dice Omer satisfecho luego de haber comido.
-¿Te gustaron las dolmas?
-Si, y mucho.
-Lamentablemente, aunque mi abuela me enseñó como hacerlas, en mi cuarto no puedo cocinar.
-A mi madre también le gustaba hacerlas.
Defne pudo sentir la tristeza en las palabras de Omer, por lo que puso su mano sobre la de él, y dijo.
-Lamento no haber estado contigo cuando ella se fue.
-Y yo lamento no estar a tu lado cuando tus padres se fueron. – le dice él poniendo su otra mano sobre la de ella.
-Mi madre te quería mucho. – dijo Omer acariciando la mano de ella.
-Yo también la quería mucho. – respondió ella.
-¿Por qué no puedes cocinar en tu dormitorio? – le preguntó él un rato después.
-No tenemos cocina, el espacio apenas nos da para las cuatro camas, y nuestros escritorios.
-¿Vives con tres personas más? – le preguntó él sorprendido.
-Pues sí. Es una universidad pública Omer. ¿Qué creías?
-Perdón si te sentiste ofendida. – le dice él.
-Y ¿tú? – pregunta ella. – ¿Con cuantas personas compartes el dormitorio?
-Con nadie.
– ¿Vives solo? … ¿en un solo dormitorio? – le preguntó ella sorprendida.
-Si.
– ¿Y cómo te puedes permitir algo así?
-Pago para poder tenerlo.
-¿Y cuánto pagas?
Defne casi se desmaya cuando él le da la suma de dinero que mes a mes debía desembolsar.
-¿Es que acaso eres millonario? – le preguntó ella.
-Millonario, no, pero tengo dinero.
-Dios. – exclamó. – ¿Y yo te traje a comer dolmas en el parque?
-Y ha sido la mejor comida que he tenido desde hace mucho tiempo.
Como ella se quedó en silencio, Omer la miró un buen rato, y finalmente le preguntó.
-El que tenga dinero no creará una brecha entre nosotros. ¿verdad?
-¿Cuánto dinero tienes? – quiso saber ella.
-Bueno… mis padres me dejaron toda su herencia.
-¿También la casa donde pasaba los fines de semana?
-También. – le dijo él
-¿La conservas aun?
-Por supuesto.
-Qué bueno. – respondió ella
-Además, en cuanto salga de la universidad, entraré a trabajar en la empresa de mi abuelo. – le contó
-¿Tu… abuelo… tiene… una empresa?
-Si. Por esa razón estoy estudiando administración de empresa. Cuando me gradúe, que estoy seguro será este año, tomaré las riendas de esa empresa.
-Ay Dios. – exclamó.
-Defne. Mírame. ¿Esto no cambia nada entre nosotros?
-Te respondo cuando termine de hacerme a la idea de que, tú eres millonario, y yo una simple mujer.
-¿Quién te dijo que eres una simple mujer? Defne, eres una mujer maravillosa. Eres increíble. Eres amable. Eres inteligente. Eres…
-No olvides que soy hermosa. – lo interrumpió ella.
-Eres bellísima. Y te amo. – le dice él con tanto sentimiento en la voz, que ella no pudo reprimir la respuesta que salió de sus labios.
-Yo también te amo.
Una vez que su mente terminó de entender lo que se le acababa de escapar de los labios, comenzó automáticamente a poner dentro de la canasta todo lo que había traído.
– Es muy tarde, tengo que volver a clases. – dijo apresuradamente.
-No te vayas todavía. – le rogó él. -Prometo hacer como si no hubieras dicho esas palabras, pero no te vayas. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos besamos, y tengo que besarte otra vez. Necesito besarte. – aquello fue una súplica.
-Omer. – susurró ella, mientras él inclinaba la cabeza para buscar sus labios.
Habían pasado siete años, y él ya no la besaba como un adolescente. Estaba besándola como un hombre, y aunque la pasión no los desbordó como la vez anterior, la forma en que la besaba, la hizo olvidarse de todo.
-Siempre me has parecido preciosa —dijo con voz ronca mientras besaba su cara, su cuello, su garganta.
Empujada por un ansia contenida durante años, Defne hizo lo mismo, besando su barbilla antes de buscar su boca. Terminaron abrazados sobre la manta, con la cabeza de Defne sobre el pecho de Omer, y con ella, sintiendo que tiraba suavemente de sus rizos, como solía hacer en el pasado.
CONTINUARÁ

Muchísimas gracias Marta, esas tres rosas han hecho en mi el mismo efecto que en Defne. Que dulce y bonito capítulo 😍
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