EL VERANO QUE NOS CONOCIMOS CAPITULO 5

CAPITULO 5

Apenas hubo entrado a la casa, Defne corrió hacia su habitación, al llegar allí, se quitó los zapatos, y el traje que debía llevar en su trabajo, los reemplazó por ropa cómoda, y sus características zapatillas de casa. Cuando se sintió complacida con la comodidad de su ropa, bajó corriendo las escaleras.

Su marido la esperaba en la cocina, mientras preparaba la mesa para cenar juntos.

Omer había ido al hotel donde trabajaba para invitarla a cenar, pero ella lo convenció de mejor cenar en casa, así que, de camino a casa, pasaron por comida a su restaurant favorito.

-Estoy realmente cansada. – dijo ella al sentarse, – Además de hambrienta.

-¿Es que acaso el director del hotel no te da tiempo para comer durante el día?

-Por supuesto. – responde ella divertida, sabiendo que Omer, aún estaba molesto por encontrar al hombre en su oficina. -Pero todavía no logro ponerme al día con todo el trabajo. – le termina de explicar.

-Me imagino que ya mañana todos sabrán que eres una mujer felizmente casada.

-Sin duda. Al director del hotel le gusta hablar, y seguramente nosotros, o más específicamente yo, seré mañana el tema preferido del hotel.

-Me alegro. – dice él sintiéndose complacido.

-Ya sabes como me sentí aquel día en tu oficina. – le recuerda ella.

-Más que claro. – dice él. – Por eso mañana mismo buscaré anillos más llamativos. Quiero que todos sepan que nos pertenecemos.

-¿Crees que sea esa la mejor solución?

-No lo sé Defne. Solo no quiero que otro hombre crea que puede coquetear contigo.

-El tamaño del anillo no es lo realmente importante. Nosotros somos quienes debemos dejarles claro a todos que estamos comprometidos con nuestro matrimonio, y nuestro amor.

-Lo estoy cariño. Contigo, y nuestro amor.

El resto de la cena ella se dedicó a contarle como era la rutina de su trabajo, y él le contó los avances de la presentación para la nueva colección que se llevaría a cabo ese fin de semana.

-¿Estás nervioso? – le preguntó

-Más bien ansioso. Esto es sin duda lo más importante de mi vida. Y deseo ver ya los frutos de mi trabajo. – respondió él.

Y nuevamente Defne escuchó en su cabeza la pregunta de la señora Neriman.

-¿Creí que era yo lo más importante de tu vida?

-Y lo eres cariño. Pero la empresa, y esta colección, también es importante, de distinta manera, pero es importante para mí.

Después de la cena, cuando estaban sentados frente a la chimenea escuchando música, y tomando un bajativo, Defne se quedó dormida en brazos de Omer, rendida por las semanas de duro trabajo, y falta de sueño.

Se despertó horas después y permaneció desorientada un momento, hasta que comprendió que se encontraba en la cama con Omer, y que era la respiración acompasada de este la que escuchaba. Entonces sonrió para sí misma, en la oscuridad, y se desperezó, saboreando el placer de aquel descubrimiento.

–¿Qué pasa? – escucha decir.

–Me siento culpable.

–¿Por qué?

–Porque me quedé dormida, y lo peor no me di cuenta cuando me trajiste a la cama –se giró en sus brazos para mirarlo de frente, y él la atrajo hacia sí.

–Estás cansada, y necesitas dormir. En resumidas cuentas, eres humana. Igual que yo.

–Sí –dijo ella, con la voz apagada–. Demasiado humana. Omer…

–Sí, amor mío.

–Ya no estoy cansada.

Él se echó a reír.

–¿Se está insinuando, señora Iplikci?

Ella contoneó las caderas impúdicamente.

–Desde luego que no.

–Lástima –la voz de Omer se hizo más profunda–. Creía que me estabas pidiendo que te hiciera el amor.

–¿Es que tengo que pedírtelo?

–No mientras esté vivo –dijo con la voz enronquecida, y dejó escapar un gruñido cuando ella restregó las caderas contra él.

–Entonces deja de hablar –dijo ella riendo,

A continuación, lo besó. Los labios, y la lengua exigieron una respuesta que él le dio con la misma pasión que ella, dejándola sin aliento.

Mientras la seguía besando, él subió las manos por los muslos de ella para acariciarle el contorno de las caderas y la cintura, después le quitó el fastidioso pijama que aun mantenía puesto, y lo tiró al suelo. Cuando la tuvo completamente desnuda, él se deleitó mirándola.

Apoyado en un codo, con los dedos, trazó un sendero desde los labios entreabiertos, pasando por su cuello, los senos, su vientre, hasta llegar a los muslos. El silencio era roto solo por la respiración acelerada de ambos.

Cuando no pudo soportar más el placentero tormento, ella tomó las manos de su marido, las alzó en fiera súplica, y las acomodó sobre sus senos. Los ojos de él se iluminaron con tanto calor que le cortó el aliento, al tiempo que le tomaba los dos senos y los alzaba hacia su boca hambrienta.

-Omer… -jadeó, pero él, dejando por un instante sus senos, se apoderó de su boca, acallando las palabras con un beso lujurioso.

-Me vuelves loco. -musitó sobre sus labios.

Siguió besándola, y ella emitió un gemido ahogado cuando la boca descendió para unirse a los dedos que le acariciaban los senos. Tembló con las sensaciones casi insoportables que le arrancaba de lo más hondo, mientras tiraba de cada pezón sensibilizado.

Él deslizó una mano entre sus piernas, para encontrar la prueba ardiente y líquida de su excitación. Contuvo un grito y reclinó la cabeza sin dejar de mirarlo, mientras los dedos expertos de su marido, le provocaban una sensación tras otra de placer encendido, y palpitante

Omer sonrió con gesto triunfal, y la volvió a besar en  la boca entreabierta, y se situó entre sus muslos abiertos.

-Esto es lo mucho que te deseo -dijo él, viendo la expresión en el rostro de ella, mientras fijaba su mirada sobre su miembro erecto.

Sin poder esperar más tiempo, él, la penetró con una sola embestida, a la que ella respondió con aliento contenido. A continuación, con un gemido, comenzó a moverse dentro de ella.

Con cada embestida de su marido, ella sentía, más, y más placer. Siempre era así, cuando hacían el amor. Cada vez que estaban juntos en la intimidad, una nueva sensación surgía entre ellos que los llevaba un poco más arriba en la escala del placer.

Los gemidos de Defne se tornaban más apasionados, y ardientes, a medida que él la embestía con toda destreza. Con las emociones potenciadas, respondió con tal fervor a la felicidad de la posesión, que no tardó en olvidarse de todo.

-Cariño… -dijo, y comenzó a mover las caderas, empujando, y dejándose acariciar por la mano de Omer, abandonándose a la deliciosa fricción.

Unos minutos después, y sin salir de ella, él se giró, llevándola consigo. Se tendió de espaldas, y dejó que ella se pusiera encima de él, cabalgándolo, mientras él acariciaba su cuerpo entero, desde el cuello, hasta los senos, descendiendo hasta su vientre, para volver de nuevo a los senos, que finalmente, lamió, y besó delicadamente.

-Sí, oh, sí… – gemía ella con alivio al sentir que él también la acariciaba entre los muslos, tentándola, torturándola, metiendo los dedos entre los cremosos, húmedos y ardientes pliegues de su cuerpo, separando los mojados pétalos, para encontrar el punto más sensible de su cuerpo, con tanta destreza, que la hizo estremecer, de deleite.

-¿Te gusta, cariño? -murmuró él-. Dime qué quieres que te haga y lo haré, te daré todo cuanto quieras

Pero hacía tiempo que Defne había perdido la capacidad para expresar sus pensamientos de una manera coherente. La abierta sexualidad de su marido, hacía surgir una respuesta primitiva, e instintiva, que derribaba todas sus inhibiciones, que arrasaba todo lo que no fuera estar atenta y dedicada al gozo de aquellos momentos, dejándose llevar por las demandas del presente, de un presente físico y maravillosamente sexual.

Omer, por otra parte, no tenía prisa. La seguía acariciando, como si quisiera ofrecerle pequeños sorbos del goce que más tarde la esperaba. Con cada una de sus caricias, además, la invitaba a unirse a él.

Cada vez que ella cerraba los ojos, como si quisiera concentrarse en lo que estaba sintiendo, él se detenía y esperaba a que ella los abriera otra vez, obligándola a mirar lo que cada uno de ellos le estaba haciendo al otro, a compartir con él cada uno de los instantes del voluptuoso placer en el que se habían sumergido. Por su parte, los ojos de él brillaban triunfales, al saber que era él quien controlaba el arrebatado ataque de deseo de su esposa, un deseo que había reconducido hacia una tortura mutua, y exquisita. Una y otra vez, él la acercaba al pináculo del placer, tanto con sus manos, como con la boca. Hasta que, al fin, empujados al límite de su resistencia, ella se apretó con fuerza contra él. Con un ronco quejido de su parte, él la tomó por las caderas, y con un empellón que les produjo un goce tan intenso, se vieron arrastrados por una oleada de placer tan arrolladora que quedaron sin aliento. Yaciendo ella jadeante en brazos de su marido, mientras él la abrazaba fuertemente, al tiempo que experimentaban los últimos coletazos del clímax.

Lenta, y suavemente, ella dejó el cuerpo de su esposo.

-Te amo. – le dice él.

– Te amo – respondió ella, deslizándose para quedar al lado de su marido.

Él volvió a abrazarla, y de esa manera, ambos se durmieron, olvidándose de todo lo que sucedía a su alrededor.

CONTINUARÁ

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