
-No. – exclama Ismet dejándola en el suelo
-¿Qué sucede? – le pregunta ella
-Aun cuando me encantó lo que sucedió en esta habitación la vez pasada, esta vez quiero amarte en mi habitación, y en mi cama.
Ella le sonrió, lo tomó de la mano, y se dirigieron a la habitación de Ismet.
-Vaya, vaya jefe – le dice ella bromeando – su habitación es muchísimo más grande que la mía.
-Cuando quieras puedes hacer uso de ella, y también de quien la habita.
-Lo mismo digo – responde ella.
Cuando él comenzó a besarle el cuello, Rasel, interrumpió, diciéndole.
-¿Te molesta si me baño antes?
-¿Y si nos bañamos juntos?
Rasel asintió, y él empezó a quitarle la blusa. La desnudó despacio, deteniéndose para besar cada parte que descubría. Ella estaba temblando cuando Ismet la tomó de la mano, y la llevó hacia el baño. Después de asegurarse de que el agua estuviera caliente, él, entró, y tiró de ella.
Rasel sabía que si no tomaba la iniciativa lo haría Ismet, por lo tanto, tomó el jabón y la esponja, y empezó a frotarlo con suavidad. Él gimió, y se apoyó en la pared cuando ella lo tocó en la parte más íntima.
-Te he extrañado tanto – gimió – Oh, mi amor no sabes cuanto he deseado…
-Shhh – ella se arrodilló, y sus manos comenzaron a acariciar su miembro erecto, y él se tensó bajo sus manos.
Luego, Rasel le dio besos y pequeños mordiscos, hasta que lo poseyó con su boca, Ismet se tuvo que tomar a los mandos de la ducha para no caerse de la excitación. Ella lo chupó con mimo, la presión de sus manos en su escroto y de su boca en su pene lo hizo jadear. Deseosa de él, ella le tomó las duras nalgas, abrió la boca todo lo que pudo para darle cabida al pene y lo obligó a introducirse una y otra vez en ella. Cuando él soltó un gruñido varonil, la levantó, abrazó, y la besó con pasión. La dejó sin aliento, así que ella no protestó cuando le dio la vuelta y le puso las manos en la barra de seguridad de la ducha.
Respiró hondo, pensado que su relación con Ismet era mejor que cualquier fantasía que hubiera imaginado.
Él acarició sus senos desnudos y después se detuvo con firmeza en las caderas.
-¿Me deseas, Rasel? -sus labios se deslizaban por su cuello, el agua caía sobre ellos.
-Oh, sí, y mucho -disfrutó sus caricias, la dominaba una sensación urgente y dulce.
Él continuó saboreando su cuello. El calor que sentía en la base de la espina dorsal se extendía por todo su cuerpo y su mente se llenó de imágenes de lo que quería hacerle a su mujer. Esa cruda urgencia era algo nuevo para él, nada que hubiese experimentado antes. La giró para mirarla, pero el brillo de deseo que había en los ojos de ella solo sirvió para excitarlo más.
-Rasel… —murmuró, con la última pizca de decencia que le quedaba.
-Te deseo – susurró ella, y él dejó de contenerse.
Experimentando un deseo salvaje, la deslizó lentamente por su cuerpo, disfrutando de la fricción de sus caderas, de sus pechos, hasta que puso los pies en el suelo. Entonces le dio la vuelta y colocó sus manos en la pared, a cada lado de su cara.
Casi perdió el control cuando ella empujó hacia atrás para rozar su erección con el trasero, inquieta y ardiente. Ismet murmuró una palabrota mientras acariciaba sus pechos, que encajaban en sus manos a la perfección. Ella se apretó contra la pared para dejar de temblar. El deseo parecía una cosa viva y casi tenía miedo de que no pudiera ser saciado. Nunca había anhelado algo de ese modo. El deseo la consumía, la asustaba. Cuando él apretó sus pezones pensó que podría perder la cabeza de verdad, pero le daba igual. No quería que parase nunca.
Él recorrió sus muslos, centímetro a centímetro, torturándola, haciéndola esperar para luego acariciar su trasero, y después, por fin, empezó a acariciar el triángulo de rizos entre sus piernas.
Un sollozo escapó de su garganta cuando él rozó el clítoris con el pulgar y movió las caderas hacia atrás para frotarse contra su duro miembro, suplicando cosas ininteligibles. Pero él era implacable en su afán de llevarla al orgasmo, como si quisiera darle un placer sublime.
Ismet deslizaba los dedos entre sus húmedos pliegues con la deliciosa fricción que ella tanto anhelaba y cuando enterró los dedos ella gritó, dejándose caer hacia atrás, perdida en las sensaciones, en el fiero calor de su cuerpo. Quería dejarse ir, pero él se lo impedía, interrumpiendo sus caricias en el momento oportuno, torturándola, hasta que, por fin, pellizcó el capullo de nervios entre sus piernas, y todo su cuerpo se sacudió en una liberación de gozo indescriptible. Agotada, apoyó la cabeza en la pared, agradeciendo que Ismet estuviese sujetándola o habría caído al suelo.
-Ismet…
-Shh, no pasa nada. Yo te sostengo.
Intentó apartarse, pero él le dio un azote en el trasero.
-¿Qué haces…?
Él se había puesto en cuclillas y estaba abriendo sus piernas para buscarla con la lengua.
-No puedo, espera…
La protesta murió en sus labios cuando él le dio el más íntimo y carnal de los besos, susurrando un bendito alivio, pero entonces tiró de ella para llenarla con su lengua y ella dejó escapar un grito. Le suplicó, sin saber bien lo que decía. Quería tenerlo dentro de ella, experimentar un orgasmo con él. Pensó que lo había dicho en voz alta, esperaba haberlo dicho en voz alta, pero no estaba segura,
-Cariño…
-Por favor… – le suplico
Alargó una mano hacia atrás, impaciente, buscando el prominente bulto de su erección. Una risa loca escapó de su garganta al tomarlo con la mano. Por fin, él se colocó donde quería tenerlo.
El corazón de Rasel latía con violencia cuando él inclinó la cabeza y susurró indecentes y eróticas descripciones de lo que quería hacerle mientras entraba en ella. Con la frente apoyada en la pared, ella se estremecía. Estaban unidos por fin, tanto que no sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro. Era como si hubiese encontrado esa cosa indefinible que le había faltado durante años.
Estaba siendo poseída por él, pero seguía suplicándole más. No había nada familiar en ese primitivo deseo que era casi una obsesión. Se había convertido en una criatura lujuriosa, pero sus expertos dedos creaban una avalancha de incontrolables escalofríos. Sus embestidas se volvieron más poderosas, más rápidas, llevándola a un orgasmo para el que no estaba preparada, pero que deseaba más que respirar. En medio de lo jadeos, gemidos, gritos, y del ruido de un cuerpo golpeando otro, se dejaron ir a la vez en un momento que los rompió en pedazos y los convirtió en algo nuevo.
Ismet casi temía abrir los ojos, temiendo que todo aquello fuese una fantasía inducida por la conmoción cerebral. Pero por fin los abrió y nunca se había sentido más feliz. Sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír y sin dejar de acariciar el cuerpo desnudo de su mujer como si quisiera grabar cada centímetro en su mente y en su alma, mientras le decía palabras de cariño en conflicto con tan pecaminoso acto
Cuando lograron recuperar el aliento, él salió de la ducha y cuando volvió lo hizo con una toalla envuelta en su cintura y una en la mano con la que envolvió a Rasel, para luego llevarla en brazos a la habitación.
Con una tercera toalla le secó el pelo, y luego la acostó en su cama, y él se acostó a su lado.
-Esto es perfecto -dijo, mientras la atraía hacia él y la abrazaba.
-Estoy completamente de acuerdo – respondió ella
-Entonces, ¿Cuándo nos casamos?
-¿Cómo?
-Si, cuando nos casamos, por lo que siento en este momento quisiera una boda rápida, pero como solo me voy a casar una vez, y creo que para ti será lo mismo, planificaremos una boda a lo grande – termina de decir.
-¿Y yo no tengo nada que decir al respecto?, ¿se supone que es mi boda?
-Claro, tú decidirás lo más importante, la fecha, pero que no sea mucho tiempo, por favor.
-Entonces, solo puedo elegir la fecha, pero que no sea una muy lejana.
-Exactamente – le dice sin ninguna vergüenza.
-No estoy de acuerdo.
-¿No? – pregunta él asustado.
-Por supuesto que no – dice molesta, luego sonriendo añade – si me voy a casar, y como dices será la única vez en mi vida, lo quiero planificar todo, quiero elegir mi vestido, el pastel, las damas de honor, el lugar de la ceremonia y la celebración, y quiero hacerlo contigo, será nuestra boda, y debe ser como ambos queremos.
-Si, acepto – responde Ismet – quiero una boda grande, para que todos sepan que ya encontré a la mujer de mi vida.
-Bien – dijo ella, mientras él, la abrazaba con fuerza, y tiraba de la manta y la sábana para cubrirlos a ambos. Rasel se hizo un ovillo junto a él, sintiéndose segura y querida. Pensó que así comenzaba un matrimonio y se fue quedando dormida.
El día de la boda, el cielo estaba sembrado de pequeñas nubes blancas, el aire era fresco y alumbraba el sol.
La boda, que tuvo lugar cinco meses después, tenía a Sirin como principal dama de honor, y como portadora de los anillos.
Cuando Rasel avanzó por el pasillo, con el largo vestido blanco que Ismet había insistido en que se pusiera. Después de mucho pensar si se trataba de la elección correcta, ahora que caminaba hacia el altar, y verse en los ojos de su pronto marido, supo que era el correcto, se sentía la mujer más hermosa del mundo.
Iba a casarse. Había encontrado en Ismet, el amor, el respeto, la pasión, tomó aliento e intentó controlar sus emociones, y lo más importante una familia, su propia familia. La promesa de un final de cuento es lo que había encontrado, el hombre que amaba profundamente.
Luego de hacerse las promesas mutuas de fidelidad, y amor, intercambiaron anillos, y se besaron.
Ningún ingrediente le falto a su boda, incluida una que otra mujer vestida de negro llorando como correspondía al luto por Ismet.
Mientras caminaban por el pasillo tomados de la mano e Ismet llevaba a Sirin en brazos, Rasel recordó como su ahora esposo, se encargó de comunicarle a todos los periódicos y revistas que se casaría. Claro que, en su entusiasmo, no previó que se darían un festín con la historia que catalogaron como la ceniciente moderna, ya que la niñera había logrado enamorar al millonario mujeriego, pero a Rasel no le importó, por que como dijo.
-No es mentira, era niñera y tú un millonario mujeriego.
-Y me enamoré de ti – añadió él besándola, y ese fue el fin de la historia.
La celebración duró hasta la madrugada, pero los novios se retiraron a la media noche, Ismet la llevó a un exclusivo hotel para pasar la noche, y al día siguiente se iría a las Maldivas por dos semanas.
Aquella noche, Rasel detuvo a Ismet antes de que este le comenzara a hacer el amor
-Hay algo que quería preguntarte – le dijo
-Adelante.
-¿Será diferente hacerme el amor ahora que estamos casados?
-Es probable -los ojos le brillaban divertidos-. Nunca antes le había hecho el amor a una mujer casada.
-Lo mismo digo de un hombre casado.
Luego de hacer el amor en silencio se quedaron abrazados.
-La única persona en el mundo que me ha hecho sentir con tanta intensidad, has sido tú -dijo él de repente – Me hiciste sentir que te capturaba, lo que era para mí todo un triunfo, porque eres una mujer realmente difícil, ¿sabes? Pero yo quería estar contigo, y lo sigo queriendo. Quería tener esto, la magia que hay entre nosotros.
-Quiero que sepas – comienza a decir ella – que, si pudiera elegir, no elegiría estar en estos momentos en ningún otro lugar ni con ninguna otra persona. Quiero estar contigo, aquí y ahora. Sé que no lo he expresado con palabras, porque de cierta manera, esperaba que algo sucediera y no llegáramos a ser marido y mujer, y no porque no quiera ser tu esposa, es solo porque, cuando deseo algo con todas mis fuerzas, algo pasa que lo estropea. Pero quiero que sepas que te quiero, y que te he querido casi desde el principio.
-¿Lo dices en serio?
-Sí, claro que sí
-¿Y cómo no me di cuenta?
-Porque soy muy buena actriz – intentó sonreír – Te quiero, te quiero, te quiero mucho.
-Yo también te quiero -contestó abrazándola con fuerza – Me siento como si fuéramos una sola persona.
Una mañana un tiempo después, Rasel despertó en la cama que compartía con su esposo, feliz, más enamorada que nunca, sonriendo al escuchar la conversación que estaba teniendo lugar en la habitación de su hija.
-Hola, preciosa -le decía Ismet a Sirin con cariño – ¿Has dormido bien?
-Papá, papá, papá – contestó la niña, emocionada.
-Si, ese soy yo – respondió él – ¿quieres ir a despertar a mamá?
-Si – respondió Sirin.
Rasel sonrió.
“Caminante no hay camino, se hace camino al andar” … No hay camino por sí solo, cada uno de nosotros va configurando su camino, su sendero, su historia.
FIN
