
CAPITULO 7
Aun tratando de darle sentido a las palabras que su jefe le había dicho, evocó el antiguo informe del colegio, puede llegar a ser muy temeraria, decía este, hasta parece regodearse en la maldad. Si, así era ella, una inquieta niña que, a sus cortos diez años, le gustaba caminar en la cuerda floja de la vida, sentía que eso le hacía correr con mayor velocidad la sangre en las venas.
Eso, hasta que conoció a su primera familia adoptiva, aquellas personas que le enseñaron que, de su comportamiento dependía el cariño que le entregaran.
Por ellos, y para ellos se volvió una joven recta, que nunca daba razones para que alguien tuviera motivo para quejarse, pero ahora, precisamente ahora, se daba cuenta que nada de eso sirvió, porque a la hora de deshacerse de ella, su buen comportamiento y su vida recta no sirvieron de nada.
Aquí estaba, frente a un hombre que no dejaba de decirle, y demostrarle cuanto la deseaba, lo podía ver en sus ojos, y en la manera en la que le sonreía
Era cierto, ella carecía de experiencia con los hombres, pero ingenua tampoco era. Sus idas y venidas de casas de acogida, le habían enseñado mucho sobre la vida.
Su novio fue su primer hombre, y aunque solo había intimado una vez con él el mismo día que se vino a la ciudad, ella se dedicó a averiguar como ser una buena amante, pensando que aquello solo lo practicaría con quien sería su esposo.
Por rebeldía a la traición de su novio, o por lo que sea, deseaba recibir lo que veía en los ojos de Ismet, promesas de placer.
Eso sí, sería bajo sus reglas, ya no quería ser la mujer que, hacía lo que le decían y esperaban de ella, aunque sea en el sexo, iba a ser ella quien tomara las riendas, y lo sentía por Ismet, pero esta noche, ella tomaría todas las decisiones, de cómo, donde, y cuando.
Lo miró directamente a los ojos, y la mirada de él, fue tan potente que pareció como si la desnudara, y no solo de la ropa. De repente se sintió como si fuera traslúcida, como si él pudiera ver en su interior, y descubrir el tenso deseo que estaba fluyendo en ella.
Mientras sostenía su mirada, Ismet con dos largos pasos, acortó la distancia que los separaba.
Rasel era consciente de que debía retirarse, pero se quedó dónde estaba. Al fin y al cabo, estaban solos. Ismet llegó a su lado, y ella no se apartó de él.
Quizá porque tenía que hacerlo, porque quería hacerlo, o porque se sentía hechizada, por lo que fuera. El caso fue que la tensión se disolvió cuando él, la tomó suavemente de la cintura, y la pegó a su cuerpo.
Se besaron lentamente, la caricia de su lengua la impulsó a rodearle el cuello con sus manos. En realidad, no sabía lo que estaba haciendo, solo que todo le parecía… perfecto.
Él seguía sujetándola de la cintura mientras ella se colgaba de su cuello, fascinada… Fue él quien se retiró primero, porque con ella quería tomarse su tiempo. Echó la cabeza hacia atrás y contempló admirado sus largas pestañas, con las manos todavía en su cintura.
-Eres preciosa, y te deseo como no podrías llegar a imaginar – le dice – pero no quiero aprovecharme de los tragos demás que te tomaste.
Ella largó una risotada, que lo pilló de sorpresa a él.
-Con alcohol, o sin alcohol en el cuerpo, quiero tener sexo contigo – le responde.
-¿Estás segura? – preguntó él, sorprendiéndose a sí mismo, jamás le había preguntado eso a una mujer, solo tomaba lo que deseaba y eso era todo – puedo esperar hasta mañana, si me lo pides.
-¿Y si te pido que mañana repitamos la experiencia de esta noche…?
Mirándola sorprendido, él le responde.
-Todos los días si quieres.
-Ismet – le dice sin ningún atisbo de temor – ¿vamos a seguir hablando?
-Solo para preguntarte ¿cómo quieres que te haga el amor?
De pronto, él se bloqueó, porque ella se apartó, y con una mirada desafiante, se desabrochó el vestido que llevaba, y lo dejó caer al suelo, luego se deshizo del resto de la ropa, quedando desnuda frente a él.
Ismet, sin moverse, paseó la vista por el cuerpo de ella y la boca se le resecó. Sus pechos eran exquisitos. Las areolas se contrajeron ante su mirada y los pezones se le pusieron duros, aquella mujer era provocadora, era tentadora. Excesivamente tentadora, como él jamás se lo imagino.
-Vamos a la cama – le dijo.
-No. – respondió ella rotundamente – quiero tenerte aquí, en tu lugar favorito.
– En el sexo, me gusta ser yo, quien mande – le dice él
-¿Te gusta lo que ves? – le pregunta ella
Él tragó saliva con dificultad, y asintió
-Si quieres que sea tuyo, deberás obedecer.
Sorprendido por el cambio en la actitud de ella, no respondió.
-Desnúdate – fue la siguiente orden que recibió, y él, obedeció.
Era alucinante, se dijo Rasel al verlo desnudo. El moreno, y fibroso cuerpo de Ismet era impresionante. Se notaba que se cuidaba e iba al gimnasio, era un hombre con un cuerpo perfecto, pero no pensaba alimentar más su ego diciéndoselo.
Sin quitarle la mirada de encima le dijo a él.
-Siéntate en el sillón
-No me gusta que me den órdenes
Ella sonrió, tomó una de sus manos, y la puso en uno de sus desnudos pechos
-Hazlo. Esto será tu recompensa.
Acalorado al sentir el pezón duro con la palma de la mano, hizo lo que le pedía, luego ella se sentó a horcajadas sobre él, y cuando su boca se acercó a la de Ismet, con la lengua le rozó los labios, y este se estremeció.
Dios, cómo le gustaba aquello, suspiró Ismet.
-Eres maravillosa – le dice él – la mujer más sensual que he tenido en mis brazos.
-¿Sí…? -murmuró ella – y esto es solo el comienzo.
Pareció pasar una eternidad antes de que sus labios se tocaran, encendiendo una llama de suave suspenso.
Le pasó la lengua alrededor de los labios, y cuando él los entreabrió, ella aprovechó para introducirla en la boca de él. Sabía a gloria, se dijo Ismet, mientras, dentro de su boca, sus lenguas, mantenían un sensual, y erótico baile.
Suspiró, sin aliento, cuando el beso se terminó.
Luego los labios de Rasel, siguieron el recorrido hasta su garganta, avanzando hasta la oreja derecha, y ahí se detuvieron, para jugar con el lóbulo de la oreja.
Como un lobo hambriento, Ismet recibió todo lo que ella le quiso dar.
-Sabes a vino – murmuró ella -tu olor… tu sabor me gusta.
-Y tú me gustas a mí – dice él con la voz entre cortada, mientras ella, seguía jugando con el lóbulo de su oreja, enviando hondas de placer por todo el cuerpo, y él, paseaba sus manos por sus nalgas apretándolas a voluntad.
-Tienes unos pechos maravillosos – le dice él, subiendo las manos por su cuerpo, rozándole los pezones con los dedos, hasta ponérselos duros, luego, descendió hasta volver a tomar las nalgas con las manos, dándole a continuación, un azote en el trasero, y ella lo amenazó.
-Si me vuelves a pegar, esto se acabó.
-No, no por favor – suplicó Ismet – he deseado tanto tenerte así
-Entonces – le dice ella, suavizando su voz – dime ¿qué quieres de mí?
-Quiero saborearte entera, entrar en ti, darte placer hasta que grites mi nombre.
-Pídemelo.
-Te lo acabo de pedir
Acercando su boca a la de él, ella insiste
-Pídemelo de la manera que se pide cuando lo deseas con todo tu ser – sonrió y con descaro, acercó su boca a la suya y con voz tentadora murmuró – Aquí me tienes, tómame, disfruta de mi cuerpo, y déjame disfrutar del tuyo.
-Rasel, te deseo, quiero hacerte mía, como quiero que me hagas tuyo, darte placer, y que tú me lo des a mí …. por favor – termina de decir con un suspiro, al sentir que ella se contorsionaba sobre su pene, excitándolo aún más.
Ella sonrió, al tiempo que guiaba su pene erecto hasta el centro de su deseo, mientras él, la penetraba poco a poco.
Ambos cerraron los ojos de placer cuando sus cuerpos se ensamblaron. Ambos encajaban perfectamente. Aquello era magnífico, colosal y cuando él jadeó, ella preguntó:
-¿Estás disfrutando?
Él asintió, tomándola por la cintura, la apretó contra su pene, deseoso de más profundidad, mientras tanto ella movía las caderas al ritmo de su propio deseo.
Estimulado, Ismet, clavó los dedos en su cintura, y comenzó a moverla a su antojo, mientras ella cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, extasiada.
Era preciosa, diferente, y le gustaba mucho… cada día más, y ahora…
Ahora era ella quien volvía a controlar lo que hacían, mientras, maravillado, la dejaba hacer. Rasel subía y bajaba sobre su pene, con un ritmo estimulante, que no quiso, ni pudo parar, y cuando vio que ella jadeaba y volvía a echar la cabeza hacia atrás, la tomó de la nuca y acercó sus ardientes labios a los de ella.
El ardor del beso, hizo que ella abriera la boca, y respondiera con un asolador beso que, a ambos los enloqueció, mientras ella seguía manteniendo las riendas de la posesión y él no quería que parase.
Durante varios minutos continuaron moviéndose al compás que imponía Rasel, eran dos amantes dispuestos a arder de pasión.
A continuación, ella lo sorprendió, moviendo las caderas a un ritmo frenético de adelante hacia atrás, él, soltó un gemido gutural, mientras, enloquecido, la apretaba y la besaba, alucinado por lo que le hacía sentir.
Ismet no lograba entender qué le ocurría, como siempre, en el sexo, quería llevar el control, pero ella, no se lo permitía.
Así estuvieron durante varios minutos, hasta que él, no pudo más. Soltó un ronco gemido, y llegó al orgasmo al mismo tiempo que ella gritaba su nombre, y se abrazaron, mientras sus cuerpos temblaban, ante lo ocurrido.
El orgasmo, fue tan intenso, que los dejó sin aire en los pulmones, y con todos los nervios sacudidos por una corriente eléctrica, mientras se rendían al ciclón, como indefensos pajaritos atrapados en un torbellino.
Apenas había dejado de temblar, con él, muy rígido dentro de ella, y ella sobre él, cuando las sensaciones volvieron a empezar
-Despacio -susurró él, mientras ella comenzaba a moverse y a estimularlo – Oh, Dios mío… – susurró, y la tomó de los hombros para mantenerla pegada a él.
Ella siguió moviéndose con una lentitud enloquecedora. El segundo orgasmo tardó varios minutos en llegar, pero fue aún más devastador que el primero, y no fue seguido por un lento descenso, sino que siguió ascendiendo hasta un límite insospechado.
Rasel incrementó el ritmo, e Ismet perdió la noción del tiempo y el espacio, perdido y cegado en aquella frenética escalada de placer.
El grito del clímax llegó como un eco lejano a sus oídos, más semejante a una vibración que a un sonido. Se apretaron el uno contra el otro durante lo que pareció un larguísimo rato, y luego volvieron lentamente a la realidad, hasta quedar exhaustos en una maraña de miembros sudorosos
Ismet había tenido sexo con muchas mujeres en su vida, pero nunca, hasta hoy, se había quedado mudo, Rasel, además de dejarlo sin aliento, lo había dejado sin saber que decir.
CONTINUARÁ
