ERES MÍA CAPITULO 8

Dila se metió en la cama, aún estremecida por la discusión y el beso. El contacto de los labios de Kuzgun la había excitado al extremo de hacerle perder el control de su propio cuerpo.

Era seguro que Kuzgun no estaba acostumbrado a que lo rechazaran, era arrogante y egoísta, pensó ella mientras miraba el techo.

Angustiada, se preguntó por qué su exnovio, había dicho mentiras con respecto a ella, y ¿a quién a aparte de Kuzgun se las había contado?, y lo más importante, ¿Por qué él le había creído a Ahmet?

Se sentía tan decepcionada.

¿Qué iba a pasar ahora? ¿dejaría que él siguiera pensando que era el tipo de mujer que Ahmet describió?, ¿o…?

Durante años se mantuvo lejos de los hombres solo para mantener su promesa, había escuchado de sus compañeras de trabajo, cada una de sus aventuras, eran mujeres jóvenes, que les gustaba disfrutar del buen sexo, y luego seguían con sus vidas, pero ella se había mantenido fiel a Kuzgun, y ahora mismo sentía que no valió la pena, por lo menos no después de la manera en la que él la ninguneo.

Su sangre hervía, pero no solo de deseo, sino mezclada de rabia.

Existía una manera de desquitarse y de comenzar con su nueva vida, una vida donde pensaba disfrutar de todo lo que había perdido en estos 8 años.

Se levantó de la cama, tomó su bata, se la puso sobre su cuerpo desnudo, salió de su cuarto y se dirigió adonde suponía estaría él.

-Cambie de opinión – le dijo cuando abrió la puerta de la habitación de Kuzgun – te voy a demostrar cuanta experiencia tengo en la cama.

Él se puso de pie y se acercó a ella, la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente

Ella se dejó llevar, su nerviosismo inicial poco a poco se fue transformando en placer, empezaba a admitir que ella también lo deseaba y que su deseo no tenía nada de malo.

Kuzgun estaba tan excitado, las caricias de la lengua de Dila, lo volvían loco. Se quitó la ropa y se metió en la cama junto con ella, luego la despojó de la bata, quedando ambos desnudos

–¿Sabes? No dejaba de pensar en ti – le dijo él mientras hundía su cabeza en su cuello

–¿En serio?

–En serio – responde.

–Dios, tus senos son preciosos – le dijo al levantar su cabeza y mirarla, luego con un gruñido asaltó su boca, excitándola al instante.

¿Qué hechizo era ese, que avivaba su deseo con tanta facilidad? ¿Qué había en sus labios que tanto le gustaba?

El beso era voraz y el atrevimiento de su lengua, desató en su cuerpo una reacción en cadena que la llevó a arquear las caderas sin poder evitarlo.

El corazón ya se le había desbocado cuando él le acarició los pechos y le empezó a lamer y succionar los pezones, asombrosamente receptivos a su atención.

Dila estaba asombrada con la sensibilidad de su propio cuerpo. El calor que surgía de su pelvis se había vuelto insoportable y su necesidad de tenerlo entre las piernas, abrumadora.

Entonces, él le separó los muslos y la tocó por fin donde más ansiaba, arrancándole un estremecimiento y empujándola a una especie de nube donde todo era brumoso. Había perdido el control, y no había más mundo para ella que los expertos dedos de él, empeñados en explorar su húmedo sexo.

Ella entreabrió los labios y gimió una y otra vez. Quería más, mucho más, pero estaba tan fuera de sí que no supo lo que eso implicaba hasta que él besó de nuevo sus labios, llevó las manos a sus caderas y, tras levantarla un poco, la penetró.

El dolor fue tan intenso que su excitación desapareció al instante. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y los cerró con fuerza.

¿Cómo era posible que se sintiera así? Aquello estaba más cerca del castigo que del placer. Pero, afortunadamente, el dolor dio paso a una tensión bien distinta, cargada de sensaciones maravillosas.

Kuzgun la volvió a besar y se empezó a mover, aumentando el ritmo de sus acometidas, Dila había recuperado su conexión con él, y estaba cautivada con los pequeños temblores de su pelvis y con el casi místico júbilo que parecía surgir de todas sus terminaciones nerviosas al mismo tiempo. Nunca había sido más consciente de nada. Su existencia se reducía a la hambrienta y electrizante invasión de aquel cuerpo duro y suave.

El orgasmo la pilló por sorpresa, arrastrándola a las alturas entre jadeos y bajándola lentamente entre ecos del placer que acababa de sentir.

Kuzgun salió de su cuerpo momentos después, convencido de haber tenido la mejor experiencia sexual de su vida y alarmado con su intensidad. Había perdido el control por completo. Se había dejado llevar sin darse cuenta de lo que hacía. Y, por si eso fuera poco inquietante, descubrió dos cosas que lo dejaron helado, que no se había puesto preservativo y que la sábana estaba llena de sangre.

–Estás sangrando… –acertó a decir, perplejo–. ¿Te he hecho daño?

–No – le responde ella desafiante – ahí tienes la evidencia de que Ahmet te mintió

-¿Tú… eras virgen?

El rostro de él, demostraba sin lugar a dudas su desconcierto, ni siquiera había considerado la posibilidad de que Dila fuera virgen.

¿Cómo la iba a considerar?, si Ahmet, aseguraba que ella…

Aunque en realidad él nunca dijo su nombre, solo la llamaba su amante, fue él quien dio por hecho que era Dila

–¿Por qué no me lo dijiste? –le preguntó – creí que… tenías experiencia.

–Bueno, ahora ya sabes que no es así –le contestó

Él se pasó una mano por el pelo.

– Si hubiera sabido que eras virgen, no te habría hecho el amor de esa forma -se maldijo a sí mismo –Oh, Dios mío… lo siento tanto

–¿Qué es lo que sientes? – dijo ella, perdiendo la paciencia.

–¿Cómo qué, que es lo que siento?, todo, el haber escuchado a Ahmet, el haberte hecho esto, tu primera vez tenía que haber sido especial – le dice él atrayéndola hacia si, para abrazarla.

-No veo porque – responde ella separándose de Kuzgun – mentiría si te dijera que no disfruté, pero no es para tanto, esta no será mi última vez, porque desde hoy comenzaré a disfrutar de todo lo que perdí, solo por serte fiel.

-Y entonces, ¿por qué te ibas a casar?

-Sabes, hoy entendí que no quiero dar explicaciones de lo que hago o no hago y tampoco voy a perder el tiempo en tratar de hacerte entender cuál es la verdad.

Sus palabras lo golpearon con intensidad, la atrajo de vuelta a su cuerpo, al tiempo que sus labios buscaban la boca de ella.

La respiración furiosa de ella resonaba en sus oídos, oyó un gemido ronco cuando por fin abrió la boca para dejar paso a la lengua de él, la volvió a acomodar sobre la cama y allí yacieron muslo con muslo, pecho con pecho… corazón con corazón.

El deseo, en forma de hambre terrible, dominaba todo lo demás, la lengua de Kuzgun invadía su boca al tiempo que sus manos recorrían su cuerpo, produciéndole una sensación intensa.

-Me has hecho muy feliz —susurró con voz ronca y casi irreconocible

Luego, tomó uno de sus pechos en sus manos y lo acarició brevemente, ella era consciente de que debía hacer algo para detenerlo, pero el hechizo hipnótico y sensual de él la había inmovilizado.

-Has madurado en estos años —musitó él con lentitud, pero se detuvo cuando vio lágrimas en los ojos de ella

-¿Por qué lloras? ¿aun te duele? – le preguntó y le secó una lágrima con el pulgar.

-No -dijo ella.

-¿Por qué lloras, entonces?

Uno de sus dedos siguió el curso de una de las lágrimas, ella lanzó un grito de protesta, que él ignoró.

Dila se tapó instintivamente el rostro con los brazos, temerosa de que sus emociones la traicionaran y él lograra ver amor en sus ojos.

-No tengas miedo, te voy a tratar como si esta fuera tu primera vez.

Algo en su voz la hizo abrir los ojos, y lo que vio la llevó a pensar que, no tenía ni la fuerza mental ni el deseo de combatir la necesidad física que la atormentaba, en aquel momento, Kuzgun la deseaba y ella también a él.

Levantó una mano para tocarle la mandíbula, endurecida por la tensión de la espera.

-¿Sabes lo que me estás haciendo? – preguntó él con voz ronca.

Emitió un gemido suave

-Por favor, perdóname -susurró.

Él, estaba sobre ella, cerca, pero sin tocarla, tan cerca que ella podía empezar a…

Decidida, levantó su cabeza, y con su lengua trazó los labios de él, siguió haciendo lo mismo hasta que le dio permiso para ingresar a su boca, lo besó de manera descarada, escuchando como él gemía y gruñía tratando de tomar el control, hasta que ella se lo permitió.

Sintió los labios de él sobre el rostro, el cuello y la parte superior de los pechos y se quedó sin aliento, se sentía débil, embargada por el deseo.

—¿Kuzgun?

—No quiero apresurarme, quiero hacerte el amor lentamente —murmuró con voz ronca.

La acarició desde el cuello hasta el muslo, donde apoyó la mano con ademán posesivo. La visión de la mano de él sobre su carne le resultó increíblemente erótica. Se preguntó cómo era posible que todos sus movimientos resultaran tan excitantes.

Él acarició su cuerpo con paciencia, con precisión, como si quisiera memorizar cada curva de él. Contempló sus pezones rosas y endurecidos y los saboreó antes de recorrer el resto de sus pechos con la lengua.

Sus ojos se encontraron en silencio, él jadeaba tanto como ella y Dila acarició lentamente su piel sudorosa.

Dila bajó la mano tímidamente hasta su vientre plano, hasta llegar a su sexo y lo acarició, mientras sus labios y su lengua saboreaban el aroma de su piel. El gemido que salió de los labios de él, liberó algo primitivo en su interior, y ella le clavó las uñas al tiempo que le mordisqueaba uno de los pezones.

 -¿Quieres que te diga lo que pienso hacerte, Dila? – le murmuró al oído.

Ella lo miró con ojos enfebrecidos y él aceptó aquello como una afirmación.

Sintió una excitación incontrolable, con cada palabra que le susurraba, sus caricias mutuas y sus besos se volvieron menos mesurados, más arrebatados, a medida que la pasión subía como una reacción en cadena violenta e imparable.

-Lo siento, no podré soportarlo mucho más – musitó él contra el cuello de ella.

Hundió su mano con gentileza en el vello púbico de Dila y empezó a acariciarla rítmicamente.

-Tómame, – le suplicó ella, abriéndose instintivamente a él.

Su penetración fue lenta, calculada, pero firme, por un segundo, los músculos de ella se tensaron en protesta por el dolor.

-No- gritó, abrazándolo con las piernas para impedir una retirada que preveía inminente – te necesito – dijo con ferocidad.

Luego, a medida que se entregaba a su ritmo y se dejaba llevar por él, hubo una armonía de entrega y aceptación. La emoción que la embargaba era tan grande, que sentía deseos de llorar.

Justo cuando creía que iba a morir de placer, las exigencias del cuerpo de Kuzgun cambiaron de modo sutil. Recibió encantada la nueva fuerza elemental que le ofrecía.

Él le repetía su nombre al oído como un mantra, Dila sollozó en voz alta al sentir la primera contracción de placer intenso.

 El grito que brotó de la garganta de él se mezcló con su voz hasta que ambos quedaron abrazados e inmóviles sobre la cama.

Kuzgun se durmió luego de acomodarla en sus brazos, mirar el hermoso rostro de la mujer que tenía a su lado, su mujer.

La mañana llegó demasiado pronto, él abrió los ojos, y se giró para ver nuevamente a Dila mientras dormía, pero ella no estaba en la cama, se quedó en silencio, esperando oír ruidos en el baño, pero nada, se levantó y fue a la habitación de ella, la cama estaba bien arreglada y las puertas del closet abiertas, él miró en su interior y estaba vacío, se dirigió al baño, también vacío, luego recorrió cada rincón de la casa, pero, no quedaban rastros de Dila.

CONTINUARÁ.

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