
Defne Topal comprobó su aspecto por última vez, el maquillaje estaba intacto, llevaba el cabello tomado en un medio moño, aunque le resultaba difícil manejarlo, no había vuelto a alisarlo desde…
Llevaba una falda azul, y una blusa negra bien abrochada en la zona del pecho, zapatos de tacón, aunque le fuera difícil caminar con ellos, la hacía sentir más femenina y hermosa y confiada, era lo que necesitaba en este momento, sentirse confiada.
Tenía bajo control los latidos de su corazón, hasta ahora sí, pero aún no se había enfrentado a la razón por la que estaba en este hospital.
Estaba todo lo preparada como podía.
Desde hace casi tres años estaba viviendo en Inglaterra, durante todo ese tiempo había trabajado duramente para cumplir su sueño, y aun paso de lograrlo, supo que para hacerlo necesitaba la firma de quien ella menos se imaginaba.
Cuando estaba todo preparado para comprar el lugar adecuado para instalarse con su negocio, en pleno centro de la capital del país, se dio cuenta que le faltaba dinero, por lo que se dirigió al banco a pedir un préstamo y de última hipotecar su casa, la que había comprado con tanto esfuerzo.
Pero como era para cumplir su sueño, todo sacrificio valía la pena, con lo que no contaba era con que, al momento de solicitar ambas cosas, necesitaba la firma de su marido.
-Soy viuda – le responde al ejecutivo
-No según nuestra información
-Pero eso es imposible, mi marido murió hace tres años ya.
-¿Usted es Defne Iplikci, cuyo apellido de soltera es Topal?
-Pues sí.
-¿Su marido es Omer Iplikci?
-Ya le dije que soy viuda, pero sí, ese es el nombre de quien fuera mi marido.
-Mire, señora, no tengo tiempo para perder, para hipotecar su casa necesita la firma de su marido.
-Pero cómo pretende que haga eso, si él murió – le dice ella molesta.
-El señor Iplikci no está muerto, no entiendo porque insiste en decir eso, mire, – le dice el hombre mostrándole la pantalla del computador.
-Empresario sufre accidente automovilístico, – el ejecutivo leyó la noticia por ella, – Omer Iplikci, heredero de las empresas Iplikci, sufrió un accidente cuando manejaba su vehículo, según el informe médico el joven se encuentra sin peligro de muerte, pero con varias fracturas en su cuerpo, por lo que deberá permanecer en el hospital por algunos días, y si ve la fecha se dará cuenta que esto sucedió recién hace tres días.
-Eso no es posible, él está…
-Señora, ¿está usted bien?
-Sí, solo necesito tomar aire, si no le molesta, puedo venir otro día.
-Claro cuando usted quiera, ¿señora? – le dice cuando ella ya se había levantado de la silla – lo siento, no quería ser tan brusco, de verdad pensé que usted sabía que su marido estaba vivo.
-No, no lo sabía, pero no se preocupe, esta todo bien
De todas las maneras crueles en la que Omer la quisiera fuera de su vida, está era la más cruel, hacerse pasar por muerto.
Llegó hasta la recepción del hospital y preguntó por la sala donde estaba la persona por la que estaba allí, la enfermera amablemente le dio un número de piso y de habitación, subió por el ascensor y caminó por el pasillo, a esa altura ya comenzaba a sentirse nerviosa, por lo que al poco andar se percató de que había pasado por el número de habitación sin darse cuenta, y se devolvió.
Si Omer Iplikci no hubiera estado acostado en una cama de hospital, habría inventado una excusa y salido de ahí, para no tener que aguantar a su familia que lo rodeaba.
Llevaba menos de una semana hospitalizado y ya estaba deseando salir de ese lugar, anhelaba estar solo, pero estaba aguantando, imaginando que no estaba allí, y simulando que lo sucedido, no había ocurrido en realidad.
Con ese fin había cerrado los oídos a la conversación de su tía, pensaba en su casa, su cama, su soledad, la necesitaba.
–¿Seguro que te sientes bien? –decía con voz aguda la mujer, interrumpiendo sus pensamientos.
Sentado en una silla, su tío consultaba su iPhone, tal vez estuviera consultando los resultados deportivos, o probablemente, mirando mujeres, era su pasatiempo favorito, era un hombre bastante mayor, pero aun creía que las jóvenes estaban detrás de él, y no de los regalos que le pudiera comprar, claro que no con su dinero, sino con el del abuelo, tenía claro que jamás se convertiría en un hombre como él.
–Omer, ¿me estás escuchando? –resopló su tía.
–Una llamada para ti – dijo el tío – El abuelo, en el altavoz –colocó el teléfono sobre la mesa que había junto a la cama.
Omer miró con rabia a su tío, que se encogió de hombros cuando la voz de su abuelo resonó en la habitación.
–Hijo, acabo de enterarme que estás en el hospital. ¿Por qué no me avisó nadie ayer?
Omer miró a su alrededor, su tío que, un minuto antes había estado cómodamente sentado, se había esfumado, otro de sus habituales actos de desaparición cada vez que el patriarca hacia acto de presencia, su tía estaba de espaldas y le murmuraba algo a Sude, su prima.
Omer miró hacia la puerta, una delgada figura femenina pasó de largo. El cuerpo le dio un respingón, y su atención se centró en las puntas del cabello rojo y en el eco de los tacones al alejarse.
Espera. ¿Era…? ¿Podría ser…?
Se le aceleró el corazón e intentó incorporarse, pero tobillo, brazo, cabeza y cada músculo de su cuerpo protestaron. Cayó sobre la almohada e intentó tranquilizarse. No podía ser ella. No había razón para que apareciera de repente.
Él no deseaba que lo hiciera.
–¿Por qué no me avisó nadie ayer? –volvió a resonar la voz de Hulusi Iplikci por el altavoz.
Él siguió concentrado mirando el umbral vacío, y aunque sentía el estómago tenso, consiguió mantener la voz templada y serena.
–Nadie te avisó ayer, abuelo, porque no había nada definitivo que contar.
–Bien, pues ahora quiero un informe completo, jovencito. ¿Qué diablos te ha ocurrido?
–Un chichón en la cabeza, y algunos huesos rotos
–¿Te sientes muy mal?
–Tan mal como debería sentirme
Pero se sentía aún peor, por cómo se le había acelerado el corazón al imaginarse esa figura femenina en la puerta. Sobre todo, porque lo que había creído que sentía esa mujer por él, no había sido más que fruto de su imaginación.
Incapaz de respirar, sabiendo que muy pronto vendrían a su mente todos los recuerdos que quería dejar en el olvido, ignoró las protestas que sonaban por el altavoz del teléfono, colgó y lo lanzó a los pies de la cama, quedando con la mirada fija.
Su tío, volvió a la habitación, le dijo algo al oído a su mujer, luego los tres lo observaron con inquietud, parecían alarmados y él creía saber porque, solía ser muy tranquilo, se tomaba las crisis con calma y la tensión no lo afectaba, había aguantado mucha presión para seguir su camino y convertirse en un ejecutivo del imperio empresarial Iplikci. Pero la semana había sido desastrosa, no solo su cuerpo lo había traicionado rompiéndose en pedazos, encima su imaginación empezaba a jugarle malas pasadas.
Ella no estaba cerca de allí, eso era seguro.
–Sude – dijo la mujer, un poco alterada – ve a buscar al médico. Es hora de que nos llevemos a Omer de aquí. Creo que el ambiente no le hace ningún bien.
Salir de allí, le parecía genial, por lo que no protestó, volver a su tranquila y espaciosa casa sería perfecto.
–Lo quiero en casa –siguió la mujer– Donde pueda vigilarlo.
–¿En casa? – la miró alarmado–. ¿Te refieres a tu casa? No, gracias.
–Omer…
–No! –clavó la mirada en la mujer – quiero ir a mi casa, es lo único que quiero –dijo.
Eso y dar marcha atrás al reloj. Diablos, si era cuestión de deseos, tampoco le habría molestado borrar meses enteros de hacía más de tres años, cuando una determinada mujer había entrado en su vida.
–Puede que mi madre tenga razón, primo, ¿Cómo vas a manejarte en tu estado?, tu casa tiene tres pisos y hay una escalera al dormitorio.
–Necmi –la voz de la mujer sonó muy lejana–. Creo que tienes que buscar al médico. O quizá necesitemos a un administrativo que empiece el papeleo para poder llevarnos a Omer a casa.
A su casa, allí quería estar, cerrar la puerta al mundo, incluida su bien intencionada familia, que nunca lo había entendido.
Seguía teniendo los ojos cerrados cuando notó un cambio en la voz de su tía.
–Oh, maravilloso, lo único que nos faltaba, ¿Qué diablos haces aquí?
–Sí estoy aquí no es por gusto propio, créalo, el último lugar en el que quisiera estar, es aquí y con ustedes.
Una voz que él reconoció. Una voz con la que llevaba soñando desde aquel… La voz de ella. El corazón volvió a acelerársele y le dolió cada magulladura del cuerpo.
Estaba allí. Se preguntó, ¿por qué?
¿Por qué en ese momento?, cuando tres años antes, lo había abandonado, y no había vuelto a ponerse en contacto con él.
Era típico de su incomprensible e inconveniente carácter aparecer cuando él estaba en una cama de hospital y sintiéndose como un cero y medio en una escala de uno a diez.
Se llevó la mano a la mejilla para tocar su barba, lo hacía cuando estaba nervioso y necesitaba relajarse, antes de obligarse a abrir los párpados y mirar a la mujer que tenía la poca vergüenza de estar allí, y además… bellísima.
Su cabello rojo y brillante era como un ala que se curvaba hacia su cuello. Tenía los ojos de color marrón y pestañas largas y rizadas que le habían acariciado el cuello cuando bailaban. Su piel era blanca y perfecta y sus labios llenos y de color ciruela. Había besado esa boca, la había mordisqueado y lamido, perdiéndose en su dulce sabor.
Había perdido la cabeza por esos besos. Por ella.
–¿Qué haces aquí? –preguntó, con voz ronca.
–Vine porque supe que estabas en este hospital, pero no te preocupes no me quedaré por mucho tiempo, necesito solo una cosa de ti–le dijo ella.
Lo miró y dio un paso hacia la cama.
Lo último que quería era verla, menos en estas circunstancias. Quería… diablos, solo había una cosa que quería de ella, venganza
Roto o no, débil o no, tendría que hacer y decir lo que fuera, acceder a cualquier cosa que la llevara a quedarse el tiempo suficiente para resolver la insostenible situación. No podía permitir que volviera a escaparse, sin recibir su merecido
Defne se paró frente a él con una mirada que solo reflejaba odio, ese fue el instante en que se le congeló el pensamiento.
–Buenos días –dijo ella – es un placer volver a verte.
Él estaba seguro de haber oído que las otras personas que estaban en la sala habían contenido la respiración.
Al cabo de unos instantes, ella extendió su mano pequeña y de piel pálida hacia la de él, se la estrechó durante una décima de segundo y la retiró.
-Sí le dices a tu familia que nos deje un momento a solas, esto terminará antes – dice ella
-Déjennos solos – le ordena a su familia
-Pero Omer, no creo que te convenga hablar con esta mujer – dice su tía.
-Por favor déjenme a solas con ella, sé muy bien lo que hago.
-Bien, dime que necesitas de mí.
-Necesito que firmes en divorcio, pero antes, necesito que renuncies a todo lo que he conseguido durante estos años
-Lo del divorcio lo entiendo, ya te habías demorado mucho en venir por él, pero lo de tus propiedades no lo entiendo.
-Cuando nos casamos, no hicimos el trámite para separar nuestros vienes, ahora necesito hipotecar mi casa y el banco me pide tu firma para hacerlo y eso no es justo.
-Así que necesitas de mi firma.
-Y te pido por favor, que no te compliques, ni me compliques la vida y firmes los documentos que están en esta carpeta – le dice.
-Lo haré, pero con una condición.
-Sabía que viniendo de ti nada podía ser gratis, ¿Qué quieres?
-Seguramente tú eres la madre Teresa, solo te pido que hagas lo que cualquier esposa haría por un esposo al que ama – le dice sarcástico
-Y ¿eso sería?
-Cuidarme, necesito de alguien que me cuide mientras esté convaleciente.
-Puedes pagarle a una persona, o tu familia lo puede hacer, de todas maneras, ustedes los Iplikci están acostumbrados a pagar para que hagan lo que quieren.
-No te metas con mi familia, necesitas de mi ayuda, pues ya sabes cual es la condición, lo tomas o lo dejas, esa es tu decisión
CONTINUARÁ
