LA MIRADA DEL DESEO CAPÍTULO 9

El sol, brillaba radiante en Estambul, pero el hombre que miraba por la ventana, no podía apreciarlo, porque a sus ojos ya nada tenía color. Le gustara o no Defne cambio su vida, lo que había comenzado como un simple capricho, en el transcurso de unas horas se transformó en parte fundamental de su deseo de vivir.

Solo habían pasado seis días desde la última noche en la que vio a Defne, seis días, de la noche en la que lo dejó para volver a Turquía con su exnovio, o talvez a esta altura ya habían renovado su relación, pero para Omer era como una eternidad, ella lo cambio todo.

Creyendo que estaba dormido ella se levantó a hurtadillas, pero él no había logrado conciliar el sueño, la tenía entre sus brazos, y quería que se quedara ahí para siempre, en su mente, buscaba la manera, y las palabras para pedirle que dieran, un paso más en su relación.

Cuando sintió que se levantó muy silenciosa, y tomó su maleta, esperó a que cerrara la puerta de la habitación, se vistió rápidamente y bajó a la recepción, ahí la vio en la entrada del hotel, esperando un taxi

Le pidió a la recepcionista que le pidiera un auto y que este lo esperara en la entrada al hotel, para cuando llegó el taxi de Defne, él solo debió subir al auto y ordenarle al chofer que la siguiera.

El auto se detuvo afuera del aeropuerto y ahí la esperaba su amigo, o mejor dicho su exnovio, quien al verla la ayudó con la maleta, y la llevó abrazada hacia el interior.

Al ver esa escena, sintió como si alguien le hubiera dado un fuerte golpe en el estómago, y el corazón se le encogió, le pidió al chofer que lo esperara, mientras él, entró al aeropuerto, ahí los encontró, sentados, esperando, el hombre aun la mantenía abrazada, y ella estaba muy quieta en sus brazos, eso fue todo lo que pudo soportar, y se devolvió al hotel, pidió la cuenta y que le prepararan el avión para volver a Turquía.

-Omer, ¿Qué sucede contigo amigo?

-No te entiendo.

-Algo te sucedió en el fin de semana, no sé cómo decirlo, pero estás incluso más ensimismado, si eso puede ser posible, ya no hablas, te lo pasas metido en tus pensamientos, incluso me atrevo a decir que estas triste.

-No sucede nada, solo estoy preocupado.

-Preocupado ¿de qué?, la empresa va de maravilla.

– ¿Qué acaso crees que la empresa es lo único importante en mi vida?

-Lo era hasta hace pocos días, sé, que te cuesta expresar los sentimientos, pero hay momentos en los que es necesario y sano.

-Y ¿tú crees que este es uno de esos momentos?

-Sí, lo creo, tú no lo notas, pero quienes te vemos todos los días, sabemos que algo te está pasando, es como si te estás dejando morir, no comes, y por tu aspecto diría que tampoco has dormido por días, dime ¿Qué te sucede?, juntos podemos buscar una solución.

-No amigo, esta vez no hay nada que tú, o yo podamos hacer.

-No puedo creer lo que escucho, tú, Omer Iplikci, que cree tener el control de todo y consigue lo que quiere siempre, me dice que no puede hacer nada.

-Ese fue mi error, desde un principio, querer tener a la fuerza lo que no es mío, esta vez quiero hacer lo correcto, no voy a hacer nada.

-No te entiendo.

-No importa, ¿para qué viniste a mi oficina?

-Primero, para saber cómo estabas, luego para recordarte que tenemos una reunión a la hora de almuerzo.

-Sí, lo recordaba, estaré listo a esa hora.

A la una en punto, estaban sentados en la mesa del restaurant que reservaron para la reunión, afinando los detalles del nuevo contrato, la conversación era fructifica para la empresa de los amigos, estaba en medio de la negociación, cuando de pronto algo llamó la atención de Omer.

Por la puerta de entrada al restaurant, venia Ahmed, traía de la mano a una mujer, lo primero que vino a su mente fue, ¿Qué pasó con Defne?, ¿es qué acaso la estaba engañando con esa mujer?

Ante ese pensamiento, se llenó de ira, se levantó de la mesa y caminó hacia donde estaba la mesa de la pareja

-Omer ¿adónde vas? – escucha que le dice su amigo,

Sin prestar atención, sigue su camino, hasta llegar donde esta él hombre sentado junto a la mujer.

– ¿Sabe Defne que estás con esta mujer aquí? – es lo que le dice al hombre

Este lo mira sin entender lo que él trataba de decirle.

– ¿Lo sabe? – le vuelve a preguntar

– ¿Defne?, pero ¿Por qué ella tendría que saber que invité a mi novia a almorzar?, espera, ¿tú eres el hombre que estaba con ella en Paris?

-Si, lo soy, ¿Por qué no estás con ella?, ¿la abandonaste otra vez?

-No entiendo que quiere decir este hombre, – le dice la mujer.

-Yo sí creo entender – dice Ahmed – debo suponer que, ¿crees que entre Defne y yo existe algo más que una amistad?

-No solo lo supongo, lo sé, los vi abrazados en el aeropuerto.

-Pues claro que la abrazaba, ella necesitaba que la contuviera, ¿Qué debía hacer?, estaba llorando.

– ¿Llorando?, pero, ¿Por qué?

-Si tú no lo sabes, es porque eres ciego o idiota, entre Defne y yo no hay más que una hermosa amistad, ella – le dice indicando a la mujer – es mi novia, y nos vamos a casar.

-Pero, yo pensaba que ustedes… habían vuelto a ser novios, ¿entonces?, ¿por qué ella…?

-Creo que la única que puede responder a tus preguntas es Defne.

– ¿Sabes dónde está ahora?

-En su casa, ella me contó, que estaba escribiendo una novela.

-Tienes su dirección.

-Sí, la tengo, pero no sé si deba dártela.

-Sí no me la das tú, la conseguiré de otra manera – le dice Omer

-Está bien, te la daré, pero si le dices que fui yo, moriremos los dos

-Lo sé, conozco muy bien el carácter de Defne

Omer espera a que el hombre escriba una dirección, y luego que le entrega el papel, se vuelve a la mesa donde estaba su amigo con los demás hombres.

-Señores, tendrán que perdonarme, pero tengo algo importante que hacer, mi socio, terminará el acuerdo y seguramente, estaré de acuerdo en todo, hasta luego.

Su amigo lo miró con cara de interrogación, y él le dice.

-Voy a hacer algo.

El hombre se sonrió.

-Pues ve, que para luego es tarde

El timbre dentro de su cabeza no cesaba, y Defne se llevó los dedos a las sienes y gimió. Tenía la boca reseca y le ardía la piel. Por eso no entendía por qué los dientes le castañeaban con tanta fuerza como si hubiera estado acampando toda la noche en la Antártica.

Se había acostado casi en la madrugada, pero cometió el error de hacerlo sobre la cama, sin taparse, lo hizo solo para descansar un poco, pero al despertar a media mañana ya no se sentía bien, por lo que llamó a la farmacia y pidió unos medicamentos, luego de eso se volvió a dormir, pero esta vez se metió bajo los cobertores.

Se dio vuelta en la cama, tomó su teléfono y trató de concentrarse en él.

-Hola – dice, ¡ay no!, era su abuela.

La señora Turkan, creía que ella aún estaba en Paris promocionando la novela

 – Abuela, ¿cómo estás?… yo, estoy bien, con mucho trabajo… no abuelita no estoy enferma, solo un poco cansada, sí, ella está conmigo – le dice cuando la mujer preguntó por su representante – aún estoy en Paris… ¿estás disfrutando de las vacaciones?, me alegro, si, ya sé, también estaré de vuelta la próxima semana, también te quiero, abuelita, me tengo que ir, luego te llamo, hasta luego

Otra mentira más para su colección, pensó cuando colgó el teléfono.

Si su abuela supiera que ha estado encerrada en la casa escribiendo durante una semana, que durante ese tiempo había descuidado su comida y hasta su aseo personal, la habría regañado, pero todo eso valió la pena, porque tenía prácticamente escrita la mitad de la novela.

Necesitaba tomar algún medicamento que le ayudara a bajar la temperatura del cuerpo, era claro que tenía fiebre, escuchó el timbre y creyendo que venían de la farmacia, se levantó de mala gana y se acercó a la puerta con algo parecido a una sonrisa en su rostro.

Pero su sonrisa se desvaneció en cuanto abrió la puerta, parpadeó un par de veces, sin creer lo que veía.

Omer estaba de pie en su puerta.

Se sintió mareada y se le pasó por la cabeza cerrarle la puerta en la nariz

–Omer –lo saludó con voz ronca, -¿Qué haces aquí?

Se quedaron en silencio. Le costaba enfocar la vista, pero le dio la impresión de que él la miraba con preocupación, y pensó que quizás tuviera peor aspecto de lo que creía. Llevaba días sin lavarse el pelo y no podía recordar la última vez que había comido.

–¡Estás enferma! –exclamó.

–No –mintió ella–. Estoy bien, solo estoy un poco cansada

Pero, por desgracia, le dio un ataque de tos en ese instante.

–Pues a mí no me parece que estés bien.

–Eso no es… –comenzó de nuevo con dificultad–. No es asunto tuyo.

Omer se fijó en sus mejillas rojas, en esos ojos tan apagados y sintió en su corazón una punzada de dolor, llevaba días sin verla y por fin la tenía frente a él. No sabía qué había esperado encontrarse, pero no era esto, tenía un aspecto horrible, estaba más delgada y tenía ojeras, estaba tal como su amigo lo había descrito a él en la mañana

–Puedo entrar –le dijo entonces–. Por favor.

Defne se vio tentada a decir que no, pero abrió la puerta de todos modos, se sentía demasiado cansada para discutir.

Él la miró de nuevo, y no pudo evitar que se despertara en su interior, una especie de instinto de protección.

–¿Por qué te fuiste de Paris sin ni siquiera despedirte? –le preguntó él.

–Sabes muy bien la respuesta, no insultes mi inteligencia fingiendo que no lo sabes

–Claro que lo sé, lo que no sé es que debo hacer para que me perdones.

–¿A que viniste Omer?, ¿Por qué después de tantos días?

Incluso hablar con él la agotaba, por lo que después de cerrar la puerta se sentó en su sillón favorito

– ¿Cómo me encontraste? – le pregunta en vista de que él no tenía intenciones de contestar.

–Siempre hay maneras de encontrar lo que se necesita.

–Esa no es una respuesta

–La respuesta no importa.

No pudo evitar sentirse nerviosa y se le hizo un nudo en la garganta.

– ¿A que viniste Omer? – le volvió a preguntar

No pudo responder porque a ella le dio otro ataque de tos, tenía un brillo extraño en los ojos y estaba muy pálida, se acercó al sillón y se inclinó para ponerle la mano en la frente. Frunció el ceño al ver que le castañeaban los dientes.

–Defne, estás enferma –le dijo con ternura.

Ella tosió de nuevo y todo su cuerpo se sacudió con fuerza.

–Ya te dije, solo estoy cansada.

–No, esto no es por cansancio, tienes mucha fiebre…

Ella suspiró al sentir la mano de Omer en su frente. Tenía náuseas y le dolía todo el cuerpo. De repente, sintió mucho frio y quiso tirar de una manta para taparse, pero no tenía fuerza.

–Te-tengo frío.

–No lo tienes –le dijo él–. Estás ardiendo en fiebre

–Qui-quiero taparme con la manta.

–Eso no es bueno

Ella siente que la toma en brazos y comenzó a retorcerse para impedirlo

-Deja de hacer eso – le dice – ¿Dónde está tu habitación?

Ella le indicó la puerta y él caminó hasta ahí, la dejó sobre la cama y apenas hubo tocado la cabeza en la almohada, sus ojos comenzaron a cerrarse. Pero sintió que la comenzaba a desnudar y los abrió de inmediato.

–¿Qué crees que estás haciendo? –protestó.

–¿Qué crees tú?, necesitas tener la menos cantidad de ropa posible–respondió él –. Tenemos que lograr que la temperatura de tu cuerpo baje, no hagas nada, desde ahora yo te cuidaré, porque, está claro que no has cuidado de ti misma.

Quería decirle que no se molestara, pero no pudo, por lo que no le quedó de otra que sentir como él la desvestía, agradeció que ese día llevaba ropa interior limpia y adecuada.

Se quedó donde estaba, vestida solo con su ropa interior, apenas era consciente de lo que pasaba, por culpa de la fiebre sentía mucho frío, tenía que dormir acurrucada en posición fetal, porque Omer se negaba a taparla con la manta.

–¿Por qué sigues aquí? –murmuró, en algún momento en la que sintió que la lucidez volvía a ella

–Estoy cuidándote, porque pareces incapaz de cuidar de ti misma – le repitió

–Puedo cuidarme sola –murmuró.

–No pienso discutir contigo, no me voy a ir a ninguna parte hasta que estés mejor.

En algún momento, oyó golpes y se dio cuenta de que alguien llamaba a la puerta. Después, escuchó una conversación en voz baja por lo que no pudo entender lo que decían.

Luego Omer se acercó a la cama y le puso algo en la boca.

–Trágalo, luego bebes un poco de agua –le ordenó

–¿Qué es?

–Es el medicamento que pediste, te ayudará a bajar la fiebre

Era tan amargo que lo habría escupido, si él no le hubiera cerrado los labios para impedírselo.

–Trágalo –insistió él.

–¡Es horrible!

–¿Por qué no cierras los ojos y finges que es otra cosa

–Me gustaría que supiera a chocolate caliente con delicias turcas. – y se tragó el medicamento.

Cuando lo hizo, se le cerraron los ojos…

–Estoy muy cansada…

–Duerme, cuando despiertes estaré aquí.

Y lo hizo. Se sentía como si estuviera flotando fuera de su cuerpo, mirando la habitación desde el techo.

 Cuando necesitó ir al baño, Omer estaba ahí, la ayudó a llegar a él, le bajó las braguitas y la sentó para que ella orinara, luego la secó y subió nuevamente su ropa interior, estaba demasiado aturdida para avergonzarse por la intimidad de ese momento.

Después, la llevó de regreso a su habitación y la acostó en la cama. Le apartó el pelo de la cara y, muy a su pesar, no pudo evitar mirarlo y reflejar todo el amor que sentía por él.

–Gracias –susurró ella antes de dormirse de nuevo.

Cuando se despertó, ya estaba amaneciendo, y Omer no se había movido de la silla en la que había estado sentado toda la noche.

Se notaba cansado.

–¿Qué pasó? –preguntó.

Él abrió los ojos y se acercó a ella

–Estabas enferma, pero ya estás mejor.

Ella solo recordaba algunos fragmentos de la noche, Omer le había apartado el pelo de la cara, la había llevado al baño… Era doloroso reconocer cuánto lo había echado de menos.

-Recuerdo muy poco

Se sentía muy sucia y tenía mal sabor de boca.

–Necesito ducharme –le dijo.

–Por supuesto, necesitas que te ayude

-Voy a tratar de hacerlo sola

-Como quieras

Se sintió muy débil mientras se levantaba de la cama, aun así, logró llegar sola al baño, y se dio una larga ducha.

Para cuando estuvo vestida, y volvió a la habitación, se sorprendió al ver que Omer había hecho la cama y cuando llegó a la cocina, él la esperaba con el desayuno servido

–Tienes mejor aspecto –le dijo.

–Gracias –le responde– la verdad me siento mucho mejor. Quiero darte las gracias por todo lo que hiciste por mí.

–No hay de qué.

–Te agradezco mucho, pero no quiero entretenerte –le dijo ella–. Seguro que tienes cosas más importantes que hacer.

–No hay nada más importante en mi vida, que estar aquí contigo – le respondió entregándole una taza de té

CONTINUARÁ

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