
–Pues créelo, no es acaso este el lugar, donde los protagonistas de tu libro hicieron por primera vez el amor
-Sí, lo fue, y es tal cual me lo imaginé
– ¿No habías venido aquí?, ¿entonces como…?
-Internet, busqué información, y el hotel que me llamó la atención por el paisaje que se puede ver desde la ventana, que fue este mismo, lo incluí en la novela.
-No sé si te lo han dicho, pero es impresionante la manera en la que escribes, porque yo habría jurado que, conocías este hotel, además de que…
-No te calles, ¿de qué era algo así como una promiscua?, ¿que había practicado todo lo que escribí en mi novela?
– ¿La verdad?, si lo creí, lo lamento, debo pedirte perdón.
-No, no debes pedirme disculpas, es a lo que me arriesgo al escribir novelas románticas eróticas.
– ¿Entonces?, ¿te gusta la vista? – le dice él para cambiar el tema de la conversación.
-Es aún más hermoso de lo que imaginé.
-Son exactamente las mismas palabras que cruzaron por mi mente.
– ¿Cómo? – dice ella, sin entender lo que Omer le trata de decir.
-Eres más hermosa de lo que imaginé – le dice mientras se acerca y la abraza.
– ¿Qué haces?
-¿Qué crees tú…?
Y le dio un apasionado beso, y como se le hizo costumbre, cuando él la besaba, se embriagó con su sabor, notó que se le ponía la piel de gallina y temblaba incontrolablemente, se aferró a sus fuertes hombros y sintió de inmediato el calor y la humedad entre los muslos, le dolieron los pechos y se le endurecieron los pezones contra el musculoso pecho de él.
Sintió su erección a través de la tela del vestido y se estremeció al imaginársela saciando el tormentoso anhelo que tenía en la pelvis.
Él retrocedió para estudiar con sus bonitos ojos negros, el rostro sonrojado de Defne, al tiempo que recorría sus curvas con las manos, le acariciaba los pechos y después le bajaba los tirantes del vestido para dejarla desnuda. Capturó sus pezones endurecidos con los dedos y los apretó suavemente, provocándole un placer increíble.
–Omer… –balbució ella sin aliento, temblando, casi con miedo a la reacción de su cuerpo.
–Tus pechos son tan sensibles que quiero torturarte de placer –le dijo él.
Tomó una de sus puntas rosadas con la boca y Defne dio un grito ahogado y arqueó la espalda. Él jugó con los dientes mientras le quitaba completamente el vestido. Bajo la luz del sol del atardecer, la tomó con sus grandes manos por las caderas, le separó los muslos y trazó una línea hasta el centro de su feminidad, desesperadamente húmedo e hinchado.
La devoró con la mirada mientras tiraba de ella para llevarla hacia los pies de la cama.
Sorprendida, se puso tensa cuando notó que le separaba las rodillas y se las dejaba completamente abiertas para exponer la parte de su cuerpo que siempre escondía.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó.
–Relájate –le pidió él–. Quiero que esta sea como tu primera vez…
–Imposible, porque ya tuvimos sexo en el avión –le recordó ella con voz temblorosa, controlando el impulso de juntar las piernas.
–Pero será nuestra primera vez en Paris, haré que te olvides de lo que sucedió antes…
–¿Mejor aún…? –respondió con voz temblorosa.
-Mejor – le dijo él
La tomó por debajo de las caderas para levantarla y le acarició el clítoris con la lengua. Aquel placer instantáneo fue casi insoportable por su intensidad y ella se tomó a las sábanas que tenía debajo, mientras él seguía jugando. Intentó contener los gemidos que salían de su garganta, pero aquel resultó ser un reto imposible ante la pericia de Omer. Arqueó la espalda, levantó las caderas y gritó cuando él le metió los dedos y la acarició donde necesitaba que la acariciasen. Perdió el control tan pronto que no supo lo que le estaba pasando. Estaba temblando, tan pronto se ponía rígida como lacia, y entonces una enorme oleada de placer inundó todo su cuerpo con una fuerza brutal, y gritó, se deshizo por dentro y tembló con la intensidad del clímax.
Cegada por semejante placer, miró a Omer, que la estaba observando.
–Eres maravillosa… –murmuró él.
A ella le ardió el rostro y se puso tensa al verlo incorporarse y colocarse entre sus piernas para penetrarla.
Su erección era grande y estaba muy dura, sus músculos internos tardaron unos segundos en acomodarse a su tamaño.
Omer gimió de placer y a ella le encantó.
Estaba muy tenso y eso quería decir que estaba intentando controlarse y tener cuidado, pero no pudo evitar hacerle daño un momento al intentar entrar un poco más.
–Lo siento –le dijo él con los ojos brillantes–. He intentado no hacerte daño.
–No pasa nada… Ya no me duele –le respondió ella, levantando las caderas hacia él de manera instintiva y gimiendo con sus movimientos.
–Me gustas tanto que creo que no voy a poder parar –le advirtió él, saliendo de su cuerpo para volver a entrar otra vez.
Impuso su ritmo y Defne no tardó en aprenderlo y empezar a moverse debajo de él. El segundo orgasmo le llegó a la vez que, a él, y Omer se apretó contra ella con fuerza y no pudo contener un grito de satisfacción.
Defne tenía el corazón tan acelerado que, a pesar de estar acostada, se sentía aturdida y sin aliento. Se sentía como si no fuese la misma de siempre, cuerda, y sensata.
–¿Siempre es así de emocionante? –le susurró con timidez.
–Lo averiguaremos juntos – le responde él, abrazándola – pero debo decir que ha sido el mejor sexo de mi vida.
Y, por un instante, Defne se sintió complacida por la sensación de intimidad que tenía entre sus brazos, pero la paz y la relajación se le terminaron en cuanto pensó en lo que él había dicho, el mejor sexo de su vida.
De repente, se sintió barata, como si hubiese sido una experiencia nueva más, para un hombre que ya había tenido muchas experiencias sexuales en su vida.
–Ha llegado el momento de darse una ducha –murmuró él, haciéndola salir de la cama y conduciéndola hacia el baño.
A ella le temblaban las piernas, así que se tomó de su brazo al notar un ligero dolor entre los muslos.
–Estás adolorida… –le dijo él, estudiando su rostro y echándose a reír al ver que se ruborizaba
–Te espero en la habitación mientras te bañas –balbució, retrocediendo – luego me baño yo
–No te han dicho que tenemos que ahorrar agua, el planeta depende de nosotros–, le dice apretándola contra su poderoso cuerpo mientras abría la ducha.
–Nunca he compartido la ducha con nadie, no sé si me agradará la experiencia –le dijo ella, desconcertada por tener que compartir tanto con él, tan de repente, incómoda con su desnudez bajo las luces del baño.
–Déjame mostrarte que será algo que también disfrutarás–le dijo él, apoyándola en los azulejos de la pared y tomándola por las caderas mientras la besaba apasionadamente.
Prisionera de su poderoso cuerpo, Defne no tardó en darse cuenta de que volvía a desearlo, con unas ansias que la sorprendieron.
–Se me va a mojar el pelo –protestó.
–Sobrevivirás –le dijo él, metiéndole la lengua en la boca y moviéndola al mismo ritmo con el que le había hecho el amor.
Al principio fue un beso lento, como si él quisiera explorar su boca sin prisa, pero, cuando estaba empezando a dejarse atrapar por esa magia, el beso se tornó brusco, ardiente, avivando la chispa del deseo en su interior. Omer la levantó, haciendo que sus pechos quedaran aplastados contra su torso, y notó su dura erección contra su pelvis. Debería haberse sentido abrumada, pero ya no se sentía como la niña buena, sino como una mujer lasciva, presa del deseo.
Una risa temblorosa escapó de los labios de él cuando, al cerrar los dedos sobre uno de sus senos, el pezón se endureció al instante contra su palma.
Y ella, que jamás se habría acostado con el pelo mojado, se olvidó de su pelo y de cómo estaría a la mañana siguiente.
-Deja que yo te bañe – le dice él, dejándola de nuevo en el piso de la ducha
Luego toma el jabón y comienza a pasarlo por su piel, con movimientos lentos, deteniéndose en los lugares que ya sabía eran más sensibles para ella.
Jugó con sus pechos, haciendo círculos a su alrededor y subiendo hasta llegar a su pezón, que a esa altura estaba erecto y duro, ahí se detuvo unos segundos, luego hizo el mismo recorrido por su otro pecho, sin quitarle la mirada a su rostro.
Su mano, llevando el jabón descendió hasta el monte de venus, ahí jugo, sin tocar su femineidad, luego de unos segundos, donde ella mantenía los ojos cerrados disfrutando del placer que le proporcionaba todo lo que él le estaba haciendo, solo suspiraba y por instantes un gemido se escapaba de sus labios.
Llegado el momento, el deja caer el jabón y comienza a hacer el mismo recorrido, pero esta vez con su boca y lengua, hasta llegar al mismo lugar donde dejó caer el jabón, pero esta vez su mano no se detuvo, entró al lugar de su humedad y comenzó a mover los dedos en su interior, hasta hacerla gemir de placer, verla retorcerse y rogar y cuando con un grito ahogado contra su hombro, ella llegó al orgasmo, él la besó en la mejilla y en el mentón, hasta que ella se relajó.
Una vez que se tranquilizó, ella lo besó en la boca, decidida a sumirlo en el mismo torbellino de placer.
Le mordisqueó el labio inferior y él se quejó.
Hasta ahora él había controlado como hacer el amor, con ganas de recibir placer y por la poca experiencia que tenía, ella se lo había permitido, pero ya no.
Le rodeó el cuello con los brazos y lo estrechó contra su cuerpo.
Ambos gimieron cuando él empezó a moverse, él la miraba al rostro con ojos de deseo, con una mano le acarició el rostro.
Cuando sus dedos se posaron sobre los labios de Defne, ella abrió la boca, comenzó a succionar sobre cada uno de sus dedos, de forma lenta y sensual, sabiendo que eso lo volvería loco.
Sin dejar de mirarla, él la apoyó de nuevo contra la pared y la besó en el cuello. Comenzó a acariciarla de arriba abajo, dispuesto a excitarla otra vez antes de poseerla.
Al cabo de unos instantes, le dijo:
–Necesito estar en tu interior.
Ella levantó la cabeza y contestó:
–No.
Omer se quedó paralizado y ella se arrodilló frente a él para acariciarle el miembro erecto.
–Defne, no tienes…
–¿Me dejas participar?
Ella no esperó su respuesta y comenzó a acariciarlo con la lengua.
Lo miró y abrió la boca. Él estaba tenso y su deseo se percibía en cualquier parte de su cuerpo.
Inclinando la cabeza, ella lo poseyó con la boca. Él maldijo y movió las caderas hacia delante.
Al instante, se echó hacia atrás. Estaba perdiendo el control.
Ella repitió el movimiento con la boca y las manos. Él no dijo nada. Cuando ella lo miró, él gimió y ella se estremeció.
Le tomó la cabeza y, cuando ella lo tomaba con fuerza, él empujaba un poco contra su boca. Cada vez que tocaba su paladar, sus muslos se tensaban un poco más.
Su cuerpo lo traicionó y un fuerte deseo se apoderó de él. Defne aprovechó y comenzó a moverse más deprisa, succionando con más fuerza, intentando que no pudiera pensar en nada más.
Tenía la boca dormida, las rodillas clavadas en el duro mármol, las muñecas le dolían de repetir los movimientos, pero no le importaba.
Todo aquello merecía la pena si conseguía que él perdiera el control. Con las manos sobre su cabeza, él dirigía dónde y cómo quería que lo hiciera. Más rápido y más fuerte.
Entonces, de pronto, él se salió de su boca, la tomó por las axilas y la levantó.
Finalmente, con un gruñido la sacó de la ducha y la sentó en el lavamanos y volvió a colocarse entre sus piernas y la penetró con un profundo suspiro de alivio.
–Tenías razón, me gustó bañarme acompañada –le dice ella, apretando los dientes al notar el primer espasmo de placer.
–Tenemos que crear nuevas historias para tu novela –dijo él, intentando mantener el control mientras se movía contra ella, ya que tenía miedo de hacerle daño.
Le acarició el clítoris al mismo tiempo y ella gimió y lo abrazó, le clavó las uñas en los hombros mientras él aumentaba el ritmo, hasta que, en cosa de minutos, y abrazados, ambos llegaron al orgasmo
Defne no sabía cuánto tiempo permanecieron así. El aroma de sus cuerpos invadía el aire y, cuando él la miró, ella cerró los ojos y él le acarició el mentón, casi con veneración.
Luego la llevó hasta la cama, donde la sentó y la secó con una toalla, luego la recostó y le dijo.
-Eres magnífica, creo que ya te lo dije, pero necesito repetírtelo, ahora descansa, debes estar agotada.
-Y ¿tú?
-Voy a salir un momento, prometo que vuelvo enseguida, no quiero perder ni un minuto lejos de ti.
La besa con pasión y luego se sale de la habitación.
Defne no se movió en la cama, el dolor causado por el exceso de sexo era tan fuerte que apretó los dientes al moverse.
Durmió, no supo cuánto, pero al despertar estaba oscuro, se levantó para ir al baño, gritó horrorizada al mirarse en el espejo y ver su pelo completamente encrespado. Parecía una muñeca de trapo maltratada.
Se maquilló un poco para intentar ocultar las marcas rojizas que la barba de Omer había dejado en su rostro y sacó un vestido de tirantes del armario. Se vistió rápidamente porque sabía que Omer volvería de un momento a otro.
Y mientras trataba de domar su cabello en una moña, pensó, así que eso es el sexo, era mucho más de lo que se había imaginado, más emocionante, más íntimo, más todo.
Y le había encantado.
CONTINUARÁ
