LA BELLA Y LA BESTIA CAPITULO 3

CAPITULO 3

Llevaba más de cuatro semanas trabajando, y sus funciones le encantaban, se sentía como pato en el agua, a veces tenía que trabajar bajo presión, pero lo hacía con gusto y estaba segura de que su jefe no tendría ninguna queja de ella.

Se llevaba a las mil maravillas con las demás personas en la oficina, y trataba de ayudarlas lo que más podía, claro está, cuando su tiempo se lo permitía.

A su jefe, prácticamente no lo veía, cada mañana cuando ella llegaba, él ya se encontraba en su oficina y cuando ella se iba, aún estaba encerrado ahí.

Durante esas semanas, Defne no sabía, cómo su jefe lograba hacer su trabajo, pero lo hacía, y era impresionante la cantidad de trabajo que sacaba por día.

Su vida se volvió una rutina, cada tarde, debía primero subirse a un taxi que la esperaba a fuera del edificio, y la llevaba a una clínica donde la examinaban minuciosamente buscando algún piquete que indicara que le extrajeron sangre, pero siempre era negativo.

Muchas de esas veces ella se sintió observada, sensación que tuvo también en la oficina, pero nunca logró ver nada extraño, por lo que asumió que era el miedo que le jugaba una mala pasada, solo era sugestión, se dijo por fin.

Pero esa sensación empeoró el día que le dijeron que sería trasladada de oficina, preguntó por el motivo, pero nadie le respondió.

Y ahí estaba sentada en una oficina más grande que la anterior, pero a la vista de su jefe, una gran ventana permitía la visión completa de donde trabajaba, y claro si ella lo podía ver, era obvio que él a ella también.

Desde ese día, podía sentir permanentemente que la observaban, pero cada vez que levantaba la cabeza, su jefe estaba sumergido en algún documento.

-Ni siquiera sabe que existo, – se dijo sonriendo

Fuera de toda norma, su jefe se fue a comer afuera, y a ella le gustó la libertad y tranquilidad que sintió al ver aquella oficina vacía, pero la alegría le duró poco, porque a las dos y media de la tarde, lo vio entrar a su despacho, y enseguida recibió una llamada telefónica.

—Sí, señor —dijo al responder.

—Venga a mi despacho —le dice y corta

—Por supuesto que sí – dice sarcástica – con mucho gusto

Cuando llegó a la oficina de su jefe, se quedó de pie con su libreta y lápiz en la mano

—¿En qué le puedo ayudar? —le preguntó, tan calmada como pudo.

—Me voy a mi casa —dijo

—Muy bien señor, los documentos que me pidió estarán listos en su escritorio cuando usted llegue mañana.

—Creo que no me ha entendido bien, o yo no me supe explicar, quiero esos documentos en mis manos hoy —dijo, tomando una hoja de papel y apuntando una dirección—, espero que no le cause demasiada molestia llevarlas a mi casa.

Defne tomó el papel y lo miró, la casa, quedaba en el otro extremo de la ciudad.

– ¿Hoy?, pero, eso es imposible, ¿usted quien cree que soy?

–Según usted misma me dijo, mi asistente.

– Aun me queda mucho trabajo, me llevará mucho tiempo, no sé a qué hora terminaré.

-A la hora que sea lo necesito en mi casa.

-No puedo ir a su casa tan tarde

-Me dijo que era buena, pues ahora tiene la oportunidad de demostrarlo, en todo caso, si desde ya cree que no va a poder, me lo dice enseguida y le pido a alguien más que lo haga.

Defne abrió la boca para aceptar la propuesta, pero se dio cuenta de que él no había terminado, así que se tragó lo que estaba por decir.

-Y también que se quede con su puesto de asistente. – finalizó

—¿Algo más? —preguntó ella y le pareció ver un relámpago de diversión en los ojos del hombre, pero desapareció en un instante, lo que la hizo pensar que fue solo su imaginación.

-Por ahora eso es todo, pero vaya preparada, quizás la necesito para algo más Él se dirigió hacia la puerta, y se fue sin decir ninguna palabra.

¿Lo diría en serio?

¡En su escritorio había trabajo para un día entero! dominó las ganas de sacarle la lengua y se devolvió a su oficina.

Ella estuvo toda la tarde encerrada en su oficina, en un mar de documentos, pero logró completar el trabajo a las ocho, después de quedarse sin comer y trabajar lo más rápido posible, se sentía agotada, pero también triunfante.

Se levantó de su escritorio, tomó los documentos, pidió un taxi y cuando este llegó, le dio la dirección de la casa de su jefe al taxista.

El hombre la dejó a las afueras de la ciudad, y sus indicaciones fueron claras, “siga caminando”, como si eso sirviera de mucho para una persona que no conoce al lugar donde va, de pronto como de la nada, comenzó a descender una espesa niebla que lo cubrió todo a su alrededor.

Estaba perdida, sintió el pánico bombeándole con fuerza en las venas, mientras se abría paso entre la gente, no lograba encontrar un trozo de espacio libre, trató de recuperar el aliento y calmar su acelerado corazón, pero nada podía calmarlo, estaba perdida, era lo que se repetía una y otra vez en la mente.

Miró a través del velo de niebla, en busca de una señal que le dijera dónde estaba, intentó escudriñar los rostros de las personas con las que se cruzaba, para intentar reconocer a alguien, era imposible saber quién era quién, cuando todo el mundo estaba disfrazado.

Alzó la cabeza hacia el cielo negro como la tinta, envuelto en niebla y se abrazó a sí misma, mientras exhalaba un profundo suspiro, todo era inútil, estaba perdida en un puente envuelto en niebla en algún rincón del mundo que no reconocía.

No tenía sentido, cerró los ojos y se envolvió en la capa, sintiendo cómo el frío le atravesaba los huesos, corrió por el puente abarrotado, todo lo rápido que pudo, chocándose contra personas que llevaban enormes pelucas, trajes de bufón con cascabeles o vestidos de época, tan anchos como la estreches del puente

Sin esperanzas, estaba intentando volver sobre sus pasos en el puente, cuando lo vio.

Un hombre al otro extremo del puente, un hombre con un disfraz negro brillante, como su cabello, un hombre alto, de hombros anchos y con aspecto de guerrero, un hombre que la miraba fijamente.

Sintió un escalofrío en la espina dorsal, no, no era posible, no podía ser él.

Ahora solo estaba ella en el puente, tragó saliva cuando se dio la vuelta y alzó la mirada lo suficiente para ver que el hombre se acercaba a ella con paso firme, y la gente se apartaba misteriosamente ante él. A pesar de la escasa iluminación, la determinación de su mirada hizo que le subiera la adrenalina en la sangre.

¿Quedarse ahí o huir?, la respuesta no estaba clara, porque su mente le decía que huyera, pero su cuerpo se negaba, quería quedarse le gritaba, mientras el hombre seguía avanzando con largos pasos, acortando la distancia entre ellos, sus pies se negaban a moverse, estaba anclada al suelo.

El hombre se detuvo frente a ella, enorme con túnica de cuero y malla, su cabello suelto a la altura de un rostro que exudaba poder, mandíbula firme y unos ojos tan negros que resplandecían.

Defne tenía la boca seca cuando alzó la vista para mirarlo, pero tal vez era solo el calor que parecía irradiar del cuerpo del hombre en aquella noche fría y envuelta en niebla.

Le ofreció la mano, ella se la acepto y él se la estrechó. Ella sintió cómo le apretaba los dedos entre los suyos y sintió el calor. Era una sensación deliciosa que le recorrió seductoramente la sangre y provocó una respuesta en su bajo vientre, una sensación tan inesperada que despertó todas las alarmas en su cerebro.

–Tengo que irme –dijo retirando la mano de la suya y sintiendo la pérdida del calor de su cuerpo.

–Ven conmigo – le dice con una voz profunda e hipnótica.

Luego llevó su mano a su rostro, tocándola suavemente con el nudillo de un dedo, fue tan suave que Defne apenas notó el roce de su piel en la suya, pero, aun así, su contacto le provocó un profundo temblor por toda la columna vertebral.

Entonces él le alzó la barbilla hacia él y la miró fijamente, sus ojos eran de un negro intenso como la noche, y su fuerza la atraía.

Tal vez fue la niebla que enmudecía cada palabra, haciendo que cada expresión fuera más íntima de lo normal, porque de pronto la boca del hombre se cernió a escasos centímetros de

la suya y luego se acercó todavía más, su cálido aliento se mezclaba con las etéreas nubes de vaho, y entonces sus labios se encontraron con los suyos y el mundo se salió de su eje.

Él tenía los labios suaves, no lo esperaba de un rostro que parecía cincelado en piedra, tampoco esperaba ternura, pero había calidez y una sensación de dulzura en el modo en que deslizó sus largos dedos por su cabello, y la combinación resultaba letal.

El tiempo se detuvo, el sonido del gentío había desaparecido bajo los latidos de su propio corazón, el mundo se había reducido a aquel hombre, aquella mujer y la magia que los rodeaba como la niebla, Defne suspiró y la boca del hombre se movió por la suya, abriéndole los labios para poder saborearla, y el beso se hizo más profundo, más apasionado, y ella quería más.

Aquello sí era un beso, era un beso que le revolucionó los sentidos, un beso que le fundió los huesos y le provocó un cortocircuito en el cerebro, un beso que se abrió camino hasta llegar a su cuello…

Cuando finalmente él se apartó, a ella le temblaban las rodillas y tenía la respiración agitada, abrió los ojos y el placer se convirtió en terror, al ver la boca del hombre llena de sangre, sangre que corría por su rostro, luego su boca se curvó en una sonrisa que finalmente se convirtió en una risa diabólica.

CONTINUARÁ.

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