
CAPITULO 7
Apenas llegó a la habitación, Omer la depositó en el suelo y le dice
Ella se quedó inmóvil, mirándolo con sorpresa, dudó, pero terminó acercándose más a él, que la abrazó suavemente.
Unos segundos más tarde, sus labios rozaron los de ella, y la dulzura de su boca, estuvo a punto de cortarle la respiración. Él la abrazó con más fuerza contra su cuerpo, y se perdió en la intensidad del beso, ella murmuró de placer, y él profundizó el beso, metiéndole la lengua en la boca, pidiéndole mucho más.
Sin pensar en nada, ella lo abrazó con fuerza por el cuello y él la apretó contra su erección.
Cuando se separaron para tomar aire, ella aprovechó para decirle.
-Omer, quiero pedirte algo.
-Dime – le dice él mientras recorría su mejilla con pequeños besos.
-Quiero que me prometas, que el día que ya no me desees, me lo dirás a la cara.
-Defne eso no va a suceder, tengo tantas fantasías contigo, que voy a necesitar una vida para llevarlas a cabo.
-Solo promételo, por favor, y yo haré lo mismo.
-Si eso te hace sentir más segura y me dejas continuar con lo que iniciamos, te lo prometo, ahora yo tengo solo una pregunta para ti.
-Dime – le dice ella
– ¿Te gusta? – susurró besándola en el cuello
-No solo me gusta, me encanta – le dice suspirando.
– ¿Y esto?
Le mordió levemente el lóbulo de la oreja, y ella tembló entre sus brazos, y le comenzaron a flaquear las rodillas.
Él la sujetaba mientras ella flotaba, cuando le tomó un pecho con la mano y sus dedos se lo acariciaron con destreza, se sintió segura de sí misma y todas las barreras se desmoronaron.
Dejó escapar un suspiro, cuando la otra mano se abrió paso entre sus piernas. El asombro de que la acariciara íntimamente fue tan grande, que se quedó en blanco e, instintivamente, se contorneo contra la mano para sentir más placer.
Todo lo que le había parecido temible, e inalcanzable, le parecía de repente lo más natural del mundo.
La ropa era un accesorio innecesario y molesto y Omer parecía opinar lo mismo, porque, dejó de acariciarla para comenzar a desvestirse.
Mientras él se quitaba la camisa, se quedó maravillada por su cuerpo musculoso y bronceado, se quitó los zapatos con los pies y se bajó los pantalones a lo largo de los poderosos y bronceados muslos, quedó solo con unos bóxeres de seda negros y con el pelo despeinado, parecía más bárbaro que nunca.
Era mucho más alto que ella, mucho más grande, y le gustaba la sensación de sentirse pequeña y protegida a su lado… y deseada por un guerrero así.
–Eres preciosa, – le dijo él mientras le acariciaba el pelo con delicadeza.
Ella contuvo el aliento y miró hacia la cama, tomó aire, esto era una locura, pero ¿qué sería la vida sin un poco de locura?
La mirada de Omer era cálida y eso la relajó, e hizo que se estremeciera por el deseo, quería estar cerca de él, que la acariciara y que la tomara entre los brazos.
–¿Y esto…te gusta?
Defne gimió cuando los pulgares de Omer le rozaron los rizos de la entrepierna. No se detuvo ahí. Comenzó a realizar lentos círculos alrededor del vello mientras seguía masajeándole la parte interna de los muslos con los dedos. Poco a poco, los pulgares fueron bajando.
–Dios… – susurró ella
Defne abrió los muslos con un largo suspiro. Las caricias de aquellos dedos eran como un valioso regalo.
Entre oleada y oleada de sensaciones, a ella se le ocurrió que, si aquello eran los preliminares, llevaba muchos años perdiéndose la verdadera esencia de la vida.
Tenía los ojos entrecerrados, medio embriagada con las sensaciones, era fantástico sentir los dedos, pero lo que quería de verdad, era tenerlo dentro de ella, muy profundamente.
Entonces, él comenzó a bajar, se tensó y le sujetó la cabeza.
–¡No!
–¿Por qué?
Estuvo a punto de confesarle que ella nunca… pero entonces sintió la lengua contra la tierna carne de su feminidad y las sensaciones le impidieron seguir pensando, él la volvió loca de deseo, para no caer, tuvo que sujetarse de los hombros de Omer.
Nada podía apartarla del gozo creciente, de la magia que aquella lengua y aquellos labios le estaban dando. Incluso los dientes, mordisqueando suave, pero… oh, tan placenteramente. Los dedos jugaban en la entrada de su cuerpo mientras que los labios se ocupaban de la parte más sensible de su femineidad.
Entonces, los dedos encontraron su camino y ya no hubo vuelta atrás. El deseo se apoderó completamente de ella y alcanzó el orgasmo, un clímax tan ruidoso que, probablemente, la oyeron en la ciudad.
–Me parece que te gusta…
El verbo gustar no describía lo que sentía.
Ella exhaló el aire entrecortadamente y tuvo que volver a la realidad.
–¿Sabes lo ardiente, húmeda y dispuesta que estás? Sin embargo, si quieres algo más de mí, tendrás que decirme exactamente qué es lo que quieres.
–Todo, lo quiero todo.
Él esbozó esa sonrisa provocativa que siempre despertaba oleadas de deseo en ella.
–Acuéstate en la cama – le dice luego de quitarle el vestido.
Se le cerró la garganta, se le paró el corazón, se tambaleó por el deseo y él tuvo que sujetarla y ayudarla a acostarse en la cama.
–Y… esta vez… no me detendré – le advirtió él con la voz ronca – desde hoy, serás la única mujer a la que quiero complacer, la única mujer que quiero que se desmorone de placer entre mis brazos, voy a disfrutar dándote placer y observándolo.
La besó con avidez. La tomó de la nuca con una mano y le acarició la mejilla con la otra mirándola a los ojos.
–Va a ser una noche larga, Defne.
Omer se acostó a su lado.
–Ven – le dice.
Ella se acercó y él la tomó entre los brazos. Hacía que se sintiera segura y que eso le pareciera muy bien. Además, como estaba tan relajado, ella también podía relajarse. La acarició y besó para aplacar su ansiedad y estaba más que dispuesta cuando él le tomó los pezones con la boca, uno después del otro, hasta que jadeó de placer.
Cuando introdujo una mano entre sus muslos, sin dejar de succionarle los pezones, ella se preguntó si podría desmayarse de placer.
–¿Quieres algo más?
¿Cómo iba a pensar si el corazón le latía como una ametralladora? Eso era natural para él, pero para ella… Contuvo el aliento cuando él le puso una almohada debajo de las caderas.
–– Relájate y dime cómo te sientes.
– Excitada – reconoció ella riéndose con tensión– . Y… expuesta, pero no quiero que pares.
–Entonces, ¿confías en mí?
–Eso parece…
–Bravo, – susurró él acariciándole la oreja con el aliento– . ¿Esto es en lo que estabas pensando?
–Sí…
–¿Y esto?
Él le pasó la yema de un dedo casi por el borde de la braga …y se la quitó.
–No vas a necesitarla – le explicó
Le encantaba que la abrazara, mientras le separaba los labios y le acariciaba con su lengua el interior de su boca, lo hacía con tanta delicadeza y destreza que estaba al borde del límite.
Gimió del placer, necesitaba eso con toda su alma y agradecía que Omer supiera todo lo que había que saber sobre el placer y cómo proporcionárselo a ella.
Él era el director, ella la orquesta que había elegido.
–¿Te gustó? – le preguntó él cuando ella se había apaciguado un poco.
–¿Tú qué crees?
–Una vez nunca es suficiente – confirmó él mientras iba bajando el cuerpo.
–¿Qué haces…?
Ella no pudo hacer casi la pregunta cuando notó su lengua, sus labios y sus…
–¿Otra vez? – propuso él.
–Sí, por favor.
Ella jadeaba para tomar aire, pero en vez de sentirse saciada, anhelaba más. Abrió los ojos como platos cuando Omer introdujo un dedo dentro de ella.
–¿Te duele? – susurró él.
Ella necesitaba un momento para poder hablar, para acostumbrarse a esa sensación, al asombro, él aprovechó ese momento para estimularla con la otra mano y ella se olvidó de por qué había tenido miedo.
–¿Te gusta?
Le gustaba tanto que no quería que acabara.
–Sí…
–¿Y ahora? – preguntó él introduciendo otro dedo.
–Sí… Sí…
Ella fue ganando confianza y acostumbrándose a esa sensación nueva, pero él no dejaba de excitarla. No tenía prisa. Tenían toda la noche. Ella se olvidó de los miedos y se estrechó contra él, quien la tomó por la espalda con la mano que le quedaba libre, y como si fuesen amantes desde hacía años, se sentía segura entre sus brazos y muy excitada.
El cuerpo de Omer era magnífico, pero lo que la mantendría a salvo era el hombre que había debajo. No existía un sentimiento parecido. Todo su cuerpo vibraba por la excitación y estaba preparada para lo que se avecinaba… en su corazón, en su cuerpo y en su alma. Ansiaba la liberación física, introdujo los dedos entre el pelo de él. Era un pelo fuerte y viril, como todo él. Era una tortura que él aumentó al jugar y chupar su clítoris, una deliciosa tortura.
–Eres despiadado – murmuró ella.
–Tienes suerte… – replicó él con una sonrisa maliciosa.
–Tienes razón – concedió ella jadeando– ¿Durante el tiempo que dure?
–Quiero que te quedes aquí conmigo …
–Es lo que tenía pensado. – le dice ella con una coqueta sonrisa
Se quedó sin respiración cuando se puso encima de ella, apoyado en los brazos, y la besó en los labios, los ojos, la frente y el cuello. Entonces, la besó en la boca y se sintió dominada por una oleada de sensaciones. Dejó escapar un grito tembloroso cuando él puso un muslo entre los de ella, se dejó arrastrar por las sensaciones, y ni siquiera se puso tensa cuando la rozó con la punta de la erección para provocarla. Acabó entrando con mucho cuidado y casi la llevó hasta el límite con profundas caricias.
Fue una sorpresa maravillosa darse cuenta de que quería más. Daba y recibía, acometía y se relajaba, subía y bajaba, se arqueaba… Todo ello rítmicamente y con avidez. Ansiaba que él le diera más de lo que se había imaginado posible.
Ella no pensaba en nada y estaba al borde del límite, cuando él aceleró el ritmo, supo que ambos estaban llegando al orgasmo, ella fue la primera en hacerlo, y con un gruñido lo hizo él, sintió como se vaciaba dentro de ella
Hicieron el amor toda la noche. Ninguno se cansó. ¿Por qué iban a cansarse? Ella llevaba mucho tiempo esperándolo y él era inagotable. Estaban hechos el uno para el otro. Había resultado que ella era insaciable sin saberlo y que él tenía todas las respuestas a sus necesidades.
CONTINUARÁ
