
CAPITULO 9
-Pero, ¿y esto?
-Esta es la manera en la que quiero decirte que estoy enamorado de ti, que desde la noche que pasamos juntos, no ha habido ni habrá otra mujer en mi vida.
– No sabía que podías llegar a ser tan romántico, tengo que reconocer que me equivoqué contigo.
—No del todo.
—Sí —con un movimiento suave y seductor, acercó la boca a la de él.
En su mente estalló una fiesta de fuegos artificiales, Defne no se guardó nada, metió los dedos entre su pelo y con los labios exploró cada centímetro de los de él, saboreando, pidiendo más. Él le mordisqueó el labio, jugueteando. Ella gruñó y abrió la boca y, con la lengua, le abrió los labios a él, pidiéndole que le devolviera el beso, lo que él hizo fascinado.
Cuando por fin se separaron, los ojos de ella expresaban claramente lo que tenía en mente
-No me mires así -le dice Omer
– ¿Cómo así?
-Así como si quisieras comerme.
-Y ¿si te digo que eso exactamente lo que quiero hacer? – le dice ella con una picara sonrisa
-Te diría… que es lo más sexi que nadie me ha dicho, pero me gusta amarte lentamente, podemos esperar a llegar a casa.
-No, – le dice ella – es demasiado tiempo, te necesito aquí y ahora.
-Sus deseos son órdenes para mí, ven acompáñame.
– ¿Adonde?
-Ya lo veras
Omer, la llevó hasta una habitación que estaba vacía, cerró la puerta detrás de él y le puso seguro.
– ¿Sabes acaso cuanto me hiciste sufrir estos meses?
-Tengo una leve idea, – le dice ella mientras tragaba saliva.
-Eres una mujer muy mala, – dice mientras se acerca a ella muy lentamente, – he deseado hacer esto todos los días.
– ¿Qué? – dice ella – no hables, solo demuéstramelo
-Estas muy exigente esta noche, mi amor.
Luego le hundió las manos en el cabello, le quitó el abrigo de los hombros y lo dejó caer al suelo. Todo ello sin dejar de besarla apasionadamente, ella contuvo la respiración cuando él la tomó en brazos. No dejaba de murmurar palabras en italiano, a pesar de que ella entendía el idioma, no comprendía ninguna de ellas. Sin embargo, no era necesario. No había que ser un experto en idiomas para comprender lo que él estaba diciendo. Los sonidos primitivos de deseo y necesidad eran internacionales.
Le puso las manos a ambos lados de las caderas y la estrechó contra su cuerpo para que ella pudiera notar la firmeza de su deseo. Volvió a besarla y a medida que el beso se fue profundizando y haciéndose más urgente, sintió que él la sentaba en una mesa.
Entonces, abrió los ojos de par en par.
–Te deseo –susurró él– , no solo te deseo, te necesito.
Defne encontró aquellas palabras tan eróticas, luego sintió que él le acariciaba el vientre.
-Duérmete – le dice a su hija – porque esto es solo para los papás.
Luego lo oyó que emitía un gemido de placer cuando comenzó a levantarle el vestido.
–Omer… –dudó ella.
–Te deseo, llevó semanas deseando este momento y ahora por fin ha llegado. No creo que pueda esperar ni un segundo más.
-No te iba a detener, solo te iba a decir que estas autorizado a romper el récord nuevamente.
Él solo le sonrió, mientras sus manos seguían recorriendo sus muslos, disfrutando de la sensación al tocar su piel.
Cerró los ojos cuando llegó a las braguitas y, con impaciencia, las apartó. Estaba muy húmeda. Él notó el aroma de su sexo e inmediatamente deslizó los dedos por la caldeada carne para luego comenzar a moverlos con gran habilidad.
–Omer… –susurró ella de nuevo.
–Quiero verte –dijo.
Llevó los dedos al escote del vestido y comenzó a desabrocharlo. A los pocos segundos, dos preciosos senos quedaron al descubierto.
–. Madre di Dio – susurró mientras le acariciaba la suave piel–Tienes el cuerpo más hermoso que he visto jamás.
Luego se puso de rodillas, le separo las piernas y donde antes estaba su mano, ahora sentía su lengua.
Apenas su lengua hubo entrado en contacto con la cálida y húmeda carne que había debajo de las braguitas. Oyó que ella lanzaba un pequeño gemido de placer.
Jugó con su sexo, lamiendo, chupando, mientras escuchaba a su amada gemir y revolcarse sobre la mesa, le gustaba su sabor, su olor, el sexo con Defne, era algo que le gustaba disfrutar lentamente, pero en este momento era demasiado su deseo y podía sentir que ella estaba en la misma posición.
El corazón le latía con fuerza cuando se puso de pie, se bajó la cremallera del pantalón y le deslizó a ella las braguitas hasta las rodillas.
La acomodo en la orilla de la mesa y la comenzó a penetrar, en aquel momento él se sintió presa de un deseo tan poderoso que gruñó desesperadamente cuando volvió a hundirse en ella. Durante un instante, no se movió. Bajó los ojos para ver la sorpresa reflejada en los de Defne, pero ella cerró rápidamente los párpados. Era como si le estuviera dando acceso completo a su cuerpo.
Defne se quedó completamente inmóvil cuando la penetró y, durante un momento, él se detuvo. Instantes después, comenzó a moverse. Tenía una mano extendida sobre el trasero desnudo de ella, ayudándola a colocarse a horcajadas sobre él y rodearle las caderas. Se hundió en ella y comenzó a besarla apasionadamente.
Defne le hundía las uñas en la espalda, pero él no notaba aquella incomodidad.
Comenzando a moverse lentamente. La mantuvo a punto durante mucho tiempo, hasta que ella estuvo lo suficientemente relajada como para dejarse llevar.
Omer estaba seguro de que jamás había tenido tanto cuidado con una mujer.
El cuerpo de Defne comenzó a cambiar. Él pudo sentir la tensión acrecentándose dentro de ella hasta que terminó por romperse. Entonces, lanzó una serie de pequeños gemidos antes de echarse a temblar debajo de él. Omer no tardó también en dejarse llevar. Notó que el corazón le latía muy fuerte contra el de ella mientras los dos permanecían abrazados.
–Defne… –susurró con incredulidad.
–Oh Dios, necesitaba esto –le dijo.
–Esto es solo un aperitivo, mi amor, cuando lleguemos a la casa, te voy a amar como quiero y como te mereces
–Se me harán eternas estas horas – fue la respuesta de ella.
-Esa es mi Defne – le dice mientras le ayuda a levantarse y comenzaba a abrocharle el vestido
Volvieron al salón, y ya había personas admirando su trabajo, mucho de ellos querían comprar los cuadros.
-Quiero este – dice Defne, mirando el cuadro donde él la pintó acostada en la cama desnuda solo con los zapatos rojos que llevaba la noche que se conocieron.
-Claro, es tuyo, te lo regalo. – le responde Omer
-No, quiero comprarlo, ¿Cuánto vale?
-Pero ¿por qué quieres pagar por él, si te lo puedo regalar?
-Porque sí, simplemente.
-Y si me lo pagas de otra manera – le susurra él al oído.
-Mmm, y ¿Cuál sería esa manera?
-No lo sé, tu imagínalo.
-Muy bien, tengo un par de horas para imaginar cual es el valor de ese cuadro en particular.
Y las horas pasaron demasiado lento, para los pensamientos que nacían en la mente de Defne.
Por fin pudieron irse a casa, tras hablar con el conductor y pedirle que los llevara a su casa, cerró el panel que separaba las dos partes del coche.
De repente, estaban en un espacio cerrado, de cristales ahumados. Y las consecuencias fueron inevitables, porque los dos llevaban demasiado tiempo esperando ese momento.
Su ropa desapareció en cuestión de segundos y, mientras él le metía una mano entre los muslos, ella cerró las suyas sobre su erección.
–Déjame hacerlo –dijo, con cuidado se arrodilló en el suelo de la limusina.
Omer se recostó en el asiento, separó las piernas y permitió que lo chupara y lamiera una y otra vez, ansiosa.
–No hay nada más placentero que darte placer –declaró ella, deteniéndose un momento
Él gimió, encantado.
–Lo haces muy bien.
–¿Y eso te sorprende? ¿Cómo lo voy a hacer mal, si estoy aprendiendo con el hombre más sexy del mundo?
Defne siguió chupando hasta que él se dio cuenta de que estaba a punto de llegar al orgasmo y, como no quería que las cosas terminaran tan pronto, sacó fuerzas de flaqueza, la apartó con suavidad y dijo: –Ahora me toca a mí.
–No es necesario.
–Oh, sí, claro que lo es.
–Está bien –dijo ella, soltando un gemido de excitación.
Omer llevó una mano a su sexo y se lo empezó a acariciar. Sabía lo que necesitaba. Conocía el ritmo y la intensidad que le gustaban. Y, por supuesto,
se sintió inmensamente satisfecho cuando alcanzó el orgasmo.
–¿Quieres más? –preguntó entonces–. No te preocupes por el posible cansancio, porque te volveré a excitar cuando lleguemos a casa. No hay necesidad de esperar.
–No sé si podré… –admitió, con voz temblorosa.
–Por supuesto que puedes.
Omer volvió a concentrar su atención en el punto más sensible de su cuerpo, con tanta intuición y delicadeza como antes. Y, tras una serie de potentes descargas iniciales, ella llegó a un clímax más feroz que el anterior.
Justo entonces, la limusina que detuvo.
–Qué oportuno –dijo él–. Vistámonos, y te prometo que te daré otra recompensa cuando entremos en la casa.
CONTINUARÁ
