CENICIENTA DE LOS ZAPATOS ROJOS CAPÍTULO 10 Y FINAL

CAPITULO 10 Y FINAL

Después de vestirse, Omer dio las gracias al chofer, abrió la puerta a Defne y la llevó al interior de la casa, donde la tomó en brazos y se la llevó a la habitación.

La subió por la escalera, y ella apoyó la cabeza en su pecho, de modo que podía escuchar el latido de su corazón, le parecía estar en una película cuando Omer, dio una patada a la puerta para entrar. Irreal, igual que la excitación que le recorría el cuerpo a medida que él, le bajaba la cremallera del vestido, y dejaba que cayera sin ningún cuidado sobre la alfombra.

A continuación, le siguió el sujetador, y ella emitió un gemido de placer, cuando le deslizó los dedos en los extremos de las braguitas y se las quitó. Omer mostró la misma falta de cuidado por su propia ropa, se la quitó del cuerpo como un hombre perseguido por el diablo, pero, cuando estuvieron los dos desnudos en la cama, ralentizó las cosas.

–Estas curvas… –dijo mientras le acariciaba los senos, pasando por su abultado vientre, hasta llegar a sus caderas.

–¿No te gustan? –preguntó ella jadeante.

–¿Qué te hace pensar eso? Me gustas delgada y me gustas más redondita.

Le deslizó despacio la yema hasta ponérsela entre los muslos, acariciándole con indolencia el húmedo calor en un movimiento rítmico.

Ella se estremeció y tuvo que contener un gemido de frustración cuando Omer apartó la mano, pero solo fue el tiempo que él se demoró en acomodarse entre sus piernas y entonces su boca, siguió el mismo camino que sus dedos, contuvo la respiración, al sentir sus labios mezclándose con el suave vello de la entrepierna, antes de que hundiera la cabeza profundamente entre sus piernas y le lamiera la piel resbalosa y caliente.

–Omer –jadeó, a punto de saltar de la cama de placer–. ¿Qué… qué estás haciendo?

Él levantó la cabeza y la miró con sus negros ojos.

–Voy a comerte, mi amor –susurró bajando la cabeza para continuar con su tarea.

Ella dejó caer la cabeza sobre la almohada mientras él le hacía maravillas con la lengua, disfrutando del modo en que le aprisionaba las caderas con la firmeza de sus manos. Alcanzó el orgasmo tan rápido que la pilló por sorpresa, igual que la rapidez con la que se puso detrás de ella y la acomodó de lado, para penetrarla mientras su cuerpo todavía temblaba con aquellos deliciosos espasmos. Ella lo tomó de las nalgas y él inició un ritmo suave y seguro que hizo que sus sentidos cantaran.

Pero de pronto las facciones de Omer se endurecieron y se quedó quieto dentro de su cuerpo.

–¿Cuánto tiempo crees que puedo contenerme para no llegar al clímax?

–¿Tienes que contenerte? –apenas le salían las palabras con Omer dentro de ella.

–Eso depende, lo haré si vas a tener un tercer orgasmo, lo cual es mi intención –murmuró–. De hecho, mi idea es hacerte llegar tantas veces que por la mañana hayas perdido la cuenta.

–Oh! – dijo Defne.

Ella gimió cuando deslizó el dedo, para encender el tirante nudo de nervios que tenía entre las piernas, y empezó a frotarse contra ella mientras seguía en su interior. El placer que le estaba dando era casi insoportable.

Contuvo el aliento mientras el placer y la presión se combinaban en una fuerza imparable. Hasta que todo a su alrededor se hizo añicos. Escuchó gemir a Omer cuando su propio cuerpo empezó a convulsionar antes de colapsar finalmente. Apoyó la cabeza en su hombro y la abrazó por la cintura durante unos segundos hasta que ella se sintió como si estuviera flotando en una nube.

¿Le había dicho de verdad que no se había acostado con nadie porque no había sido capaz de quitársela de la cabeza? Sí, se lo había dicho, en medio de los gemidos que salían de sus labios, mientras ella lo masturbaba en la limusina, Defne exhaló un suspiro de satisfacción y apoyó la mejilla en su hombro.

Se quedó allí acostada largo rato, al final, se quedó dormida entre sus brazos, absolutamente agotada.

Eran las cuatro de la mañana, cuando ella notó la primera contracción.

Salió de la cama sin molestar a Omer y bajó al primer piso, se sentó en el sillón con las piernas cruzadas para observar la salida del sol.

A las cinco, empezó a sentirse peor y, a las siete Omer llegó a su lado

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Estoy bien —contestó ella con una sonrisa – es solo que tengo contracciones

—¿Estás segura?, ¿Quieres que vayamos a la clínica?

Ella asintió, y Omer al ver que empezaba a respirar por la boca supo que llegaba otra contracción.

Cuanto antes, se encaminaran a la clínica mejor, tomó la maleta, la ayudó a levantarse, puso en sus hombros el abrigo que llevaba puesto esa noche, abrió la puerta, pero ella se detuvo en seco.

Se quedó aferrada al umbral, jadeando como si acabara de correr una maratón.

—¿Qué pasa? ¿otra contracción?

—Si —resopló ella

La contracción había acabado y él notó en su rostro que volvía a sentir aprensión.

—¿Tú también estás nervioso? —le preguntó.

Estaba nervioso, asustado y media docena de cosas más. Pero esbozó una sonrisa, negó con la cabeza y le ofreció la mano.

—No, aun es muy pronto para que nazca nuestra hija.

Ya en la clínica comprendió que tal vez no, porque Defne siguió con contracciones y estaba agotada, y él también. Había estado con ella en la sala de dilatación, frotándole la espalda, al poco de empezar el proceso había aprendido, de la manera difícil, a no darle la mano cuando llegara una contracción, Defne nunca le había parecido una mujer fuerte, pero cuando sus dedos aferraron los suyos como una tenaza, le había costado no gemir y caer al suelo de rodillas.

—¿Eso ha sido para compartir un poco de dolor? —había bromeado cuando ella lo soltó.

—¿Qué? —ella lo miró confundida.

—Nada —había sacudido la mano con discreción, esperando que volviera a circular la sangre.

El doctor entró poco antes de las once para comprobar sus progresos.

—Creo que no siguió mis consejos, he hizo demasiado esfuerzo, su bebé quiere nacer, pero aun es muy pronto, sus pulmones no están maduros, pero le administraremos un medicamento para ayudarlos a madurar rápidamente, tenemos tiempo, el parto todavía tardará un rato, volveré dentro de una hora.

Cuando el médico volvió, poco antes de las doce, Defne sólo había dilatado medio centímetro más, iba a ser un largo día.

Los signos vitales del bebé estaban siendo monitorizados y el médico no parecía preocupado. Pero Omer sí lo estaba, la bebé recién había enterado las 36 semanas, sabía muy bien lo peligroso que era que los bebés nacieran prematuros y ver a Defne sufrir era aún más angustiante

Le preguntó a una de las enfermeras.

—¿Cuánto tiempo va a durar esto? Defne ya ha aguantado mucho. No sé si podrá soportar mucho más —tampoco sabía cuánto podría aguantar él. Era un infierno verla retorcerse de dolor y no poder hacer nada para ayudarla.

La mujer sonrió y le dio una palmadita en la mano.

—Podría ser una hora, dos o incluso tres, es difícil saberlo, los bebés siguen su propio ritmo, pero no se preocupe, su esposa lo está haciendo bien, muy bien, su hija estará aquí antes de que se dé cuenta.

Eran casi las tres cuando por fin dilató lo suficiente para poder empezar a pujar.

La llevaron a la sala de parto, la prepararon y un momento después ingresa Omer, ella lo reconoció con verle los ojos, se puso a su lado, le tomó nuevamente la mano y cada contracción, él le besaba el pelo, y así hasta que ella dio el último empujón.

—Es una niña —dijo el médico, alzando a la llorosa criatura para que ellos la vieran.

Una niña, tal y como había mostrado la ecografía, a través de las lágrimas vio unos bracitos agitándose y una carita arrugada que le robó el corazón.

—Mi hija —susurró Omer allí estaba su hija. Por fin, el milagro que había estado esperando. Se preguntó si habría otro sentimiento más grande que lo que estaba sintiendo en ese momento.

Un rato después, trasladaron a Defne a una habitación privada con el bebé.

Unos minutos después, Omer asomó la cabeza por la puerta antes de entrar. Tenía el rostro cansado y a ella le dio un vuelco el corazón al verlo así. Sí que lo amaba.

—Hola, mami.

—Hola papi —sonrió ella

—¿Lo somos verdad?

—Y así es —extendió una mano hacia él para que se acercara— aquí esta nuestra hija, duerme bellamente

Omer, sonriente, fue hacia la cama

—Ya te dije que sería hermosa si se parecía a su madre.

—Pero también es perfecta, porque se parece a su padre.

Su corazón se llenó de amor y ternura, al mirar la diminuta carita de su hija que estaba envuelta en una mantita rosada y llevaba un gorrito del mismo color

Estaba profundamente dormida, pero la enfermera le había asegurado a Defne que eso no duraría mucho.

—Dios, es preciosa —dijo con voz quebrada—pero sabía que lo sería, es igualita que tú.

—Tiene los ojos negros, y también tiene el pelo del mismo color—ella le quitó el gorrito para revelar una mata de pelo fino y oscuro, completamente de punta.

—Bonito peinado —rió él—. Tiene tu barbilla —la tocó con la yema del dedo índice y la niña, a pesar de que estaba dormida, alzó una esquina de la boca, como si supiera quién era—. ¿Has visto eso? Creo que ha sonreído.

—¿Quieres tenerla en brazos? —preguntó Defne, encantada con que él estuviera tan emocionado.

—¿Bromeas? —sonrió —. No se me ocurre nada que desee hacer más en este momento.

Alzó a la niña, sujetando su cuello y su cabeza con cuidado, se la acomodó en un brazo y se sentó al borde de la cama.

—¿Cuánto pesa? Parece ligera como una pluma.

—Dos kilos, cuatrocientos gramos.

—Eso está muy bien —dijo él sin apartar la mirada del rostro de la niña—. Veo que tiene todos los deditos, como mostró la ecografía

—Sí.

—Y tú mi amor, ¿cómo te sientes? —Omer se inclinó hacia ella y la besó en la frente—. Ha sido un día largo.

—Agotada y dolorida —admitió ella—. Debería estar durmiendo. Es la primera regla de la maternidad. Aprovechar para dormir cuando se pueda. Pero me da miedo cerrar los ojos, despertarme, y que el nacimiento de nuestra hija haya sido un sueño.

—Es real, y ella está aquí.

—¿Y tú?

—¿Qué quieres decir?

—¿Tú también eres real? —preguntó ella con voz queda.

—Ajá —él sonrió, casi como si entendiera la extraña pregunta—. Y tampoco voy a irme a ningún sitio. Así que cierra los ojos y duerme.

Con Omer sentado a su lado, con su hija recién nacida en brazos, Defne cerró los ojos y se rindió a un sueño tranquilo y pacífico.

Al otro lado de la ventana, caían grandes copos de nieve, que se unían a la reluciente alfombra, que ya había cubierto el amplio jardín.

Defne miró hacia fuera, y exhaló un suspiro soñador, era habitual en esta época que nevara, pero no disminuía que fuera tan mágico y tan hermoso.

Estaba agachada al lado del árbol de Navidad, donde acababa de colocar unos regalos, y alzó la mirada al ver a Omer entrar en la habitación.

Los copos de nieve se le mezclaban con el oscuro cabello. Había estado afuera dándole los últimos toques a un muñeco de nieve que sería lo primero que Emy viera al mirar por la ventana a la mañana siguiente.

Ella sonrió

Omer le había dado a escoger entre vivir en su casa, o en la de él, ella optó por la enorme casa que tenía Omer

–¿Por qué sonríes? –le preguntó él con dulzura acercándose al árbol de Navidad y ayudándola a ponerse de pie.

La expresión alegre de Defne no cambió.

–¿Necesito un motivo? –suspiró–. Soy muy feliz, más de lo que nunca creí posible.

–Bueno, qué coincidencia. Porque yo me siento exactamente igual –dijo él –. ¿Te he dicho últimamente que te amo, señora Iplikci?

Siempre la llamaba de esa manera, aunque nunca firmaron un papel o hicieron una ceremonia que los uniera legalmente, ellos se consideraban como marido y mujer.

Ya llevaban cinco años juntos y se seguían amando y ambos sabían que su amor duraría para toda la vida.

Ella frunció el ceño.

–Creo que lo has mencionado antes de salir a hacer el muñeco de nieve, para que lo sepas, yo también te amo y mucho.

Él inclinó la cabeza y la besó profunda y apasionadamente, Defne le acarició después la barba.

–¿Te gustaría que te diera esta noche parte de tu regalo de Navidad? –le preguntó ella acurrucándose entre sus brazos.

Omer la apartó para mirarla y alzó las cejas.

–¿Se trata de una oferta que no debería rechazar?

–Vamos a ponerlo de esta manera, lo llevo debajo de este vestido y necesito que me ayudes a quitarle el envoltorio. ¡Omer! –se rio al ver que la guiaba hacia el dormitorio–. No quería decir ahora mismo, sino más tarde.

–Mala suerte –murmuró él sin disminuir el paso–. Porque yo tengo algo para ti que no puede esperar.

Luego de hacer el amor, Omer inesperadamente sacó una cajita y la abrió. Dentro había un anillo con un diamante blanco que brillaba como una estrella gigante.

–¿Qué es esto? –preguntó ella sin aliento desde el interior de las sábanas revueltas.

Él le levantó la mano izquierda y le deslizó el anillo en el dedo anular.

–Nunca te regalé un anillo de compromiso, ni tampoco tuvimos la boda tradicional. –se llevó la mano de Defne a los labios y le besó las yemas de los dedos – ¿Por qué no te quieres casar conmigo, Defne?

Rodeó el cuello de Omer con sus brazos y miró sus preciosos ojos negros.

El corazón le dio un vuelco de emoción.

–Por qué. –le dijo sin aliento– no necesito un papel que me diga que tengo que amarte hasta que la muerte nos separe… porque te amaré durante el resto de mi vida.

Y así lo hizo, pasaron años, y años y su marido, no necesitó pintar cuerpos de mujeres desnudas, porque en su vida había encontrado una inspiración, el amor verdadero, que sentía por su esposa y por su hija y eso lo reflejó en cada nuevo cuadro, por el resto de su vida

FIN

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