Siri, muéstrame un lugar donde haya personas – le dice Defne a su celular.
—Muy bien, quinientos metros más adelante gira a la izquierda – le responde la voz computarizada de su teléfono.
Ella sonríe al escuchar la voz que emulaba a una mujer.
—Gracias, Siri —contestó bromeando mientras miraba al aparato.
Aunque aquel paisaje le gustaba, no era su preferido, en un arranque de locura y por querer alejarse del castigo que sabía recibiría de su abuela, ella tomó su auto y salió sin rumbo fijo.
Sabía que se merecía cualquier castigo que le impusieran, ya era la tercera vez que reventaba su tarjeta de crédito, su abuela ya se lo había advertido, una vez más y la internaría en una clínica para que la rehabilitaran de su adicción a las compras.
—En cien metros, gire a la izquierda —insistió la máquina. Ella obedeció y puso el intermitente. Una pequeña señal indicaba el número de la carretera. Menos mal que contaba con Siri, si no hubiera estado horas dando vueltas por aquellos caminos con el todoterreno.
El paisaje era impresionante, colinas verdes apenas salpicadas por algunos árboles y vallas.
Siri la guio hasta un rancho que estaba en mitad de la nada, la sensación de soledad y de espacio que le transmitía aquel paisaje, era justo lo que necesitaba después de la presión a la que había sido sometida este día.
Su vida se había convertido en un verdadero caos, pero al menos aquel viaje, aunque fuera muy corto, supondría un respiro. Era una oportunidad para olvidarse de todo
A su izquierda divisó varias construcciones, atravesó el cerco abierto y avanzó por un camino de tierra. Un arco de madera y hierro forjado le daba la bienvenida
Siri le anunció que había llegado a su destino.
Observó el rancho atentamente mientras conducía despacio. Todo estaba muy limpio y bien cuidado. Había un establo grande, un corral y dos casas de campo detrás. Las vallas estaban recién pintadas y todo parecía estar en su sitio.
Era muy distinto a Estambul, donde vivía ella.
El cielo era azul celeste e inmenso, diferente al azul intenso de los cielos de la ciudad.
Los caballos estaban pastando en las colinas y la hierba estaba verde, era un paisaje reconfortante e inquietante a la vez.
Se estacionó junto a una camioneta blanca que tenía el emblema del rancho pintado, salió del auto. Pensó que lo más correcto sería entrar en la casa y presentarse. ¿Pero después qué? El viento del oeste agitó su cabellera rizada y Defne se apartó el pelo de la cara. Pudo oír voces que provenían del establo, que estaba abierto de par en par. Aquellas personas podrían indicarle dónde dirigirse.
Defne oyó la voz aterciopelada de un hombre, aunque no lo estaba viendo. Durante un instante se detuvo, cerró los ojos y percibió el olor de la paja y el heno, por lo que lo pensó dos veces antes de entrar, aunque llevaba botas, sin duda no eran adecuadas para ese tipo de piso, además era seguro que estaría con excremento de caballo en todas partes y el olor seria horrible, solo con pensarlo arrugó la nariz
La voz masculina preguntó algo y una voz femenina le contestó. Defne no pudo entender la conversación. Se detuvo y de nuevo se preguntó si no debía pasar por la casa primero. No quería comportarse como una intrusa. En un impulso entró al establo y se encontró con el hombre antes de que pudiera darse media vuelta.
Él… el hombre, se quedó de pie, serio, enfundado en unas botas. Estaba acariciando un caballo, ella se quedó sorprendida ante su altura, tenía unas piernas muy largas cubiertas por unos pantalones vaqueros desgastados y llevaba una camiseta de algodón que marcaba los músculos de sus anchos hombros.
—¿Puedo ayudarla?
Él se quitó el sombrero. Tenía el pelo negro, los ojos aún más negros y con un brillo especial. El corazón de Defne se aceleró ante aquel gesto, aunque probablemente allí fuera lo más natural del mundo. Él sonrió, se acercó a ella y le dio la mano con energía.
Al sentir el contacto de su mano notó un escalofrío.
-Hola – dijo – soy Defne Topal, vengo de la ciudad y me temo que me perdí, ¿me podrían ayudar? Por favor
– ¿De dónde vienes exactamente? – pregunto el desconocido
-De Estambul, que hermoso – dice al tiempo que se acercaba al caballo.
Defne solo escuchó un coro de dos voces gritando ¡no¡, y luego vio como el caballo levantaba las manos aun mas alto que su estatura, las movía en el aire para luego ver como las dejaba caer justo donde se encontraba ella.
Solo tuvo tiempo de cerrar los ojos y ponerse las manos en la cara, no pensó en nada más que en el golpe que recibiría, pero el golpe nunca llegó, en su lugar sintió que alguien la empujaba y la botaba al suelo lejos de las patas del caballo.
Al abrir los ojos, se encontró con una escena sacada de una película de terror, el extraño tendido en el suelo con una herida en la pierna, sangrando, mientras el caballo se escapaba corriendo por el mismo lugar por donde ella había entrado.
-Lo siento, lo siento – dice entre lágrimas
-No te lamentes – le ordenó la mujer – antes de hacer algo tan estúpido como tomar un caballo sin preguntar…
-No! – escucha que dice el hombre, que aún se mantenía tendido en el piso – no la regañes, es una mujer de ciudad, ellas no entienden nada de caballos, mejor ayúdame a levantarme.
-Estás loco, tenemos que llevarte al hospital, si no me equivoco la yegua te rompió una pierna, dame un minuto llamaré a una ambulancia.
-Te digo que no es necesario, ayúdame a llegar a la casa.
La mujer lo tomó de la mano y trató de levantarlo, pero sola no podía, por lo que Defne se levantó del suelo, se secó las lágrimas y le tendió una mano.
Entre ambas mujeres lo levantaron por fin, Defne le tomó un brazo y se lo pasó por su hombro, y la otra mujer hizo exactamente lo mismo, pero la valentía del hombre solo le alcanzó para dar dos pasos, luego de eso, no fue capaz de nada.
-No, no puedo caminar, llama a los hombres para que me ayuden a llegar hasta la casa.
La mujer lo soltó y corrió hacia la salida del establo dejando a Defne sola con el hombre.
-Lo siento – le repite – sé que no debí tratar de acariciar al caballo, pero te prometo que no fue mi intensión causarte daño.
-Está bien, no pasa nada
– ¿Cómo que no pasa nada?, mira tu pierna y ¿si está rota?, Ay Dios! no debí venir hasta acá.
-Pero viniste, y lo que pasó ya pasó
-En todo caso no te preocupes, me iré y no sabrás más de mí, espero que me perdones.
– ¿Cómo que te irás?, ¿acaso no te enseñaron a hacerte responsable por tus errores?
-Yo… sí… pero ¿no sé qué puedo hacer?
-Voy a necesitar ayuda y como tú eres la responsable, tendrás que quedarte y ayudarme hasta que esté en condiciones de valerme por mí mismo, apropósito, soy Omer, Omer Iplikci.
-No sé si decir… mucho gusto, soy…
-Defne, ya lo dijiste.
La mujer volvió con un grupo de hombres que prácticamente se lo quitaron de los brazos a Defne.
-Un momento – grita Omer, mirándola – que ella venga con nosotros – termina de decir
-Yo… pero, yo…
-Ya lo escuchó, – le dice la mujer, por favor sígame.
-Pero no entiendo en que podría yo ayudar, no sé absolutamente nada del campo.
-De eso ya nos dimos cuenta, por ahora solo venga conmigo a la casa, ahí ya podremos saber porque Omer quiere que usted se quede.
Cuando llegaron a la casa los hombres dejaron a Omer sobre un sillón y luego salieron todos.
-Por favor – le dice Omer a la mujer, – ordena que nos traigan algo para beber.
-Muy bien, en todo caso el doctor ya debe estar por llegar – luego de eso se pierde por un pasillo de la casa.
-Siéntate – le ordena el hombre.
-Gracias, pero aun no entiendo que hago acá – Omer solo la miro con cara de enojado – sí, ya sé soy la responsable de su situación, pero le advierto que no sé nada de caballos o de algo relacionado con el campo, he vivido toda mi vida en la ciudad.
-De eso ya me di cuenta, en todo caso, cuando me revise el doctor veré que hago con usted señorita Topal
La mujer volvió con las bebidas y al mismo tiempo ingresó a la habitación el doctor.
-Bien, bien, ¿Cuál fue el caballo que te botó esta vez? – le dice el hombre con un maletín en la mano.
-Esta vez no fue su culpa – dice la mujer mirando con el ceño fruncido a Defne
Ella solo agachó la cabeza avergonzada.
-Bueno ya conoces el procedimiento, necesito que te quites los pantalones, para ver en qué condiciones esta esa pierna.
-Bien – dice el hombre, comenzando a desabrochárselos
-Un momento – exclama Defne, ¿no pensara sacarse los pantalones delante de mí?
-Puede mirar para otro lado si quiere – fue la respuesta del hombre.
-Puedo esperar en otra habitación o mejor aún podría seguir mi camino.
-No – le grita Omer – digo, sino no está acostumbrada a ver hombre en ropa interior, puede ir a la biblioteca, cuando el doctor termine, puede volver.
-Y ¿eso dónde queda?
-Por favor, ¿podrías llevarla? – le dice a la mujer
Esta asiente y camina dando por entendido que Defne tendría que seguirla.
-Haber quiero ver esa herida
-No es nada doctor
El doctor le tomó pierna, limpio la herida con suero y dejo al descubierto una cortada de unos pocos centímetros.
-Mucha sangre para tan poca herida, voy a suturar – le die el hombre de delantal blanco
-Bien – dice el doctor una vez que hubo cocido la herida y le puso una venda para cubrirla – en un par días ya podrías hacer tu vida normal
-Doctor, necesito pedirle un favor.
-Claro dime.
-Cuando vuelva la joven, podría exagerar las cosas un poco.
– ¿Y eso por qué?
-Digamos que si me ayuda, será el padrino de mi matrimonio.
– ¿Qué es tu novia?, porque no me habías presentado.
-Porque la conocí recién hoy
-Entonces… ohh!, entiendo, pero me deberás una cena en el mejor restaurant del pueblo.
-Cuente con ello.
Para cuando las mujeres volvieron a la habitación, Omer estaba sentado en un sillón con la pierna sobre un pequeño sitial, y con yeso hasta la rodilla.
-Bueno, esta vez no nos fue tan bien como las veces anteriores – les dice el doctor.
– ¿Cómo así? – preguntó la mujer preocupada.
-Además de la herida, el joven se quebró la pierna, esta vez no se libró, tendrá que hacer reposo absoluto.
-Pero doctor… – reclama Omer
-Nada de peros, no puedes mover la pierna, por lo menos por una semana, ya después veremos.
-Doctor, ¿está usted seguro?
-Iz, ¿vas a cuestionar la palabra del doctor?
-No, no se trata de eso
-A mi me lo pareció – le dijo el doctor enojado, luego se dirigió a Omer – te voy a enviar una enfermera para que cuide de ti por esa semana.
-No es necesario… – comenzó a decir la mujer, pero fue interrumpida por Omer.
-No, no es necesario, porque la señorita Defne, me cuidara.
-Yo!, pero porque yo, no sé nada de enfermería…
-Tú eres la responsable de que esté así, o te quedas a cuidarme o llamo a la policía y te acuso de entrar a mi propiedad sin permiso y atentar contra mi vida.
CONTINUARÁ

