La puerta de la habitación hizo un leve ruido y Defne se movió en su cama. Con los ojos entreabiertos, vio entrar a un hombre moreno. No se distinguía bien su figura en la habitación, apenas iluminada por la luz de la luna.
Él, cerró la puerta, y se acercó a la cama, ella vio algo blanco; ¿una camisa tal vez?
Poco a poco empezó a ver más. Era alto y de hombros anchos. Su cara estaba en sombras. Ella hizo un esfuerzo por ver más y notó que el hombre se estaba desabrochando la camisa. Luego se la quitó. La luna iluminó su pecho con su manto de plata.
No pudo ver su cara. No importaba.
Suspiró profundamente. Se sentía bien.
Lo sintió a su lado, sintió su cuerpo contra el de ella, cálido, duro, fuerte. Él la rodeó con sus brazos y ella se cobijó en ellos. ¡Él era tan grande y ella tan pequeña! Parecía que podía tragársela.
Se sintió feliz. Aquellos brazos eran sus dueños. En ellos se sentía segura, a salvo.
Sintió deseo. La inundó la esencia de él y la sangre empezó a galopar por sus venas.
—Hola —susurró él en su oreja.
—Hola —contestó ella, mareada por su presencia.
Y comenzó a besarla. Le dio tiernos besos detrás de la oreja. Luego llegó a la boca.
—Hueles delicioso —murmuró él.
Le acarició el cuerpo y ella disfrutó de aquel contacto. Sintió el deseo de su cuerpo y de su alma, y el deseo de amarlo, de abrazarlo, y de no soltarlo jamás.
Él susurró algo mágico y secreto que ella no comprendió, levantó la vista y lo miró, le acarició la cara, su barba era espesa, pero al mismo tiempo tersa.
—¿Quién eres? —preguntó ella en un susurro.
Lo que dijo, no lo alcanzó a escuchar y ella protestó con un gemido al notar la claridad.
Nooo, ¿Por qué?, quería oír los susurros de palabras de amor, la exquisita sensación de sus manos acariciándola. Cerró los ojos, deseando respirar la fragancia del hombre que había compartido su cama. Pero no lo logró. No quería dejar la magia de la noche, pero tenía que hacerlo.
Estaba despierta, no podía negar la triste realidad de que no había habido ningún amante en su cama por la noche.
Era la tercera vez que tenía el mismo sueño, había sido un sueño maravilloso, pero, ¿qué significado tenía?
Le resultaba muy extraño hacer el amor con un hombre que no conocía… Sin embargo, misteriosamente, el hombre le resultaba familiar.
Se levantó y se fue a la ducha, puso el agua caliente y se metió debajo.
Tenía que concentrarse en su profesión, se recordó, su meta no estaba en tener un hombre a su lado, aunque fuera aquel misterioso moreno que aparecía en sus sueños y le hacia el amor, salió de la ducha, se secó y volvió a su dormitorio.
Se vistió y cepilló el pelo mientras tarareaba una canción, finalmente, se lo recogió, le molestaba para trabajar, se miró en el espejo, sonrió, se maquilló un poco, fue a la cocina y preparó el café, se lo tomó a toda velocidad y se fue a la oficina.
Omer, tomó la hoja en la que había estado garabateando, la arrugó y la lanzó hacia la papelera en un arco perfecto. Cayó al suelo junto con otro montón de misiles estrellados. En ese momento, irrumpió Sinan y se paró a observar la papelera vacía y la montaña de papeles inservibles.
—Hoy estás ocupado, ya veo, tu puntería está fatal.
—Has venido aquí para algo o sólo para criticar mis lanzamientos.
—Ah, también estás de mal humor —se sentó y lo miró.
Él interpretó su mirada y dijo como enojado:
—No estoy de mal humor.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—No pasa nada —permaneció en silencio durante un minuto— no he podido dibujar nada decente.
—¿Como?, ¿desde cuándo?
—Hace unos días ya
– ¿Qué acaso te sientes mal?
-Físicamente no siento nada extraño, es solo que estoy bloqueado, pero ya se me irá a pasar.
-Tal vez estás cansado, la subasta te servirá para relajarte un poco y de seguro a la luz de las velas con una mujer bonita, te vuelve la inspiración, apropósito, ya confirmaste tu asistencia.
-No, aun no.
-Y ¿Qué esperas para hacerlo?
Se había pasado los últimos dos días pensando si debía o no aceptar ser parte de la subasta, pero la verdad es que necesitaba una excusa para acercarse a Defne y por más que lo intentaba, no se le ocurría nada, así que su única opción, era prestarse para modelar y venderse como jamás pensó que lo haría.
-Esta tarde pensaba ir.
-Bueno cuando vayas, saludas a Defne de mi parte.
– ¿Defne?
-Si, la mujer que vino el otro día, espero que ella pueda pujar y que lo haga por mí.
-Pero hasta donde sé es a sobre cerrado.
-Sí, así es, no sería loco llenar un sobre de dinero y aparentar que ella pujó por mí, así me aseguro que sea ella mi acompañante.
-Eso sería completamente loco, ¿la vas a llevar a cenar?
-Según entendí, el soltero podrá proponer la cita y las mujeres verán cual le interesa más.
-Sinan -dice apresurado – tengo que salir, volveré a la tarde.
-Vas a almorzar afuera o te espero para que vamos a algún lugar a comer.
-No lo sé aun, te aviso, ahora me voy, nos vemos
-Nos vemos.
Mirando absorta mientras el café caía de la maquina a la taza, Defne pensaba que cada vez que soñaba con el hombre moreno, su mente la traicionaba y la llevaba una y otra vez a revivir las sensaciones de sus caricias, en eso estaba cuando sintió que le tocaban el hombro, se sobresaltó y golpeó la máquina, provocando que el café se desparramara.
—¡Oh, mierd…! — se giró, solo para ver a Omer Iplikci detrás de ella—. ¿Tiene la costumbre de asustar de esta manera a la gente? —le dijo enojada.
—Lo siento, no fue mi intención
Quería responderle de la manera que pensaba se merecía, pero como mujer de negocios y acostumbrada a tratar con personas que, aunque no le agradaban, debía ser amable y cordial, buscó su mejor sonrisa y le dice.
-Señor Iplikci, ¿a qué debemos su visita?
-Omer, por favor solo dígame Omer.
-Señor Omer – le dice ella decidida a mantener la distancia con ese hombre – ha venido por algo en particular o solo vino de visita.
-La verdad vine a conversar con usted
– ¿Sobre qué?
-Es acerca de…
El timbre del teléfono de ella lo interrumpió.
—Defne ¿dónde estás?, ¿estás ocupada? —preguntó Yasemin.
—Estoy sirviéndome un café, y el señor Iplikci está conmigo —dijo y.… como esperaba, Yasemin colgó.
Defne en su mente podía ver a su socia corriendo y exactamente así fue, cuando llegó donde estaban ellos, traía una expresión de tanta alegría que ella solo pudo sonreír al verla.
—¡Omer Iplikci, en persona! – exclamó
—Hola, mucho gusto – la saluda
-Y ¿a qué debemos este honor – dice la mujer seductoramente.
-He venido a hablar con la señorita Defne, acerca de la subasta.
—Pero puedes hablar conmigo igual, no creo que a ella le importe.
—No, para nada —afirmó Defne—. Así yo puedo tomar mi café, por fin—sonrió a Omer con dulzura mientras Yasemin lo tomaba del brazo.
—Podremos hablar mejor en mi oficina— escuchó que decía su socia
Mas de una hora estuvieron reunidos en la oficina, desde fuera se podía escuchar las risas de Yasemin.
Por algún motivo le molestaba no poder escuchar lo que conversaban, y un poco más le molestaba que el señor Iplikci, con ella haya sido tan tosco y grosero, aquel día en su oficina, pero al parecer no le estaba dando el mismo trato a su socia.
Que me puede importar, se dijo, además de que ya era hora de comer y su estómago se lo estaba recordando, ordenó sus cosas, apagó el computador, tomó su bolso y salió de la oficina, solo para ser testigo de la brillante sonrisa que el señor Iplikci le ofrecía a su socia.
Yasemin iba abrazada a él como una anaconda enamorada. Se acercaron a ella.
—Omer ha aceptado graciosamente participar en la subasta de solteros —anunció Yasemin con evidente entusiasmo.
Defne, sorprendida, miró al hombre a la cara y dijo:
—¿Ha aceptado?
—Y no sólo para una tarde —dijo Yasemin—su acompañante podrá pasar todo el fin de semana en su compañía.
—Qué estupendo —dijo, esperando que él se diera cuenta de su tono burlón.
Así que, “Omer”, como lo llamó Yasemin, no solo había aceptado, sino que al parecer su oferta era la mejor de todas.
—Esta será la mejor de las ofertas —dijo la socia—, no me sorprendería si las apuestas alcanzaran miles de liras.
Sentía que sobraba, quizás al hombre le gustó Yasemin y la quería como acompañante. Quizás era por eso por lo que no sólo había aceptado participar en la subasta, sino que había alargado el premio de una única cita a todo un fin de semana.
Por lo que parecía, el señor Iplikci le gustaba su socia como ella gustaba de él. “¿Y a mí qué me importa? Nada, se dijo
-Los dejo, me voy a comer algo, nos vemos después Yasemin
Necesitaba salir de ahí y los ruidos que hacía su estómago eran la excusa perfecta.
—Espera y bajo contigo —le dijo el hombre—. Nos vemos en la subasta —se despide apresurado de Yasemin.
Defne no podía creer lo que estaba viendo, una dura mujer de negocios, estaba afectada como una adolescente.
Obviamente ella no iba a hacer lo que él le había pedido, caminó rápido hacia el ascensor, pero él fue más rápido y la alcanzó antes de que se abrieran las puertas
—Gracias —murmuró él cuando llegó a su lado
Ella apretaba con fuerzas el botón de bajada, desquitándose con el ascensor por ser tan lento.
—¿Por qué estás molesta? Pensé que estarías contenta ya que he decidido ayudarte.
—Señor Iplikci, creo que hay un mal entendido, usted no me está ayudando a mí, está ayudando a la fundación y por medio de ella, a muchos niños qué, sí, estarán agradecidos por su colaboración, si no me equivoco y por lo que acabo de ver, seguramente, más de una mujer estará dispuesta a pagar mucho dinero por el placer de su compañía.
—¿Y usted? —preguntó él mientras se subían al ascensor.
—No creo.
—Pero estará en la subasta, ¿me imagino?
—Para trabajar, los ahorros de mi vida, no podrían competir con el dinero que seguramente mi socia o cualquier otra mujer ofrezca por usted.
—Defne, ¿eres siempre así, o es solo conmigo?
—¿Cómo así?
-No lo sé, pareces molesta, pero ¿no estoy seguro si es solo conmigo o por qué razón?
-Yo podría preguntar lo mismo, ¿no cree?
-No te entiendo.
-Simple, el hombre, que me echó de su oficina, no se parece en nada al hombre que hizo reír a mi socia por más de una hora, por lo tanto, debo asumir que ninguno de los dos nos agradamos.
— ¿Qué le parece si la invito a almorzar?, permítame demostrarle lo equivocada que está, de ninguna manera usted me desagrada, – es todo lo contrario, pensó.
—Los hechos dicen mucho más que las palabras, señor Iplikci.
—¿Entonces?, ¿no me dejará que la invite?
—Mire, sé que debería estar agradecida por participar en la subasta… y lo estoy. Pero no quiero comer con usted, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo él amablemente— aceptaré tu negativa… por esta vez. Te veré en la subasta.
CONTINUARA.


QUE GRAN COMIENZO!!!!!!!!!!! sacan chispas los niños!!!!!!!!!! me encanta!!!!!!!!! MUCHAS GRACIAS MARTA!!!!!!!!!
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Genial, el sueño donde se manifiesta el inconsciente.
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