LA PRINCESA DE MIS SUEÑOS. Capitulo 4

Defne hizo un esfuerzo por abrir los ojos y se dio cuenta de que no
reconocía el lugar en que estaba, aún seguía en brazos de Omer, que
avanzó hacia una puerta que abrió con el pie, con los ojos semicerrados,
esperó a que la acostara en algún sitio, pero, en lugar de ello, la puso en
pie y un instante después un chorro de agua fría caía de lleno sobre ella.


La sorpresa le hizo dar un grito y trató de apartarse del agua, pero él la
retuvo con firmeza.
-Lo siento -dijo, por encima del ruido del agua-, pero esta es la mejor
forma de refrescarte.
-Está muy fría -protestó ella.
-Mejor, levanta la cabeza, deja que el agua caiga sobre tu rostro y tu
cuello, te sentirás mejor.
Defne hizo lo que le decía y, dentro de lo que cabía, sintió cierto alivio,
finalmente, Omer cerró el grifo.
-Toma esta toalla -dijo-. Te dejaré sola para que te desvistas – añadió, pero
cuando la soltó, estuvo a punto de caerse- Voy a tener que ayudarte.

  • ¿Lo harás? -preguntó ella, débil.
    Omer apretó los dientes.
    -Tendré que hacerlo.
    Se mostró muy valiente mientras desabrochaba los botones del vestido y
    se lo quitaba, ella se quedó tan solo con la ropa interior.
    -También hay que quitarte eso, o podrías tener una neumonía – dijo
    mientras la desvestía. Cuando estuvo completamente desnuda, la secó con la toalla, luego la envolvió en esta y la ayudo a sentar en una silla mientras él se quitaba la
    camisa mojada.
    -No tendría sentido que volviera a mojarte -murmuró mientras volvía a
    tomarla en brazos.
    En aquella ocasión la llevó al dormitorio y la dejo en la cama, pero no le
    quitó la toalla hasta el último momento, cuando, con la vista apartada, la
    cubrió con la sábana hasta la barbilla.
    -No te preocupes por nada -dijo con delicadeza-. Este es un lugar muy
    tranquilo y podrás recuperarte en calma.
    Acababa de hablar cuando sonó el timbre de la puerta, Omer salió y
    regresó enseguida acompañado por una mujer .
    -Esta es doctora -explicó él-, quiero asegurarme de que no es nada serio.
    Omer salió de la habitación enseguida, la doctora miró a Defne con una
    expresión muy cercana a la exasperación.
  • ¿Cuándo van a aprender de una vez a ser razonables respecto al sol?
    La doctora le tomó la temperatura, antes de dar su diagnóstico.
    -Tiene suerte de que la haya metido tan pronto bajo la ducha, superará lo
    peor pasando un día al fresco, después tendrá que tomárselo con calma
    unos días, puede salir, pero solo ratos cortos y totalmente cubierta.
    ¿Comprendido?
    -Sí, pero no puedo…
    -Le dejo estas pastillas para el dolor de cabeza, ahora me voy.
    Omer volvió al dormitorio con una taza unos momentos después de que se
    marchara la doctora.
    -Té -dijo, y dejó la taza en la mesilla de noche-. Para que te tomes las
    pastillas, deja que te ayude -pasó un brazo tras la espalda de ella y la
    sostuvo mientras bebía su té, que estaba perfectamente hecho-.
  • Enseguida
    te sentirás mejor, porque he puesto el aire acondicionado -dijo mientras la
    ayudaba a acostarse de nuevo-. Trata de dormir un poco cuando me vaya,
    prometo que nadie te molestará.
    Tras cerrar las cortinas para dejar la habitación sumida en la penumbra,
    se fue, ella permaneció quieta, a la espera de que las pastillas hicieran su
    efecto, poco a poco fue quedándose dormida.
    Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado, la cabeza apenas
    le dolía, pero aún se sentía muy débil.
    Las últimas palabras de Omer aún resonaban en su mente. «Prometo que nadie te molestará», las había dicho como un caballero que
    hubiera dejado su espada en la cama, entre su amada y él, como un
    caballeroso en un voto de castidad.
    Era un pensamiento desconcertante, tomando en cuenta que por
    momentos sentía que Omer la miraba con deseo, sin embargo, había
    apartado su mirada de ella todo lo posible mientras la desvestía, había
    algo que la desconcertaba aún más, aunque su mente le decía que debía
    tener cuidado porque era un completo desconocido, su corazón confiaba
    instintivamente en él.
    Volvió a adormecerse y se sumergió en un sueño en el que acababa
    deslizándose de forma imparable en el mar, extendía una mano en busca
    de algo a lo que aferrarse y encontró otra que la sujetó con firmeza y la
    libró del peligro, a continuación, volvió a deslizarse por el agua, pero
    entonces todo era música y felicidad a su alrededor.

  • Abrió los ojos en medio de una completa oscuridad, el dolor de cabeza
    había desaparecido y se sentía mejor, pero al salir de la cama comprobó
    que aún no se había recuperado por completo, necesitó casi todas sus
    fuerzas para llegar hasta la ventana y abrir las cortinas.
    Afuera había oscurecido y la única luz que entraba en la habitación era la
    de la luna, el lugar en que se encontraba daba a un pequeño jardín, no
    podía saber dónde estaba, Defne volvió a la cama y encendió la luz de la
    mesita.
    Había una bata a los pies de la cama que no estaba allí cuando se había
    quedado dormida, ¿Cuándo la habría dejado Omer?, no tenía ni idea, pero
    no había duda de que había entrado en la habitación y había vuelto a salir
    sin molestarla.
    Se puso la bata y abrió con cuidado la puerta de la habitación, esta daba a
    un cuarto de estar también sumido en la penumbra, logró localizar la
    puerta del baño y entró.
    En lo primero que se fijó fue en su ropa empapada colgando en el baño,
    perfectamente ordenada, como si se hubiera ocupado de ello un artista.
    Al verse en el espejo se quedó conmocionada, el color de su piel,
    normalmente pálido, había dado paso a un tono rosado que no encontró
    especialmente favorecedor. Cuando echó un vistazo bajo la bata,
    comprobó que el sol había quemado casi todas las zonas de su piel sobre
    las que se había posado.
    -Convertirme en una langosta no formaba parte del plan – murmuró.
    Se mojó el rostro con agua fresca, pero no le sirvió de mucho, había
    utilizado casi todas sus energías para llegar hasta allí, y el viaje de vuelta
    hasta el dormitorio se le presentaba como una auténtica maratón. Al salir del baño se fijó en que había alguien dormido en el sofá,
    evidentemente, este era demasiado pequeño para su tamaño pues las
    piernas le colgaban de uno de los brazos, su expresión de se suavizó al
    comprobar que se trataba de Omer.
    Quiso volver al dormitorio, pero le costó porque apenas le quedaban
    fuerzas, tras dar unos pasos se detuvo para apoyarse en el respaldo de una
    silla, la siguiente se hallaba a un par de metros, decidió dar unos pasos
    cortos hacia ella y uno más
    largo cuando estuviera cerca.
    Lo primero le salió bien, pero al ir a dar el paso más largo le falló el
    cálculo y acabó chocando contra el sofá, Omer cayó al suelo maldiciendo
    gráficamente.
    -Lo siento -dijo ella a la vez que se sujetaba del respaldo del sofá.
    Omer se puso de pie rápidamente, solo llevaba puestos unos pantalones
    cortos.

  • -No pasa nada -dijo, enseguida-. Sujétate a mí, ella lo hizo así, agradecida.
    -Pensaba que estaba mejor, pero cuando me he levantado…
    -Lo que te ha sucedido no se supera en cinco minutos. Necesitarás al
    menos un par de días para recuperarte. ¿Qué tal el dolor de cabeza?
    -Se me había pasado, pero está volviendo.
    -En ese caso, tienes que volver a la cama, te prepararé un té para que
    puedas tomarte otras dos pastillas, la doctora me ha dado todo tipo de
    instrucciones.

  • Habían alcanzado la cama, pero Omer hizo que ella se sentara en una silla
    mientras él cambiaba las sábanas y las fundas de las almohadas.
    Defne quiso quitarse la bata, pero entonces recordó que no llevaba nada
    debajo, entonces como si adivinara sus pensamientos él le señaló los
    cajones de una cómoda.

  • -Ahí encontrarás unas camisetas -dijo, y a continuación se fue.
    Ella eligió una camiseta y ya estaba en la cama cuando él volvió con el té,
    lo bebió agradecida y tomó otras dos pastillas para el dolor de cabeza.
    -Hay un timbre junto a la cama -dijo él- púlsalo si me necesitas.
    -Eres un enfermero estupendo -murmuró ella.
    -Duérmete.
    En aquella ocasión, Defne durmió plácidamente y despertó sintiéndose
    bastante mejor, al abrir las cortinas vio que el sol iluminaba las calles y
    respiró profundamente el aire fresco que entraba por la ventana, el dolor de cabeza no había desaparecido completamente, pero se sentía mucho
    mejor.
    Se puso la bata y se asomó al cuarto de estar, pero no vio a su
    anfitrión y dedujo que no estaba.
    La casa era un lugar tranquilo, de paredes blancas y suelo de cerámica,
    con un mobiliario escaso y más bien funcional.
    Al mirar el pequeño sofá del cuarto de estar no pudo evitar sentir cierta
    compasión por Omer, no era justo que él tuviera que dormir allí mientras
    ella ocupaba la cama.
    En el baño comprobó que su vestido no estaba en condiciones de ser
    utilizado, estaba preguntándose qué haría al respecto cuando oyó que se
    abría la puerta de entrada, al salir vio que Omer acababa de entrar
    cargado de bolsas, se apresuró a ayudarlo con algunas que parecían a
    punto de caer de sus dedos.
    -Déjalas en la cocina -dijo él-. no, solo esas, yo me ocupo de las otras –
    tomó un par de bolsas, las dejó en el sofá y luego fue a la cocina seguido
    por Defne-. Tienes mejor aspecto.
    -Me siento mejor, pero no me gusta estar roja.
    -Es un color saludable.
  • ¡No lo es! solo sirve para hacer saber al resto del mundo que soy una
    idiota.
    -No voy a hacer ningún comentario al respecto, deja que me siente, he
    pasado un buen rato cargando con todo eso.
  • ¿Quieres que prepare un poco de café?
    -No, gracias -contestó él, con más rapidez- yo me ocupo de preparar el
    café para los dos y luego tu comida, algo ligero como una sopa y.… sí, eso
    servirá.
    -He visto mi vestido… -dijo ella después de que vaciara las bolsas de la
    compra.
  • ¿Se ha estropeado por culpa de la ducha?, lo siento. supongo que debería
    habértelo quitado primero.
    -No -responde ella con firmeza-. No me estoy quejando; hiciste lo
    correcto, lo que me preocupa es el aspecto con el que voy a tener que
    volver al barrio.
    -Mira las bolsas que deje en el sofá.
    Defne fue al cuarto de estar y contempló el contenido de las bolsas con los
    ojos abiertos de par en par. -Sabía que ibas a necesitar ropa -dijo Omer desde el umbral de la puerta
    de la cocina-. Son unas cuantas prendas baratas del mercado.
    Esto hizo que Defne se sintiera incomoda, en una de las bolsas había un
    par de vaqueros blancos y dos blusas de color, cuando vio las demás
    prendas, comprobó que la talla era la exacta la que ella usaba.
  • ¿Has tenido el descaro de comprarme…?
    -Necesitas ropa interior -dijo él a la defensiva- disculpa, el café está
    saliendo -desapareció en la cocina y cerró la puerta.
    Defne se quedó examinando los sujetadores y las braguitas que le había
    comprado, eran prendas delicadas, de encaje, diseñadas para ser vistas,
    una mujer elegiría aquella clase de ropa interior si planeara desvestirse
    frente a un hombre y un hombre las elegiría si quisiera verlas en una
    mujer, o si quisiera ver cómo se las quitaba, o si quisiera quitárselas
    personalmente…
    Entre las compras también había un camisón, pero, a diferencia de la ropa
    interior, era una austera prenda de algodón abotonada hasta el cuello y
    nada sexy, no había manera de entender a aquel hombre.
    Alzó la mirada al oír que se abría la puerta de la cocina y vio que él apenas
    asomaba un ojo, parecía nervioso.
    -Oh, vamos -dijo Defne, riendo.
    -El café está listo. ¿He sido perdonado?
    -No estoy segura -contestó ella mientras entraba en la cocina-.
    Has tenido mucho valor comprándome unas braguitas como esas.
    -Pero a mí me gustan -contesto él inocentemente.
    -Y has tenido aún más valor comprándome un camisón que mi abuela se
    habría puesto encantada.
    -Creo que he hecho bien, mientras estés enferma es mejor que parezcas…
    -Omer dudó-… como una abuela. En realidad, nunca podrías parecer una
    abuela-pero sí a salvo, debes sentirte a salvo – se pasó una mano por el
    pelo, indeciso-. No me estoy expresando con demasiada claridad, pero
    espero que me entiendas…
    -Sí -dijo Defne, conmovida-. Te entiendo, es muy amable por tu parte
    pensar en mi seguridad.

    Alguien tiene que hacerlo. Estás aquí encerrada con un hombre,
    debilitada por la enfermedad, sin nadie que te proteja, debes vestirte con
    ropa recatada para evitar que se deje llevar por pensamientos vergonzosos
    respecto al aspecto que tendrías si no llevaras esa ropa, e incluso si no
    llevaras…
  • Será mejor que me ocupe de la sopa -concluyó él
    precipitadamente. -Pero no voy a seguir aquí más tiempo -dijo-. Debo volver a mi casa.
    -No creo, aún no estás bien y la doctora va a volver a verte hoy, ahora te
    sientes fuerte, pero esa sensación no va a durar.

  • De hecho, Defne ya sentía que las fuerzas se le estaban acabando, y
    cuando Omer puso el plato de sopa ante ella, la tomó agradecida, unas
    horas más le bastarían para recuperarse, pensó mientras volvía al
    dormitorio, donde encontró la cama recién hecha, he puso el camisón y se
    metió bajo las sábanas con un suspiro de placer.

  • Despertó justo cuando la puerta se abría para dar paso a la doctora.
    -Sí, parece estar mejor -dijo la doctora tras examinarla-. Pero debe
    tomárselo con calma al menos un día más, mañana puede salir, pero solo
    periodos cortos, y debe mantenerse alejada del sol.
    -Ya estoy bien como para volver a mi casa -dijo Defne con expresión
    culpable cuando la doctora se hubo ido.

  • -No -dijo Omer de inmediato-. Debes quedarte aquí, donde puedo
    cuidarte, mira hable con Sinan él y tu amiga no están en Estambul
    decidieron pasar el fin de semana fuera, si te vas ahora estarás sola en
    casa o de lo contrario tendría que ir contigo y para eso mejor nos
    quedamos aquí y descansas tranquilamente.
    _ ¿Omer?
    Dime ¿De quién es esta casa?
    _La alquile.
    _Pero si tú no tienes dinero o por lo menos eso me dijiste
    _No, yo dije que no tenia para pagar un hotel esa noche, pero ahora ya
    solucioné el problema y cuento con lo suficiente para poder darme
    algunos lujos, como este pasar unos días aquí contigo cuidándote.
    -Además -añadió él-, no me fío de ti.
  • ¿Disculpa?
    -Si no estuviera contigo seguro que harías alguna tontería, así que será
    mejor que sigas donde pueda vigilarte.
    -Puede que de momento lo deje, pero mañana me iré.
    -Te irás cuando yo lo diga.
  • ¡Sí, señor! ¿Puedo levantarme ahora y darme una ducha?
    Mientras Omer preparaba la cena, ella se duchó y se puso los vaqueros
    blancos y una blusa amarilla. – ¿Qué estás cocinando? -preguntó cuando entró en la cocina.
    —Para empezar, un arroz con champiñones _dejó de picar perejil un
    momento para volverse a mirarla-. ¡Bene! Tienes muy buen aspecto.
  • ¿De verdad?
    -Sí, no estaba seguro, pero ahora sé que he acertado con la talla, ¿Puedes
    alcanzarme esa cebolla?
    Defne estuvo a punto de tirársela.
    Luego, siguiendo sus instrucciones, puso la mesa que se hallaba junto a la
    ventana, aún no había oscurecido del todo, pero las luces de la calle ya se
    estaban encendiendo.
    Omer abrió una botella de vino blanco, y sirvió dos vasos.
    -Es muy ligero, así que no te sentará mal al estómago -brindaron _ de
    hecho, toda la comida que he preparado es ligera.
    Pasaron el resto de la noche sentados en el sofá, tomados de la mano,
    hasta que Omer dijo que había llegado la hora irse a la cama, pero tuvo
    que decirlo dos veces, pues ella se había quedado dormida sobre su
    hombro.
    A la mañana siguiente Defne despertó con la sensación de haberse

    recuperado por completo, mientras se vestía vio encantada que ya no
    estaba colorada.
    -Buenos días? -le dice ella cuando entra en la cocina.
    -Tienes un aspecto estupendo. ¿Cómo te sientes?
    -Mucho mejor que ayer, pero no me siento como normalmente – contestó
    ella, consciente de que ya nunca volvería a sentirse como antes.
    -En ese caso, hoy nos lo tomaremos con calma -dijo él-. Un desayuno
    ligero y luego un paseo.
    Su actitud hizo que ella se sintiera un poco culpable, pues le había dejado
    creer que se sentía más frágil de lo que en realidad se sentía, pero para
    alguien que había llevado siempre una vida tan práctica como la suya, era
    un placer muy dulce dejar que la mimaran un poco, además Omer había
    resultaba ser un hombre maravilloso, amable, afectuoso, considerado y
    caballeroso, ah Dios era un hombre perfecto.
    -Tengo que salir a comprar comida -dijo él mientras desayunaban-, así
    que podemos dar un paseo.
  • ¿Quieres decir que me he comido todo lo que tenías?
    -Apenas has comido nada.
    Luego de desayunar, juntos fueron de compras al mercado que quedaba cerca de la casa, Omer se mantuvo apartado
    mientras ella compraba, cosa que desconcertó ligeramente a esta, a pesar
    de que le dio la oportunidad de pagar.
    Después, él tomó las bolsas y fueron a sentarse a un pequeño café, Defne
    deshizo algunas migas de pan para dar de comer a las palomas.
    El sol había alcanzado su altura máxima, pero no calentaba tanto como
    los días anteriores, cerró los ojos y se apoyó contra el respaldo de su silla,
    abrumada por una sensación de felicidad que no recordaba haber sentido
    nunca.
    Cuando abrió los ojos y se volvió hacia Omer con una sonrisa en los
    labios, captó una expresión en su rostro que la sobrecogió, sus
    sentimientos por ella quedaban de manifiesto, abiertos, indefensos, era
    una expresión no solo de amor, sino casi de adoración, sin ninguna
    contención, y darse cuenta de ello la dejó sin aliento.
    Un sonido asustó a las palomas, que salieron volando precipitadamente,
    cuando Defne volvió a mirar a Omer, este estaba recogiendo las bolsas,
    ella logró tomar una a pesar de sus protestas y luego regresaron
    caminando tranquilamente.
    En su mente, ella aún podía ver la expresión extasiada de Omer, la
    extraña paz que había visto reflejada en su rostro, como si fuera un
    hombre que acabara de llegar a su hogar después de haber pasado años
    vagando por el mundo.
  • ¿Qué sucede? -pregunto él, volviéndose a mirarla-. Te estás quedando
    atrás. ¿Estás cansada?
    -No. Estoy bien.
    -Hemos estado fuera demasiado tiempo -él pasó un brazo por sus
    hombros, la sonrisa que le dedicó fue casi como las anteriores,
    simplemente amistosa, pero, tras ella, Defne creyó captar una sombra de
    la expresión que había visto en el café, deslizó un brazo por su cintura y
    dejó que la guiara a lo largo de las calles hasta llegar a casa.
  • CONTINUARA

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