MI DESTINO EN TUS OJOS. Capìtulo 9

Omer estaba concentrado al volante, pues conducir en Italia
no era algo que pudiera tomarse a la ligera, y Defne
pensaba en el cambio que había experimentado su relación y se preguntaba qué había sucedido en Roma… –¿Adónde
vamos?
–¿Eso importa?
–Lo único que importa es que voy contigo.
Él alargó el brazo y le apretó ligeramente la mano mientras
salía de la autopista para empezar la subida a las montañas.

Al cabo de un rato, las luces de un pueblo aparecieron sobre
ellos, pero Omer detuvo el coche antes de llegar en un
mirador.
–Espera –rodeó el vehículo y la ayudó a bajar, y la mantuvo
sujeta del brazo mientras se acercaban a la barrera para
contemplar el valle.
No había luna, pero la Vía Láctea brillaba con fuerza y se
reflejaba en la oscura superficie de un lago.
–¿Qué lago es ese? –preguntó Defne–

. ¿El lago Como?
–No, es el lago de Idro. Es el lago que se encuentra a mayor
altura, pero es muy pequeño. No hay embarcaciones de
recreo para los turistas ni casas de famosos. Es muy
conocido por los deportes acuáticos.
–Pero no con este tiempo. La nieve llega hasta la orilla.
Creía que los lagos tenían un clima más templado.
–No en febrero. Estos lagos se han helado en varios
inviernos.–Eso no lo dicen en las guías turísticas.
–Quizá porque nos gusta mantener el secreto. Hay algo
mágico en estar en un jacuzzi con temperaturas bajo cero.


–¿Es eso lo que tienes pensado?


–¿En nuestra primera cita? Te acompañaré hasta tu puerta
y tal vez, si tengo suerte, habrás disfrutado lo suficiente
para arriesgarte a una segunda.
Defne estaba más que dispuesta a arriesgarse, y lo del
jacuzzi sonaba muy tentador, pero siempre se había
quejado de que los hombres ya no cortejaban a las mujeres
como era debido.
–Si vamos a comportarnos como críos, es hora de hacer
ángeles de nieve –lo agarró de la mano y tiró de él hacia una
suave pendiente de nieve intacta–. Tirados en el suelo será
aún más bonito ver las estrellas.
Se arrojó sobre la nieve y empezó a agitar brazos y piernas
para formar un ángel mientras Omer la miraba en silencio.
–Si no lo haces tú también me voy a sentir ridícula –le

advirtió ella–. Y además me estás tapando las estrellas.
–Me encanta mirarte. Ella se quedó inmóvil.
–¿Qué te ha pasado en Roma, Omer?
–Nada. O quizá todo. Durante muchos meses solo he vivido
con la cabeza anclada en el pasado, pero en Roma solo podía pensar en ti. En lo que disfrutaba recibiendo tus
mensajes y en lo mucho que deseaba tenerte allí conmigo.
–Y, sin embargo, estás ahí de pie y yo estoy en el suelo –le
tendió la mano–. Vamos. Es mucho más divertido si lo
hacemos juntos.
Él aceptó su mano y se tendió junto a ella. Defne quiso
decirle que lo realmente mágico era hacer cada uno su
propio ángel, pero apretó con fuerza los labios. Omer la
había echado de menos. Estaban los dos juntos en la nieve,
contemplando las estrellas, y él la agarraba de la mano. Ya
era suficiente magia por el momento.
–¿Conoces las constelaciones? –le preguntó ella.
–Algunas –estuvieron un rato tendidos, señalando las
estrellas que reconocían, hasta que el frío los acució a
moverse. Condujeron hasta la estación de esquí que había
más arriba, y en un animado restaurante frecuentado por
esquiadores compartieron unos deliciosos antipasti de
verduras y un risotto alla pescatora con gambas y
calamares, para acabar con helado y espresso.
–Ni carne ni alcohol –dijo Defne–. Debo de ser una cita
difícil.
–Nunca bebo cuando conduzco, y habría elegido el risotto
aunque hubiera estado solo. ¿Estás libre mañana?
–Las reglas del cortejo dicen que no debería ponértelo tan
fácil.

Si te digo que sí daré una imagen desesperada.
–Igual que yo al preguntártelo, pero esto no puede esperar
a la semana que viene.
–No, Defne. Quiero que estés a mi lado en todo momento –
se inclinó sobre la mesa y la besó.
Sabía a café y helado de pistacho, pero el beso fue tan
breve como todos los que habían compartido. Y ella ya
había esperado demasiado tiempo…
–Omer… ¿te das cuenta de que esta no es nuestra primera
cita?
–¿No?
–¿No te acuerdas? Ya tuvimos una cita cuando nos
quedamos levantados una noche intercambiando historias.
Y creo que podríamos contar esta como dos citas en una.
–¿Quieres decir que… estamos en nuestra tercera cita? Ella
sonrió y él llamó al camarero para pedirle la cuenta.
Omer abrió los ojos y vio el pelo rojo de Defne derramado
sobre la almohada y sus suculentos labios invitándolo a
despertarla con un beso. Por unos instantes creyó estar
soñando, pero aun así la besó y ella abrió los ojos, le sonrió
y le rodeó la nuca con una mano para tirar de él y besarlo
también. Un beso tan radiante como el alba y tan
prometedor como la primavera.–Buongiorno, cara –la saludó mientras recorría el contorno
de su cuerpo con la mano, las voluptuosas curvas que él
había explorado a conciencia durante la noche… la noche en
la que había renacido–. Cosa posso fare per te?
Ella frunció el ceño y se echó a reír.
–¿Me has preguntado qué puedes hacer por mí?
–¿Te apetece una taza de té? ¿O prefieres que te lleve a la
ducha y hagamos algo creativo con el jabón?
Ella lo besó en el cuello y bajó la mano por su espalda.
–¿Qué tal si empezamos con la ducha y seguimos a partir de
ahí?
Luego de un agitado día de trabajo
–Te he echado de menos.
–Solo han sido diez horas, Omer, pero yo también te he
echado de menos.
–¿Te he dicho que hoy estás preciosa?
–Aprovéchate, porque voy a comprarme un jersey rosa con
flecos en el mercadillo del martes. Y si no me besas ahora
mismo me lo pondré para salir en televisión.
Omer no solo la besó, sino que para demostrarle que se
tomaba muy en serio su amenaza, la llevó al dormitorio
para hacerle el amor con una pasión salvaje.–¿Eso del jersey será una amenaza recurrente? –le preguntó
mucho más tarde, cuando estaban los dos abrazados y
jadeantes–. No es que me queje.
–Te lo diré cuando puedas relajarte –lo miró a los ojos.
–¿Te he dicho alguna vez que te quiero?
–No desde el desayuno.
Defne miró las paredes verdes, el dibujo de un enorme
sundae con una brillante guinda roja, los muebles blancos,
la máquina de discos y el escaparate refrigerado esperando
los helados. En el patio las flores rojas y blancas crecían en
viejos maceteros de piedra, y Defne había entrelazado en
las parras lamparitas blancas de energía solar.
–A mí me parece que sí.
–Entonces, ven conmigo. Quiero enseñarte una cosa –la
sacó a la calle y abrió la puerta del local contiguo, ocupado
por una ferretería hasta que el dueño se jubiló unas
semanas antes.
–¿Más planes de expansión? Estoy un poco ocupada.
No había tenido un momento de descanso desde que la foto
de ella y el Maestro había aparecido en una famosa revista
de moda. Desde entonces todo el mundo quería un cinturón
como el suyo.
El Maestro le había ofrecido un trabajo a cambio de los
derechos de fabricación, pero, por halagadora que fuese la oferta, Defne no quería ser una diseñadora anónima que
trabajase para una marca. Ella tenía su propia marca y
estaba colaborando con una estudiante que hacía
maravillas con el cuero y los colores. Además, una boutique
de Milán le había encargado una docena de sus camisetas
de chifón estilo telaraña.
–Lo sé, y por eso vas a necesitar más espacio. Bienvenida a
tu taller.

–¿Qué? No…
–¿No? ¿No te parece que sería el escaparate perfecto para
tus diseños?
Ella giró sobre sí misma, imaginándose todo pintado de
blanco, las estanterías, la mesa, una reluciente pieza de
colores en la pequeña ventana…
–Es perfecto.
–Me alegra que te guste. Hay una habitación en la parte de
atrás que puede servir como oficina y almacén, y dos
habitaciones en el primer piso para hacer el taller. Y en el
segundo piso…
Ella se giró hacia él, sabiendo lo que iba a decirle. La
primera noche en Isola le había hablado de su sueño. Una
casa con tres plantas. Una para vender sus obras, otra para
trabajar y otra para vivir.–Un pequeño apartamento –concluyó ella–. ¿Será lo
bastante grande para mí?
–Y te sobraría espacio. He pensado que podríamos echar
abajo algún tabique.
–¿Cómo? No entiendo. ¿Lo has comprado?
–No. Al menos no recientemente. Cuando tenía veintiún
años heredé algo de dinero de mi abuelo materno, y

Nonnina quería invertirlo para ayudar a que su hijo
levantara su negocio en Australia. Ella era la dueña de todo
el edificio y me pareció una buena inversión, aunque parte
del trato era que siguiera viviendo aquí sin pagar nada hasta
que decidiera retirarse. Mi padre no dudaría en comprarla si
estuviera en venta.
–Madonna, Omer, eres único para impresionar a una chica.
–Entonces, ¿estás de acuerdo en ampliar el apartamento?
Necesitaremos más espacio cuando nos casemos.
Y mientras Defne intentaba controlarse, él se sacó un
estuche del bolsillo y lo abrió para revelar un precioso anillo
de diamantes.
–Omer, caro, ¿estás seguro? No hay ninguna prisa… Él no
fingió no entenderla.
–Esto no tiene nada que ver con lo de Iz. No solo somos
amantes, Defne. Somos amigos y mucho más. Tu siete la

mia aria… Eres el aire que respiro. Voglio stare con te per sempre… Quiero estar siempre contigo. Ti amo… Te quiero,
amor mío. Iría hasta el fin del mundo para estar contigo.
Defne se apartó una lágrima, sacó el anillo del estuche y se
lo dio a Omer para que él se lo pusiera en el dedo.
–Anche tu sei la mia aria, Omer. Voglio stare con te per
sempre… Y contigo viviría hasta en una cueva.

FINAL

Un comentario en “MI DESTINO EN TUS OJOS. Capìtulo 9

  1. Me encanto, es la segunda novela que los protagonistas viven fuera de Turquia, esta y otra donde viven en Londres, esta muy descriptiva ,siento que estoy leyendo una obra Realista como La madre
    Hay algo que capturo mi atencion, no son millonarios ninguno de los dos, sin embargo son muy visionarios y son felices con lo que tenen y el es todo un caballero que sabe tomar buenas decisiones, nunca dejes de escribir, eresexcelente

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