Rápidamente, Omer hizo la maleta con todo lo que
necesitaría durante la próxima semana y se dio una ducha.
Un expresso, una rápida comprobación de la caldera y se
marcharía. Cuando abrió la puerta del dormitorio se detuvo en seco al
percibir el delicioso olor que llegaba de la cocina.
–Desayuno Ingles –dijo tras dejar la maleta en el vestíbulo–.
Me recuerda los días en que mi madre alquilaba una casa en
Wimbledon. Aquellas mañanas de domingo en que todo el
mundo sacaba a pasear a sus perros por el Common.
–Está muy bien desayunar con bollos y cruasanes –dijo
Defne, ocupada en girar lonchas de beicon en una sartén–.
Pero es mejor comenzar el día con algo más sustancioso.
–He visto que has comprado copos de avena.
–La avena es para el resto de la semana. El domingo se
desayuna uovi strapazzati, pancetta e pane tostato. Por
desgracia, no puedo ofrecerte marmellata. Me olvidé de
comprarla cuando estuve en la tienda.
–¿Huevos, beicon y tostadas con mermelada? Creía que
buscabas nuevas experiencias, no aferrarte a lo tradicional.
–Cállate y prepara el café mientras friego la sartén. Y luego
puedes hablarme de esa heladería que quieres que diseñe.
Defne demostraba una actitud dinámica, profesional y
distante que debería hacer más llevadera la íntima situación
en la que se encontraban. Pero no era así.
–¿Estás lista para empezar? –se concentró en preparar el
expresso, pero seguía sintiéndola a pocos pasos. –¿No
dijiste que querías abrirla para la primavera?–Sí, así es. Tengo una habitación sin usar, y cuanto más lo
pienso, más me convence la idea. Le echaremos un vistazo
después de desayunar, si tienes tiempo.
«Desayunar». Hasta esa palabra hacía saltar todas las
alarmas.
–¿Qué te parece? –Omer se echó a un lado y Defne entró en
una gran habitación cuadrada con cristaleras que daban a
un patio cubierto de nieve. Le había advertido que la
calefacción no estaría encendida y ella se alegró de llevar un
cárdigan y una bufanda.
Con un gato a los que cuidar, una heladería que diseñar,
una atracción tan irresistible como inapropiada hacia un
hombre anclado en el pasado y un tiempo frío y
desapacible, Defne se preguntó por qué demonios había ido
a Italia.
Se acercó a la ventana y vio un árbol pelado, un emparrado
congelado, mesas y sillas y un pequeño escenario en una
esquina, todo cubierto por un manto de nieve inmaculado.
Omer se acercó a ella.
–En días como este parece muy deprimente, pero en
verano…
–Me lo imagino –la nieve se derretiría, las parras
florecerían, los gatitos encontrarían un hogar y diseñar una
heladería sería un precio muy bajo a cambio de tener un taller. Encontraría un lugar para vivir y Omer… Tal vez el
corazón dejara de darle vuelcos cada vez que lo veía.
Mientras, tenía que alegrar aquel lugar tan deprimente.
Dibujó un cuadrado en el bloc y sacó una cinta métrica.
–¿Me ayudas a tomar las medidas?
Él sostuvo el extremo mientras ella medía la longitud, la
anchura y la altura de la habitación. Anotó las medidas y
añadió la posición de puertas, ventanas, iluminación y
enchufes.
–¿Has pensado en el color?
–Cualquier cosa menos rosa.
–¿Qué te parece una gama cromática que oscile entre el
verde oscuro y el café? Unirá las dos partes y lucirá muy
bien en verano. Se pueden añadir toques de color y llenar el
patio de macetas.
–No se parece en nada a los diseños que me enseñaste. Es
mucho más sofisticado.
–Tienes razón. Me pasa siempre que veo un local vacío y
lleno de posibilidades. Si tuviera que hacer esto en una
concurrida calle del Reino Unido usaría colores brillantes
para llamar la atención. Con
coches estadounidenses de los años cincuenta, un
dispensador de refrescos antiguo y una máquina de discos. Pero tienes música en vivo e Italia cuenta con una industria
automovilística de primer orden.
–La máquina de discos me parece bien. Podemos apagarla
cuando tengamos música en vivo.
–Está bien, pero tienes que pensar en el tipo de clientela
que quieres atraer. La combinación de helados y pop de los
años cincuenta no les resultará muy atractiva a los jóvenes
que busquen un sitio para pasar el rato. Casi todos nuestros
clientes en el Reino Unido son familias con niños y mujeres
que se reúnen para charlar.
–¿Y los que vienen solos?
–Esos piden los helados para llevar.
–Entiendo.
–¿Tienes dudas?
–No. Como negocio de día y de tarde veo muchas
posibilidades, pero tienes razón. Hay que adaptarlo a lo que
busca la gente.
–Deberías darme un presupuesto aproximado. ¿Estás
pensando en un Ferrari o en un Fiat 500?
–No lo había pensado.
–Eres mi cliente ideal –dijo ella con una sonrisa.–Enséñame lo que tienes y así tendré una idea aproximada
de lo que va a costar –volvió al vestíbulo, donde había
dejado las bolsas.
–Lo más costoso será el escaparate refrigerado, la máquina
de discos y los muebles, dependiendo del estilo que
busques – miró alrededor, imaginándose el local en una
tarde de verano, con las cristaleras abiertas y un grupo de
música en el escenario–. Habrá que cambiar la instalación
eléctrica y restaurar el suelo.
–Voy a tener que vender muchos helados para pagar todo
eso.
–Haré un diseño en el programa CAD para que le eches un
vistazo.
–Estupendo. Dame tu bolígrafo.
Ella se lo dio y él anotó algo en el bloc. Se acercó tanto que
Defne vio una cana semioculta en su espeso cabello oscuro.
–Este es mi correo electrónico –alzó la vista y la sorprendió
mirando–. Envíame tus ideas. Será un soplo de aire fresco
entre tanta política. ¿Algo más?
«Sí…».
–No.
Él asintió.
–En ese caso, te dejaré tranquila.Era más probable que una gallina pusiera un huevo
cuadrado que ella pudiera estar tranquila. Mientras él
dormía como un tronco, ella se había pasado la noche
dando vueltas en la cama.
–Tienes mi número. Llámame si hay algún problema –se
puso el abrigo y los guantes, pero no encontró lo que
buscaba en los bolsillos–
. Vaya, he olvidado mi bufanda.
Sin dudarlo, Defne se quitó la bufanda y se la pasó
alrededor del cuello.
–Toma. Llévate esta.
Él abrió la boca para protestar, pero pareció pensárselo
mejor.
–Gracias. Más tarde llamaré para preguntar por la gato.
Suelo tener el móvil apagado cuando estoy trabajando, pero
puedes dejarme un mensaje. ¿Sabes cómo activar la
alarma? El personal de la cocina la desactivará cuando
llegue.
–Sude me lo explicó. Matteo se ha quedado a cargo de todo
mientras ella está fuera. Empiezo a las siete de la mañana, y
si trabajo en el turno de noche me quedo hasta que todos
se van a casa.
–Seguramente cerraréis temprano. La gente no se anima a
salir con este tiempo.–Muy sensato por su parte, pero no tan bueno para el
negocio – él no se movió–. ¿Vendrás para desayunar?
–Si tengo tiempo.
–¿Qué te parece si le sugiero al cocinero que añada crema
de avena al menú? Con fruta, miel y Marsala para entrar en
calor antes de ponerte a grabar.
–Buena idea –Omer agarró el pomo de la puerta–.
¿Participarás en el documental?
–Si sirve de algo… ¿Quieres que hable en inglés o en
italiano?
–En los dos idiomas. Lo que te salga de manera natural.
Nada refinado ni ensayado. Solo tú.
–Eso es fácil –Defne sonrió–. Necesitarás un editor para el
montaje.
–No quiero un vídeo profesional. Quiero algo auténtico, de
la
calle.
–¿Por qué no contratas a algún estudiante? ¿No hay
facultad de
¿Ciencias de la Comunicación en Milán?
–Otra gran idea.
–Tengo muchas buenas ideas –le aseguró ella–. Por
ejemplo,¿conoces a alguien en la televisión local? –la pregunta
pareció sorprender a Omer–. Se trata de una parte histórica
de la ciudad que lucha por conservar su identidad. Es el tipo
de cosas que se emiten en horario de máxima audiencia.
–Supongo –no parecía muy entusiasmado y ella no insistió.
–Está bien, ¿y la prensa? ¿Las redes sociales? Los políticos
las usan para dirigirse a sus votantes y darse a conocer, pero
es una vía de doble sentido. Puedes usarlas para dirigirte a
ellos. Sube el documental a YouTube, introduce un link en
sus cuentas de Facebook y de Twitter para que todos
puedan compartirlo y hacer comentarios – él seguía
mirándola como si tuviera dos cabezas–. Me encargué de
promocionar a Rosie, nuestra furgoneta de helados, y
aprendí muchísimo. Sobre todo, la obstinación de los
medios por buscar historias que publicar.
–Lo siento. Evidentemente, tienes razón. Lo pensaré. Por
unos instantes ninguno dijo nada.
–Defne…
–Omer… –¿Qué?
–Deberías irte. El pez se sentirá muy solo.
Omer dejó la bolsa y el ordenador en el asiento del coche y
se abrió el cuello del abrigo para tocar la bufanda que Defne
le había puesto. Tenía otras bufandas y había estado a punto de decírselo,
pero aquella estaba impregnada del calor y el olor de ella y
Omer se la llevó a la nariz para aspirar profundamente. No
había olor como el suyo. Un olor único y especial.
Un olor que lo hacía sonreír.
Defne se sentó ante el ordenador, introdujo las
dimensiones de la habitación en el programa CAD y empezó
a buscar en las cajas las telas y los colores para crear un
collage de ideas.
Omer llamó y le dejó un mensaje.
Cuando Defne se sorprendió escuchando el mensaje por
décima vez, se decidió a borrarlo y siguió buscando las
palabras italianas para
«escaparate refrigerado» y «máquina de discos». Su guía de
conversación no daba para tanto y sería la excusa perfecta
para llamar a Omer, pero se obligó a no flaquear y
finalmente encontró lo que buscaba.
Aquella noche probaría su propia medicina y haría una lista
con todas las cosas buenas que le habían pasado durante el
día. Le bastaría con una sola: Omer la había tocado.
Y eso no era precisamente bueno.
Había dejado de nevar, pero la temperatura seguía por
debajo de los cero grados. Omer tenía razón: una vez que la gente volviera a sus casas por la noche nada los animaría a
salir de nuevo.
Las mañanas, en cambio, eran siempre frenéticas. Defne
servía expressos y cruasan sin parar hasta que acababa su
turno a las nueve. El dinero de las propinas le habría sido
muy útil, pero sin más distracciones se empeñó en incordiar
al banco hasta conseguir lo que quería. Así apenas tenía
tiempo para pensar en Omer.
Pero sí que pensó en él cuando la sorprendió con un
mensaje y una foto del Coliseo nevado para mostrarle que
la ola de frío polar llegaba hasta Roma.
El martes fue al mercado y le compró más abalorios a Livia.
Examinó una madeja de lana de cachemira del mismo color
escarlata que la bufanda, pero la dejó y compró media
docena de ovillos rojo oscuro, igual que sus uñas.
Omer, obviamente harto de esperar que lo recibiera algún
pez gordo, le envió un mensaje preguntándole cómo estaba
el gato. Ella le mandó una foto y abrió una nueva página en
Facebook donde publicó las fotos y la historia del gatito.
Omer escribió un comentario a los pocos minutos.
Omer se echó a reír al ver el vídeo del gatito que Defne
había publicado en Facebook, sobre todo cuando intentaba
atrapar la hebra de lana y se quedaba dormido a mitad del
salto. Sus risas le granjearon una severa mirada de la
secretaria del ministro.De fondo podía oír la voz de Defne: «¡Tira, tira!», y la risa de
un hombre.
¿Quién estaba tirando de la lana? ¿Marco, Nic, Gennaro…?
Se dijo que no tenía por qué importarle. Pero le importaba.
Y mucho. Se había pateado una docena de oficinas desde
que llegó a Roma, se había reunido con altos cargos del
Gobierno y lo único que le importaba eran los mensajes y
fotos que le mandaba Defne: el selfie que se había hecho
con Livia, los abalorios que había comprado, un cuenco de
crema de avena con fruta y miel, los ovillos de lana con los
que le estaba tejiendo una bufanda para reemplazar a la
que se había echado a perder… Pero no le había dicho ni
una palabra del amante de los gatos.
Guardó el móvil y se levantó.
–Por favor, transmítale mis disculpas al ministro –agarró la
bolsa del portátil y se dirigió hacia la puerta.
–¿Se marcha? –preguntó la secretaria, horrorizada–. Pero
tiene una cita con el señor ministro.
–Tenía una cita hace una hora, y ahora tengo otro
compromiso.
–Pero…
Omer salió del ministerio y se detuvo en los escalones para
respirar hondo y ponerse los guantes y la bufanda de Defne. Se había pasado cuatro días esperando que lo recibieran y
sin conseguir
nada. No le sorprendía. Había sabido que era un viaje en
balde y aun así lo había hecho.
Malgastando su tiempo.
Huyendo de lo verdaderamente importante. Huyendo de lo
que sentía por Defne Topal.
El jueves por la noche, Defne estaba tejiendo la bufanda
mientras escuchaba una lección de italiano cuando oyó
unos golpes en la puerta. Miró el reloj. Abajo estarían
limpiando y sería Matteo llevándole las sobras de las tartas.
Apagó el iPod, clavó las agujas en la lana y fue a abrir.
La sonrisa de bienvenida se congeló en su rostro. El corazón
casi se le salió del pecho y las rodillas se le volvieron de
gelatina, como siempre le ocurría.
–Omer… has vuelto –dijo como una tonta.
–A pesar del tiempo y los denodados esfuerzos de la
compañía aérea por mantenerme otra noche en Roma –dijo
él–. Me encontré a Matteo mientras subía con esto –señaló
la bandeja que portaba, pero no entró, a pesar de que ella
se había apartado–. ¿Hay algo que deba saber?
–¿A qué te refieres? –preguntó ella sin entender. Pero
entonces supo lo que estaba insinuando. ¿De verdad creía
que Matteo y ella…? –. ¿No le dijiste que subiera todos los días a ver cómo estaba antes de irse a casa? –le recordó con
el ceño fruncido, alargando el brazo hacia la bandeja–.
¿Tarta de queso?
–No –contestó él, alejándola de su alcance–. Es tarta de
chocolate. Y no, no le dije que subiera a molestarte.
¡De verdad creía que ella estaba tonteando con Matteo! Su
enfado era absurdo, habiéndole dejado claro que no cedería
a la innegable atracción que había entre ellos, pero sus
celos le desataron a Defne una oleada de calor en el pecho.
–No me estaba molestando –se dirigió hacia la cocina,
dejando que él decidiera si la seguía o no–. Todo lo
contrario. ¿Hay suficiente tarta para los dos?
Sacó un par de tenedores y oyó el ruido de la bandeja
contra la mesa. Pero, cuando se disponía a sacar dos platos,
Omer le agarró la muñeca y la hizo girarse hacia él.
–¿Era Matteo el que tiraba de la lana?
Ella no fingió que no sabía de lo que le estaba hablando y le
sostuvo la mirada.
–No tenías que volver de Roma para preguntarme eso.
Podrías haberme mandado un mensaje.
Él la agarró con más fuerza.
–¿Cuál habría sido tu respuesta? –la intensidad de su
mirada la habría aterrorizado de no ser porque le abrasaba
el corazón. A Omer le importaba…–Que Matteo me trae tarta todas las noches como excusa
para jugar con el gatito.
–¿El gatito? –repitió él, confuso–. ¿Por qué iba a fijarse
alguien en el gato contigo aquí?
Ella se pegó a él para ocultar una enorme sonrisa.
–Le encanta.
–Ese hombre es tonto.
–No. Va a quedarse con él, cuando crezca un poco.
Tenía que cambiar de tema urgentemente–. ¿Te gusta la
tarta de chocolate?
–Me gusta esto –le quitó los tenedores, los dejó tras ella en
la encimera y tomó su rostro entre las manos para besarla.
Fue un beso delicado y suave que dejó a Defne flotando en
una nube de sensaciones y promesas, con todo su cuerpo
repicando como las campanas del domingo–. No he dejado
de pensar en ti, Defne Topal. En todas las cosas, que voy a
hacer contigo.
Ya estaba bien de tanta charla… Defne intentó
desabrocharle el abrigo, pero él la detuvo.
–Llevas demasiada ropa.
–No para lo que tenemos que hacer.
–Pero…–Es una cita. He llamado a tu puerta y voy a llevarte a ver las
estrellas. Cenaremos, hablaremos y en algún momento de
la velada te tomaré de la mano.
–¿Solo de la mano?
–Es nuestra primera cita. Son tus reglas.
–No. Yo solo… –él la hizo callar con un dedo en los labios. Y,
en realidad, ella no sabía qué decir.
–No puede ser solo sexo, Defne. Ella tragó saliva.
–¿No? –¿podía leerle el pensamiento? Defne había creído
estar en serios apuros al descubrir que no tenía casa ni
dinero, pero aquellos problemas no podían compararse con
el riesgo que se le presentaba.
–No –la mano de Omer en su mejilla prendió una llamarada
por todo su cuerpo–. Lo he aprendido por las malas. Tiene
que haber algo más para que dos personas superen los
obstáculos que la vida nos pone por delante y sobrevivan a
los golpes e infortunios.
–Me parece un poco excesivo hablar de eso en una primera
cita, Omer.
–Lo sé, pero si no empezamos con las expectativas más
altas siempre se quedará como un compromiso. ¿Te parece
bien eso?
Defne no sabía qué responder. Omer había sido
brutalmente sincero desde el principio y ella también había intentado serlo. Pero se trataba de hurgar en sus más
profundas heridas.
–¿Quieres la verdad?
–Yo siempre te he contado la verdad –le recordó él.
–Cierto, incluso cuando hacía daño. Pues la verdad es que
me da muchísimo miedo.
–¿Quieres contarme por qué?
–Me he pasado toda mi vida perdiendo a personas. Mi
padre, la mitad de lo que soy, desapareció sin dejar rastro.
Ningún nombre, ninguna foto… solo un espacio vacío.
–¿Tu madre no te contó nada de él?
–No, y mientras estuvo con nosotras no me importó porque
llenaba nuestras vidas. Pero cuando murió… Él la abrazó.
–Te diste cuenta de que nunca sabrías quién era tu padre.
Que los habías perdido a ambos.
_Exacto, no quiero ser abandonada otra vez , así como tú
tienes miedo a ser traicionado, lo mismo siento yo
–Sabía que lo entenderías –le apartó el pelo de la cara–. Le
hablé de ti a mi madre y de tus planes. De la primera vez
que te vi, de tu abrigo cubierto de nieve, de cómo parecías
la princesa de uno de esos cuentos que ella me leía cuando
era niño. De la inesperada aparición de Rattino. Eso la hizo
reír mucho. Dijo que le hubiera gustado estar ahí para verlo.–Umm… Supongo que es una de esas experiencias que
mejoran con la perspectiva del tiempo.
–La clase de cosas que les contarás a tus nietos cuando te
pregunten cómo nos conocimos.
¿Nietos? Solo estaban en su primera cita…
–Y le dije que estabas tejiéndome una bufanda para
reemplazar la que ella me envió por Navidad, que se había
echado a perder al rescatar a Rattino.
–¿Tu madre te regaló esa bufanda?
–Sí. ¿Acaso creías que me pondría algo que me hubiera
regalado Iz?
–Era… era una bufanda preciosa.
–Sí que lo era.
–Ahora sí que me siento fatal. Aunque debo confesarte que
me gustó tirarla a la basura.
Él se echó a reír.
–Mi madre me dijo que parecías un buen partido.
–Ella no me conoce, Omer. Y tú tampoco sabes casi nada de
mí.
–Me gusta lo que he visto hasta ahora.
–Ídem –respondió ella–. Me alegra que hayas hablado con
ella.–Tengo que darte las gracias por ello. Y te diré algo más… lo
más difícil fue agarrar el teléfono.
–¿Estás diciendo que también yo tengo que arriesgarme a
dar el salto?
–Es solo una cita, Defne.
–No, no lo es –los dos sabían que era mucho más que eso–.
Ambos arrastramos una carga emocional. Deberíamos
empezar con algo menos intenso.
–Estoy haciendo lo que puedo.
–No está dando muy buen resultado, pero si hay que elegir
entre quedarme aquí tejiendo una bufanda o contemplar
las estrellas tomados de la mano… –¿Ganarían las estrellas?
–Me quedó con estar de la mano. Las estrellas son un plus.
–En tal caso, creo que deberíamos salir de aquí antes de que
olvide mis buenas intenciones. Ve a por algo de abrigo
mientras yo le digo a Matteo que esta noche tiene que
cuidar al gato.
CONTINUARA

