–Muy bien –dijo secamente. Se levantó a Defne del regazo y
la dejó en el suelo antes de girarse hacia el ordenador–. Si
no te importa, quiero que el ministro tenga esto en su mesa
el lunes a primera hora.Ella no se movió, pero Omer no necesitaba mirarla para
saber que el pelo le caía sobre los hombros y que sus labios
hinchados formaban una «O» de asombro y horror. Llevaba
aquella imagen grabada en su cerebro.
Sin esperar respuesta, empezó a teclear frenéticamente
como si nada hubiera ocurrido. Ella se dio la vuelta y subió
corriendo las escaleras, y él siguió tecleando hasta que oyó
cerrarse la puerta en el piso superior. Entonces sus dedos
quedaron paralizados sobre el teclado y miró la pantalla,
donde el parpadeante cursor lo invitaba a borrar la basura
que acababa de escribir. Pero en vez de eso se recostó en la
silla y se frotó el rostro con las manos en un intento por
sacarse a Defne Topal de la cabeza. No le sirvió de nada. El
olor de su piel y de sus cabellos seguía impregnándole las
manos, y al frotarse la boca para borrar el sabor de sus
labios descubrió los restos de su carmín.
Unos días más y Defne se marcharía. Unos días muy, muy
largos…
A Defne le latía desbocadamente el corazón, acuciándola a
salir huyendo. Enamorarse de un hombre que le había
dejado claro, no una ni dos, sino tres veces, que por muy
excitado que estuviera no le interesaban las relaciones era
un fracaso anunciado.
Lo de vivir bajo el mismo techo que él y trabajar con él
nunca podría salir bien.Abrió la ventana del dormitorio y sacó la cabeza para
llenarse los pulmones de aire fresco, con la esperanza de
enfriarse la piel y el calor que emanaba de su interior.
¿Qué tenía Omer Iplikci para hacerle perder la cabeza? Lo
que empezó como una provocación juguetona había estado
a punto de descontrolarse.
A lo mejor debería sugerirle un poco de sexo libre de
ataduras para que ambos pudieran tranquilizarse. Pero si
Omer fuese el típico hombre con alergia al compromiso ya
se habrían acostado. Omer necesitaba algo más. O quizá
algo menos. Alguien que no esperase nada más de él.
Se recogió el pelo, se ajustó la ropa y se aplicó un poco de
carmín. Era hora de volver al trabajo.
Las horas pasaron, muy lento Defne no podía sacar de su
mente el beso que Omer le había dado, por fin se retiro el
ultimo cliente y ella pudo descansar.
Sentada tomando un espresso, fue como la encontró Omer.
_ ¿Cansada?
Un poco fue una noche agotadora, muchos clientes y todos con ganas de conversar sonríe ella
Me puedo imaginar el tipo de conversión Omer se sento a su lado, con los ojos cerrados, se notaba muy agotado, Defne sintió ganas de tocar las arrugas que se le formaban alrededor de los ojos, pero se contuvo. ¿Salgamos a caminar? _ dijo por fin Omer, sin abrir los
ojos _ o ¿estas demasiado cansada?
_Estoy cansada, pero me hará bien disfrutar del aire
nocturno
Omer se levanto le alcanzo el abrigo junto con la bufanda.
Al salir del café Defne sintió un escalofrió al sentir el aire
helado que le pego en la cara
Ella se detuvo en el escalón y levantó la mirada hacia el cielo
nocturno.
–No hay estrellas.
–Es por culpa de la contaminación lumínica –la agarró del
brazo para que no resbalara–. Tienes que subir a las
montañas para verlas.
–¿En la nieve? Debe de ser algo mágico.
–¿Te gustaría ir? –le preguntó con una inesperada sonrisa. A
Defne se le encogió el corazón.
–¿Ahora?
–Tú eres la que siempre habla de aprovechar el momento.
Se avecina un frente cálido por el sur. Mañana podría estar
lloviendo.
Defne se imaginó tendida en la nieve, haciendo ángeles con
Omer, rodeados por un manto blanco bajo un cielo plagado
de estrellas.Para eso había ido a Italia. En busca de emociones y
momentos como aquel. Su madre aprovecharía la ocasión
sin pensárselo dos veces y sin importarle las consecuencias.
Pero ella no era su madre.
–Tengo que cuidar del gatito hasta que pueda encontrar a
su madre –dijo.
–Por supuesto. Pero no le doy mucho crédito al parte
meteorológico. La experiencia me dice que vamos a seguir
teniendo nieve.
Caminaron en silencio, haciendo crujir la nieve congelada
bajo las botas. Omer le había ofrecido algo especial y ella
quería darle algo a cambio. Algo que le demostrara que no
lo estaba rechazando.
Algo personal. Algo que ella solo compartiera con alguien
que… Con alguien en quien confiara.
–Defne puedo preguntar.
_Claro dime
–¿Tu color de pelo es así?
–Quieres saber el color natural de mi pelo.
–¿si?
–Mi pelo es tal cual lo ves, nada es artificial una vez quise
cambiar de color, quise pintarlo rubio.
–Me cuesta imaginarte con el pelo rubio.–Y pensé en dejarme un mechón al natural. Para causar
efecto.
–Cara… no te hace falta nada más para causar efecto.
–¿Es un cumplido? Seguro que no… Bueno, el caso es que
mi abuela me quitó la idea de la cabeza, dijo que era única
que no debía querer parecerme a nadie.
–No hay nadie que pueda compararse contigo, Defne. Eres
única.
–¿Única? Eso tampoco sé si es un cumplido, pero lo
aceptaré.
–No hace falta que te diga que eres increíble, Defne Topal.
Tienes a Roberto, a Gennaro, a Nic, a Marco y a no sé
cuántos hombres más haciendo fila por ti. Ella se rio y él la
apretó contra su costado.
Con una amena conversación siguieron caminando por
mucho rato, algunos momentos en silencio, otros riendo.
Al llegar al café entraron por la puerta trasera y Omer se
detuvo en la escalera.
–Ve a decirle al gatito que su madre estará con ellos muy
pronto. Yo tengo cosas que hacer.
–¿Nunca duermes, Omer?
–No mucho.
Ella levantó sus frías manos y le acarició las ojeras.–Tienes que relajar la mente antes de irte a la cama.
–¿Y eso cómo se hace?
–Lo primero, apagar el ordenador. Luego, escribir una lista
de las cosas que tienes que hacer mañana para no
desvelarte intentando recordarlas.
–¿Qué más?
–Darte un baño, pero que el agua no esté demasiado
caliente. Tu cuerpo necesita estar fresco para dormir.
Omer se apoyó en la puerta y cruzó los brazos sobre el
pecho.
–Sigue.
–Pon unas gotas de aceite de lavanda en la almohada y
cuando cierres los ojos piensa en todas las cosas buenas
que te han pasado hoy.
–¿Cosas buenas? ¿Cómo qué?
–No seas tan cascarrabias. Has ayudado a una desconocida
que estaba en serios apuros. Has salvado a un gato que
habría muerto de no ser por ti. –le frotó el brazo en un
gesto de consuelo y comprensión.
Él miró su mano, blanca, pequeña y con las uñas pintadas
de rojo, y no pudo pensar en otra cosa que en abrazarla.
–Piensa en lo buena que estaba la cena.
Él alzó la vista y vio sus ojos llenos de preocupación.–¿Eso es todo? –preguntó, rompiendo el contacto.
–No. Deberías pensar en las cosas buenas que harás
mañana para que te despiertes feliz y optimista.
–¿Eso también te lo enseñó tu madre?
–Sí… –le brillaron los ojos–. ¿Puedo abrazarte ahora, Omer?
–¿Un abrazo metafórico?
–Creo que te mereces un abrazo real –se acercó y, antes de
que él pudiera reaccionar, lo rodeó con sus brazos y apretó
la mejilla contra su pecho–. Hoy te has portado muy bien,
Omer. Piensa en ello.
Omer cerró los ojos y aspiró el olor de la mujer que había
irrumpido en su vida como una fuerza de la naturaleza. Olía
a chocolate.
–Puedes abrazarme –murmuró ella–. No te hará daño.
¿Cómo podía estar tan segura? ¿Cómo se podía desear algo
con tanta fuerza y al mismo tiempo tener tanto miedo?
¿Qué pasaría si se abandonaba al momento, al deseo de
abrazarla y besarla, sin pensar en el pasado ni el futuro?
El riesgo era muy grande, pero, si alguien se merecía un
abrazo, era Defne. La apretó entre sus brazos y la mantuvo
pegada a él durante un largo y maravilloso minuto. Pero
Defne se equivocaba al decir que no le haría daño. Porque,
cuando finalmente ella se apartó, el dolor fue enorme.El café no abría los domingos y Defne se despertó con el
repique de las campanas por toda la ciudad. Dio de comer al
gatito, recogió las cosas de la limpieza y se preparó una taza
de té antes de bajar al taller.
Omer había despejado la habitación donde ella dormiría y
solo quedaban las cajas de Defne. Lo limpió todo a
conciencia antes de instalar las mesas y colgar el tablón de
corcho para los retales, fotos y dibujos que pudieran servirle
de inspiración.
Tres horas después, todo estaba desempaquetado, las
máquinas de coser habían sido comprobadas, el Mac estaba
encendido y las cajas vacías habían sido plegadas y apiladas
en un rincón, listas para ser usadas de nuevo cuando
encontrase un local definitivo, si bien no confiaba en
encontrar nada tan ideal como aquel sitio.
Era un espacio fabuloso y Defne sacó un montón de fotos
para enviárselas a su familia, junto a un e-mail explicándoles
que había habido un problema con el apartamento
alquilado, pero que había encontrado una solución. A lo
mejor hasta hacía un muñeco de nieve más tarde.
Esra respondió pidiéndole una foto del muñeco.
Serdar quería saber cuál era el problema. Era la persona
adecuada para discutir con el banco si no le devolvían el
dinero, por lo que al día siguiente haría un seguimiento de
su caso.En aquellos momentos solo quería empezar a bosquejar las
ideas que tenía en la mente . Pero,
hambrienta y sudorosa como estaba, tendría que esperar
hasta haberse duchado y desayunado en condiciones.
Se dirigía hacia el baño cuando Omer, despeinado y en bata,
salió de su habitación. A Defne le dio un vuelco el corazón,
como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
–Defne… –murmuró con voz adormilada–. ¿Qué hora es?
–Buongiorno, Omer. ¿No has oído el despertador?
Él se pasó una mano por el pelo y la bata se le abrió por el
centro, revelando una franja de piel desnuda y salpicada de
vello oscuro desde el cuello hasta la cintura.
–No tengo despertador –se apoyó en el marco de la puerta–
. No lo necesito.
–Ah, ¿no? –le mostró el reloj–. ¿Tenías intención de dormir
hasta las diez?
–¿Las diez? Dio… las gotas de lavanda en la almohada son
letales.
No solo la lavanda era letal. En bata, Omer Iplikci era un
serio peligro para su corazón, su cabeza y el resto de su
cuerpo.
–Anoche te acostaste muy tarde –le recordó.–Tú también, pero no parece que a ti te haya afectado –
alargó el brazo y ella se encogió nerviosamente cuando le
quitó una telaraña del pelo–. ¿Qué has estado haciendo?
–Limpiando el almacén –apartó la mirada y se sacudió el
polvo del hombro–. Quería preparar mis cosas para
empezar a trabajar – debería moverse, pero la orden no
parecía pasar de las rodillas–. Dame diez minutos para
lavarme y prepararé el desayuno.
–Diez minutos –Omer volvió a encerrarse en el cuarto y
Defne tuvo que apoyarse en la pared para recuperar el
aliento. Pero apenas había conseguido calmarse cuando él
volvió a abrir la puerta–. Seguí tu consejo e hice una lista.
–Muy bien hecho –dijo ella, impresionada–. Parece que fue
de gran ayuda.
–Eso está por ver. Un punto te concierne a ti.
–¿A mí?
–No vas a irte.
–¿No? –el corazón se le desbocó en el pecho. Omer quería
que se quedara… Pero entonces la golpeó la realidad–.
¿Sude ha cambiado de idea sobre lo de llevarse a Sinan a la
boda?
–No. Ya se han marchado.–Ah, muy bien. Por ellos, quiero decir –añadió para no
hacerle pensar que su única preocupación era no tener a
donde ir.
–Esperemos que sí, pero mientras tanto vas a estar aquí
todo el día, trabajando en el bar o en tus diseños, por lo que
no podrás estar yendo y viniendo para ocuparte de un
gatito.
–¿Es necesario que lo traslademos? Tú mismo acabas de
decir que estaré aquí todo el día, y tú estarás por la noche.
–No siempre. Esta semana tengo que ir a Roma a presentar
el informe, y me gustaría acompañarlo de un DVD.
–¿Por aquello de que una imagen vale más que mil
palabras?
–He pensado grabar un vídeo donde se vea el festival de
jazz veraniego, los almuerzos colectivos en el parque, los
proyectos verdes y el arte urbano.
–No está mal para empezar, pero necesitarás gente. Rostros
conocidos, personajes.
–Quiero intercalar entrevistas a la gente del barrio. No solo
los viejos que siempre han vivido aquí, sino también los
jóvenes que se han dejado seducir por este lugar. Como tú,
por ejemplo.
–¿Yo?–Tu pasión es contagiosa. Y eres única para atraer la
atención.
–Ah, entiendo. Seré la chica despampanante que haga
babear a los viejos.
–No solo a los viejos. En cualquier caso, lo dejaremos para la
semana que viene. Ahora estaba hablando de los gatos.
Será mucho más sencillo si tú te quedas aquí y yo me instalo
en el piso de Sude.
–¿Tú? ¿De verdad es necesario?
–Cara… –levantó una mano y le rozó la mejilla. La reacción
corporal de Defne fue toda la respuesta que necesitaba.
Pues claro
que era necesario. Ella estaría allí, en el espacio vital de
Omer, día y noche, trabajando en el café u ocupada con sus
diseños.
Omer no intentaría negar la química que ardía entre ambos
cada vez que se encontraban en la misma habitación, pero
había dejado muy claro que, por intensa que fuera la
atracción mutua, aún no había superado el abandono de Iz.
Fuera como fuera, en esos momentos estaba allí, apoyado
en la puerta, cruzado de brazos y enteramente despierto a
pesar de su soñolienta expresión.Seguramente, ella le haría un favor si le desataba el
cinturón de la bata y lo llevaba hasta el borde del precipicio.
Así podría culparla a ella de su «caída».
No tendría que empujar muy fuerte. Omer lo deseaba tanto
como ella y partía en desventaja. En cuanto le tocara la piel
desnuda su resistencia caería al suelo más rápido que la
bata, y ninguno de los dos pensaría en otra cosa que
desnudarse mutuamente. Pero luego él se sentiría culpable
y la situación se volvería insoportablemente incómoda.
Porque Defne no solo quería su cuerpo, por apetitoso que
fuera. Lo quería todo de Omer Iplikci.
–¿Sabrás arreglártelas con el pez de Sude? –le preguntó
para salir de la zona de peligro.
–¿Te estás burlando de mí, signora Topal?
–De ningún modo, signor Iplikci –se estaba burlando de sí
misma.
Había ido a Isola en busca de libertad artística y emocional.
Marco, tan apuesto y seductor, habría sido perfecto para
una aventura sexual sin complicaciones. Incluso el galante
Gennaro. El destino le había jugado una mala pasada
haciendo que se encontrara con Omer el primer día.
–Si me disculpas, tengo que limpiar la arena del gato.
Omer cerró la puerta y se apoyó de espaldas contra la hoja.
La noche anterior había hecho todo lo que Defne le había sugerido para conciliar el sueño. Contrariamente a lo que se
esperaba, no le
había costado nada recordar una docena de buenos
momentos vividos durante el día…
El momento en que la había visto en el café por la mañana y
había sentido la misma reacción de infarto que la noche
anterior…
Y luego había pensado en todas las cosas buenas que haría
al día siguiente y así despertarse feliz y contento.
Desayunaría con Defne. Le expondría sus ideas para el
reportaje. Llamaría al veterinario. Después saldrían a comer
y él le enseñaría la catedral y el Cuadrilátero de oro de la
moda. Y por último cenarían frente a la chimenea y se
acostarían. ¿Juntos o por separado?
Se habría despertado muy feliz si al abrir los ojos la hubiera
encontrado a su lado, con su suave pelo rojo derramado
sobre la almohada y sus carnosos labios invitándolo a
despertarla con un beso.
Apretó el puño para intentar borrar la huella que su piel le
había dejado en los dedos y olvidar el rubor que había
coloreado sus mejillas y oscurecido sus ojos, delatándola a
pesar de su intento por protegerse con las palabras. Los dos
sabían que solo tenía que tocarla para que acabase en sus
brazos.Así había sido desde el primer momento, la primera mirada,
el primer beso. Para los románticos sería amor a primera
vista, pero no era más que el resultado de una química
ancestral y la necesidad común a todos los animales para
procrearse. El reconocimiento de una hembra fértil que
engendrara vástagos fuertes y sanos y preservara los genes
de la especie.
Igual que había ocurrido con Iz. Al verla en la fiesta de
bienvenida, de pie junto a su primo, había sucumbido al
instinto cavernícola.
Aún seguía conmocionado por el rechazo, pero dijera lo que
dijera Sude, y por muy fuerte que fuese la tentación, no se
valdría de Defne como remedio.
CONTINUAR

