MI DESTINO EN TUS OJOS CAPITULO 6

El Café Rosa hervía de actividad por la mañana. Los
hombres trajeados se tomaban sus espressos y bollos de pie
en la barra. En Italia no era tan fácil encontrar mesa.Defne no pensaba que pudiera conciliar el sueño, pero tras
un relajante baño de espuma se había quedado dormida
nada más apoyar la cabeza en la almohada.
Se había llevado la caja al dormitorio por si acaso el gatito
se despertaba durante la noche con hambre, pero fue el
ruido de una puerta al cerrarse lo que la despertó.
Al principio no supo dónde estaba, pero al oír el maullido
del gato lo recordó todo: el vuelo retrasado, el apartamento
inexistente, Rattino, Omer…
Sacudió la cabeza. Su vida ya era lo bastante complicada sin
necesidad de añadir lo que podría haberse convertido en el
embarazoso ligue de una noche. Tal vez hubiera heredado
los genes aventureros de su madre, pero tenía mucho más
sentido común.
Se puso la bata y fue hacia la ventana para desempañar el
cristal con la mano. El sol de la mañana iluminaba la ciudad,
realzando los colores y la imagen de una madonna pintada
en una pared y reflejándose en los rascacielos de cristal y
los tejados cubiertos de nieve.
Abrió la puerta del dormitorio y asomó la cabeza.
–¿Omer? –no recibió respuesta. Sin saber si sentirse aliviada
o decepcionada, fue a la cocina y encontró una nota sujeta
al frigorífico con un imán.
Comida para el gato en el cuarto de servicio. Café y
desayuno abajo cuando estés lista. Sude.Había una bandeja preparada para Rattino en el cuarto de
servicio, junto a dos platos llenos de leche y pollo. A Defne
casi se le saltaron las lágrimas por la emoción. Había leído
que en Isola se encontraba la gente más buena y generosa
de Milán, y en efecto así era.
Dejó a Rattino con su comida, cerró la puerta para que no
se escapara y puso la tetera al fuego. Encontró las bolsitas
de té y leche en el frigorífico, y se llevó la taza al cuarto de
baño. Se lavó y se maquilló y se puso un jersey de cuello
alto, una falda estrecha hasta los tobillos y unas botas
victorianas con cordones, todo de color negro, y encima una
chaqueta de terciopelo del mismo color que su pintalabios.
Completó el atuendo con un colgante que había hecho a
partir de un reloj roto y, tras dar una vuelta ante el espejo
para cerciorarse de que no tenía pelusas, bajó al bar.
–Ciao, Defne! –la saludó Sude al verla–. ¿Come stai?
Todos los hombres de la barra se giraron a la vez.
–Ciao, Sude. Molto bene, grazie. Y Rattino te da las gracias
por la comida. ¿Qué te debo?
–Dile que le dé las gracias a Omer. Me llamó para decirme
que subiera la bandeja. ¿Qué te sirvo? ¿Un café con leche?
¿Un capuccino? ¿O te atreves con un espresso?
–Vorrei un capuccino, grazie –respondió ella, tal y como lo
había aprendido en su guía de conversación.
–Buona sceita!–Buongiorno, Defne. ¿Has dormido bien?
–Buongiorno, Omer –respondió con voz serena, aunque el
resto de ella temblaba como un flan–. He dormido muy
bien, dadas las circunstancias.
Omer, en cambio, parecía haber estado trabajando toda la
noche. El impulso de acariciarle las arrugas era casi
irresistible, pero afortunadamente él se giró hacia Sude.
Defne recibe un mensaje a su celular
–Problemi? _ pregunta Omer
–Antes de partir envié el grueso de mi equipaje. ¿Quién se
imaginaría que llegaría tan pronto? –le enseñó el mensaje–.
Creo que el conductor está intentando encontrar la
inexistente dirección que les di.
Omer leyó el mensaje, respondió con otro y le devolvió el
móvil.
–Le he dicho que lo traiga aquí.
–Pero… Esto es muy embarazoso.
–¿Por qué?
–Se supone que soy una mujer adulta y autosuficiente.
–¿Prefieres que le diga que lo deje en la calle?
–¡No! No… Lo siento. No quería parecer desagradecida,
pero esta es la primera vez que hago algo yo sola, y todo me
está saliendo mal.–No es culpa tuya. Y solo será hasta el lunes.
¿El lunes?
–Sí, por supuesto. Habré encontrado una habitación para
entonces.
–El lunes te trasladarás al apartamento que te he
encontrado. Me temo que es algo temporal, al igual que el
trabajo, pero así tendrás un poco de espacio mientras te las
apañas.
–¿Ves? A eso me refería –se lamentó Defne, y enseguida
tragó saliva–. Lo siento. Eso sí que ha sonado
desagradecido.
–Pues sí.
–Seguro que te estás lamentando por no haber escuchado
anoche el parte meteorológico y no haber cerrado una hora
antes –él no respondió–. Se supone que debes decir que no.
Las arrugas que rodeaban la boca de Omer se acentuaron
en lo que parecía un atisbo de sonrisa.
–Lo estoy pensando.
Ella puso los ojos en blanco.
–Está bien, ¿cuánto cuesta ese apartamento temporal que
has encontrado junto a mi trabajo temporal?–Solo tienes que pagar la luz y el agua. Estará disponible
solo durante un mes, mientras Sude y Sinan están en la
boda, pero así tendrás tiempo para buscar otra cosa.
–¿Sude y Sinan? –Defne frunció el ceño–. Pero yo creía
que…
–Ella quiere que te ofrezca un trabajo, de modo que le he
propuesto un trato. Yo te doy el trabajo si ella se lleva a
Sinan a la boda de su hermana. Necesitarán que alguien
responsable cuide de la casa, impida que se congelen las
cañerías y dé de comer a su pececito de colores. Tú eres
responsable, ¿no?
–Ningún pez se ha muerto de hambre estando a mi cuidado,
pero
¿por qué no me lo ha dicho Lisa?
–Porque ella quiere que te quedes aquí.
–¿Para no tener que llevarse a Sinan?
–No, su vuelo ya está reservado –guardó un breve silencio–.
Sude cree que si vivimos bajo el mismo techo acabaremos
inevitablemente en la misma cama.
El zabaglione acabó en la nariz de Defne y Omer le tendió
tranquilamente una servilleta de la bandeja.
–¡Eso es absurdo!
–Estoy de acuerdo. Le dije que nunca me acuesto con nadie
del personal, pero al parecer las trabajadoras temporales no cuentan. Y le recalqué que, no teniendo tú ningún sitio al
que ir, cualquier cosa que yo hiciera sería vista del peor
modo posible.
–Entonces, ¿me has sugerido que me vaya para así estar
disponible? –debería sentirse indignada–. No me puedo
creer que estemos teniendo esta conversación. No, mejor
dicho, no me creo que hayas tenido esta conversación con
Sude–aunque aquello explicaba el tácito mensaje que los
dos primos se habían intercambiado minutos antes.
–Mi dispiace, Defne. Como dices, es indignante.
–¿Qué piensa Sinan de todo esto?
–Está perdidamente enamorado y hará cualquier cosa que
ella le
pida.
–¿Acaso crees que tras la fiesta y la diversión la familia de
Sude
no lo verá como un demonio?
–¿Tú no lo crees?
–No conozco a tu familia ni a Sinan, pero sé que en las
bodas las emociones y las susceptibilidades están a flor de
piel. Unas copas de más, un comentario fuera de lugar y
empiezan las peleas.
–Puede ser. Todos acabarán bebidos, se abrazarán los unos
a los otros y se jurarán amistad eterna.–O puede que acaben todos en la cárcel. Omer se recostó
en la silla.
–No tienes por qué aceptar el empleo, pero si me sigues la
corriente hasta que se marchen te estaría muy agradecido.
–Lo que no entiendo es por qué es tan importante para
Sude que acabemos juntos.
–Nos estamos haciendo un favor mutuamente, Defne. ¿Qué
más da lo que pretenda Sude?
Sude quería que se acostaran. También ella, de acuerdo,
pero eso era distinto.
–Si me disculpas –se levantó–. Voy a pagar el desayuno y a
recoger mis cosas…
Él se levantó y la agarró de la mano antes de que pudiera
moverse.
–Defne… –ella no retiró la mano, pero tampoco lo miró–.
No he salido con nadie desde que mi novia me dejó hace
poco más de un año. Sude dice que tengo que volver a darle
gusto al cuerpo.
¿Había sido abandonado por la mujer a la que amaba? A
Angelica le pareció tan increíble que una mujer pudiera
hacer eso que tardó unos segundos en asimilar el resto de la
frase.–¿Y yo qué soy, un revolcón? –preguntó en voz baja,
consciente de que todos los estaban mirando–. Grazie,
Omer – dio un paso atrás–. ¿De eso iba todo esto?
Él la agarró con más fuerza.
–¿A qué te refieres?
Había sabido nada más verla que estaba en apuros y había
visto su oportunidad, mientras que ella solo había visto a un
hombre que podía derretirla con una simple mirada.
–Has estado utilizándome desde el principio. Qué tonta he
sido al no darme cuenta… Todo parecía demasiado bueno
para ser verdad. Dime, Omer, ¿qué habrías hecho de no ser
por el gato?
–Mejor dicho, ¿qué habrías hecho tú? –salvó la distancia
que los separaba–. Habrías seguido necesitando un lugar
donde dormir –le acarició la mejilla y Defne sintió como se
propagaba el cálido hormigueo por su piel–. Anoche éramos
dos en la habitación, Defne. ¿Cuál de nosotros se marchó?
Ella se puso colorada. Por humillante que fuera, tenía que
reconocer que no había sido ella.
–Supongo que debería estar agradecida de que no
estuvieras preparado para llegar tan lejos –dijo, resistiendo
el impulso de apretarse contra su mano–. Oh, no, lo había
olvidado. No podías hacernada en tu casa. Tienes que sacarme de aquí para que nadie
pueda malinterpretar…
–¡Basta! –entrelazó los dedos en sus cabellos y le sujetó la
cabeza.
Todo el café quedó en silencio. Omer levantó la mirada y
todos desviaron rápidamente la atención.
–Lo siento, Defne. Tienes razón. Te estamos utilizando para
nuestros fines, pero a cambio puedes conseguir un
apartamento gratis durante un mes y un trabajo temporal.
Y, sean cuales sean las expectativas de mi prima, el trato
que te ofrezco está libre de todo compromiso.
–¿Sin compromisos? Caramba, entonces sí que estoy de
acuerdo.
–Sude cree que está ayudando, pero yo no estoy preparado
para ninguna clase de relación. Y no sé si alguna vez lo
estaré.
–No creo que esté pensando en una «relación» –replicó
ella, entrecomillando la palabra con los dedos–. Solo en un
poco de movimiento para sacudir las telarañas. Estoy aquí
de paso,
¿recuerdas?
–Dio… –murmuró él. Aflojó la mano con que le sujetaba la
nuca, pero ninguno de los dos hizo ademán de apartarse–. Estaba intentando ser sincero, Defne. No hay ningún
engaño ni motivos ocultos…
La puerta del café se abrió y entró una ráfaga de aire
helado.
–Signora Topal?
–¿Preferirías que te mintiera? –insistió él.
Defne vio que Sude los observaba nerviosamente detrás de
Omer, quien la miraba con expresión impasible. Se había
marchado de Longbourne para cambiar de vida y
aprovechar cualquier experiencia que le saliera al paso.
Estaba allí para trabajar, aprender y progresar como
diseñadora y artista. Un poco de sexo no estaría de más,
pero ella no buscaba nada tan complicado y exigente como
una relación. Tampoco su madre. Y, al parecer, tampoco
Omer.
El hombre que esperaba en la puerta dijo algo en italiano.
–Defne… –dijo Sude–, alguien te busca.
–Por amor de Dios –masculló, y se giró hacia el hombre de
la puerta–. Io sono Defne Topal.
Un frenético ajetreo reinaba en la atestada comisaría,
donde a Defne le encantó comprobar que, en efecto, las
mujeres policías llevaban altos tacones.
–¿Cómo pueden correr con ellos?
–¿Correr?–No importa –necesitaba hablar de algo mientras esperaba
con Omer a que los atendiera un detective–. Es una
pregunta estúpida. Todas tienen tanto estilo que seguro
que más de un ladrón se deja atrapar para que una de estas
mujeres le ponga las esposas y lo cachee.
Tragó saliva, horrorizada por haber dicho algo tan sexista.
Omer no dijo nada. Apenas había abierto la boca desde que
salieron.
–¡Omer! –un detective se acercó y le estrechó la mano–.
Signora…?
–Giorgio, te presento a la signora Defne Topal. Defne, te
presento al comisario Giorgio Rizzoli –Omer le explicó la
situación en un italiano tan rápido que Defne apenas
entendió un par de palabras.
–Signora Topal… –el comisario se llevó una mano al
corazón–.
Mi dispiace…
–Lamenta profundamente lo que te ha pasado –tradujo
Omer–. Vamos a su despacho para que te tome declaración,
pero espera que entiendas que las probabilidades de
recuperar tu dinero son casi nulas.
Por la noche, el Café Rosa estaba a rebosar y la comida y la
bebida se servía sin parar. Por suerte, todo el mundo fue
muy paciente con Defne. Recibió un par de invitaciones más para tomar una copa y cenar, pero consiguió eludirlas sin
provocar situaciones embarazosas.
–Defne –se giró y vio a Sude portando una bandeja con
café, agua y un panino–. Si quieres, puedes tomarte un
descanso y subirle esto a Omer. Y de paso recuérdale que es
sábado y que hay que divertirse – miró alrededor–. Parece
que esto está ahora más tranquilo, así que… tómate tu
tiempo.
Omer oyó a Defne acercarse. Era sorprendente lo rápido
que había reconocido sus pasos, pero no levantó la mirada
cuando ella abrió la puerta. Si le hacía ver que estaba
ocupado, lo dejaría en paz. Omer estaba librando una
batalla tan feroz entre su sentido común y sus necesidades
corporales que necesitaba desesperadamente mantenerse
apartado de Defne.
–Sude te envía la cena –dijo ella, colocando la bandeja en la
mesa.
Pues claro. Su prima emplearía cualquier excusa para que
los dos acabaran juntos.
Masculló un agradecimiento y siguió escribiendo en el
portátil.
–No es bueno que hagas esto.
–¿El qué?–Comer mientras trabajas –Defne se apoyó en el borde de
la mesa–. Sufrirás una indigestión, ardor de estómago y
úlceras.
–¿No tienes nada que hacer en el bar?
–Estoy en mi descanso –él siguió tecleando sin ni siquiera
leer lo que escribía–. Sude quiere que me siente en tus
rodillas y te revuelva el pelo mientras te cuento cuántos
hombres han intentado ligar conmigo esta noche.
–¿Eso te ha dicho?
–No con esas palabras, pero me ha dicho que te recuerde
que hay que divertirse más y no trabajar tanto. Y que me
tome mi tiempo. Aunque podría ser que soy tan inútil que
está deseando perderme de vista durante media hora.
–¿Es así?
–No exactamente.
Omer ya sabía por Sude lo bien que se le daba a Defne
preparar los cafés. Dejó de fingir que trabajaba y la miró.
Defne llevaba uno de los delantales negros del Café Rosa y
se había recogido el pelo con una cinta de terciopelo. Su
aspecto era decente y profesional, pero aquella carnosa
boca carmesí causaría revuelo en cualquier parte.
–¿Cuántos hombres han intentado ligar contigo?
–Vamos a ver… Estaba Roberto –empezó a contar con los
dedos–. Pelo oscuro, ojos azules, chaqueta de cuero. «Andiamo in un posto più tranquillo» –dijo en voz baja y
sensual.
–Yo de ti me guardaría mucho de ir con él a ningún sitio,
tranquilo o no.
–¿Es peligroso?
–Su mujer está fuera, cuidando de su madre enferma.
–Qué asco –hizo un gesto de desprecio típicamente
italiano–. ¿Y Leo? Quería agregarme a su Facebook. Pero
me parece que insinuaba otra cosa, ¿no crees? –¿Hace falta
que te lo diga?
–¡Hombres! Solo piensan en el sexo. ¿Es que ya nadie le
ofrece a una chica una cita como es debido?
–¿Cómo es esa cita?
–Ya sabes, el hombre recoge a la chica en su casa, la lleva al
cine, la invita a palomitas y ven la película asidos de la
mano…
–¿Alguno más? –la interrumpió él. No quería imaginarse a
Defne en el cine con otro hombre, ni lo que pudieran hacer
después.
–¿Qué? Oh, sí. Gennaro es encantador, pero no busco un
hombre que haga de padre. Y Nic, el tipo que toca el
saxofón, me dijo
«Ti amo» de una manera cariñosa, pero creo que solo
porque acababa de servirle una cerveza.–Típico de Nic, pero veo que ya tienes un club de
admiradores.
¿Alguno de ellos será el afortunado?
–¿Bromeas? Sude no dejaría que ninguno se me acercara lo
suficiente. Está empeñada en velar por tus intereses. –¿No
confía en mi encanto personal para cautivarte?
–Yo estoy en el bar y tú estás aquí, trabajando –se encogió
de hombros y se apartó un mechón de pelo que se le había
soltado–. ¿Te he hablado de Marco? Vino esta tarde
mientras Sude me enseñaba cómo funciona el bar. Le hice
un espresso, y ha vuelto esta noche… – se detuvo–. Pareces
muy ocupado. No sabía que hiciera falta tanto papeleo para
llevar un bar.
–El bar da mucho trabajo, pero en estos momentos estoy
trabajando en un plan de desarrollo urbanístico para Isola.
Un plan que evite demoler edificios y calles históricos.
–Ah, entiendo. Es algo importante. Bueno, no quiero
entretenerte.
Desde luego que lo estaba entreteniendo.
–No te olvides de la cena –añadió, frotándose el labio
inferior con el pulgar–. ¿Crees que el pintalabios se me ha
corrido lo bastante para
parecer convincente? –se inclinó para que él le diera su
opinión y el delantal dejó a la vista el sujetador negro bajo la camiseta negra, ceñido a unos pechos blancos y
perfectos. Si aquella era la imagen que les brindaba a los
clientes al servirlos no era raro que todos se le insinuaran–.
A lo mejor debería soltarme un poco la melena.
–¿Quieres que Sude crea que nos hemos liado en mi mesa?
–Estoy haciendo todo lo posible por convencerla de que
intentamos refrenarnos. Y debo decir que sin mucha
ayuda…
Levantó una mano para apartarse un mechón y él le agarró
la muñeca.
–¿Quieres soltarte la melena? –le preguntó con una voz que
a él mismo le sonó extraña.
Ella no dijo nada, pero la punta de su lengua asomó
brevemente entre sus labios. Tenía las pupilas dilatadas, tan
negras como su pelo, engullendo el gris plateado de sus
ojos. Soltó un gemido ahogado y el cuerpo de Omer
respondió por sí solo. Le soltó la muñeca, agarró la cinta
que le sujetaba el pelo y tiró de ella para que una cascada
sedosa cayera hacia delante, envolviéndolo con su
embriagadora fragancia mientras ella se deslizaba sobre su
regazo.
Omer la sujetó por la nuca y con la boca la acució a separar
los labios, arrancándole un débil gemido y sintiendo como
el cuerpo de Defne se relajaba contra el suyo mientras
sumergía la lengua en la cálida y satinada dulzura de su boca. Con la otra mano buscó la franja entre la camiseta y la
falda negra que ocultaba sus fabulosas piernas, y la deslizó
hacia arriba hasta los pechos. A través del sujetador de
encaje sintió la dureza de sus pezones.
Ella lo deseaba, él la deseaba. Había que ser tonto para no
saciarse con ella, hundirse en ella, poseerla salvajemente
sobre la mesa, en el suelo, en la cama. No tenía nada que
ver con las emociones ni los sentimientos. Solo era deseo.
Solo era sexo…
Las tres palabras retumbaron en su interior como un
trueno, más gélidas que las cumbres nevadas de los Alpes.
Las últimas palabras que Iz le había dicho.
«Solo era sexo».
CONTINUARA

Deja un comentario