MI DESTINO EN TUS OJOS CAPITULO 5

–Eso no es cierto –se apresuró a decir Omer–. Al menos, no
lo primero. Yo he aprendido mucho de ti –cerró la
chimenea, dejó el atizador en su sitio y apoyó el codo en la
repisa, confiando en dar una imagen más relajada de cómo se sentía–. Eres una diseñadora de mucho talento. Eres una
experta en primeros auxilios y en helados. Y tienes una
familia complicada a la que quieres mucho.
–No es gran cosa cuando le ofreces tu casa a una
desconocida.
–Puede que no, pero también eres compasiva –y se había
convertido en el centro de atención en cuanto entró en el
bar, y era la primera mujer que lo hacía sentirse un hombre
en más de un año, pero Omer debería centrarse en su lado
compasivo–. A pesar de haberte perdido y de la nieve, no
dudaste en rescatar a un gatito indefenso. Solo intento
hacer lo mejor para ayudar a una damisela en apuros –
concluyó, aunque Defne no tenía nada de damisela.
Ella soltó una breve carcajada.
–Lo siento, Omer, pero no creo en los cuentos de hadas.
–¿No? Pues acabas de toparte con un lobo disfrazado.
–Me encantan los lobos –Defne se irguió en el asiento–.
Está bien, he perdido el dinero que tanto me había costado
ganar, pero no voy a morirme de hambre ni voy a dormir en
la puerta de una tienda.
–Esta noche. Y mañana te llevaré a la comisaría para que
denuncies la estafa. Te hará falta ayuda con el italiano.
–¿Servirá de algo? Detener a los estafadores cibernéticos es
como atrapar moscas con unos palillos.–Es aún más difícil porque con frecuencia las víctimas no
denuncian el robo. Como si se sintieran culpables de lo
ocurrido. No lo son. Tú no lo eres –le retiró el cuenco con la
mitad de la pasta.
–Lo sé, pero actué sin pensar, olvidé la regla básica y bajé la
guardia. Ahora me costará mucho más hacer lo que tenía
planeado, pero no voy a permitir que un miserable
estafador me arrebate mis sueños y me haga volver a casa
con el rabo entre las piernas –respiró profundamente–. No
seré una víctima.
Lo dijo con tanta pasión y convicción que Omer estuvo a
punto de gritarle: «Bravissima!», besarla en las mejillas y
abrazarla con fuerza. Pero por suerte prevalecieron sus
genes británicos y conservó la compostura.
–¿Cuál es la regla básica?
–Hay que sospechar siempre de la perfección. Si algo parece
demasiado bueno para ser cierto, muy probablemente no lo
sea.
–Todos nos dejamos engañar alguna vez, Defne. Todo el
negocio de la publicidad se basa en esa premisa. El cebo
estaba diseñado para que te enamorases del apartamento,
y no serás la única que lo hace.
–No –aceptó ella con un suspiro–. Y seguramente habrá una
colección de casas y mansiones idílicas para engañar a los
incautos.–Sin duda. Tu deber es advertir a la policía que este verano
recibirán una horda de turistas furiosos a los que han
timado con apartamentos inexistentes. A lo mejor eso
ayuda a prevenir futuras estafas.
–Supongo… –ladeó ligeramente la cabeza–. Leí en alguna
parte que las mujeres policías de Milán llevan tacones. ¿Es
cierto?
–Solo hay un modo de averiguarlo –sus miradas se
encontraron y el aire que los rodeaba se cargó de
electricidad–. ¿Quieres algo más? ¿Té, café? ¿O prefieres
saquear el frigorífico para el postre?
–¿Té de verdad?
–Té de verdad.
–Ahora sí que nos entendemos –dijo ella mientras se
levantaba del sofá.
–¿Qué haces? –le preguntó él al ver que recogía los platos. –
En mi casa el que cocina queda dispensado de fregar los
platos – respondió ella, y se dirigió hacia la cocina sin darle
tiempo a decirle que se sentara.
–Me parece justo, pero tengo un lavavajillas.
–¿En serio?
Miró alrededor y Omer entendió su escepticismo. Aparte
del moderno frigorífico que había adquirido al instalarse, la
cocina seguía igual que como la había dejado Nonnino. Un aparador lleno de vajilla antigua ocupaba una pared, una
gran mesa dominaba el centro y junto a la cocina de leña
había un par de viejos armarios de madera. Era cómoda,
acogedora y a Omer le gustaba así, pero no por ello iba a
renunciar a los electrodomésticos.
–Aquí lo tienes –abrió una puerta de lo que había sido una
gran despensa, transformada en cuarto de servicios–. Il
bagno di servizio.
–¡Maravilloso! Tienes lo mejor de ambos mundos.
–Me alegra que te guste –puso la tetera al fuego mientras
Defne metía los platos en el lavavajillas. La luz se reflejaba
en los brillantes cabellos rojos que caían sobre sus hombros
y en sus sensuales labios carmesíes.
–Está nevando con fuerza –observó ella al mirar por la
ventana–.
¿Durará mucho?
–Puede que unas horas, o puede que varios días –dijo él,
pero no miraba la nieve que se acumulaba en el alféizar de
la ventana. Solo miraba el reflejo de Defne en el cristal–.
Dure lo que dure, no podemos hacer nada.
–Salvo disfrutar del momento. Si mi madre viviera ya habría
salido a hacer un muñeco de nieve.
–¿Ahora?–Pues claro. No vaya a ser que se transforme en lluvia
durante la noche –sonrió al recordarlo–. En una ocasión nos
levantó a todas en mitad de la noche porque había
empezado a nevar. Hicimos muñecos de nieve, libramos una
batalla de bolas y después nos preparó sopa de tomate
enlatada para entrar en calor.
–¿Y por la mañana se había derretido la nieve?
–No, pero así les ganamos a los otros niños –le brillaban los
ojos de regocijo–. Mi madre nunca dejaba pasar una
oportunidad de divertirse. Puede que presintiera que le
quedaba poco tiempo y quisiera llenarnos de buenos
recuerdos mientras pudiera.
–¿Y eso es lo que haces tú ahora? ¿Seguir su ejemplo?
–Cuando digas adiós, hazlo como si fuera la última vez. Y
vive cada día como si fuera el último.
–¿Estás insinuando que quieres salir a librar una batalla de
bolas de nieve? –preguntó Omer. No quería recordar cómo
se había separado él de su padre.
–¿Te atreves? –lo retó ella, pero sacudió la cabeza antes de
que él pudiera responder–. Estaba bromeando. Ha sido un
día muy largo.
–Y tu llegada a Isola no ha sido precisamente gratificante –
aunque, si lo pensaba bien, a él no le habría gustado
perderse aquella noche–. Por otro lado, un poco de emoción nunca hace daño, y dijiste que habías venido a
Italia a vivir experiencias, ¿no?
Sus ojos se encontraron en el reflejo de la ventana, pero ella
se giró para mirarlo de frente.
–Lo de hoy ha sido toda una experiencia, te lo aseguro –le
dijo, reprimiendo un bostezo.
–Estás cansada –no había aceptado ni rechazado la
habitación de Sude, ni él había despejado sus dudas sobre la
conveniencia de ofrecerle alojamiento, pero el clima se
encargó de tomar la decisión por ambos–. Sude ha subido
tu equipaje – agarró la taza de té y la condujo hasta la
habitación que su prima había arreglado para que pareciera
que la ocupaba a diario.
Había una cesta de cosméticos en el tocador, un libro en la
mesilla y un par de zapatos bajo la cama.
–¿Cuánto tiempo lleva viviendo con Sinan?
–Lo siguió hasta aquí desde Melbourne hace un año –Omer
agarró los zapatos de Sude y los metió en el armario–. Si te
soy sincero, no creía que su relación superara el roce de la
convivencia.
–¿Lo dices por experiencia?
–Estuve a punto de hacerlo una vez.
–Yo nunca.
–¿Por las habladurías?–Eso no me hubiera detenido.
–No… –Omer se acercó a la ventana y miró la plaza. La nieve
cubría la ciudad con un manto blanco, suavizando los
bordes y confiriéndole un aspecto limpio y apacible. Defne
pegó las manos al cristal y suspiró.
–Me encanta la nieve –su voz era tan suave como los copos
que caían en el exterior–. Es como estar en otro mundo… en
un lugar donde el tiempo no cuenta –se dio la vuelta y lo
miró.
Defne sintió el calor que emanaba de Omer estando los dos
de pie junto a la fría ventana, uno frente al otro, casi
rozándose. Sus sentidos se agudizaron y casi podía oír los
latidos de Omer y saborear las hormonas que se
concentraban en el aire. Quería sacarle la camisa de la
cintura y frotar la mejilla contra su pecho para marcarlo
territorialmente como una gata.
Omer levantó una mano, muy despacio, y se inclinó hacia
ella. Defne sintió un hormigueo por toda la piel,
anticipándose al contacto. Los labios le temblaban y ardían
como si hubieran aumentado al doble de su tamaño. Cerró
los ojos y espero el contacto, pero este no llegó. En vez de
eso oyó el «clic» de uno de los postigos al cerrarse.
¡Noooo!–Mi habitación tiene un baño privado, así que el cuarto de
baño es todo tuyo –dijo él bruscamente–. Hay agua caliente
de sobra y nadie te molestará.
Defne no tenía a donde ir y se había quedado sin dinero, y
lo único en que podía pensar era en besar a Omer iplikci,
arrancarle los botones de la camisa y explorar su piel
desnuda. Y también en sentir sus largos dedos recorriéndole
los pechos…
«Clic». El segundo postigo se cerró, rompiendo el hechizo
de la nieve, y Defne volvió de golpe a la realidad.
–Gracias.
–Si me necesitas, estaré en la oficina ocupándome del
papeleo.
–¿Te estoy impidiendo trabajar?
–Había hecho una pausa para cenar. Por eso estaba en el
bar cuando llegaste. Ya sabes dónde está todo, así que…
estás en tu casa.
–Omer… –él esperó con la mano en la puerta–. Gracias. Él
respondió con un leve asentimiento de cabeza.
–Te veré mañana.
Defne no se movió hasta que oyó cerrarse la puerta. ¿Cómo
era posible que en menos de dos horas hubieran pasado de
un beso apasionadamente prometedor a una situación tan
embarazosa?Todo había sucedido demasiado rápido. Si el gato no
hubiera hecho su dramática aparición, los dos habrían
cenado tranquilamente. Él le habría explicado lo del piso, la
habría ayudado a encontrar alojamiento para pasar la noche
y a la mañana siguiente ella habría regresado para darle las
gracias y, tal vez, con un poco de suerte, reavivar la chispa
de atracción que ardía entre ellos.
Pero en vez de eso, se encontraban entre un deseo
irresistible y una embarazosa contención. Y, en un esfuerzo
por superar la incómoda situación, Defne había hablado
más de la cuenta sobre sí misma.
Su madre, los sombreros negros, el faisán…
–Oh, Dio… –con la imagen de Defne apoyando las manos en
el cristal grabada en su cerebro, Omer abrió el cajón de su
mesa y sacó una botella de grappa.
Tomó un trago y sintió el calor abrasándole las venas.
Había estado a punto de tocarla. Casi había sentido el roce
de su mejilla cuando levantó el rostro hacia él, con los ojos
cerrados y los labios entreabiertos, esperando una
repetición del beso. Omer apretó el puño en un vano
intento por borrar la imagen de su memoria.
Se había alejado de ella antes de hacer algo imperdonable,
pero no había servido para contener su desaforada
imaginación, quellevaba torturándolo desde que Defne entró en el bar y
todos los presentes se quedaron en silencio, contemplando
a la princesa de un cuento de hadas que surgía de la noche
invernal.
Él también se había girado hacia ella, sus miradas se habían
encontrado y, por primera vez en mucho tiempo, Omer se
olvidó del dolor y el sufrimiento…
Y entonces ella había dicho: «via Pepone».
Tendría que haber dejado que fuera Sude quien se ocupara
de ella, pero el impacto visual había despertado las
sensaciones de su larga hibernación. Y la ola de calor no
había dejado de crecer desde entonces. Al tocarle la mano,
cuando ella se quitó el guante, cuando dejó al descubierto
el vestido negro, cuando él le puso la mano en la cintura
para apartarla de la barra…
Quería sentir el tacto de su mejilla bajo los dedos, quería
saciarse con su sabor, quería desnudarla y apretarla contra
su cuerpo desnudo, quería hundirse en ella hasta olvidar
por completo el pasado.
Lo que ella había dicho, la manera de mirarlo cuando estaba
junto a la ventana… era una invitación. No era una princesa
perdida en una fría noche, sino una hechicera que podía
hacerle perder la cabeza.
No. Defne Topal era una mujer en apuros, y ese era el
problema.De no haber sido por la inoportuna, o quizá oportunísima,
interrupción de Sude, el momento habría estallado en una
explosión sexual de consecuencias imprevisibles. Pero
ambos habían tenido tiempo para recapacitar y el momento
se había perdido.
Mejor así, porque ella no lo conocía. Y seguramente creía
que él esperaba algo a cambio de ofrecerle alojamiento.
Su cuerpo lo acuciaba a satisfacer el deseo, pero ¿cómo
podría mirarse al espejo por la mañana si se aprovechaba
de la situación?
Trabajo. Esa había sido la respuesta cuando Iz le exigió que
se olvidara de Isola y de todo lo que no podía cambiar, ya
que tarde o temprano los edificios viejos serían demolidos y
su padre, o alguien como él, levantaría en su lugar bloques
de apartamentos y oficinas. El trabajo había sido la solución
cuando se dejó seducir por la
sensual provocación de Iz aun sabiendo en el fondo de su
corazón que todo había terminado.
Abrió el documento en el que había estado trabajando, sus
planes de futuro para Isola, pero las palabras del monitor se
disolvían en imágenes que nada tenían que ver con la
conservación del patrimonio o con viviendas a un módico
precio.Las manos de Defne… señalando el plano con una uña roja…
desabrochándose lentamente los botones… acariciando la
cabeza del gatito.
La boca de Defne alzándose para besarlo, la gargantilla de
encaje negro realzando la longitud de su blanco cuello.
El rostro de Defne contemplando la nieve en la ventana,
girándose hacia él, animándolo a acariciarle la mejilla para
que, por una noche al menos, el vacío interior de Omer se
llenara de luz y calor.
CONTINUAR

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