–Defne…
Omer la agarró antes de que se cayera al suelo y la llevó al
salón, donde la tumbó con delicadeza en el sofá y le puso
los pies sobre el reposabrazos. Se mantuvo en cuclillas junto a ella hasta que abrió los ojos, pero tenía la mirada perdida
y no parecía saber dónde estaba.
–Defne… –ella parpadeó un par de veces, miró a Omer e
intentó incorporarse, pero él se lo impidió–. No te levantes.
Respira…
La extrema palidez de su rostro enfatizaba sus ojos grises y
sus carnosos labios carmesíes.
–¿Qué ha pasado?
–Te has desmayado.
Ella soltó un gemido de consternación.
–Qué manera de hacer el ridículo.
–Es lo que ocurre cuando se sufre una conmoción con el
estómago vacío –ella volvió a intentar incorporarse–. No,
quédate donde estás. Te traeré un poco de agua.
Omer esperó hasta cerciorarse de que no se iba a levantar y
fue a la cocina a por un vaso de agua. Recogió el móvil que
Defne había dejado caer al suelo y al verlo entendió por qué
se había desmayado. Los estafadores la habían dejado sin
dinero.
Al volver con ella se la encontró tendida de espaldas y con
un brazo sobre los ojos. El vestido se le había levantado y
dejaba a la vista sus muslos, y Omer tuvo que contenerse
para no echarse encima el agua.
–Toma, bébete esto.Ella apartó el brazo y giró la cabeza hacia él.
–Esta noche estás poniendo a prueba tus conocimientos de
primeros auxilios.
–Puede que me costara entender lo del beso curador, pero
recuerdo la postura que se debe adoptar cuando se ha
sufrido un desmayo –ella intentó levantarse para agarrar el
vaso–. Despacio –le rodeó los hombros con un brazo para
sostenerla mientras le acercaba el vaso a los labios.
–Sí, dottore… –consiguió esbozar una sonrisa. Era un gesto
muy valiente dadas las circunstancias, pero atrajo la
atención de Omer hacia su boca, casi haciéndolo olvidar lo
que le había dicho a Sude sobre no aprovecharse…
Dejó el vaso en la mesita y se desplazó hasta sus pies.
–¿Qué haces? –le preguntó ella cuando deslizó una mano
bajo el tobillo.
–Quitarte las botas. ¿No te enseñaron que se está mejor
descalzo?
–Es verdad –estiró el pie y movió los dedos.
Ni siquiera lejos de su boca estaba seguro. Omer le quitó
rápidamente la otra bota y se apartó.
–Puedes incorporarte cuando te sientas capaz, pero hazlo
despacio.
Ella se sentó en el extremo del sofá, sobre los pies, y se bajó
la falda.–¿Y mi móvil? Tengo que llamar al banco.
Él se lo sacó del bolsillo y se lo dio.
–¿Lo has visto?
–Al recogerlo del suelo. ¿Te devolverán el dinero?
–El alquiler del primer mes y la fianza no, eso está claro. El
resto debería ser evidente que se trata de un fraude, por lo
que espero recuperarlo –encontró el número del banco y
llamó–. Lógicamente harán todo lo posible por echarme a
mí las culpas – lo miró–. Omer…
–¿Defne?
–Gracias.
–No tienes por qué dármelas.
Ella tragó saliva.
–Soy una idiota.
–No eres la única que se ha desmayado.
–Eso no hace que me sienta mejor –sacudió la cabeza y
puso una mueca de dolor. Omer alargó una mano para
consolarla, pero se detuvo a tiempo–. Tendría que haber
hecho algunas comprobaciones, pero habíamos encontrado
un inquilino para la casa y todo se precipitó.
–¿Has alquilado tu casa de Inglaterra?
–Sí –aunque quisiera, no podía volver a casa.–Y además tenías mucha prisa por escapar de tanto rosa y
helado.
–No debería ser tan irreverente –dijo ella con una débil
sonrisa–. Los helados han sido muy beneficiosos para mi
familia y, asumámoslo, el arte y la moda nunca han sido
carreras muy seguras.
–Hacemos lo que debemos.
–Sí.
Omer la dejó hablando con el banco y volvió a la cocina. Tal
vez ella no tuviera apetito, pero si le ponía la comida por
delante le entraría hambre.
Al volver con dos cuencos de pasta al funghi, tenedores y
servilletas, la encontró mirando fijamente el fuego.
–¿Arreglado? –le preguntó, y ella lo sorprendió con una
sonrisa–.
_¿Qué?
–Hablas inglés como si fuera tu primera lengua. Me resulta
extraño.
–No es tan extraño. Mi madre es inglesa.
–Supongo que eso ayuda.
Él se encogió de hombros, pero no había nada mejor que el
recuerdo de su primer verano en Inglaterra, frío, lluvioso y
escuchando una lengua extranjera, para apagar su libido.–¿Cuántos años tenías?
Omer le tendió un tenedor, lamentándose por haber sacado
el tema.
–Doce, poco antes de cumplir trece.
–Una mala edad.
–¿Hay alguna buena?
–Supongo que no, pero ya era bastante duro. Y encima
perder tu casa y renunciar a tu lengua.
–Mi madre estaba muy furiosa y dolida. Había descubierto
que mi padre tenía una aventura con la mujer que ella
pensaba que era su mejor amiga. Me dio a elegir entre irme
con ella o quedarme en Italia.
–Y tú la elegiste a ella.
–Me necesitaba más que yo a ella –le pasó un cuenco de
pasta–.
Come.
Ella miró la comida como si no supiera de dónde había
salido, pero, como él había esperado, la buena educación
no le permitía rechazar lo que se le ofrecía.
–Huele muy bien.
–La vida es corta –repuso él–. No dejes pasar un día sin
comer pasta.–Tengo que admitir que es la comida perfecta para una
noche fría y con nieve en Milán –su valiente intento por
sonreír iluminó sus ojos y a Omer le provocó una reacción
tan fuerte en la entrepierna que tuvo que ocultarla con el
cuenco de pasta–. Claro que cuando llegue la primavera te
haré un sorbete Bellini y ya verás lo que es bueno.
–¿Un sorbete Bellini?
–Zumo de melocotón y Prosecco… –arqueó las cejas–. ¿Qué
creías, que mis hermanas solo usaban porquerías de grasa
vegetal para sus eventos de empresa?
–Los ingleses no son precisamente famosos por sus helados.
–¿A diferencia de los italianos?
–Antes dijiste algo de una furgoneta. Si es una de esas
heladerías ambulantes no creo que vaya cargada de
sorbetes
Bellini.
–Cierto, pero Rosie es muy especial. Va a las fiestas de los
niños, a las bodas, a las despedidas de solteras… Cualquier
festejo que se pueda aderezar con helados.
–¿Hay mucha demanda?
–Ni te lo imaginas. Sobre todo, cada vez que aparece en una
famosa serie de la tele. También hacemos… quiero decir, mi
hermano hace helados especiales para bodas, eventos empresariales y ese tipo de cosas, el mercado ideal para el
sorbete Bellini.
–¿Y tú te encargas de diseñar los interiores? –le preguntó
Omer, con la esperanza de que la conversación la hiciera
olvidarse del apartamento hasta que hubiera acabado de
comer.
Ella le contó todo sobre el negocio y le enseñó las fotos en
el móvil de las heladerías que había diseñado. Realmente
tenía mucho talento.
–Así que eres diseñadora, heladera y rescatadora de gatitos
en tus ratos libres.
–Lo del rescate es algo recíproco, Omer. La gente cree que
los gatos son unos animales independientes y egoístas, pero
yo los he visto responder a las necesidades de sus dueños y
de otros animales.
Lo miró bajo sus espesas pestañas y Omer se preguntó
quién estaría rescatando a quién. Percibía algo más
profundo que un deseo de pintar, diseñar y vivir aventuras
en Italia, pero ya se habían adentrado bastante en terreno
personal y no quería seguir escuchando.
Tal vez ella también lo sintió, porque tomó otro bocado de
pasta y dejó el tema.
–Está realmente buena.–Espera a probar el risotto alla milanese de nuestro
cocinero: arroz arborio del valle del Po, mantequilla, vino
blanco, azafrán y queso parmesano –la comida siempre era
un tema seguro–. Lamento no tenerlo esta noche, pero, con
este mal tiempo, Sude ha mandado a todo el personal a
casa.
–Impresionante.
–¿El qué, cerrar temprano por el mal tiempo?
–Me refiero a tu habilidad para nombrar los ingredientes de
la receta.
–Nonnina solía hacerlo para mí.
–¿Nonnina? ¿Tu abuela?
–En realidad, la abuela de Sude, mi tía abuela, pero todo el
mundo la llama Nonnina. El Café Rosa era su bar hasta que
cedió a las presiones de su hijo para jubilarse y trasladarse a
Australia. Me dejaba ayudarla en la cocina cuando yo era
niño.
–Qué tierno… –Defne sonrió–. Pero creo que hiciste bien en
no seguir sus pasos y convertirte en cocinero.
–¿Por qué lo dices?
–Te has olvidado del caldo de pollo.
–Ah, ¿sí? ¿Es tan importante?
–Lo es si eres el pollo.–No me lo digas… Recogías a los pollos que veías perdidos y
te los metías en el bolsillo… no, en la cesta de la bici. ¿Los
metías también en la bañera?
–No intentes hacer eso con un pollo –le advirtió ella–. No
pueden volar, pero baten las alas con mucha fuerza y
pueden causar estragos en un espacio cerrado.
–Veo que eres una inagotable fuente de sabiduría en lo que
respecta a los animales. ¿Qué haces con ellos?
–A las aves heridas las llevo al refugio para que las cuiden
hasta que se las pueda dejar en libertad.
–¿Al veterinario no?
–Una vez encontré un faisán con una herida de arma de
fuego. Lo llevé al veterinario del pueblo pensando que lo
curaría, pero ni se molestó en mirarlo. Le rompió el cuello y
me dijo que mi madre lo tuviera unos cuantos días colgado
antes de cocinarlo.
–¡Dios! ¿Qué edad tenías?
–Nueve. La abuela y yo le dimos un funeral como es debido
y lo enterramos en el jardín.
–Espero que tu abuela le diera su merecido al veterinario.
–En absoluto. Me dijo que era un veterinario de la vieja
escuela que pensaba estar dándole una lección útil a una
chica de campo – removió la pasta con el tenedor–. Al
menos fue sincero. Podría haberme enviado a casa con la promesa de que curaría al faisán para luego comérselo él
mismo.
Omer se imaginó a la pobre chica huérfana de madre
aferrando un faisán muerto y se arrepintió de haber
preguntado. Entonces se acordó de lo que había dicho del
caldo de pollo.
–¿Eres vegetariana, Defne?
–No como carne.
–¿Qué diferencia hay?
–No visto pieles, pero sí cuero y lana. No como carne, pero
sí pescado, queso y huevos, y también bebo leche.
–¿Por qué no me lo dijiste antes de preparar la cena?
–Iba a decírtelo, pero entonces explotó la bomba del
apartamento y… Además, esta pasta está deliciosa –se
esforzó por comer un poco más–. ¿Es un problema para ti?
–Claro que no. ¿Por qué habría de serlo? Solo estoy
sorprendido, nada más.
–¿Sorprendido? ¿Por qué?
–¿Eres consciente de que vistes como una vampiresa?
–Ah, eso… –Defne sonrió–. Iso dijo lo mismo la primera vez
que me vio. Que parecía una vampiresa flacucha y
demacrada.
¿Iso? ¿Quién era Iso?–Tuvo que ser hace tiempo.
–Tenía dieciséis años. He engordado un poco desde
entonces – se miró los pechos y al levantar la mirada
sorprendió a Omer haciendo lo mismo.
El tiempo pareció detenerse a su alrededor. Por encima de
sus acelerados latidos, Omer oyó a Sude preguntándole
cuánto tiempo hacía que no se acostaba con una mujer.
La aparición de Defne Topal había reanimado la capacidad
de sentir que creía haber perdido para siempre. En cuanto
la vio entrando en el bar cubierta de nieve supo que solo
tenía que tocarla para volver a la vida. Pero si la sangre
volvía a fluir por sus entumecidos miembros, también lo
haría el dolor. Se había pasado los últimos meses
concentrado en el trabajo, usándolo como una membrana
impermeable entre su vida pública y el vacío interior.
En el vacío nadie podía oír los gritos…
–¿Quién es Iso? –preguntó sin poder contenerse.
–Mi mejor amigo –su sonrisa le iluminó el rostro–. En
cuanto a lo del atuendo de vampiresa, solo es un look,
Omer. No muerdo. Bueno, no a menudo –se llevó a la boca
otro bocado de pasta–. Solo un mordisquito por aquí y por
allá, pero a diferencia de los gatos procuro no hacer sangre.
–Qué lástima. Habría sido algo inolvidable recibir un beso
curativo tuyo… Lo siento –se disculpó antes de que ella
pudiera hablar–. Ha sido una…–No, soy yo quien se disculpa –el tenedor quedó a mitad de
camino de su boca–. Normalmente no suelo arrojarme en
brazos de desconocidos –dejó de fingir que tenía apetito y
bajó el tenedor–.
¿Qué estoy diciendo? ¡Nunca me he arrojado en brazos de
un desconocido! Debió de ser la conmoción…
–¡No! –sin pensar, le puso la mano sobre la suya–. No te
disculpes –no quería que se disculpara por haberlo besado,
de modo que dijo lo único que se le pasaba por la cabeza…
la verdad–. Es lo mejor que me ha pasado en mucho
tiempo.
El rugido que bramaba en sus oídos tenía que ser el sonido
de la vida derramándose por el agujero que ella había
hecho en su membrana impermeable.
Retiró la mano, se levantó y abrió la puerta de la chimenea.
–¿Qué te ha dicho el banco? –le preguntó mientras metía
un par de troncos.
Ella no le respondió y él se giró a medias.
–Me han hecho un montón de preguntas. Seguramente
creen o confían en que he compartido la contraseña con un
novio resentido que me ha vaciado la cuenta.
–A veces ocurre.
–¡A mí no! –exclamó ella con más vehemencia de la
necesaria–. Mi abuela fue víctima de una estafa poco después de que mi madre muriera. Era un hombre
encantador, elegante, extremadamente paciente con
nosotras. Incluso me compró unas cintas para el pelo. Todas
nos enamoramos de él, incluido el perro, y nos costó
muchísimo tiempo recuperarnos, tanto económica como
emocionalmente.
–¿Por eso estás tan furiosa contigo misma? Le podría haber
pasado a cualquiera. Es como si te hubieran atracado en la
calle.
–Lo sé, pero el apartamento era ideal, Omer. El salón tenía
un pequeño balcón desde el que se veía la catedral, y había
una habitación que pensaba usar como taller… –sacudió la
cabeza–. Lo siento. Sé que todo era falso, pero me cuesta
aceptarlo.
Omer la entendía muy bien. Él seguía pasando noches en
vela recordando el día en que le dio a elegir a Iz entre
quedarse o marcharse. Ella había usado todas sus armas,
retóricas y sexuales, en un último esfuerzo por hacerle
cambiar de opinión.
–Un vuelo con retraso, un tiempo de perros y descubrir que
has sido víctima de un fraude bastaría para nublarle la
mente a cualquiera.
–La mía está completamente embotada.
–¿Tienes idea de lo que vas a hacer? ¿Te quedarás o
volverás a casa?Ella se encogió de hombros.
–Si vuelvo a casa me encontraré en la misma situación que
si me quedo. Sin casa propia, sin trabajo y sin dinero hasta
que el banco decida reembolsármelo, si es que lo hace.
–¿Y tu hermano?
–Oh, el me daría alojamiento y trabajo, pero entonces
volvería a ser la hermana pequeña. La oveja negra de la
familia – miró el reloj–. Es tarde. ¿Hay alguna pensión por
aquí cerca? ¿Algún sitio donde pueda alojarme a estas
horas?
–Sí, hay uno muy cerca –se volvió hacia el fuego y removió
los troncos con el atizador, despidiendo una nube de
chispas–. Sude te ha dejado su habitación. Es la que está
frente al baño.
–¿Su habitación… aquí? Pero yo no podría… –La puerta se
cierra con pestillo –dijo él.
–¿Qué? No… –¿se había puesto colorada o era el resplandor
de las llamas? –. Quiero decir que no puedo abusar de tu
hospitalidad.
–Como tú misma has dicho, es tarde y además está el
problema
de…
–Tengo algo de dinero. Y una tarjeta de crédito para las
emergencias. Esto se considera una emergencia, ¿no?–Desde luego, pero, si me dejas acabar, me refería al
problema del gato. No lo aceptarían en ningún hotel.
–Podría…
–No, no podrías.
–No sabes lo que iba a decir.
–Ibas a decir que podrías metértelo otra vez en el bolsillo
para que nadie lo viera –arqueó una ceja, desafiándola a
que lo negara–. Y ya has visto lo que ha pasado esta noche.
–Está bien, pero ¿y Sude?
–¿Qué pasa con ella?
–¿Dónde dormirá si yo me quedo en su habitación?
–Donde duerme siempre. En casa de Sinan. Vive con él,
pero tiene aquí algunas cosas por si de repente se presenta
su familia sin avisar.
–¿En serio?
–¿Crees que es demasiado mayor para preocuparse de lo
que piensen sus padres sobre lo de vivir con su novio?
–Sí.
Omer había evitado mirarla al decirle lo de la habitación.
Gatos aparte, de ninguna manera iba a dejarla marchar
después de haberse desmayado, pero el calor que prendía
entre ellos complicaba seriamente lo que debería ser una
simple oferta de hospitalidad. Tenía que hacerle creer que por su parte no había expectativas de ningún tipo. Que no
tenían que hacer nada. Que el beso solo había sido una…
Realmente tenía que dejar de pensar en aquel beso.
–Es una situación complicada.
–Lo complicado me resulta familiar –dijo ella–. Tengo una
familia muy complicada.
–Es verdad –quería saberlo todo sobre su familia. Y sobre
ella–. Pero seguro que no es tan complicado como el odio
que se tienen dos familias desde hace más de cien años por
culpa de una cabra.
–¿Una cabra? –repitió ella con asombro, a punto de echarse
a reír. Y si se reía…
–¿Alguna vez te has llevado a casa una cabra, Defne?
–Oh, vamos. Hasta yo sé que una cabra puede causar
estragos en un jardín. Tienen debilidad por las rosas, y a mi
abuela le encantan sus rosas.
–Las cabras se lo comen todo, pero es mejor dejar esa
historia para una cena con buena comida y abundante vino.
–La mía también
–dijo Defne–. Quizá deberíamos dejarlas para otra noche.
–Hecho.
La cosa se ponía realmente difícil. Primero habían estado a
punto de arrancarse la ropa el uno al otro, pero, gracias a una estafa por Internet y un gatito extraviado, Defne llevaba
el cartel de No tocar alrededor del cuello.
–Debes de estar cansada. Te mostraré tu habitación.
–Sí… No… –Defne tragó saliva, haciendo que se moviera la
gargantilla–. Sude y tú habéis sido muy amables, pero no
sabéis nada de mí. Y yo no sé nada de ti…
CONTINUARA

