Omer entró en la cocina, llenó un vaso de agua fría del
frigorífico y lo vació de un trago. Solo le sirvió para que un
chorro de vapor le saliera por las orejas.
Defne…El nombre evocaba una pintura renacentista, pero ningún
ángel tenía un cuerpo como el suyo. Unas curvas tan
voluptuosas. Una boca que invitaba a besarla y a poseerla.
Hacía más de un año que no sentía un deseo tan
descontrolado por una mujer, pero al girarse y ver sus labios
carmesíes, único toque de color contra su ropa negra, y el
contraste de sus cabellos rojos con una piel tan blanca que
parecía no haber recibido nunca la luz del sol, todo su
cuerpo se había vuelto loco.
Consciente de que Sude lo miraba sin disimular su regocijo,
le lanzó una mirada de advertencia para que no se le
ocurriera hacer ningún comentario. Ella sonrió con picardía
y se volvió hacia Defne cuando esta se les unió.
–¿Cómo ha ido? –le preguntó–. ¿Se ha ganado mi primo el
título de primeros auxilios?
–La medalla de oro, más bien –respondió Defne,
extendiendo la mano para que Sude se la examinara. A
pesar de hablar en tono jocoso se esforzaba por no mirar a
Omer y tenía las mejillas coloradas.
–¿Has encontrado una caja, Sude? –preguntó él con voz
cortante.
–Tengo esta caja forrada con papel de periódico –le mostró
la caja que llevaba en las manos–. El cocinero me ha dado
un poco de pollo para Rattino. ¿No tienes leche en casa?–Sí, pero está fría –Omer aprovechó la oportunidad para
escapar–. Calentaré un poco en el microondas.
–Gracias. Muy amable por tu parte –Defne aceptó la caja de
Sude y regresó al cuarto de baño. Omer la vio alejarse,
intentando no pensar en lo que querría hacer con aquellas
piernas…
Se dio la vuelta con brusquedad, llenó una jarra de leche y
la metió en el microondas.
–¿No tienes nada que hacer abajo? –le preguntó a Sude. Se
sentía como un idiota con ella mirándolo.
–Está nevando con fuerza. Todo el mundo se ha marchado y
también el personal –se apoyó contra la puerta–. ¿Qué vas
a hacer con Defne?
–¿Hacer?
–Si es cierto lo de su apartamento.
–Es cierto lo de la via Pepone. Mi padre la demolió el año
pasado y va a levantar un edificio de cristal.
–¿Es el lugar donde…?
–Sí –la cortó él.
Sude guardó silencio y miró hacia la puerta del baño.
–¿Entonces?
–¿Entonces qué?
–¿Qué vas a hacer con Defne?–¿Por qué tendría que hacer algo? Mi padre tal vez haya
echado la calle abajo, pero no la engañó con el alquiler de
un apartamento que ya no existía.
Sude no dijo nada, pero su lenguaje corporal hablaba por sí
solo.
–¿Qué esperas que haga? ¿Que la recoja y me la meta en el
bolsillo como uno de sus animales? ¿Tenemos una caja de
cartón lo bastante grande?
–No. Pero ha estado viajando todo el día, es tarde y, por si
no te has dado cuenta, está nevando.
–Claro que me he dado cuenta –el pelo y la cara de Defne
estaban salpicados de pequeños copos de nieve cuando
entró en el bar. Se había lamido uno del labio superior
mientras se dirigía hacia él.
–¿Ya está? ¿Eso es todo?
–Sude…
–Está bien, no te preocupes –levantó una mano en un gesto
típicamente italiano–. Tengo una habitación que puede
ocupar.
–¿Una habitación?
–Cuatro paredes, techo, cama…
–No te estoy pidiendo una definición. Baldacci y tú vivís en
un piso de un dormitorio, y las piernas de Defne son más
largas que tu sofá.–Mi sofá es pequeño –corroboró ella–, pero la habitación de
la que hablo está aquí, justo al lado de la tuya.
Omer dio un respingo.
–¡Esa no es tu habitación!
–Ah, ¿no? ¿De quién es la ropa que hay en el armario? ¿Y el
libro que hay en la mesilla? El abuelo la hizo y cree que es
mi habitación, y eso lo convierte en un hecho, mi querido
primo.
–El abuelo Hulusi está al otro lado del mundo.
–A solo un segundo en el ciberespacio. No querrás que
descubra que cuando me ofrecí de manera absolutamente
desinteresada…
–¿Desinteresada? Madonna!
–… a cruzar medio mundo para ayudarte a levantar cabeza,
no hiciste nada para impedir que me fuera a vivir con un
Baldacci –imitó la mueca de su abuelo al pronunciar el
odiado nombre–. ¿Verdad que no?
–La única razón por la que estás aquí es porque tu padre
envió a Sinan a su oficina de Milán para alejarlo de ti.
–Y ya ves que no sirvió de nada. Acaba de enviarme un
mensaje de texto para decirme que viene de camino con
mis botas de goma y un paraguas.
–Sude, por favor…–El abuelo estaba muy preocupada por ti. Omer, se sentía
responsable…
–Lo que ocurrió no tuvo nada que ver con ella. Fue elección
mía. Y tú fuiste de tanta utilidad como un cenicero en una
moto – añadió antes de que ella pudiera rememorar lo
ocurrido–. Si dejé que te quedaras aquí fue porque nadie
más te contrataría.
Ella se encogió dramáticamente de hombros.
–Como tú digas. Si no quieres que Defne ocupe mi
habitación, siempre podrías invitarla a compartir la tuya.
–Lárgate, Sude, o te juro que yo mismo llamaré al abuelo.
–¿Cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer,
Omer? – le preguntó ella, en absoluto intimidada por la
vana amenaza–. Ya es hora de que olvides a Iz. Tienes que
volver a darle gusto al cuerpo.
Omer no dijo nada y se limitó a sacar la leche del
microondas.
–Lo digo en serio –insistió ella–. Estabas mirando a Defne
como un muerto de hambre ante un banquete. Apostaría
mi sueldo a que estabas dispuesto a hincarle el diente
cuando os he interrumpido.
–No hace ni una hora que la conozco.
–Una hora puede ser mucho tiempo cuando te da fuerte. Yo
quise arrancarle la ropa a Sinan en cuanto lo vi –su sonrisa insinuaba que no había tardado mucho en hacerlo. –No
pienso aprovecharme de una damisela en apuros.
–¿Ni, aunque ella quiera que te aproveches? Parecía muy…
interesada.
–Tampoco –confirmó él. A duras penas podía sofocar la
reacción que le provocaba el recuerdo de su boca, de su
cuerpo apretado contra el suyo, de la forma en que sus
carnosos labios susurraban la palabra «caldo»…
–Siempre el perfecto caballero –le reprochó Seda–.
Impecable en las formas sin delatar el menor atisbo de
emoción, ni siquiera cuando la damisela en cuestión te está
pisoteando con sus tacones de marca.
–Iz sabía lo que quería. Fui yo quien cambió las reglas.
–No seas tan condenadamente noble, Omer. Uno se
enamora de la persona, no de una vida de lujos y glamour.
Yo me iría a vivir a una cueva con Sinan sin pensarlo.
–Pues será mejor que hables con tus padres antes de que lo
descubran –le sugirió Omer, quien había experimentado las
consecuencias en persona.
–Malditas disputas familiares… –le tocó el brazo–. Me
marcho. Buena suerte en la búsqueda de un hotel que
acepte mascotas. Supongo que Defne podría meterse otra
vez a Rattino en el bolsillo y…
–¿Has acabado?–Pero solo sería una solución temporal. Mañana todo el
mercado estará hablando de la escena de esta noche en el
bar.
–Mañana todo el mercado estará hablando de la nieve.
Sude negó con la cabeza.
–Aquí nieva todos los años, pero la combinación de una
mujer despampanante, el rarísimo sonido de Omer Iplikci
riéndose y una rata no es algo que pueda verse todos los
días. –Sude…
–No importa. Seguro que se te ocurre algo.
–No quieras saber en lo que estoy pensando.
–Sé perfectamente lo que estás pensando –le aseguró ella
con una sonrisa–. Tú y todos los hombres que había en el
bar cuando Defne hizo su aparición… En serio, Omer, no sé
si Defne necesita un trabajo, pero sí le hará falta un sitio
para exponer sus obras. Tenerla aquí sería estupendo para
el negocio.
–¿No te ibas?
–Y si no te das prisa en actuar te encontrarás al final de una
larguísima cola –se detuvo en la puerta–. No olvides que la
has invitado a cenar. ¿Tienes algo en casa o quieres que
eche un vistazo en la nevera?
–Quiero que cierres con llave y te vayas a casa.–Está bien –ella abrió y lo miró por encima del hombro–.
Por cierto, he subido la maleta de Defne. Está en su
habitación.
–¡Basta! ¡Lárgate de una vez!
–Y tienes pintalabios aquí –Lisa se señaló una de las
comisuras de los labios.
A Defne le temblaban las manos, y todo el cuerpo, mientras
sacaba un trozo de pollo para el gatito y se arrodillaba junto
a la bañera. No sabía qué la inquietaba más, si haber besado
a un hombre al que acababa de conocer o haberse enterado
de que el piso por el que había pagado una fortuna ya no
existía.
Debería ser lo segundo. Evidentemente.
Serdar se pondría muy furioso con ella por ser tan
irresponsable. Su abuela lo había perdido todo salvo el
techo que las cobijaba a manos de un estafador, poco
después de que muriera su madre.
Si su abuela no se hubiera sacrificado para cuidar de ellas,
ella y hermanos habrían acabado en un orfanato.
Por suerte, no se enterarían de nada a menos que ella se lo
contara.
De modo que solo quedaba el beso. Lo cual no tenía
sentido. No había sido el primero, pero por unos instantes se había sentido como si estuviera a punto de vivir una
experiencia trascendental.
Apoyada en el borde de la bañera, viendo como el gatito
olisqueaba el pollo, recordó … a aquel hombre, un perfecto
desconocido que acaparaba toda su atención. El brazo de
Dante rodeándola por la cintura y sus labios a un milímetro
de distancia. Durante unos instantes había estado
completamente indefensa.
–Siento haber tardado tanto en traer la leche. Estaba
hablando con Sude para que cerrara el bar por mí –Omer
colocó el platito en la bañera y se mantuvo a distancia.
«Menos mal», pensó Defne. Por mucho que quisiera tenerlo
arrodillado junto a ella, no era una buena idea.
–Te estamos dando muchos problemas –dijo, mirando
como el gatito lamía ávidamente la leche.
–Parece que ya está mejor –observó él con una voz tan
distante como su cuerpo.
–Se ha ahuecado un poco ahora que está seco, pero no ha
aprendido a lavarse –tenía que mantener una actitud
impersonal, seguir hablando del gato–. Es demasiado
pequeño para estar separado de su madre. Mañana lo
llevaré a donde lo encontré a ver si puedo reunirlos.
–¿Cómo crees que acabará?–Como suelen acabar estas cosas –acarició con un dedo la
diminuta cabeza del gato–. Tan bien como está resultando
mi huida a Isola hasta ahora.
–¿Huida? ¿De qué estás huyendo?
Ella lo miró y vio que tenía el ceño fruncido.
–De la vida en un pueblo pequeño –respondió–. Del
conformismo. Casi había sucumbido a la tentación de
resignarme a la realidad y convertirme en la diseñadora de
la heladería de mi hermano –se estremeció burlonamente–.
¿Te lo imaginas? ¡Todo un salón pintado de rosa!
Él se echó a reír.
–¿Ves? Solo hace media hora que me conoces y hasta a ti te
parece ridículo.
–Digamos que lo encuentro… improbable.
–Gracias, Omer. No podrías haberme hecho un cumplido
mejor
–se colocó el pelo tras la oreja y se levantó, decidida a
olvidar el beso–
. Y gracias por decirme de un modo suave lo de mi
apartamento.
–Quería recabar más información antes de darte la mala
noticia – se giró para agarrar una toalla–. Podrías haberte
equivocado con la dirección.–Pero no creías que fuera el caso.
–No –levantó la vista desde la toalla hasta ella–. Tu plano es
antiguo. Si hubieras seguido las instrucciones que te dieron
habrías acabado en una zona de obras.
–Y así fue –admitió ella–. Sude no exageraba al decir que
conoces Isola como la palma de tu mano.
–Pasé aquí mi infancia, pero está cambiando muy rápido e
intentamos aferrarnos a lo que queda.
–Podrías haberlo intentado un poco más. Lo siento –se
disculpó al ver su cara–. No es culpa tuya.
–Toma, Rattino estará más cómodo con esto. Cuando estés
lista, trae la caja junto al fuego.
Defne miró la toalla que él le había puesto en la mano. Un
segundo después, Omer Iplikci había desaparecido.
Omer removía el contenido de una sartén con una cuchara
de palo. La luz arrancaba destellos de la correa de su reloj, y
Defne podría haberse quedado horas contemplándolo
desde la puerta.
–¿Ya está? –le preguntó él sin levantar la mirada.
–Se ha quedado dormido. Ojalá mi vida fuera tan simple
como la de un gato –se lamentó ella, mostrándole el
contrato de alquiler.
Omer bajó el fuego de la cocina y agarró la hoja.–La dirección es correcta.
–Tengo el número de teléfono de la señora Franco –le
ofreció el móvil con el que había llamado a su hermano para
decirle que había llegado sana y salva a Milán… sin entrar en
más detalles–. ¿Si la llamo hablarás con ella?
–Claro.
Defne marcó el número, pero al cabo de unos segundos que
le parecieron interminables sacudió la cabeza.
–¿No responde? –le preguntó Omer.
–El mensaje era en italiano, pero «número no disponible»
suena igual en cualquier idioma.
–¿Dónde adquiriste un autocontrol tan férreo, Defne? Ella
contuvo el aire unos instantes y lo soltó lentamente.
–¿Autocontrol?
–No conozco a muchas personas que pudieran encajar una
noticia como la del apartamento sin perder los nervios o
romper algo.
¿Cuál es tu secreto? Podrías compartirlo con Sude.
–¿Qué tal el yoga? Todo está en la respiración.
Él se giró sin decir nada y continuó removiendo la salsa. Tal
vez lamentara haberla besado, pero estaba siendo
extremadamente amable con ella sin tener por qué. No le había gritado ni la había echado a la calle cuando el gato
provocó el revuelo en el bar.
–Lloré muchísimo cuando se fue mi madre. Quería parar,
pero no sabía cómo.
–¿Cuántos años tenías? –Omer siguió removiendo la salsa,
sin mirar a Omer.
–8 –dos días antes de cumplir los nueve.
–¿ocho? Dios mío…
–Tenía cáncer. Cuando se lo diagnosticaron solo le dieron
unas semanas de vida. –No sé qué decir…
–No hay nada que decir. Ni las palabras ni las lágrimas
podían cambiar nada.
–¿Fue entonces cuando dejaste de llorar? ¿Al darte cuenta
de que no servía de nada?
–¡Tenía ocho años, Omer!
–¿Y? Eras demasiado pequeña para la filosofía, pero es
obvio que algo ocurrió.
–¿Qué? Ah, sí… Mi abuela encontró un viejo sombrero
negro en el desván, de croché y con el ala ancha y flexible –
lo describió con un
gesto–. Muy típico de los años sesenta, cuando mi abuela
era un icono de la moda.
–¿Te sirvió de algo?–Me dijo que cuando estuviera triste podía ocultar mi cara
con el sombrero –aún recordaba la primera vez que se lo
puso, la sensación de liberarse de una pesada carga–. Así la
gente sabría cómo me sentía sin que me vieran los ojos
rojos o la nariz llena de mocos. Llevé aquel sombrero hasta
que se hizo pedazos.
–¿Y entonces qué hiciste?
–Encontré un sombrero de campana y un vestido negro en
una tienda de ropa usada. Me estaban demasiado grandes,
pero mi abuela me ayudó a arreglarlos. Y al cumplir doce
años me teñí el pelo.
–A ver si lo adivino… de negro.
–En realidad, era más bien verde, pero mi abuela hizo que
me lo tiñeran –el recuerdo del momento en que se miró al
espejo seguía haciéndola sonreír.
–¿Por el color?
–Porque mi abuela se gastó todo el dinero de casa en evitar
que yo fuera a la escuela con el pelo verde. Él creía que el
dinero era solo para comer
–El hambre hace estragos en los ánimos –corroboró él
mientras servía dos copas de vino y le tendía una a Defne–.
¿Y tu padre dónde estaba?
–No tengo padre.
Él arqueó las cejas y se apoyó contra el aparador.–¿Te importaría explicarme esa anomalía evolutiva?
–A mi madre le encantaban los niños, pero no quería
aguantar a un hombre apático y huraño cuando la cena no
estuviese lista – también ella se apoyó de espaldas en el
aparador. Era más fácil estar junto a Omer que mirarlo–. El
matrimonio de mis abuelos no fue feliz – tomó un sorbo de
vino–. Supongo que la primera vez que mi madre se quedó
embarazada fue un accidente, pero después de eso, cada
vez que la invadía el instinto maternal se valía del esperma
de cualquier hombre que le gustase. Una feria ambulante
visita el pueblo una vez al
año por el Late Spring Bank Holiday. Mis padres ya se
encontraban en el condado vecino antes de que el óvulo
fuera fecundado.
–Parece que le gustaba vivir al límite.
–Le gustaba vivir el momento.
–Y Dios dijo: «Toma lo que quieras, pero págalo» –la miró
de reojo–. Bueno, dime, ¿de qué color es tu pelo?
Ella se levantó un mechón.
–rojo.
Él sonrió, y Defne sintió una oleada de calor que no solo la
provocaba el vino.
–¿Cómo encontraste el apartamento?–
En Internet –la adusta expresión de Omer le dijo lo que
pensaba al respecto–. Era una agencia internacional,
vinculada a no sé cuántas asociaciones –protestó ella, pero
no se había molestado en comprobar ninguna–. Había
comentarios de los inquilinos anteriores, algunos a los que
les había encantado la estancia y estaban deseando volver,
y unos pocos que se quejaban del calor y de la falta de aire
acondicionado. Lo que cabría esperarse en un anuncio de
ese tipo. Mira, te lo enseñaré – hizo «clic» en el vínculo,
pero, al igual que el número de teléfono, la página web ya
no estaba disponible.
Hasta ese momento no había creído que pudiera ser víctima
de un timo. Estaba convencida de que todo era un error.
Pero de repente sintió que no podía respirar y que le
temblaban las piernas. Omer la sujetó a tiempo, le quitó el
vaso y la apretó contra su pecho.
La tentación de apoyar la cabeza en su hombro y dejar que
la abrazara y consolara era irresistible, pero ya había hecho
el ridículo una vez. Respiró hondo y se apartó.
–¿Estás bien?
–Sí, muy bien.
Él no pareció convencido.
–¿Cuándo fue la última vez que comiste?
–No sé. Me tomé un sándwich en el aeropuerto cuando
anunciaron que mi vuelo se retrasaba.–¿Desde entonces nada? –la miró con expresión
horrorizada–. No me extraña que estés temblando. Siéntate
mientras se hace la pasta –la probó–. Dos minutos más. No
es nada del otro mundo… pasta al funghi. Pasta con
champiñones –tradujo.
–Seguro que está delicioso, pero no puedo comer –él se
limitó a sacar un par de platos, sin discutir–. El apartamento
parecía tan ideal y el alquiler, tan razonable… –era una
estúpida–. Pensé que era tan económico porque estábamos
en invierno, pero no era más que un cebo para los incautos
–Serdar siempre le había advertido que no se fiara de lo que
parecía demasiado bueno, pero…
–¿Les diste los datos de tu cuenta bancaria? –le preguntó
Omer.
–¿Qué? No… Domicilié el pago del alquiler y… –al darse
cuenta de lo que él quería decir, bajó la mirada al móvil y
tecleó rápidamente la contraseña.
Y al ver el saldo de su cuenta sintió que iba a desmayarse.
Continuara.

