Era tarde y una llovizna de aguanieve caía sobre Milán
cuando Defne salió del metro en Porta Garibaldi. Su idea
había sido tomar un taxi para el corto trayecto, pero para
rematar su mala suerte no había ninguno a la vista.
La promesa de la primavera se respiraba en el aire al
marcharse de Estambul y Defne había dado por hecho que
en Italia haría más calor. Si hubiera tenido el buen juicio de
comprobar el parte meteorológico se habría puesto unas
prendas térmicas en vez de un conjunto de encaje bajo el
vestido, unos leotardos sobre los pantys negros y algo
mucho más grueso que una gargantilla de encaje alrededor
del cuello.
No era el atuendo más apropiado para viajar, pero ella iba a
Milán, la capital europea de la moda, donde la gente no
llevaba zapatillas deportivas a menos que fuera a correr y
donde las mujeres policía calzaban altos tacones.
Decidida a causar buena impresión había pasado por alto
que Milán se encontraba en el norte de Italia, región
montañosa, fría y con aguanieve.
Según la información descargada de Internet, su
apartamento se encontraba a menos de diez minutos
andando del metro. Podría arreglárselas con un poco de
aguanieve sin perder la compostura.
Después de orientarse con el plano, se caló la capucha del
abrigo, se colgó al hombro el bolso de piel y agarró el
mango de la maleta con ruedas.
A diferencia de su hermano, felizmente casado y con la vida
resuelta gracias a su próspero negocio de helados, ella se
estaba arrojando de cabeza a lo desconocido. Sin más que un pequeño diccionario de italiano y un
montón de ideas, estaba decidida a aprovechar cualquier
experiencia que la vida le brindase. Y la creciente sensación
de aprensión que la acompañaba mientras cruzaba el
puente situado sobre las vías era una reacción
perfectamente natural.
Al fin y al cabo, era la mayor de la
familia y aquella era la primera vez que salía al mundo.
En realidad, había estado ya en Italia, pero fue con un viaje
de estudios y en compañía de sus amigos y compañeros de
clase. ¡En aquella nueva ocasión se encontraba sola, sin el
apoyo de su familia ni unas manos cariñosas que la
sujetaran para no… –Scusi!
–Lo siento… quiero decir… scusi –tiró de la maleta para
permitir el paso a un apresurado viandante y al levantar la
mirada no pudo por menos que ahogar un gemido.
A pesar de la aguanieve que le azotaba el rostro, la embargó
la emoción al contemplar el arte urbano bajo las farolas,
unas soleadas y alegres escenas tropicales que iluminaban
el triste cemento, y recordar por qué había elegido Italia,
Milán… e Isola.
Se había enamorado de aquel enclave de artistas, músicos y
diseñadores en cuanto vio las fotos en una revista. Era el
lugar idóneo para extender sus alas, explorar su pasión por
la moda, buscar nuevas formas de hacer arte y, tal vez,
tener una aventura. Veinte minutos después, con el rostro congelado, la
aguanieve filtrándose en una capucha diseñada para el
glamour más que para proteger de las inclemencias
climatológicas y totalmente perdida, no quedaba ni rastro
de su entusiasmo inicial.
Se imaginaba a su hermano, sacudiendo la cabeza y
recriminándole por no haber esperado un taxi.
¿Cómo iba a esperar un taxi? ¡Aquella era su gran aventura!
Y en el plano todo le había parecido muy fácil. Había
contado las esquinas, comprobado el nombre de la calle y
girado a la derecha. Su apartamento debería estar allí,
delante de ella, en la esquina.
Pero no estaba.
En lugar del edificio de cinco plantas pintado de rosa,
situado al comienzo de una calle de bonitas casas con vistas
al mercado bisemanal, se encontraba ante una alta valla de
madera que rodeaba una zona de obras.
No había motivos para alarmarse. Seguramente había
pasado de largo. Había un par de estrechos callejones que le
habían parecido demasiado pequeños para aparecer en el
plano, pero era obvio que se había equivocado.
Volvió sobre sus pasos, recontó las bocacalles y se internó
en una por la que apenas cabría un Fiat 500. El callejón
terminaba en un pequeño patio lleno de cajas e iluminado
por una débil bombilla sobre lo que parecía la puerta trasera de una tienda. Algo se movió en la oscuridad, una
caja cayó y Defne retrocedió rápidamente. Las pocas
personas que transitaban por la calle principal caminaban
con la cabeza gacha y los tímidos intentos de ella por llamar
la atención de alguna se perdieron en el viento que
arreciaba. Era el momento de echarle otro vistazo al plano.
Se refugió en la puerta de un comercio cerrado y buscó en
su bolso la linterna que le había dado su intrépido amigo Iso
como regalo de despedida. Defne le había recordado que se
iba a una de las urbes más importantes del mundo y no a la
jungla, pero la respuesta del experto explorador fue que
poca diferencia había entre una y otra.
En ese momento, algo mojado y peludo le rozó la pierna y le
hizo soltar un chillido.
Un punto para el explorador.
Se tranquilizó al oír un débil maullido y alumbró con la
linterna un gatito, empapado y temblando en la puerta.
–Hola, bonito –alargó el brazo, pero el animal retrocedió
asustado–. Eres muy pequeño para estar fuera tú solo en
una noche como esta.
La pobre criatura, que debía de tener más frío que ella, se
mostró de acuerdo con un maullido lastimero. Defne había
comprado un sándwich de queso en el avión, pero los
nervios y la excitación le impidieron comer y se lo había guardado intacto en el bolso. Lo sacó y le ofreció un trozo al
gatito, que se lo zampó ávidamente.
Le dio otro trozo y volvió a concentrarse en el plano.
En
algún punto se había equivocado de calle y se había
internado en el distrito comercial, cerrado a esas horas,
pero por su vida que no sabía dónde se había extraviado.
No podía llamar a la signora Franco, su casera. Su inglés era
tan escaso como el italiano de ella. Lo que necesitaba era
uno de los famosos bares o cafés de Isola, un lugar cálido y
seco con gente que conociera la zona. Se preparó para
enfrentarse a lo que ya comenzaba a ser una auténtica
nevada y echó a andar.
Oyó al gatito maullar tras ella y suspiró. Había unas cuantas
luces encendidas en los pisos superiores, pero abajo estaba
todo apagado y cerrado. El pobre animal era demasiado
pequeño para sobrevivir una noche así a la intemperie. Y
ella tal vez estuviera en un país extranjero, pero seguía
siendo la misma.
El gato se encogió aterrorizado cuando Defne se agachó y lo
agarró para meterlo en uno de los grandes bolsillos del
abrigo. Al día siguiente volvería a aquel lugar en busca de
alguien que pudiera ocuparse de él, pero en aquel
momento sus prioridades eran otras. Tenía que poner a prueba su italiano. ¿Había memorizado la pregunta y podía
farfullar «Dov’è via Pepone?» sin dificultad. Lo difícil sería
entender las respuestas.
Guardó la linterna y el inservible plano en el bolso y,
partiendo de nuevo desde la estación, caminó en línea recta
en vez de girar.
En las fotos que había visto era verano, se celebraban
conciertos de jazz al aire libre, cada martes se organizaban
almuerzos colectivos en el parque donde la gente compartía
la comida y reforzaba los lazos de la comunidad. Las
terrazas de los modernos cafés estaban llenas y animadas.
Todo era perfecto e idílico.
Pero ella se había equivocado al escoger el día y la época
del año.
Entonces oyó música, como si alguien hubiera abierto
brevemente una puerta, y corrió hacia la esquina. Al otro
extremo de una plaza las luces salían de una ventana
empañada.
Era el Café Rosa, famoso por sus cócteles, el jazz y las obras
que exhibían en sus paredes los pintores del barrio.
Invadida por un inmenso alivio, cruzó la plaza y abrió la
puerta.
Al instante se vio envuelta por una ola de calor, un delicioso
olor a comida y la animada música que tocaba un grupo en
un pequeño escenario y que se mezclaba con los silbidos de vapor que despedía la cafetera. Mesas de todas las formas y
tamaños estaban ocupadas por gente que comía, bebía y
charlaba animadamente, y un hombre alto y moreno estaba
apoyado en la barra hablando con la camarera.
Unos cuantos clientes se habían girado hacia ella al abrirse
la puerta. Las conversaciones se desvanecieron.
El hombre de la barra también se había girado, a medias, y
Defne se sintió embargada por una inexplicable e
instantánea atracción hacia aquel hombre de quien nada
sabía y a quien nunca había visto.
Por unos instantes hasta se olvidó de respirar. Era como si
alguien le hubiera dado al «pause» y la escena se hubiese
congelado. Los colores apagados se reflejaban en el acero,
las luces arrancaban destellos de las botellas y los vasos de
detrás de la barra y el rostro de Defne se reflejaba como
una imagen espectral tras el anuncio que había en un
espejo. Y Míster Italia mirándola fijamente con unos ojos
que prometían toda clase de placeres y una boca que no le
iba a la zaga.
No era su espeso pelo oscuro ni sus pómulos sensualmente
marcados los que la mantenían paralizada. Eran aquellos
ojos de un intenso color chocolate. Si hubieran aparecido en
un folleto turístico, las mujeres de medio mundo habrían
reservado sus vacaciones en Italia.
El hombre se irguió, atrayendo la atención hacia el pelo que
se le rizaba en el cuello, sus anchos hombros y los fuertes
antebrazos que revelaba su camisa arremangada.
–Signora… –murmuró mientras se apartaba para dejarle
sitio en la barra.
Su voz, profunda y arrebatadoramente varonil, dejó sin
aliento a Defne. Pero afortunadamente una mujer rubia y
atlética le sirvió un expreso a aquel dios italiano y se giró
hacia ella.
–Sta nevicando? E brutto tempo.
_¿Cómo?
Demasiado para el curso básico de italiano que había
descargado en su iPod, de modo que hizo lo único que
podía hacer y se quitó la capucha. La gente retomó sus
conversaciones y Geli obligó a sus piernas a moverse hacia
la barra.
–¿Cosa prendi, signora?
Al menos aquello lo entendía.
–Eh… Vorrai un espresso… s’il vous plait –respondió en una
mezcla de inglés, italiano y francés–. No… quiero decir…
– Maldición. La rubia sonrió.
–Tranquila. Te entiendo –dijo con un marcado acento
australiano.
–Oh, gracias a Dios que eres Inglesa.
¡No! Lo siento, quiero
decir, australiana…
Teniendo a un hombre tan arrebatadoramente sexy a su
lado, con uno de sus poderosos muslos casi rozándole la
cadera, era imposible dar la imagen de una mujer de
mundo, desenvuelta y sofisticada, con la que quería
conquistar Milán.
–¿Qué tal si salgo, doy una vuelta a la manzana y vuelvo a
intentarlo?
La camarera le sonrió.
–Ni se te ocurra. Enseguida te sirvo el expreso. ¿Acabas de
llegar a Isola?
–A Isola, a Milán y a Italia. Aprendí un poco de italiano
cuando pasé un mes en la Toscana, hace años, pero estudié
francés en la escuela y parece que es la lengua que se activa
por defecto en mi cerebro cuando me invade el pánico.
Su cerebro estaba demasiado ocupado babeando por
Míster Italia como para que le importasen un bledo los
idiomas.
–Date una semana. ¿Te pongo algo más?–¿Un extra de direcciones? –preguntó esperanzada,
intentando ignorar que no era solo su cabeza, sino todo su
cuerpo, lo que respondía al bombardeo de hormonas que
recibía del hombre que se hallaba sentado a su lado. Hacía
lo posible por no mirarlo, pero ¿la estaría mirando él?
–¿Te has perdido, signorina? –le preguntó él con la voz y el
acento más sensuales que Defne había oído en su vida. Un
estremecimiento que nada tenía que ver con la nieve que le
chorreaba
del pelo le recorrió la espalda y los pechos. Respiró hondo e
intentó recordar por qué estaba allí.
–No exactamente –sacó del bolso la hoja con las
direcciones, la colocó en la barra con el plano hacia arriba y
se giró hacia él para explicarle lo sucedido. Pero cuando se
encontró con su mirada y el sensual arqueo de su ceja se
quedó sin palabras.
–¿Entonces? –la apremió él.
Sin duda estaba acostumbrado a ejercer aquel efecto en las
mujeres. Con su pose relajada y sus penetrantes ojos,
irradiaba un aura tan peligrosa como irresistible.
Su primer día en Isola y Defne ya se imaginaba lo que podría
hacer con Míster Italia. Y por la forma en que la miraba él
debía de estar imaginando lo mismo con ella.
¿Habría sido así para su madre la primera vez? ¿Una mirada
de un fornido jornalero en la feria anual del pueblo había
bastado para conquistarla?
–Sé exactamente dónde estoy, signor –dijo, mirando
fijamente aquellos ojos oscuros de depredador. Para
recalcarlo, se quitó el fino guante de piel que de poco le
había servido para calentarse la mano y señaló la plaza con
la punta de una uña carmesí.
–No –repuso él. Sin apartar la mirada de sus ojos, le rodeó
la mano con sus largos dedos y la desplazó un par de
centímetros hacia la derecha–. Estás aquí.
El tacto de su mano era deliciosamente cálido contra la fría
piel de Defne, a quien le costó mantener la compostura
cuando por dentro era como un volcán a punto de entrar en
erupción.
–¿En serio? –preguntó, reprimiendo la necesidad de tragar
saliva.
Estaba acostumbrada a que la gente la mirase. Desde niña
había llamado la atención principalmente por su pelo rojo ,
rizado.
Pero la mirada de aquel hombre era distinta. Intensa,
penetrante y abrasadora. Temiendo que el charco de nieve
que se derretía a sus pies se transformara en un chorro de
vapor, se volvió hacia el plano. No le sirvió de nada. La mano del hombre seguía
cubriéndole la suya, y Defne se sorprendió imaginando
cómo sería tener sus largos y fuertes dedos…
Carraspeó disimuladamente y confió en aparentar más
serenidad de la que sentía.
–Todas las plazas son iguales en un plano. Por desgracia,
ninguna de ellas era mi destino.
–Y aquí estás.
Y allí estaba, hundiéndose en unos ojos tan oscuros como el
expreso de su taza.
Todo se difuminó a su alrededor. Las etiquetas de las
botellas, el ruido de la cubertería, las notas del bajo… Todos
sus sentidos se concentraron en los dedos que le rodeaban
la mano y los oscuros ojos que reflejaban su imagen. Por
unos instantes todo permaneció inmóvil, hasta que él se
apartó bruscamente y usó la mano con que le había
cubierto la suya para agarrar su expreso y vaciarlo de un
trago.
–¿Adónde vas, signorina? –preguntó él, colocando otra vez
la taza en el platillo.
–Aquí –miró el papel, pero la tinta se había corrido y una
mancha ocultaba el nombre de la calle.–Dile la dirección y Omer te la indicará –la animó la
camarera mientras le servía un expreso–. Se conoce Isola
como la palma de su mano.
–¿Omer? –repitió ella.
–¿Vas a visitar a alguien? –preguntó él, ignorando la
pregunta.
–No –Respondió Defne _He venido por trabajo. He alquilado
un apartamento por un año. Me llamo Defne Topal –se
presentó, ofreciéndole la mano sin pensar en las
consecuencias.
Él se la estrechó.
–Omer Iplikci –pronunciado con el sensual acento italiano
su nombre era una sinfonía de seducción–. ¿Tu nombre es
Defne? – arqueó una ceja con expresión divertida–. ¿Cómo
la hoja de árbol que usan para cocinar?
–Defne, como el amor de Apolo… aunque me han dicho que
es una planta muy bonita –le sonrió–. Quizá la conozcas, los
italianos las usan para cocinar los spaguetis.
Él soltó una carcajada cálida y profunda que rodeó sus ojos
de arrugas, realzó sus pómulos, ensanchó su boca y
despertó en Defne el deseo de tocar el labio inferior…En un intento por recuperar el control de sus órganos
vitales, agarró su expreso y lo vació de un trago imitando al
hombre. No contaba, sin embargo, con lo caliente que
estaría y el café le abrasó la garganta.
–Pensaba tomar un taxi… –tenía calcinadas las cuerdas
vocales y la voz le salió como un patético chillido–. Por
desgracia, no había ninguno en Porta Garibaldi, y la
información del apartamento decía que Via Pepone solo
estaba a diez minutos andando.
–Los taxis siempre escasean cuando hay mal tiempo –dijo la
camarera mientras Omer examinaba con el ceño fruncido la
foto de la casa–. Bienvenida a Isola, Defne. Me llamo Sude
Iplikci… soy de la rama australiana de la familia. Omer es mi
primo, y, aunque nadie lo diría al verlo a ese lado de la barra
sin mover un dedo, el Café Rosa es suyo.
–Te pago muy bien para poder quedarme a este lado de la
barra
–le recordó él sin levantar la mirada.
–Pues aprovéchate mientras puedas, socio. El martes tengo
que estar en Melbourne para probarme un vestido de dama
de honor. Como no muevas el trasero y encuentres a una
sustituta para el domingo, serás tú quien tenga que ponerse
a servir copas –frotó la barra con un trapo para limpiar una
mancha inexistente–. ¿Tienes algún trabajo esperándote, Defne?
–¿Trabajo?
–Has dicho que estabas aquí por trabajo. ¿Has trabajado
alguna vez en un bar? Solo sería un…
–Si has estado viajando todo el día debes de tener hambre –
dijo Omer, interrumpiendo a su prima a mitad de frase–.
Tomaremos el risotto, Sude.
Sin esperar respuesta, se dirigió hacia una mesa para dos
situada en un rincón tranquilo llevando consigo la
información del apartamento y, lo más importante, el
plano.
Defne se quedó inmóvil, demasiado sorprendida para
reaccionar. Una cosa era flirtear un poco, pero la actitud de
aquel hombre rayaba en la arrogancia.
Omer retiró una silla y esperó a que lo acompañara.
Arrogante era decir poco. ¿De verdad creía que iba a
seguirlo sin más?
–¿Defne?
Nadie había dicho su nombre de la forma en que él lo
pronunció, con un timbre tan suave que le provocó la
misma sensación que el chocolate derretido en su lengua,
hizo que su cuerpo desoyera las órdenes que le gritaba su
cabeza y avanzara hacia él como si tirase de una cuerda.
CONTINUARA..


Genial me esta pareciendo, espero tu genialidad habitual
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Hasta aquí ya me parece genial, como todas tus otras historias.
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